Fue una mezcla metodológica, militarización, erradicación, presión territorial y estrategias que golpearon fuerte a comunidades rurales, pero que no lograron realmente desmantelar por completo el negocio. Es así como esta presión de campañas antidrogas en el noroeste acaba con una red de traficantes reagrupándose y proyectándose desde Guadalajara a finales de los años 70 y desde ahí escala su coordinación y expansión, desgraciadamente apoyado por algunas autoridades que o bien participaron activamente o bien fueron sobornados,
siéndola por aquel entonces Dirección Federal de Seguridad la principal responsable de su protección en la sombra. Es aquí donde comienza la historia del cártel de Guadalajara entre los años 1977 y 1980 y con ella la historia del primer cártel de todos. A principios de los años 80, Guadalajara era la segunda ciudad más importante de México, una ciudad moderna, cosmopolita, con una clase media floresciente, buenas universidades y una economía local que crecía año tras año.
También era, sin que la mayoría de sus habitantes lo supiera o quisieran admitirlo, la capital no oficial del narcotráfico en todo el continente americano. Y en el centro de ese mundo oculto había tres hombres. El primero era Miguel Ángel Félix Gallardo, apodado como el padrino. Era el cerebro financiero de la operación, el hombre que hablaba con traje, que se movía en los círculos políticos más altos de México con la naturalidad de alguien que nunca ha hecho nada ilegal, que tenía relaciones con los principales capos colombianos,
incluido Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha. Félix Gallardo fue quien negoció los acuerdos para que la cocaína colombiana cruzara territorio mexicano rumbo a Estados Unidos, transformando a México de corredor a socio mayor del narcotráfico internacional. Era inteligente, paciente y excepcionalmente peligroso, precisamente porque nunca parecía hacerlo.
El segundo era Ernesto Fonseca Carrillo. Don Neto, el veterano. Había traficado desde los años 60, cuando la marihuana era todavía un negocio artesanal en pequeños pueblos de Sinaloa y Jalisco. Don Neto era el operador, el que sabía cómo sobornar a un comandante de la policía, el que conocía exactamente cuánto costaba la lealtad de cada funcionario en cada estado del país, el que tenía, en definitiva, décadas de relaciones construidas con la Dirección Federal de Seguridad.
El tercero era Rafael Caro Quintero, el más joven de los tres, nacido en Badiraguato, Sinaloa, en el año 1952. era sin duda el más impulsivo, el más violento. Caro Quintero no tenía la sofisticación de Félix Gallardo ni la experiencia acumulada de Don Neto, pero tenía algo que los otros dos respetaban profundamente, una capacidad casi limitada para escalar, para arriesgar, para construir a una velocidad que dejaba a otros atrás y sobre todo para reaccionar con violencia extrema si era necesario. Puntos formaban lo que se
conoció como el cártel de Guadalajara. Y su poder no venía solo de las armas o del dinero, venía de su integración profunda con el sistema político y policial del país. En ese momento eran intocables, pero no porque nadie quisiera echarles el guante, sino porque realmente los mexicanos que tenían que trabajar para detenerlos en realidad trabajaban para ellos.
Es por eso que hay que detenerse un momento en la Dirección Federal de Seguridad, porque como dije antes, es imposible entender el caso Camarena y al propio cártel de Guadalajara sin entender lo que era esta institución. La Dirección Federal de Seguridad era el equivalente mexicano del FBI.
había sido creada para combatir la subversión política y proteger la seguridad del Estado. Para principios de los 80 se había convertido en algo radicalmente diferente. Una agencia que proveía al cártel de Guadalajara con protección activa, con información sobre investigaciones en curso y con credenciales que los sicarios del cártel usaban para moverse libremente por el país sin ser detenidos.
era en todos los sentidos prácticos, una extensión armada del narcotráfico dentro del propio gobierno mexicano. En ese contexto, la DEA en Guadalajara operaba con restricciones enormes. No podía hacer trabajo encubierto solo. No podía hacer sobrevuelo sin autorización, no podía actuar directamente. Todo tenía que pasar por autoridades mexicanas que con frecuencia eran las mismas personas que el cártel tenía en nómina.
