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La humilló por limpiar el piso, pero el dueño del edificio tenía otros planes.

La humilló por limpiar el piso, pero el dueño del edificio tenía otros planes.

[PARTE 1]

—Gente de tu clase sobra en este edificio, y honestamente, me estorba a la vista.

Valeria Montenegro no alzó la voz. No le hacía falta.

Leticia no levantó la vista del trapeador.

Continuó pasando el jalador sobre el mármol italiano mojado, intentando limpiar las gotas de café oscuro antes de que mancharan la piedra.

Valeria, de cuarenta y dos años, envuelta en un traje sastre negro que costaba más de lo que Leticia ganaba en un año, se acomodó un mechón de su perfecto cabello rubio.

La directora general de Torre Garza estaba a tres metros de distancia, sosteniendo una botella de agua mineral.

En su rostro no había enojo; había algo mucho más cortante y destructivo. Indiferencia absoluta.

—Tengo una junta en diez minutos con los inversionistas de Monterrey —continuó Valeria, arrastrando las palabras con un tono glacial—. No puedo tener a alguien empujando agua sucia en el lobby principal cuando los socios crucen esa puerta.

Hizo una pausa calculada.

Lo suficientemente larga para que los tres ejecutivos jóvenes que la escoltaban pudieran escuchar y sonreír con complicidad.

—¿No te enseñaron en tu capacitación que este espacio está restringido durante eventos corporativos? —preguntó Valeria.

Leticia tenía la respuesta en la punta de la lengua.

Llevaba tres años trabajando en ese corporativo en pleno Paseo de la Reforma y conocía los protocolos mejor que nadie.

El lobby se limpiaba a las seis de la mañana o después de las diez.

Pero eran las ocho y cuarenta y cinco.

El derrame no había sido su culpa, y la orden urgente de limpiar había llegado directamente de la oficina de Valeria hacía diez minutos.

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