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El Secreto que Cantinflas Enterró bajo la alberca en la Casa Gaia de Cuernavaca…

El Secreto que Cantinflas Enterró bajo la alberca en la Casa Gaia de Cuernavaca…

Había una casa en Cuernavaca que sabía demasiado. Sus muros de cantera vieron cosas que nunca debieron verse. Sus jardines guardaron conversaciones que nunca debieron escucharse. Y en el fondo de su alberca, sumergido en agua, un hombre mandó ocultar algo que hoy, décadas después, sigue levantando preguntas incómodas.

Esa casa se llamó Gaia y perteneció al hombre más querido de México, Mario Moreno, Cantinflas, el peladito que hizo reír al mundo. Pero lo que este vídeo te va a contar no está en ninguna enciclopedia, no aparecen los homenajes del gobierno y desde luego no es lo que sus herederos quieren que sepas, porque detrás de la carcajada más famosa del cine latinoamericano había un silencio que duraba décadas, un pacto, una historia enterrada tan profundo [música] que ni el agua de esa alberca pudo borrarla.

Quédate porque lo que estás a punto de escuchar cambiará para siempre la imagen que tenías de él. Cuernavaca, Morelos. La ciudad que los mexicanos de dinero siempre eligieron para desaparecer, no para morir, para esconderse de sí mismos. A principios del siglo XX, alguien construyó en el boulevard Benito Juárez número 102 una cazona de estilo neocolonial.

Techos altos, paredes de piedra, jardines que olían a tierra mojada todo el año, porque en Cuernavaca siempre hay algo que germina, algo que crece, algo que se niega a morir, aunque nadie lo riegue. En la década de 1950, cuando ya era el comediante más famoso del planeta hispanohablante, Mario Moreno adquirió esa propiedad.

La llamó Gaia, el nombre de la diosa griega de la tierra, la madre de todo, la que contiene los secretos del mundo en sus entrañas. No fue un nombre casual. Cantinflas nunca hacía nada sin razón. Según testimonios de la época que recoge el museo Casa GA, este lugar se convirtió en un centro de convivencia artística e intelectual.

Actores, músicos, pintores, [música] escritores. La crema del méxico cultural de los 50 cruzaba esas puertas. comía en esos jardines, bebía bajo esa sombra generosa de árboles que llevaban décadas hundiendo sus raíces en la misma tierra. María Félix estuvo aquí. Lo han confirmado múltiples fuentes históricas. La doña, la mujer más intimidante de la época de oro, se sentó en esos sillones y miró esas paredes.

Y si María Félix venía a esta casa, ¿pueden ustedes imaginarse lo que aquí se hablaba, lo que aquí se negociaba, lo que aquí se decidía en voz baja con una copa en la mano y las puertas bien cerradas? Pero la pieza más extraña de toda la casa no estaba en los salones, estaba abajo, literalmente en el fondo de la alberca. Diego Rivera, el muralista más importante de México, creó un mosaico veneciano de múltiples colores.

Representaba a Gaya, la diosa de la tierra, un árbol de la vida y como firma característica, un sapo prehispánico, el apodo que Frida Calo le daba cariñosamente a Rivera. Piénsalo un momento. Diego Rivera, el hombre que pintó la historia de México en las paredes más importantes de la República, eligió sumergir su obra en el agua para que no se viera fácilmente, para que hubiera que agacharse a mirarla desde arriba, atravesando el reflejo del cielo.

¿Por qué alguien esconde un mural en el fondo del agua? Según los cronistas oficiales, fue un regalo artístico, un gesto de amistad entre dos gigantes. Pero hay quienes cuentan otra cosa, quienes dicen que esa obra enterrada bajo el agua fue una decisión deliberada de Cantinflas, que lo que Diego pintó en ese mosaico contenía imágenes que el mismo no quería que se vieran con facilidad, que entre los azulejos venecianos había algo que solo debía leerse si uno se asomaba con mucha intención.

Malas lenguas de la época lo contaban así. No hay forma de verificarlo. Y eso, precisamente eso, es lo que hace que la historia no te deje dormir, porque Cantinflas tenía secretos y los tenía muy bien guardados. Lo que estás a punto de escuchar fue silenciado durante más de 30 años. Para entender lo que ocurrió en esa casa de Cuernavaca, hay que entender primero la herida más profunda de Mario Moreno, su matrimonio.

En 1929, cuando aún trabajaba en los teatros ambulantes de la Ciudad de México, cuando todavía era un muchacho de barrio con más hambre que futuro, Cantinflas conoció a Valentina Ivanova, una bailarina rusa que había llegado a México con su familia huyendo de la guerra civil. Los Ivanova eran refugiados.

Gente que lo había perdido todo y que reconstruía su vida en un país que olía diferente, hablaba diferente, pensaba diferente. El flechazo entre Mario y Valentina fue inmediato. Se casaron en 1934, fue el único matrimonio de su vida y fue también la fuente de su dolor más íntimo. Valentina no podía tener hijos. Los médicos lo confirmaron.

Y Mario Moreno, el hombre que hacía reír a millones, el que con una mueca disolvía cualquier tensión, el que con tres palabras sin sentido convertía el llanto en carcajada, ese hombre llegaba a casa, cerraba la puerta y se enfrentaba a un silencio que ninguna película podía llenar. Durante décadas vivieron con ese vacío.

Lo llenaron de trabajo, de viajes, de amigos famosos, de casas como la de Cuernavaca, pero el vacío seguía ahí. quieto, pesado como la cantera de esos muros. Y entonces, en 1959, algo cambió. Una joven estadounidense de 21 años llegó a la ciudad de México. Se llamaba Marion Roberts. Era de Texas. Llegó con un grupo de amigos a hospedarse en el hotel del Prado.

Días después sus amigos se fueron sin decir nada, sin dejarle dinero, [música] sin pagar la cuenta. Marion quedó sola, sin un centavo, con una deuda hotelera que no podía pagar. Un empleado del hotel, según narra el propio hijo de Cantinflas en entrevistas posteriores, le sugirió que hablara con Mario Moreno.

El actor tenía fama de altruista, [música] de ayudar a quien lo necesitaba. Era parte de la imagen que había construido el peladito que triunfó, pero no olvidó de dónde venía. Cantinflas aceptó pagar la deuda. Poco después iniciaron una relación. Las versiones sobre lo que ocurrió exactamente varían. Algunos dicen que fue un romance apasionado, que Mario se enamoró de la joven texana, que hubo meses de encuentros secretos mientras él seguía casado con Valentina.

Otros sostienen que todo fue más frío, más transaccional, que Marion ya estaba embarazada cuando lo conoció y que el padre era otro hombre cuya identidad nunca se supo. Lo que no varía en ninguna de las versiones es lo que ocurrió después. En septiembre de 1960, Marion Roberts dio a luz a un niño y Mario Moreno se lo llevó.

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