Lo único que los agentes de la DEA podían hacer era construir inteligencia a través de informantes y eso era exactamente en lo que Kiki era extraordinariamente bueno. No en vano fue en este panorama tan oscuro y poco alentador donde Camarena urde uno de los golpes más duros contra el narcotráfico. En algún momento alrededor de 1982 y 1983, Rafael Caro Quintero tomó una decisión que lo definiría, construir una plantación de marihuana de proporciones que nadie antes había visto en el continente americano. La llamó el rancho
búfalo debido a su cercanía con el pueblo homónimo. Estaba en el municipio de Allende, en el estado de Chihuahua, al norte del país. una extensión de 540 haas en medio de la sierra, rodeada de caminos de terracería, vigilada por hombres armados y equipada con tecnología agrícola que nadie esperaría encontrar en un sembradío ilegal.
Sistemas de riego por aspersión, cobertizos de secado industrial, bodegas de empaquetado mecanizado y una fuerza de trabajo que llegó a contar con entre 7 y 10,000 jornaleros. La mayoría había sido traído desde el estado de Guerrero con falsas promesas de trabajo bien pagado.
Cuando llegaban encontraban algo muy diferente, hombres armados vigilándolos sin libertad de salir, trabajando de sol a sol en una montaña de marihuana que salía en camiones al menos dos veces por semana rumbo a la frontera con Texas. Se dice que entre esos jornaleros estaba Kiki y algunos otros compañeros infiltrados. Y digo se dice porque las versiones varían según la fuente.
Después de todo, se trata de una investigación de hace años y que además era secreta, lo que precisamente complica la reconstrucción total de toda la historia. Aquí entró en juego el carisma y el talento de Camarena. Sus habilidades sociales hicieron que pronto estuvieran muy cerca del círculo principal en torno a Caro Quintero. Ganó confianza, tuvo acceso a información privilegiada y poco a poco, junto con colaboradores que también estaban encubiertos, especialmente el piloto y exmilitar llamado Alfredo Zavala Abelar, fueron desglosando la trama y preparando
un futuro y letal golpe a la organización. De esta manera, Camarena estuvo meses documentando la plantación, triangulando los datos de sus informantes, pasando informes a sus superiores de la DEA y a los suyos en Washington, hasta que un buen día llegó el operativo del 6 de noviembre de 1984, que supondría un antes y un después para el cártel.
450 soldados del ejército mexicano, apoyados por decenas de helicópteros, descendieron sobre el rancho búfalo. Era la operación búfalo. Lo que encontraron adentro fue casi imposible de procesar. toneladas de marihuana cosechada, empaquetada y lista para cruzar la frontera. Los militares reunieron las plantas en montones de hasta 5 m de altura y les prendieron fuego.
El incendio duró días, días que en el que el cielo de la cera de Chihuahua se llenó de humo, 3,000 jornaleros fueron detenidos. Los reportes periodísticos hablaron de entre 2,500 y 8,000 toneladas de marihuana destruidas con un valor de mercado estimado en 8,000 millones de dólar de la época. Ningún capo fue arrestado ese día.
El golpe financiero y logístico fue brutal, pero más allá del dinero había algo peor. La plantación había sido descubierta. Alguien había hablado. Alguien lo sabía. Pero, ¿cómo? Es así como el propio cártel puso en marcha una investigación encabezada por el propio Caro Quintero. Los testimonios de testigos que colaboraron después con la DEA describen reuniones en casas de seguridad en Guadalajara en los meses posteriores al operativo.
Se habló de nombre, se habló de la figura de un infiltrado que nadie sabía que estaba ahí. Circularon fotos. El nombre de Kiki Camarena apareció. Fue así como en poco tiempo lograron obtener su dirección, empezar a estudiar sus rutinas. Tenían en esencia lo mismo que él había construido sobre ellos. Y estos rumores no solo se quedaron entre las cuatro paredes del cártel, la propia DEA sabía que Kiki estaba en peligro.
Fue por eso que a principios de 1985 ya se estaba programando la reubicación de la gente. El operativo había sido demasiado exitoso, demasiado visible, demasiado duro para el cartel. Era, desde luego, el momento de sacarlo de Guadalajara, sin embargo, no llegaron a tiempo. 7 de febrero de 1985. Kiki sale del consulado americano en Guadalajara para dirigirse a un restaurante donde planea almorzar con su familia y pasar un rato con los suyos.
