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El desembarco en el salón

PARTE 1: El desembarco en el salón

El sol de la tarde entraba por el ventanal del salón, destacando cada mota de polvo que Lucía no había tenido tiempo de limpiar.

Eran las cuatro y diez de la tarde.

Un martes cualquiera en un barrio madrileño donde los vecinos todavía se saludan por el nombre.

Lucía revisaba su agenda con un nerviosismo eléctrico recorriéndole los dedos.

Tenía la cita a las cinco.

Su primera sesión de terapia en tres meses, después de haberlo pospuesto por pura falta de energía.

Se miró al espejo del pasillo y se ajustó la bufanda.

—Solo una hora para mí —susurró, casi como un mantra de supervivencia.

—Una hora de paz, de silencio y de no tener que explicarle nada a nadie.

Pero el destino, o más bien la llave maestra de su suegra, tenía otros planes.

El sonido de la cerradura girando fue como un disparo en mitad de la biblioteca.

Dos vueltas exactas.

Ni una más, ni una menos.

Lucía cerró los ojos y apretó los puños, contando mentalmente hasta diez.

La puerta se abrió de par en par, golpeando ligeramente el tope de goma del suelo.

Apareció Encarna.

Llevaba su mítica gabardina beige, esa que parece haber sobrevivido a tres mudanzas y a la Transición.

En la mano derecha, una bolsa de plástico de un supermercado de descuento.

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