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Sunny von Bülow: Cayó en Coma… y su Esposo Fue Acusado de Intentar Matarla

Imagina despertar una mañana y descubrir que la mujer más rica de tu círculo social, la que sonreía en cada fotografía de sociedad, la que llenaba de luz cualquier salón al que entraba, yace inconsciente en el suelo de su cuarto de baño, con los ojos cerrados para siempre. No ha muerto, pero tampoco está viva.

Al menos no de la manera en que cualquier ser humano entiende esa palabra. Y lo más perturbador de todo es que alguien muy cerca de ella quizás sabía exactamente lo que iba a suceder. Bienvenidos a un nuevo episodio de nuestro canal. Hoy les traemos una historia que sacudió a la alta sociedad estadounidense, dividió a familias enteras, llenó las portadas de los periódicos más importantes del mundo y planteó una pregunta que incluso décadas después sigue sin una respuesta definitiva.

fue un accidente, una negligencia criminal o un asesinato premeditado cometido a sangre fría en el interior de una mansión de lujo. Antes de continuar, les pedimos que nos cuenten en los comentarios si alguna vez han desconfiado de alguien cercano sin poder probarlo. Sus experiencias nos importan. Martha Sharp Crawford nació el primero de septiembre de 1932 en Manasas, Virginia, en el seno de una familia que ya era en sí misma una institución.

Su padre, George Crawford, era un magnate de la industria energética, un hombre que había acumulado una fortuna que por aquellos años resultaba casi inconcebible para la mayoría de los ciudadanos comunes. Pero la fortuna, como suele ocurrir con demasiada frecuencia, llegó acompañada de tragedia.

George Crawford murió cuando Marta tenía apenas 3 años, dejándola como heredera única de una suma que en su momento se estimó en 75 millones de dólares. Una niña de 3 años, una fortuna descomunal, un futuro que parecía escrito en oro. Su madre, Annie Lori, era hija de Robert Warmack, fundador de una compañía internacional de calzado, por lo que la riqueza fluía por ambas ramas del árbol genealógico de Marta como si fuese algo completamente natural, algo que simplemente existía, como el aire o la luz del sol.

La familia se instaló en los ambientes más refinados del noreste de los Estados Unidos, frecuentando los clubes exclusivos, los colegios de élite y los salones donde se tomaban las decisiones que movían al país. Marta asistió al Chapin School de Manhattan y luego al Saint Timothy en Maryland, instituciones donde se formaban las futuras señoras de la alta sociedad americana.

Allí aprendió a moverse con elegancia, a hablar varios idiomas, a comportarse en la mesa con monarcas y a sonreír con esa calidez peculiar que le valió el apodo con el que el mundo entero la conocería para siempre. Sny. La llamaban S porque de niña tenía un carácter tan alegre, tan luminoso, tan genuinamente radiante, que quienes la rodeaban sentían que la habitación cambiaba de temperatura cuando ella entraba.

Era un apodo que reflejaba algo real, algo que las personas que la conocieron de cerca describían con una emoción difícil de fingir. Sny Craford no era solo una niña rica, era una joven con una personalidad que encantaba, que atraía, que generaba afecto con una naturalidad que el dinero no puede comprar. Y sin embargo, fue precisamente esa combinación de fortuna y carisma la que la colocaría años después en el centro de uno de los casos judiciales más oscuros y más apasionantes de la historia reciente de los Estados Unidos.

En 1949, a los 16 años, SN fue presentada en sociedad con todos los protocolos que esa ceremonia implicaba en aquella época. Para las familias de su clase, la presentación en sociedad era el anuncio formal de que una joven estaba lista para ser vista, admirada y, en última instancia, pretendida. Era un ritual cargado de expectativas, de conversaciones susurradas sobre fortunas y linajes, de madres que calculaban con precisión matemática qué alianza convenía más a los intereses de la familia. Sny, con su belleza natural

que algunos comparaban con la de Grace Kelly y con su herencia millonaria como telón de fondo, era sin duda, la joven más codiciada de aquellas reuniones, pero ella, por el momento no parecía tener prisa. El mundo era grande, la vida era larga y el amor en aquellos años dorados todavía podía parecer algo puro.

Corría el verano de 1952 cuando Sanny Crawford, con apenas 20 años y una herencia que abría todas las puertas del mundo, emprendió el tipo de viaje europeo que las familias de su clase consideraban casi una obligación cultural. Europa en aquella época era para los jóvenes adinerados norteamericanos algo más que un destino turístico.

Era una escuela de refinamiento, un escenario donde la historia se respiraba en cada piedra, donde la nobleza todavía conservaba sus apellidos, aunque hubiese perdido buena parte de sus tierras, y donde el encanto del viejo continente ejercía sobre las herederas americanas una atracción casi magnética. Fue en ese contexto, entre salones bienes y veladas en los Alpes austríacos, donde Sny conoció a Alfred von Aersberg.

Él era todo lo que un cuento de hadas podría prometer, apuesto de modales impecables, portador de un apellido aristocrático que se remontaba siglos atrás en la historia del imperio austrohúngaro y con una naturalidad para moverse en ambientes elegantes que solo da la educación de generaciones. Alfred era además tenista profesional, lo cual añadía a su figura una dimensión física y deportiva que contrastaba de manera seductora con la imagen del aristócrata sedentario que vivía de rentas.

Para S, aquel joven príncipe austríaco, debió de parecer la encarnación perfecta de todo aquello que los libros de su infancia habían prometido. El cortejo fue breve, la atracción entre ambos era genuina. O al menos eso es lo que todos los que los conocieron entonces aseguraron durante años. Se casaron en 1953 en una ceremonia que reunió a lo más selecto de la sociedad europea y norteamericana y que las revistas de la época cubrieron con la devoción que hoy se reserva para las bodas reales.

S llevaba un vestido de una sencillez estudiada que hacía resaltar su belleza natural. Y Alfred lucía esa expresión satisfecha de quien sabe que ha ganado algo valioso. La pareja se instaló entre Europa y los Estados Unidos, alternando residencias con la facilidad de quienes nunca han tenido que preocuparse por el precio de un billete de avión.

De esa unión nacieron dos hijos. Alexander Bonuersberg llegó al mundo en 1955 y su hermana Annie Lori, a quien todos llamarían Ala, nació poco después. Durante un tiempo, la familia parecía el retrato perfecto de la prosperidad privilegiada. S era una madre dedicada, cariñosa, que volcaba en sus hijos esa calidez que había caracterizado su personalidad desde la infancia.

Sin embargo, por debajo de esa superficie impecable, el matrimonio comenzó a mostrar fisuras que ni el dinero ni el apellido podían reparar. Alfred era un hombre de su tiempo y de su clase, acostumbrado a una independencia que el vínculo matrimonial fue recortando con el paso de los años. Y Sani, a pesar de su aparente docilidad, tenía una personalidad y una voluntad que no estaban dispuestas a plegarse indefinidamente.

El divorcio llegó en 1961 tras casi una década de matrimonio. No fue un divorcio escandaloso ni particularmente amargo en sus formas externas, pero dejó en sanca que quienes la conocían podían percibir bajo su sonrisa habitual. Había creído en el amor con la fe absoluta de quien nunca ha sido decepcionado.

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