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¿RECUERDAS A CARLOS BONAVIDES? TRAS PERDERLO TODO Y DESAPARECER DE LA TV, ASÍ VIVE HUICHO DOMÍNGUEZ

¿RECUERDAS A CARLOS BONAVIDES? TRAS PERDERLO TODO Y DESAPARECER DE LA TV, ASÍ VIVE HUICHO DOMÍNGUEZ

A ver, dime una cosa, ¿te acuerdas de Wicho Domínguez? El premio mayor, el premio mayor, aquel bigotón que se sacó la lotería, el que forraba los muebles con plástico, el que gritaba y bailaba como loco moviendo el cachetón. Sí que ese mismo, el de el premio mayor. Mugre vieja, no puedo creer que me haya ganado a mí.

al gran millonario Wicho Domínguez, el que nos hizo reír cada noche allá por el 95. Pues mira, déjame contarte algo. El señor que le dio vida a ese personaje se llama Carlos Bonavides y la cosa con él es que cuando estaba en la cima, te juro, tenía de todo. Casa en Cancún, motos acuáticas, un yate ahí en el mar, dólares a montones.

 La gente lo paraba en la calle, le aplaudían en los hoteles, hasta lo mandaron a Estados Unidos a un circo donde nada más por las fotos ganaba miles de dólares por noche. Pero pasaron 30 años y hoy este señor a sus 85 añitos vive de una manera que tú no te imaginas. En serio, cuando te enteres de cómo sobrevive todos los días, se te va a hacer un nudo aquí.

Pero para que entiendas de verdad cómo vive este hombre hoy, primero tienes que saber de dónde viene, cómo empezó todo, cómo fue subiendo hasta llegar a donde llegó. Y para eso vamos a regresar en el tiempo a un Veracruz de los años 40 donde nació un niño que de grande terminaría te haciendo reír a todo México.

 Carlos Bonavides Samudio, veracruzano de hueso colorado, nació el 14 de octubre de 1940 en el puerto. Pero pon atención a la fecha porque eso quiere decir que este señor hoy ya rebasó los 85 años y como vas a ver más adelante todavía está dando guerra. Pero retrocedamos. Imagínate ese México de los 40 sin tele, con la radio prendida en la cocina, las calles de tierra, la familia apretadita en una casa chiquita.

Ahí, en ese México de antes, llegó este chamaco. Y déjame decirte una cosa, la vida no le hizo ningún regalo, ni uno. ¿Sabes qué hacía Carlos cuando era niño? Agárrate. Lavaba carros en plena calle, allá fuera de Televicentro, vendía revistas. trabajó de mesero y la que más duele se subía a los camiones.

 Sí, a los camiones del transporte público a cantar por unas monedas. Imagínatelo, un chamaquito flaquito sin un peso cantándole a los pasajeros para que le aventaran un peso, 2 pesos, lo que pudieran. Y me subía yo cantando los camiones y luego encontré un negocio más lucrativo, lavando carros enfrente de Televicentro.

Él lo cuenta con una frase que te encoge el alma. Yo era el hombre invisible. Nadie me veía, nadie me pelaba. Y aquí está un detalle que pocos saben. Carlos creció en el centro urbano presidente alemán, ese multifamiliar gigante donde vivía pura raza trabajadora. ¿Y sabes quién más vivía ahí? Laura Zapata.

 Sí, esa Laura Zapata. Fíjate bien en ese nombre porque más adelante en esta historia va a regresar y no precisamente para echarle porras. Pero bueno, regresemos al chamaco. Carlos soñaba con ser actor, pero como él mismo dice, en aquellos años el reparto de Televisa ni lo volteaba a ver. Le decían, “No tengo nada para usted. Entiéndame.

 No tengo nada para usted.” Una y otra vez, la misma cantaleta. Hasta que un viernes todo cambió. Estaba de extra en una obra de teatro, El Jardín de los cerezos, con el famosísimo Manolo Fábregas. Resulta que faltó un actor grande, Héctor Gómez. Nadie sabía qué hacer. Y Carlos, este chamaco invisible, se acercó y dijo, “Yo me sé el papel.

” Manolo lo miró y le soltó. “Si lo haces mal, no vuelves a entrar aquí. Lo hizo y se aventó la actuación de su vida. Y ahora viene el detalle que casi nadie sabe.” “¿Cuánto crees que le pagaron por esa primera actuación profesional?” Un chocolate. Eso fue un chocolate. Ese fue su primer sueldo como actor. Si eso no es empezar desde abajo, dime tú qué es.

 A partir de ahí empezó a picar piedra. Cuna de lobos en el 86. Simplemente María. Cinitas de las llamadas ficheras esas que ponían en los cines de barrio. Papelitos chiquitos, años y años de chamba sin que nadie supiera su nombre. Pero todo eso, todo estaba a punto de cambiar porque en 1995 un productor llamado Emilio La Rosa lo iba a ver en una obra de teatro y le iba a ofrecer un papel de 10 capítulos, solo 10.

 Un papelito chiquito donde Carlos se iba a morir en el episodio 10. Lo que nadie se imaginaba es lo que iba a pasar después. 1995. Emilio La Rosa, ese productorzazo de Televisa, estaba armando una novela nueva. Se iba a llamar El Premio Mayor. La idea era simple pero chingona. Un  un pelado del barrio, un don Nadie que de repente se saca la lotería y se vuelve millonario y todo el caos que viene después.

 La Rosa necesitaba un actor para el personaje principal, Wicho Domínguez, y se acordó de Carlos, lo llamó, le ofreció el papel. Pero ojo con esto. El plan original era que Wicho Domínguez se muriera en el capítulo 10. 10 capítulos y se acabó. Un papelito, nada del otro mundo. Solo que pasó algo que cambió la historia de la televisión mexicana.

 Estaban grabando una escena de celos. Wio celaba a su esposa Rebeca, interpretada por la mismísima Laura León, la tesorito. La cosa era que él la aventaba. Pero Laura, mi cuate, no se anda con cuentos. La señora reaccionó como leona, lo agarró de los pelos y le soltó un manotazo de A de veras. Le sacó sangre.

 Y en ese preciso momento, ¿quién entra al foro? Don Emilio Azcárraga Milmo, el dueño de Televisa, acompañado de unos empresarios japoneses, vieron la escena completa y cuando terminó todo el set se paró a aplaudir. Azcárraga preguntó, “¿Quién es ese cachetón?” le contestaron, “Es un actor que ya se va a morir en la novela.

” Y don Emilio soltó la frase que cambió todo, “Déjalo.” Y esas dos palabras, “Déjalo.” Con eso bastó. La Rosa reescribió la novela completa alrededor de Carlos y el resultado fue una bomba. 190 capítulos del 4 de septiembre de 1995 al 24 de mayo de 1996. En horario estelar del canal de las estrellas, la gente se paraba todo para ver el premio mayor.

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