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EL COCHILOCO | el Narco Mexicano que le Robó al Cartel de Cali | Su Historia

En el salvaje universo del narco, algunos nombres se graban a fuego en la memoria colectiva y ciertos apodos susurran historias de terror. Uno de ellos era el cochilco, un nombre que, según cuentan las leyendas, nació en la inocencia de un juego infantil, pero que terminó manchado de sangre en la historia criminal de México.

Esta no es solo la crónica de un capo más, es el relato de cómo la brutalidad se convierte en poder, como las alianzas se sellan con plomo y como casi siempre la traición es la última página del libro. Nació en Sinaloa a mediados del siglo XX, la cuna de muchos de los primeros narcotraficantes de México. La historia que se canta en los corridos y se repite  en los pueblos, cuenta que fue su abuela quien lo bautizó como el cochiloco en su niñez, en el poblado de San Juan, por su carácter inquieto y travieso, porque parecía un cochinito

loco, sin la menor idea de que ese mote se convertiría en sinónimo  de violencia. La Sinaloa de mediados del siglo XX era un caldo de cultivo perfecto, una región agrícola con focos de pobreza, una larga tradición de contrabando y un estado ausente. Sus primeros pasos en el crimen los dio como pistolero a sueldo, en una época en que las disputas por las rutas de Amapola y marihuana se resolvían a balazos.

La leyenda añade otro rasgo a su figura, una cojera distintiva, resultado de un balazo en la pierna, una marca de guerra que, según se dice, lo identificaría para siempre.  Pues a mí no me importaría que nos pagaron por andar con esta chulada.  El nombre de Juan Manuel Salcido Uzeta empezó a sonar con fuerza en los círculos criminales a principios de los años 70.

Su gran oportunidad llegó tras la muerte de un presunto padrino criminal llamado Modesto Suna en 1972. Antes de llegar al cártel de Guadalajara, Salcido ya había militado en la organización de Pedro Avilés Pérez, conocido como el león de la Sierra, considerado el primer gran capo del narcotráfico  mexicano moderno.

Bajo su mando aprendieron el oficio nombres que después acudirían al país entero. Félix Gallardo, Caro Quintero, Don Neto e incluso un jovencísimo Amado Carrillo. El cochiloco era uno de los hombres de confianza de Avilés  y esa lealtad dejaría una huella profunda en él. A ver si con eso lo armamos por un rato. Ya está.

A mí se me ocurre una forma ya para que se acabe esto una buena vez. Fue en este periodo cuando se consolidó la organización que lo cambió todo. El cártel de Guadalajara, fundado por Miguel Ángel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, don Neto. Este grupo era más una federación de capos que un cartel moderno.

En esta estructura, Salcido encontró su lugar. No era un estratega de alto nivel como Félix Gallardo, pero tenía algo que valía oro, una reputación de violencia que no conocía límites. Fuentes periodísticas lo identifican como un brazo armado clave de la federación, el jefe de pistoleros al que se le confiaban las tareas sucias.

Su brutalidad era su carta de presentación. En un negocio donde la palabra se respalda con plomo, hombres como el cochiloco eran esenciales para mantener la disciplina. eliminar rivales y proteger los cargamentos. En 1975, el cochiloco fue detenido en Guadalajara, acusado de homicidio y trasladado a un penal en Sinaloa, lo que hizo a continuación no debería sorprender  a nadie. Se fugó.

En noviembre de ese mismo año, salió del penal y, según se dice, la fuga fue pactada, es decir, comprada. Dinero cambiando de manos, puertas abriéndose. Así funcionaba el sistema. Libre de nuevo, salcido reorganizó su banda y retomó el negocio como si nada. Un hombre al que ni las rejas podían parar. Dar de comer, coche. Marisco, compa.

Estilo te voy a poner la langosta loca. Suena bien, ¿eh? Y como buen capo con dinero y poder,  el cochiloco también tenía sus negocios legales o lo que parecían negocios legales. Se dice que era propietario de un restaurante de mariscos de estilo sinaloense en Guadalajara,  la langosta loca, donde se organizaban fiestas privadas y donde la crema inata del crimen  organizado se sentaba a comer.

Ahí coincidían figuras como Rafael Caro Quintero y un joven que empezaba a hacerse un nombre, Joaquín el Chapo Guzmán. Antes de continuar, en Códigos de la Mafia colaboramos con Protom VPN. Navega de forma totalmente anónima, segura, sin que nadie pueda rastrear tu actividad. Acede a contenido de cualquier país y protege tus datos.

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Sus nombres eran John Clay Walker, un escritor de 36 años que se había mudado a Guadalajara para terminar una novela. y Alber Radelat, su acompañante. Dos hombres en el lugar equivocado, en el momento más equivocado posible. Ya me enteré que hiciste en el restaurante. Estaban siguiendo. Eran turistas. Rafael, cuentan las crónicas que fue el propio Chapo quien lo señaló.

Esos hablan inglés, son de la DEA. En un ambiente  donde la paranoia era moneda corriente y el asesinato de camarena estaba a punto de ocurrir, esa acusación equivalía a una sentencia. Caro Quintero pronunció la palabra clave, la cucaracha, y lo que siguió fue una carnicería. Los dos americanos fueron torturados.

Walker intentó escapar, pero no lo logró. Ninguno de los dos salió vivo de aquel local de mariscos. Tuvo consecuencias este crimen  en el contexto del caso Camarena, que explotó ese mismo año, los asesinatos en la langosta loca se diluyeron en el ruido de una crisis diplomática mucho mayor, pero añadieron otro elemento a la lista de cargos que la DEA acumulaba contra el cártel y contribuyeron a la imagen internacional de Guadalajara como una ciudad donde  los narcos actuaban con total impunidad, convencidos de que podían matar a quien

quisieran, incluso a ciudadanos extranjeros. sin rendir cuentas  a nadie. Una impunidad que, como veremos, tendría una fecha de caducidad. Su ascenso coincidió  con el boom de la cocaína. El cártel pasó de exportar marihuana a ser el principal intermediario de los poderosos cárteles colombianos.

Aunque es poco probable que Salcido fuera el enlace principal con Pablo Escobar, un rol reservado para la cúpula sí fue una pieza indispensable en la maquinaria. Él y sus hombres eran la garantía armada de que la mercancía colombiana llegaría a su destino,  consolidando su posición en el ajedrez del narcotráfico. Los años 80 fueron la época dorada del cártel de Guadalajara y por ende Manuel Salcido UZA.

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