Sin embargo, cinco hombres lo interceptan en el camino y afirman ser agentes judiciales que tienen órdenes de llevarlo ante su superior. En el México de esa época esa frase era suficiente para que cualquier persona se detuviera y alguien como Camarena sabía que no le quedaba más remedio que aceptar el traslado y más sabiendo que se habían identificado con sus respectivas credenciales, Kiki no pone resistencia o no puede en cualquier caso y sobre todo en esta parte de la historia, como es lógico, solo podemos especular en la
reconstrucción. A partir de aquí lo suben a un automóvil oscuro con el motor ya encendido y se pierde en el tráfico de Guadalajara en menos de un minuto. Las versiones varían. Unos dicen que eran secuaces del cártel haciéndose pasar por agentes, pero otros afirman que eran realmente agentes corruptos que estaban trabajando para ellos, algo que desgraciadamente y como ya te expliqué era más que probable.
El mismo Caro Quintero había ordenado su secuestro y su venganza se había convertido en una cuestión personal. Dos horas después, en la carretera que va de Guadalajara hacia Chapala, otro grupo de hombres armados intercepta a Alfredo Zavala, el piloto. El hombre que había volado los reconocimientos aéreos sobre el rancho Búfalo.
También lo tenían identificado. También era objetivo de la venganza de Caro Quintero. Los dos son llevados a una casa que saltaría tristemente a la fama, no solo por todo lo que ocurrirá en ella, sino también por quiénes habían sido los dueños a lo largo del tiempo. El lugar se ubica en la calle Lóe de Vega número 881 en la colonia Jardines del Bosque en Jalisco.
Si bien el dueño original había sido Rubén Zunoarce, hijo del exgobnador de Jalisco, José Guadalupe Zuno Hernández, quien le habría regalado esta mansión en diciembre de 1984, se la habría vendido al mismísimo Caro Quintero por 70 millones de pesos. Lo que ocurrió adentro de esa casa durante las siguientes 30 horas fue documentado años después a través de testimonios de gente protegida, hallajos forenses sobre el cuerpo de Kiki y lo más perturbador de todo, grabaciones de audio del propio interrogatorio que los captores llevaron
a cabo. Fue tortado de manera sistemática y prolongada. Se dice que no solo lo golpearon, también aplicaron choques eléctricos, incluso apagaron cigarrillos en diferentes partes de su cuerpo, llegando al extremo de saltar sobre su tórax, como bien determinaron los forenses que examinaron su cuerpo semanas después, donde documentaron fractura de cráneo en múltiples puntos, la cual habría sido la causa de la muerte.
Costillas rotas, quemaduras en diversas partes del cuerpo, señales de apicia repetida e incluso pérdida de dientes. No fue una paliza impulsiva, no fue la furia sigiega de un narco, fue un interrogatorio planificado, prolongado y diseñado específicamente para extraer información de manera metódica y en el proceso tortarlo para hacerle sufrir todo lo humanamente posible.
De hecho, se habla que tuvo una especie de asistencia de un doctor para que no se quedara dormido y para que pudiera aguantar bien el dolor y poder seguir torturándolo durante más tiempo. Y aquí está el detalle que más llamó la atención de los investigadores que revisaron las grabaciones años después. Las preguntas que le hicieron a Camarena no eran solo las que haría alguien queriendo saber qué demonios había pasado dentro del cártel, cómo se habían infiltrado y sobre todo si había más gente dentro.
Eran preguntas específicas, técnicas sobre la estructura interna de la DEA en México, sobre sus vínculos operativos con otras agencias de inteligencias del gobierno de los Estados Unidos, sobre qué más sabía y con quién lo había compartido. El nivel de sofisticación era inusual, demasiado ordenado para ser únicamente la venganza de un capo de la droga furioso.
Era el tipo de interrogatorio que alguien con entrenamiento en inteligencia habría diseñado. Algo que abriría una segunda línea de investigación por un posible topo esta vez dentro de algún tipo de inteligencia mexicana o estadounidense, pero no sabían cuál podría haber sido. El piloto Alfredo Zavala también fue interrogado y torturado para correr después el mismo destino.
