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Pedro Infante Se Quedó Solo Con Un Afinador — Lo Que Hizo Esa Noche Salió a la Luz 17 Años Después

Ese alemán le había enseñado a don Refugio no solo la técnica, sino la filosofía detrás de ella, que un piano desafinado no está roto, está perdido,  y que el trabajo del afinador no es reparar, sino orientar, devolver al instrumento la memoria de su propio sonido correcto. 45 años llevaba don Refugio haciendo eso.

Conocía los pianos de Guanajuato, como se conocen las voces de los propios hijos. El  Stainway del teatro Juárez subía el registro agudo en verano. El piano de la Iglesia de la Compañía de Jesús tenía un fa natural bajo desde 1934. Este piano del hotel Colón perdía el registro medio en temporada de lluvias por una grieta en la pared norte que nadie había reparado.

Don Refugio lo sabía desde 1941. Lo había reportado tres veces. El hotel asentía con cortesía, no hacía nada y don Refugio seguía viniendo cuando llamaban, con la paciencia de quien ha entendido que su trabajo existe precisamente porque el mundo no repara sus grietas. Trabajó durante una hora y 20 minutos.

Pedro estuvo ahí todo el tiempo, no porque no tuviera que hacer, sino porque ver a ese hombre trabajar era sin que  Pedro lo hubiera buscado exactamente lo que necesitaba. Había algo en los estudios de Tepeyac que se acumulaba en el cuerpo con los días. No era el trabajo. El trabajo le gustaba, la cámara no le daba miedo y las canciones venían solas.

Era otra cosa. Era la cantidad de gente mirando, la  expectativa constante en el aire, esa presión de estar siendo visto y evaluado y querido y necesitado. Todo al mismo tiempo, todo sin pausa. Tres semanas de eso dejaban una fatiga que el sueño no quitaba del todo. Don Refugio no lo miraba. Eso  era lo primero que Pedro notó.

No porque no supiera quién era, sino porque en ese momento no le importaba quién era. Tenía un piano delante y un trabajo que hacer. Pedro conocía esa calidad de atención. La había tenido él mismo cuando era carpintero en Guamuchil, cuando lijaba una tabla o ensamblaba una unión de cola de Milano y el mundo entero se reducía a ese pedazo de madera y a sus propias manos.

La había perdido un poco, no del todo, pero sí un poco. Con los años de fama. Era difícil estar completamente en lo que uno hacía cuando  había 100 personas mirando cómo lo hacías. Había en don Refugio algo que Pedro reconocía de sus años de carpintero, esa relación con un oficio que ya no requiere pensarse porque ha entrado al cuerpo entero.

Don Refugio no tocaba el piano, lo escuchaba, golpeaba una tecla, inclinaba la cabeza levemente, apretaba o aflojaba, golpeaba de nuevo. El proceso tenía la paciencia de quien no está compitiendo con nadie. En algún momento, Pedro se acercó, jaló una silla y se sentó a un lado. Don Refugio no levantó la vista, siguió trabajando. Pedro tampoco dijo nada, solo escuchó.

Fue don Refugio quien habló  primero sin dejar el trabajo. Dijo que el dos sostenido era siempre el más difícil en este piano. Pedro preguntó por qué. Don Refugio explicó con la economía de quien ha dicho algo muchas veces, pero no ha perdido el hábito de decirlo bien. La cuerda estaba cerca de la grieta de la pared norte.

La humedad la afectaba antes que a las demás. Lo había reportado tres veces. Lo escucharon con respeto y no hicieron nada. Pedro dijo que eso pasaba mucho. Don Refugio dijo que sí, que pasaba mucho. Golpeó la tecla. Esta vez sonó bien. Hablaron durante el resto del trabajo, no de manera continua  con los silencios naturales de dos hombres que han encontrado cómoda la presencia del otro.

Don Refugio habló del oficio, de los pianos que había conocido, de un bossendorfer de 1887 que había afinado una sola vez en una hacienda de león. Tenía un sonido. Dijo que uno no olvida. Pedro habló de la carpintería, de que extrañaba trabajar con las manos de esa manera, de que había algo en los oficios de precisión que el trabajo frente a las cámaras no daba. Don Refugio dijo que entendía.

No lo dijo de manera entusiasta ni condescendiente, lo dijo como quien reconoce algo que ya sabía. Pedro preguntó en un momento de silencio si don Refugio tenía familia. El viejo afinador golpeó una tecla, escuchó, asintió levemente antes de responder. Tenía una hija en Irapuato y un nieto de 14  años que vivía con él.

La hija se había ido a trabajar al norte. El nieto se llamaba benigno. Pedro preguntó cómo era. Don refugio tardó un momento. Dijo que era callado, que leía mucho, que tenía el oído, que él nunca había podido enseñarle a nadie. O se tiene o no se tiene. Benig no lo tenía. Pedro preguntó qué quería hacer. Don Refugio aflojó una clavija, la volvió a apretar despacio.

Quería estudiar música, composición, decía él. Había empezado a escribir sus propias piezas. Las guardaba en un cuaderno debajo del colchón como si fueran cartas de amor. Pedro preguntó si eran buenas. Don Refugio dejó el trabajo por un momento. Miró sus propias manos. dijo que él no era quien para juzgar eso. Su oído era para afinar, no para componer.

Pero que cuando Benigno tocaba algo que había escrito él mismo, había en el salón de la casa una especie de silencio diferente al silencio normal, el tipo de silencio que se forma cuando algo es verdad. Pedro no dijo nada inmediatamente estuvo callado mientras don Refugio terminaba el registro agudo. El piano fue quedando afinado cuerda por cuerda, nota por nota, con esa paciencia que no es lentitud, sino  exactitud.

Cuando el viejo terminó, tocó una escala completa para verificar. Escuchó con los ojos entrecerrados. Tocó un acorde, luego otro. Asintió, cerró el maletín. Pedro le preguntó cuánto era. Don Refugio dijo, “El precio. Era el precio de un hombre que cobra lo que corresponde y no lo que puede. Pedro pagó, extendió la mano. Don refugio la tomó con la firmeza callada de quien no está acostumbrado a los gestos, pero tampoco los rechaza.

” Pedro subió a su habitación, se sentó en el borde de la cama, estuvo un momento mirando la ventana que daba a la calle, a los balcones de enfrente que no se veían en la oscuridad, pero que se sabía que estaban. Luego abrió el cajón de la mesita de noche, sacó el papel con membrete del hotel y empezó a escribir. Ahora escucha con atención porque lo que pasó después nadie lo vio venir.

Pedro Infante murió  el 15 de abril de 1957, 4 años después de esa noche en Guanajuato. El sobre estaba entre sus cosas en el departamento de la colonia Narbarte,  dentro de una cajita de madera donde guardaba papeles que no habían encontrado todavía su destino. La cajita pasó a manos de su hermana después del accidente.

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