Posted in

La Primera Audición de Juan Gabriel Duró 6 Minutos y Dejó a Raúl Velasco Sin Palabras

Había empezado a sonar en algunas estaciones  de radio con la timidez de las cosas que todavía no saben que van a volverse enormes. Pero sonar en la radio y existir  en la televisión eran dos mundos distintos en ese México de 1972. Y Alberto  lo sabía con la precisión de quien ha aprendido las reglas del juego, estudiándolas desde afuera  durante demasiado tiempo. Televisentro era ese otro mundo.

Y siempre en domingo el programa que conducía Raúl Velasco  cada semana desde diciembre de 1969 era la puerta dentro de ese  mundo. En el medio se decía sin exageración que un artista podía tener el mejor disco  del año y seguir siendo desconocido si Velasco no lo invitaba. Velasco no era solo un conductor de televisión, era el hombre que decidía quién tenía futuro y quién no, con la autoridad  tranquila de quien ha ejercido ese poder durante suficiente tiempo como para no necesitar

declararlo. Cuando Alberto  empujó esa puerta, no tenía cita confirmada. tenía el nombre de un asistente de producción que conocía a alguien que le había dicho  que había una posibilidad, que no era una promesa. Lo que no sabía cuando entró era que  en ese momento, en el tercer piso del edificio Raúl Velasco llevaba ya una hora revisando la pauta de la próxima temporada y que en menos  de 40 minutos ese hombre iba a dejar los papeles sobre el escritorio y quedarse completamente quieto escuchando

algo que venía del pasillo.  La recepción de Televicentro era una sala de techos altos con piso de mármol que devolvía el eco  de cada paso con una claridad que hacía sentir que el edificio entero prestaba atención a quien llegaba. Alberto se acercó al mostrador, dijo que tenía  cita con la producción de siempre en domingo.

La recepcionista buscó en la agenda sin ningún énfasis particular, marcó un número interno y  habló en voz baja. Luego dijo que esperara que alguien bajaría. fue a sentarse en una silla junto a la pared. Puso la carpeta sobre las rodillas y se quedó mirando el pasillo que se abría detrás del mostrador, por donde entraban  y salían personas con el paso seguro de quien tiene un lugar concreto a donde ir.

Desde algún punto del edificio llegaba de vez en cuando el sonido apagado de voces en conversación, el  rasgueo de una guitarra siendo afinada. Era suficiente para recordar que al fondo de ese pasillo  había algo real, algo que funcionaba, algo a lo que todavía no tenía acceso, pero que existía. menos de  30 m de donde estaba sentado.

Esperó, pensó en  Lecumberry, en los pasillos del penal, donde cantaba en voz baja sin razón práctica, solo para mantener viva la  certeza de que la voz seguía ahí, que el encierro no la había deteriorado, que cuando saliera iba a seguir siendo lo que era antes de entrar. Pensó en la Alameda central, en las bancas donde había dormido la primera semana con la carpeta debajo de la cabeza para que nadie se la quitara  mientras dormía.

pensó Enokamura escuchándolo por primera vez en las oficinas de RCA Víctor con esa expresión de alguien que recibe algo que  no esperaba y necesita un momento para decidir qué hacer con eso. Eran casi las 10 cuando el asistente bajó. Joven, saco oscuro,  paso apresurado, la expresión de quien lleva demasiadas cosas en la cabeza.

Le dijo a Alberto  que lo siguiera, que el licenciado Velasco estaba terminando una reunión, pero que lo recibiría en unos minutos,  que esperara en el tercer piso. Subieron por unas escaleras de concreto. El corredor del tercer piso era más angosto y tenía las paredes cubiertas de fotografías  enmarcadas del programa, el foro iluminado con el público en las gradas, artistas que Alberto reconocía  desde la infancia, desde los años en que la televisión era algo que existía

en la casa de los vecinos y al que uno se asomaba desde afuera. Se sentó en una silla de respaldo recto junto a una puerta cerrada. El asistente desapareció sin  decir cuánto tiempo sería la espera. Esperó otra vez. Desde el fondo del corredor llegaba el sonido de una conversación en grupo, el  ritmo específico de una producción de televisión que existe con independencia de cualquier cosa que ocurra fuera de sus paredes.

Alberto escuchó ese sonido  y pensó que al fondo de ese corredor había un mundo que funcionaba sin él, que había funcionado siempre sin él y que la única manera de cambiar eso era que la  puerta que tenía a un lado se abriera y que del otro lado hubiera alguien dispuesto a escuchar. Cuando la puerta finalmente se abrió, ya  eran casi las 11.

Raúl Velasco llenó el marco con la presencia de alguien que no necesita anunciarse. Era el hombre de bigote oscuro y saco bien puesto  que Alberto había visto en las pantallas de los televisores de las tiendas del centro. Pero en persona había algo que la televisión no transmitía, un peso específico en la manera de pararse, la presencia  de alguien que sabe exactamente cuánto espacio ocupa en cualquier habitación.

Lo miró  un momento. Le preguntó si era el muchacho del disco de RCA. Alberto dijo que sí. Velasco asintió despacio  y le dijo que pasara. La oficina era más pequeña de lo que Alberto había imaginado. Una mesa cubierta de  papeles, dos sillas frente al escritorio, un cenicero con una colilla apagada y una ventana  que daba al estacionamiento interior.

En la pared una fotografía del foro de siempre en domingo, la imagen exacta que Alberto había visto reproducida en las  revistas de espectáculos de los puestos de periódicos de la colonia donde rentaba su cuarto. Velasco se sentó detrás del escritorio y abrió una carpeta. Sin preámbulo, le preguntó cuántas canciones tenía grabadas.

Alberto dijo que el disco  tenía cuatro temas, que el sencillo era no tengo dinero, que había empezado a sonar en algunas estaciones. Velasco asintió sin levantar  los ojos. Dijo que lo había escuchado, que era una canción decente, que la radio era una cosa y la televisión era otra, y que lo que funcionaba en una no siempre funcionaba  en la otra.

Alberto escuchó eso sin moverse. Era exactamente  el tipo de frase que uno espera de un hombre como Velasco. La frase que no cierra ninguna puerta, pero que tampoco  abre ninguna. Alberto la conocía en distintas versiones. La había escuchado en Juárez, en los pasillos de las discográficas, en las oficinas de las radiodifusoras donde había dejado su nombre sin que nadie  llamara de vuelta.

Sabía que la respuesta correcta no era defenderse ni argumentar, era esperar el momento exacto y entonces hacer lo único que nadie  podía negarle. Velasco cerró la carpeta y lo miró directamente por primera vez. Le preguntó qué edad tenía. 21 años. Le preguntó de dónde era. Parácuaro, Michoacán, aunque había crecido en Ciudad Juárez.

Luego dijo que el programa tenía una agenda cargada, que los espacios para artistas nuevos eran limitados y que lo que buscaba para el foro era algo distinto,  algo que el público no hubiera visto todavía. Alberto dijo que entendía y luego preguntó si podía cantar. Solo eso, sin explicación adicional, sin la cadena de palabras con que la gente rodea una petición cuando sabe que puede ser rechazada.

Read More