Se estima que Kiki Camarena murió el 9 de febrero de 1985 y la causa oficial de la muerte fue este traumatismo cranoencefálico y afixia por sufocación, por supuesto con toda la tortura que recibió. Tenía 37 años. Sus tres hijos tenían 11, 6 y 4 años de edad. Mika tenía también su misma edad. Esa tarde del 7 de febrero, cuando Camarena no llegó a almorzar, Mika fue al consulado a reportar su desaparición.
Sin embargo, las horas se transformaron poco a poco en días y Mika jamás imaginó lo que había pasado. Por increíble que parezca, durante 27 días, Enrique Camarena, un agente de la DEA, era un agente desaparecido. La DEA movilizó todos sus recursos. El gobierno de Ronald Rean presionó al gobierno de Miguel de la Madrid con una intensidad sin precedentes en la historia reciente de las relaciones entre ambos países.
En un gesto que pocas veces ocurre en la diplomacia bilateral, los Estados Unidos cerraron temporalmente algunos de sus consulados en México como señal de presión. Fue un mensaje inequívoco. Este grave asesinato no iba a quedar. impune. El 5 de marzo de 1985, en una carretera del estado de Michoacán, cerca del poblado de la Angostura, un campesino notó un olor intenso que venía de la orilla del camino.
Se acercó y encontró dos vultos envueltos en plástico y parcialmente cubiertos con tierra. Al poco tiempo llegaron las autoridades y después de las investigaciones descubrieron que en su interior estaban los cuerpos de Enrique Camarena y Alfredo Zavala. habían sido enterrados en el rancho El Mareño a unos 100 km al sureste de Guadalajara.
Según se confirmaría después, el estado de los cuerpos era tal que Kiki tuvo que ser identificado por su ficha dental. La noticia llegó a Washington en apenas horas. Incluso se dice que el presidente Rigan le diría a las pocas horas a uno de sus hijos, Enrique, de 11 años, que su padre era un héroe y que nunca sería olvidado.
Ese era, por supuesto, el mensaje público, pero en privado comenzó una guerra contra los narcos y se lanzó la investigación más grande en la historia de la DEA hasta ese momento, el conocido como operación Leyenda. 20 agentes especiales encabezados por el agente Héctor Berrés con un presupuesto inicial de 3 millones de dólares y un mandato completamente claro, identificar a todos los involucrados y llevarlos ante la justicia.
Los resultados llegaron en los siguientes meses. En abril de 1985, Rafael Caro Quintero fue arrestado en San José, Costa Rica, a donde había huído con Sara Cosío, sobrina del que sería después gobernador de Jalisco. La captura fue, según todos los reportes, casi cinematográfica. Caro Quintero estaba semidesnudo en una quinta residencial cuando la policía costarricense entró.
Don Neto fue detenido en México ese mismo año. Miguel Ángel Félix Gallardo cayó en 1989. Y no está de más señalar que toda esta expresión que hizo la DEA sobre el cártel hizo que finalmente acabara desvaneciéndose. Los tres fueron juzgados y condenados en México. La historia parecía estar cerrándose, pero había algo más, algo que la investigación oficial, con todas sus condenas y su juicio, nunca llegó a resolver por completo.

Y es que esa investigación paralela que se había abierto después de haber escuchado el interrogatorio que le habían hecho a Camarena, involucró finalmente a un exagente de la CIA. Este elemento en la historia fue tratado como especulación, como teoría conspirativa, como algo demasiado incómodo para ser verdad, pero con el tiempo fue cobrando peso a través de testimonios directos, de documentos parcialmente desclasificados y de las declaraciones públicas de investigadores que arriesgaron sus carreras para esclarecer lo ocurrido. Fue así como el
propio agente Héctor Berrés, después de una profunda investigación y de tener acceso, por supuesto, a información muy sensible, encontró finalmente pruebas de que la dimensión del crimen iba mucho más allá del cártel de Guadalajara. En octubre de 2013, tres exagentes federales estadounidenses que habían trabajado tanto con la CIA como con la DEA revelaron algo perturbador, que el asesinato de Enrique Camarena no habría sido ordenado únicamente por los capos del cártel, sino que habría involucrado directamente a un exagente de la CIA
llamado Félix Ismael Rodríguez. Un nombre que puede que a nosotros nos parezca desconocido, pero que sin embargo no lo era dentro de los círculos de inteligencia. Era una agente cubanoamericano exiliado que llevaba décadas operando para la Asia en América Latina. En 1967 fue uno de los hombres que rastreó y coordinó la captura del Cheeguevara en Bolivia.
