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La Maldición del Mar Negro en la Costa da Morte

El océano no rugía; gritaba. Era un alarido gutural, nacido de las entrañas más oscuras de la Costa da Morte, un lugar donde el Atlántico no perdona y la tierra se rinde ante la furia del agua. Las olas, muros de asfalto líquido y espuma rabiosa, se alzaban diez metros por encima de la frágil cubierta del Maruxa, un pesquero de madera que crujía como los huesos de un anciano en la cámara de tortura. Xoán, un pescador curtido por cincuenta inviernos gallegos, con la piel curtida y surcada como las rocas de los acantilados de Fisterra, escupió sangre y agua salada. La tormenta había caído sobre ellos sin previo aviso. El cielo se había vuelto de un negro purpúreo, antinatural, como si un dios colérico hubiera derramado tinta sobre el horizonte.

—¡Tira del cabrestante, muchacho, o nos vamos al fondo! —rugió Xoán, su voz casi ahogada por el estruendo del viento, dirigiéndose a su sobrino Brais, que lloraba de puro terror mientras sus manos resbalaban sobre los controles congelados.

La red pesaba como si hubieran capturado el ancla de un galeón hundido. El cabrestante gemía, soltando chispas que se extinguían al instante bajo la lluvia torrencial. Algo iba mal. El peso era muerto, denso, inamovible. Xoán se asomó por la borda, desafiando a la muerte con cada bandazo del barco. El agua era un abismo de obsidiana. Entonces, un relámpago rasgó el firmamento, iluminando el caos durante una fracción de segundo.

Lo que colgaba de la red no era un banco de atunes, ni restos de un naufragio. Era un hombre.

Estaba enredado entre las mallas de nailon, colgando boca abajo sobre las fauces del océano. No llevaba traje de neopreno, ni chaleco salvavidas. Solo unos harapos de lino blanco que se adherían a un cuerpo pálido, casi translúcido. Xoán sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío polar del Atlántico. Una superstición antigua, un miedo atávico heredado de las meigas y los cuentos de marineros en las tabernas de Muxía, se apoderó de él.

—¡Corta la red! —gritó de repente, el instinto gritándole que devolviera aquello al mar. ¡Es un mal presagio! ¡Corta!

Pero Brais, paralizado por el pánico, ya había accionado el mecanismo de recogida. El fardo humano cayó a plomo sobre la cubierta resbaladiza con un crujido sordo, esparciendo agua negra y algas pestilentes. Xoán agarró un bichero, dispuesto a empujar el cadáver de vuelta al abismo. Nadie sobrevive a la Costa da Morte sin protección. Aquel hombre llevaba horas, quizás días, bajo el agua. Estaba muerto. Tenía que estarlo.

Xoán se acercó, levantando el bichero como un arma. El cuerpo yacía inerte. Su piel era como el mármol, surcada por venas de un azul casi negro. El pelo largo y enmarañado le cubría el rostro. Con la punta de la bota, Xoán le dio la vuelta.

En ese instante, el hombre abrió la boca y escupió un torrente de agua negra y bilis. Luego, tosió, un sonido agónico, el crujido de pulmones que habían olvidado cómo procesar el aire.

Brais soltó un grito agudo y retrocedió hasta chocar con la cabina. Xoán dejó caer el bichero. El hombre estaba vivo. Pero eso no fue lo que heló la sangre del viejo pescador. Fueron sus ojos.

Cuando el náufrago abrió los párpados, no había pupilas, ni iris, ni rastro de humanidad en ellos. Eran dos esferas de un blanco lechoso, absoluto y perfecto. Ojos vacíos, como dos perlas enfermas incrustadas en el cráneo de un espectro. El hombre ciego no miró a Xoán; miró a través de él, hacia la tempestad, hacia la oscuridad misma.

—El Cedeira… —susurró el hombre. Su voz no era la de un humano; sonaba como el roce de dos piedras en el fondo marino, rasposa, antigua y cargada de ecos.

Xoán se congeló. El Cedeira era el pesquero de su compadre Manuel, que faenaba a unas tres millas náuticas a estribor.

—El Cedeira… —repitió el hombre de los ojos blancos, alzando una mano esquelética hacia el norte—. Una ola. Nueve metros. Romperá su quilla en tres minutos. No habrá supervivientes.

Xoán tragó saliva, el corazón golpeándole las costillas con furia.

—¿De qué estás hablando, desgraciado? —le gritó Xoán, agarrándolo por los harapos, intentando sacudir el delirio de aquel demonio pálido.

El ciego agarró la muñeca de Xoán. Su tacto era más frío que el hielo; quemaba.

—Dos minutos… —susurró el extraño.

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