Posted in

Rey Felipe VI: Creció Sabiendo el Secreto de su Padre… y Tuvo que Desterrarlo

La encargada de la correspondencia real del Palacio de la Zarzuela contaría años después de su jubilación en una entrevista nunca publicada durante su vida, un episodio particular de Una tarde de 2014 que la marcó profundamente durante los 30 años que trabajó en los pasillos de la realeza española. Decía que esa tarde, aproximadamente a las 5:45 de la tarde, había escuchado un grito de frustración proveniente del despacho privado del rey Felipe VI.

Era un sonido breve, contenido, pero sin embargo lo suficientemente potente como para que reverberara a través de los corredores del palacio. Era un sonido que la empleada casi no identificó en un primer momento, porque en todos sus años trabajando para la familia real, jamás había escuchado que el rey Felipe levantara la voz de esa manera.

El rey Juan Carlos había gritado frecuentemente en los pasillos del palacio. Su voz de ira era una cosa que todos en el palacio habían llegado a conocer. Pero Felipe, desde que era príncipe heredero, siempre se había caracterizado por una calma casi sobrenatural, una compostura que parecía imposible de romper bajo cualquier circunstancia.

Cuando se aproximó silenciosamente a la puerta del despacho para cerciorarse de que su majestad se encontraba bien, contempló una escena que pocas personas en el mundo habrían presenciado jamás. Una escena que ella guardaría en silencio durante 30 años, hasta después de que el rey no tuviera el poder de hacer nada sobre esa información.

El rey Felipe estaba de pie frente a una ventana. Tenía los puños cerrados con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos. Sus mandíbulas estaban tan apretadas que podía verse la tensión en los músculos de su rostro. y según el testimonio detallado de la empleada, miraba hacia los jardines del palacio con una expresión de angustia profunda que contrastaba radicalmente con la imagen pública del monarca sereno y seguro que el mundo conocía en las fotografías oficiales y en los actos estatales. Sobre el escritorio de Caoba,

frente a él había un periódico abierto y en la portada de ese periódico, una fotografía de su padre, el rey emérico Juan Carlos, sonriente, completamente relajado, con su mano en el hombro de su amante conocida públicamente, Corina Larsen. El titular del periódico no necesitaba ser leído. La fotografía lo decía todo.

El grito que la empleada había escuchado no era un grito de ira, como los gritos que su padre, el rey anterior, solía lanzar cuando las cosas no marchaban según sus deseos. Era un grito de desesperación absoluta. Era el sonido de un hijo que acababa de descubrir públicamente la infidelidad prolongada de su padre, no a través de una conversación privada en el dormitorio de los apartamentos reales o una confesión familiar en la capilla del palacio, sino a través de los titulares de la prensa internacional que circulaban por todo el mundo en cuestión

de horas. La empleada se retiró sin hacer ningún ruido, sintiendo que había presenciado un momento de vulnerabilidad que ningún rey debería permitir que otros vieran. Esa misma noche, durante un acto protocolario en otro salón del palacio, el rey Felipe bajó ataviado con un traje de ceremonia impecable. Sonriente, con la dignidad absoluta que España esperaba de su monarca, cumplió con todos sus compromisos protocolarios.

estrechó manos a cada uno de los invitados con la cortesía que caracteriza a un rey consciente de su papel histórico. Pronunció un discurso sobre la estabilidad de las instituciones españolas con una voz firme que no temblaba. Bromeó con los invitados sobre temas triviales. Saludó a cada miembro de la delegación extranjera con los protocolos adecuados.

Nadie esa noche, según el testimonio de la empleada, habría podido sospechar lo que había ocurrido apenas 3 horas antes en su despacho privado. Había sido la transformación más completa que la empleada jamás había presenciado, de un hombre quebrado por la emoción a un rey que representaba la estabilidad institucional de una nación entera.

Esta es la historia de Felipe de Borbón y Grecia, que se convirtió en rey Felipe VI de España, un príncipe nacido en 1968 en el seno de una de las casas reales más complicadas de la Europa contemporánea. Un hombre que durante 56 años ha sido considerado por la prensa española y por la opinión pública como el símbolo del futuro moderno de la monarquía española.

un príncipe que heredó no solo una corona, sino también el legado de secretos, traiciones y compromisos que su padre y su madre habían ocultado durante décadas bajo la apariencia perfecta de una familia real aparentemente tradicional. un hombre que ha tenido que navegar los territorios peligrosos de la política española moderna, el republicanismo creciente, la crisis de independencia catalana y los escándalos de corrupción que han erosionado la confianza pública en la institución monárquica.

Todo ello mientras mantenía una relación matrimonial tensa con una reina que procedía de fuera de los círculos cerrados de la realeza tradicional. Según los historiadores que han estudiado la transición de poderes en el palacio de la sarzuila, Felipe fue educado desde la infancia con la idea de que algún día tendría que reparar los daños que su padre causaría a la corona.

Fue preparado psicológicamente para cargar con el peso de las decisiones de otros. Fue entrenado para sonreír cuando le hablaban de las infidelidades prolongadas de Juan Carlos. fue instruido en el arte de fingir que no sabía lo que toda España sabía y fue condenado, a través de esa educación a convertirse en un rey que nunca podría confesar públicamente la verdad sobre su propia familia.

Pero antes de la corona, antes incluso de ser consciente de que sería rey, hay que regresar a Madrid en la primavera de 1968, donde nació un niño que iba a vivir la infancia más vigilada de la historia de la realeza española. Para entender qué sucedió esa tarde en el Palacio de la Sarzuela en 2014, tenemos que volver al principio, a la clínica de la Paz en Madrid en mayo de 1968.

30 de mayo de 1968, Madrid, España. En una clínica privada de la capital española, una mujer llamada Sofía de Grecia, esposa del príncipe Juan Carlos de Borbón, estaba dando a luz a su primer hijo varón. Su esposo, el príncipe Juan Carlos, aguardaba en una sala de espera fumando cigarrillos con nerviosismo mientras los médicos trabajaban en el interior de la sala de parto.

Los doctores y las enfermeras iban entrando y saliendo de la habitación, trayando toallas y agua tibia. La clínica estaba en el barrio de Chamartín, una zona de Madrid que por entonces estaba siendo modernizada. Los jardines del Palacio de la zarzuela, donde eventualmente viviría Felipe durante toda su infancia, estaban apenas a unos kilómetros de distancia.

A las 11:18 de la mañana, después de varias horas de labor de parto difícil, nace un niño. Le ponen el nombre de Felipe de Borbón y Grecia, futuro rey de España. Aunque en ese momento nadie en la clínica podría estar seguro de que verdaderamente lo sería. Pero desde el primer momento su familia lo llamaría Felipe, simplemente como si ese nombre más corto pudiera de alguna manera hacerlo menos consciente del peso que ya llevaba sobre sus pequeños hombros.

Read More