En los años 80 estaba operando en América Central en el corazón de la guerra encubierta que el gobierno de Rigan libraba contra el gobierno sandinista de Nicaragua, ayudando a financiar, armar y organizar a los grupos rebeldes conocidos como los contras. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el cártel de Guadalajara? La hipótesis de Berry y otros investigadores es la siguiente.
Durante la primera mitad de los años 80, la CIA habría llegado a un entendimiento tácito con el cártel de Guadalajara. La agencia permitiría que ciertas rutas de droga operaran sin interferencia a cambio de que el cártel facilitara logística, rutas y financiamiento para las operaciones clandestinas de los contras en Nicaragua.
Esto se enmarca en lo que la historia después registraría como El escándalo Irán contra, una red de operaciones encubiertas que incluyó, según múltiples investigaciones del Congreso de los Estados Unidos, el tráfico de cocaína hacia el territorio americano para financiar una guerra que el Congreso había prohibido oficialmente. en este escenario como Camarena se había convertido en un problema ya no solo porque había destruido el rancho búfalo, sino porque, por lo visto, estaba llegando demasiado cerca de entender la conexión que tenía la CIA con el cártel.
sabía o estaba a punto de saber algo que ningún agente de la DEA debía saber y eso lo convertía en una amenaza que iba mucho más allá del narcotráfico. Reyes afirma que entre los hombres presentes en la sesión de interrogatorio y tortura de Kiki estaba el propio Félix Ismael Rodríguez, que las preguntas que le hicieron a Camarena respondían al perfil de un interrogatorio de inteligencia profesional, no de una venganza de narcos.
que alguien con entrenamiento específico estaba diseñando y dirigiendo ese proceso. Al fin sabían quién era. Hay que ser absolutamente claro sobre lo que es y lo que no es esta versión. No es la versión oficial. Desgraciadamente ningún tribunal ha condenado a Félix Ismael Rodríguez por la muerte de Camarena o por lo menos por haber participado en la misma.
La CIA nunca ha reconocido oficialmente ninguna conexión o realidad de estos hechos. Esta es la conclusión de investigadores como Berrell Basada en el testimonio de testigos protegidos de información sensible y de patrones que encontraron en la evidencia. Tampoco es que se lo inventaron o se lo sacaron de la manga. De todas formas, si todo esto es cierto, creo que está más que claro por qué no se llegó a nada en claro.
Pero hay algo que sí es real y que no pertenece a ninguna teoría. El superior de Enrique Camarena en la oficina de Guadalajara testificó en el juicio contra uno de los principales acusados diciendo que ese hombre no tenía ninguna relación con el narcotráfico, a pesar de que tanto la DEA como la Fiscalía tenían documentación que probaba exactamente lo contrario.
Su testimonio fue clave para que ese acusado fuera absuelto. Nunca hubo una explicación satisfactoria de por qué testificó lo que testificó. Berry fue presionado para cerrar ciertas líneas de investigación. Algunos testigos que podían conectar al cártel con operaciones de la CIA nunca llegaron a testificar en los juicios. Las cintas de audio del interrogatorio de Camarena existen.
Algunas partes fueron transcritas y presentadas en el proceso judicial, pero nunca han sido publicadas en su totalidad. ¿Por qué? Esa es otra de las preguntas sin respuesta oficial. La historia judicial del caso Camarena es larga, tortuosa y en muchos aspectos profundamente frustrante porque se nota a la legua que fue embarrada.
En México los tres capos fueron condenados. En los Estados Unidos, todos los que estuvieron involucrados con la trama también fueron condenados en 10 juicios en Los Ángeles. El médico que según los testimonios de los testigos fue llevado a la tortura para mantener a Kiki con vida y prolongar el interrogatorio, fue absuelto.
