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Dentro del rancho de RAFAEL BUENDIA: Música, familia y su auténtico estilo de vida campestre

 Un nombre que en los mapas de México aparece como un punto tan pequeño que hay que acercarse mucho para verlo. Un pueblo donde en los años 30 del siglo pasado la vida se organizaba alrededor del campo, de las cosechas y de las conversaciones de sobremesa, donde los hombres contaban historias con la misma naturalidad con que respiraban. En ese mundo nació Rafael Buenía Díaz de León.

 Su padre era un hombre sin educación formal. pero con un talento verbal que sus vecinos reconocían en la fiesta del pueblo y que sus hijos absorbieron sin darse cuenta, de la misma manera en que se absorbe el idioma de casa, sin esfuerzo, sin conciencia, como el agua que se bebe, porque es lo que hay. Convertir cualquier cosa en versos, decía Rafael recordando a su padre.

 La lluvia, los caballos, la tristeza del vecino que perdió la cosecha, todo tenía melodías y uno sabía escuchar. La madre llenaba la casa de corridos e himnos religiosos. No había radio. La música que existía era la que las personas producían con sus propias voces. Y el pequeño Rafael escuchaba todo con la atención de quién sabe, aunque todavía no sepa que lo sabe, que ese material va a ser la materia prima de su vida entera.

 A los 12 años escribió su primera canción completa, una melodía melancólica sobre un padre migrante que nunca regresó a casa. Su maestra la encontró en el cuaderno. Le pidió que la cantara en el festival del pueblo y la voz del muchacho flaco de Rancho Nuevo de Morelos se alzó por primera vez frente a un público que guardó silencio y luego aplaudió.

 Ese aplauso pequeño en ese pueblo pequeño fue el inicio de algo que no terminaría hasta décadas después en el astrodom de Houston. A los 14 años, Rafael convenció a su padre de que le permitiera ir a un concurso regional de canto en Salinas de Hidalgo, en San Luis Potosí. Para pagar el viaje, la familia vendió una cabra. Una cabra.

 Ese es el precio que pagó el rancho de los Buen Día para que su hijo pudiera pararse en un escenario por primera vez fuera del pueblo. La madre le confeccionó una camisa blanca y un pantalón negro que le quedaban un poco grandes. Rafael llegó al concurso con su guitarra y una canción propia sobre la vida en el campo, sin manager, sin preparación vocal formal, sin nada más que lo que había aprendido escuchando a su padre hacer coplas en la mesa de la cocina. Ganó.

 El jurado lo anunció como primer lugar y el público de Salinas de Hidalgo se puso de pie para aplaudir al muchacho flaco de Zacatecas. El premio fueron unos pocos pesos y una caja de discos de vinilo, pero lo que Rafael Buen Día se llevó de ese concurso no tenía precio. La certeza de que la música podía sacarlo de la pobreza, no de cualquier manera, de la manera más honesta que existe, regalando a otros lo que a él le sobra.

 La decisión de irse a la Ciudad de México llegó cuando tenía poco más de 20 años. Un muchacho de Zacatecas con una guitarra vieja, una maleta llena de letras escritas a mano y el tipo de determinación que solo tienen los que vienen de no tener nada y que saben que perder no les puede pasar nada peor que lo que ya conocen.

 El trayecto en autobús duró más de 12 horas. La capital era inmensa, indiferente y completamente inconsciente de que acababa de recibir al hombre que en los años siguientes le daría algunas de sus melodías más queridas. Las primeras semanas fueron de pensiones baratas, pan con café y puertas cerradas.

 Las disqueras no querían escuchar. Los directores de radio le decían que la era ranchera estaba terminando. Algunos se burlaban de su acento de Zacatecas con esa crueldad de los capitalinos hacia los provincianos que llegan con sueños más grandes que su experiencia. Rafael los dejaba hablar y volvía a tocar. pulquerías, bares de barrio, esquinas, construyendo ladrillo a ladrillo la reputación del compositor que escribía para los que el negocio de la música ignoraba.

 Fue en esos años de lucha cuando comenzó a circular su apodo, el compositor de los pobres. No porque él lo eligiera, porque la gente que lo escuchaba en esos bares y en esas esquinas reconocía en sus letras algo que las grandes disqueras no producían, sus propias historias. El obrero que no llega con el sueldo, el migrante que cruza al norte y no sabe si va a poder volver, la madre que espera junto a la ventana sabiendo que ya es muy tarde y que el que espera quizás no llega.

 Esas historias eran las suyas y Rafael Buen día las cantaba como si las hubiera vivido, porque en muchas formas las había vivido. Los años 70 fueron el despegue. Empezó a grabar sus propias canciones. Los primeros sencillos mostraban un estilo inconfundible, pegajoso, terrenal, con ese humor agridulce que solo entienden los que crecieron, sabiendo que la vida duele, pero que si uno no se ríe de ella primero, entonces la vida se ríe de uno.

Formó el dueto frontera junto a su esposa María Elena Jaso, conocida como la fronteriza. Juntos se convirtieron en uno de los dúos más reconocidos de la música regional mexicana. Sus voces se complementaban con la naturalidad de dos personas que comparten la misma manera de entender el mundo. No era solo armonía musical, era armonía de vida.

 Y la pluma de Rafael seguía produciendo canciones que Vicente Fernández grabó y convirtió en éxitos de ventas multimillonarias. Canciones que los Tigres del Norte interpretaron en sus giras por todo México y Estados Unidos. composiciones que Antonio Aguilar, Chabela Vargas y Lucero hicieron propias ante audiencias de cientos de miles de personas.

En sus mejores años, entre 1970 y 1990, Rafael Buenía era uno de los compositores más solicitados de México. Las regalías de sus 500 canciones generaban ingresos que sus asesores de la época estimaban en cifras que con los valores actuales superarían los 4 millones de pesos anuales solo por concepto de derechos de autor, 4 millones de pesos al año, solo por escribir, sin contar los ingresos de sus giras, sin contar las presentaciones en el Auditorio Nacional, en el Zócalo, en el Rouse Bull de California, en el

Astrodom de Houston, sin contar las películas que produjo, dirigió y protagonizó. Las actuaciones en vivo de Rafael Buen Día, durante los años de mayor demanda, eran eventos que llenaban los recintos más grandes del circuito de la música regional mexicana. En las ferias de los estados del norte de México, el nombre de Rafael Buen día Día en el cartel garantizaba filas desde antes del amanecer.

 En las comunidades mexicanas de California, Texas e Illinois, donde la diáspora migrante construía sus propias celebraciones con los artistas que les recordaban de dónde venían, el compositor de los pobres era recibido con la devoción que se reserva para los que hablan el idioma emocional de uno sin necesidad de traducción. El cachet de una presentación de Rafael Buen Día en los años 80 en los eventos de mayor tamaño y mayor pago, se estimaba en el sector en cifras que rondaban los 120,000 pesos de la época por noche. Calculados a valores

actuales, eso equivale a más de 600,000 pesos por presentación. Con 80 o más presentaciones anuales en sus temporadas más activas, sus ingresos por conciertos superaban los 48 millones de pesos anuales a valores actuales, solo de escenario. Pero antes de hablar del rancho y de la vida que Rafael Buen día Día construyó con ese dinero, hay que hablar del conflicto que define la historia más amarga de su carrera, el conflicto con las disqueras.

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