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TRISTE HISTORIA DE LA MANSIÓN DE DALIDA: 3 Hombres Murieron por Su Amor y Aun Así Nada Pudo Salvarla

Hay disciplina calabresa, fe católica y la conciencia permanente de que se vive lejos de donde se nació y de que eso tiene un costo que se paga en silencio todos los días. En ese mundo de dos culturas y dos lenguas nace Yolanda Cristina Jigliotti. Sus padres son calabreses, italianos del sur, emigrados a Egipto a principios del siglo XX.

El padre Pietro es primer violín de la ópera del Cairo, lo que en el barrio de Shubra significa algo concreto. Un hombre que cada noche entra por la puerta lateral de uno de los edificios más elegantes de la ciudad y toca música para personas vestidas de blanco y la madre Filomena cose para otros. Una familia con dignidad, pero sin margen para errores.

Yolanda tiene 10 meses cuando contrae una infección ocular grave que la obliga a llevar vendajes en los ojos durante 40 días. Su padre, que no sabe qué más hacer para calmarla, se sienta a su lado cada noche y le toca nanas al violín. Esa es la primera imagen que Dalida tendrá del mundo. Oscuridad y música. Las dos cosas más importantes de su vida.

presentes desde antes de que pudiera hablar. El estrabismo aparece después de la infección. Las operaciones comienzan a los 3 años y se repiten durante la infancia. Gafas, más operaciones, más gafas. Y las burlas de los niños del colegio con esa crueldad específica que solo los niños pueden tener. Yolanda llega a un punto en que no puede más y un día tira las gafas por la ventana.

dice que prefiere ver el mundo borroso antes que seguir siendo la niña del ojo raro. Ese gesto, la negativa, aceptar una limitación visible, aunque duela quitarla, va a definir toda su vida. Y entonces llega la guerra. En 1940, Italia entra del lado del eje y los italianos instalados en territorios bajo influencia británica se convierten de pronto en el enemigo.

Las autoridades aliadas detienen a Pietro Jiglioti y lo llevan al campo de internamiento de Fayed, en el desierto cerca del canal de Suez. Calor extremo, aislamiento, trabajo forzado. Yolanda tiene 7 años cuando su padre desaparece de casa. Y la casa de Shubra, que antes tenía el sonido del violín de Pietro por las tardes, queda en silencio. Ese silencio es el primero.

Hay otros que vienen después. Pietro vuelve en 1944, pero el hombre que vuelve no es el mismo que se fue. 4 años en el desierto lo transformaron de una manera que nadie supo nombrar en esa época y que hoy llamaríamos trauma severo. Los niños le tienen miedo. Golpea a la madre, golpea a los hijos.

Dalida lo dirá años después con una honestidad que estremece. Lo odiaba cuando me pegaba. Lo odiaba, sobre todo cuando pegaba a mi madre y a mis hermanos. Quería que muriera. En 1945, Pietro muere de un abceso cerebral. Yolanda tiene 12 años y el deseo que tuvo de niña en un momento de rabia se cumplió. Esa mezcla de alivio y culpa va a vivir dentro de ella durante décadas.

En una niña educada en el catolicismo calabrés, eso no desaparece con el tiempo. Se asienta. Paz se convierte en una certeza oscura de que sus deseos tienen consecuencias, de que ella tiene consecuencias. La familia sigue adelante. La madre Filomena cose. Orlando, el hermano mayor protege a los pequeños y Holanda crece.

Y a medida que crece ocurre algo que nadie en el barrio podía predecir dado el punto de partida. Ese cuerpo que de niña fue objeto de burlas, ese ojo que no miraba donde debía, esa cara que los otros niños señalaban se convierte en algo que la gente no puede dejar de mirar. En 1954, Yolanda Jiglioti gana Miss Egipto y de diciembre de ese mismo año toma una maleta, cruza el Mediterráneo y llega a París sin dinero suficiente, sin contactos reales, sin nadie que la espere al otro lado, solo con la determinación de

alguien que aprendió muy pronto que el mundo no le va a regalar nada y que si quiere algo va a tener que construirlo con sus propias manos. Hay que recordar ese punto de partida cuando veamos lo que construyó en Montmre. A la niña que creció en esa casa modesta de Shubra nunca tuvo un hogar estable.

Tuvo un edificio con balcón. Tuvo una familia que se rompió. Tuvo un silencio donde antes había violín. Eso es lo que va a buscar durante toda su vida. No la fama, no el dinero. Un lugar donde el silencio sea el silencio que uno elige y no el que te imponen. París. Diciembre de 1954. Una joven italiana egipcia con acento extranjero y una belleza que detiene conversaciones, llega a la ciudad más exigente del mundo con muy poco dinero y una determinación feroz.

viene a hacer cine. Un productor francés la vio en Egipto y le dijo que en París podría ser actriz. Ella interpretó eso como una señal del destino y cruzó el Mediterráneo. Pero el cine francés no tiene espacio para ella. Audición tras audición, rechazo tras rechazo. El mercado está saturado de actrices locales y nadie quiere a una italiana egipcia con acento que se le escapan las RS.

Se instala en una habitación alquilada dentro de un apartamento de un conocido en el París gris del invierno. Cuenta el dinero, busca trabajo. En esa habitación modesta, su vecino de al lado es un joven completamente desconocido que también intenta abrirse camino. Se llama Alan Delon. Años después los dos son famosos, pero en ese invierno de 1954 son solo dos jóvenes con hambre de mundo y sin dinero suficiente para calentarse.

Cuando comprende que el cine no le va a dar de comer, Yolanda empieza a tomar clases de canto y se abre camino en los cabarets de los campos elicios. Primero en Ledrapdor, luego en la Villa de Este, donde la anuncian como la revelación de la canción francesa. En esos escenarios aprende algo que ningún colegio de canto puede enseñar.

Aprende a sostener una sala, a leer el silencio del público, a saber exactamente en qué momento una nota tiene que terminar para que el que escucha sienta que quiere más. Aprende que una voz no es solo un instrumento técnico, es una conversación entre quien canta y quién escucha. Y esa conversación tiene sus propias leyes que no están escritas en ninguna partitura.

El 9 de abril de 1956 cambia todo. Bruno Cocatrix organiza en el Olimpia un concurso de nuevos talentos. Esa misma noche, en un bar cercano, dos hombres discuten a dónde ir. Eddie Barkley, dueño del sello discográfico más importante de Francia, quiere ir al cine. Lucien Moris, director artístico de la nueva radio Europe número uno, quiere ir al Olimpia.

Deciden resolver la disputa jugando a los dados. Gana Moris. Van al Olimpia. Dalida canta y gana el concurso. Moris camina hacia el backstage, le extiende su tarjeta y le dice que vaya a su despacho lo antes posible. A pocos días después firma contrato con Barkley y adopta definitivamente el nombre artístico.

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