Rubén Sunoarce, dueño de la casa donde ocurrió todo, fue condenado en los Estados Unidos en 1992, pero su condena fue revocada por la Corte Suprema, aunque después fue condenado nuevamente por otros cargos. Era cuñado de un expresidente de México. Este tipo de protecciones no se consiguen fácilmente y son muy efectivas. Y luego llegó el momento que la viuda Mika describió como uno de los peores días de su vida.
El 9 de agosto de 2013, Rafael Caro Quintero salió caminando del penal de Puente Grande, Jalisco. Tres jueces habían concedido un amparo con el argumentario de que en su momento había sido juzgado incorrectamente en el fuero federal cuando el caso correspondía al fuero estatal. Llevaba 28 años preso, salió con ropa civil. En horas había desaparecido.
Es así como estuvo prófugo al menos durante una década. La DEA lo puso en su lista de los más buscados con una recompensa de 20 millones de dólares. El 15 de julio de 2022, elementos de la Secretaría de Marina de México lo localizaron en el municipio de Choik, Sinaloa, y lo capturaron nuevamente. Ya tenía 69 años. El 27 de febrero de 2025, en una operación que involucró a más de 3,500 elementos del ejército y que fue descrita como sin precedentes en la historia del crimen organizado mexicano, el gobierno de México entregó a los Estados Unidos a 29
figuras de los cárteles, entre ellos Rafael Caro Quintero, 40 años después del crimen. En su primera comparecencia ante un tribunal federal de Brooklyn, Nueva York, Caro Quintero, apareció esposado con unas esposas que la familia camarena había entregado específicamente para ese momento, las esposas que habían pertenecido a Kiki.
Por supuesto, Quintero se declaró inocente. Días después, la familia camarena presentó una demanda civil en un tribunal federal de San Diego bajo la nueva designación de organizaciones terroristas que el gobierno de Donald Trump había aplicado a los cárteles mexicanos. Era la primera vez en 40 años que podían buscar justicia civil en suelo americano.
El hijo mayor de Kiki, Enrique Camarena Jor, que tenía 11 años cuando su padre desapareció un jueves al mediodía en Guadalajara, es hoy juez de la Corte Superior del condado de San Diego. Enrique Camarena fue a Guadalajara convencido de que podía hacer la diferencia y lo hizo. El rancho El Búfalo cayó gracias a su trabajo.
El cártel de Guadalajara, aunque no en ese momento, se desarticuló en los años siguientes. Félix Gallardo, Don Neto y Caro Quintero terminaron presos. La guerra contra el narcotráfico en México cambió para siempre después de su muerte, aunque no necesariamente en la dirección en que él habría querido. Pero lo que este caso expuso fue algo más incómodo que la brutalidad de los narcos.
expuso la corrupción sistemática de un estado que protegía a los mismos criminales que supuestamente perseguía. Expuso las tensiones internas entre agencias del gobierno de Estados Unidos que a veces operan con agendas distintas. A día de hoy, Mika Camarena sigue activa, sigue dando charlas en escuela sobre las consecuencias de las drogas, porque como ella misma ha dicho muchas veces, eso es lo que Kiki hubiera querido.
Sin embargo, la tragedia de Kiki Camarena no fue el final de una era, sino el violento nacimiento de las reglas que rigen el mundo criminal actual. Los nombres han cambiado, pero la brutalidad y el alcance son ahora mucho mayores. Si creen que lo que vivió Camarena fue el límite de la ambición, es porque no han visto como Nemesio Ceguera Cervantes, el Mencho, tomó esas cenizas para construir el imperio más grande del narcotráfico en el siglo XXI.
Pero, ¿cómo pasó un joven de Michoacán a convertirse en el objetivo número uno de la DEA y de Estados Unidos, heredando el caos que inició con el caso Camarena? Te voy a dejar por aquí dos recomendaciones del canal en la que podrás ver la historia del Mencho, pero también su trágico final que ha sido bastante reciente.
Y es que, lamentablemente la sombra del cartel que vimos nacer a finales de los 70 y principios de los 80 aún sigue viva. Ah.
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