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El Eco de los Muros en la Alhambra Nocturna

Capítulo I: El Grito de la Yesería

No era el viento. Dios sabe que Carmen había pasado suficientes noches en Granada para conocer el sonido del viento de la Sierra Nevada cuando aullaba a través de los cipreses, pero aquello era diferente. Aquello tenía sílabas. Tenía aliento. Y lo más aterrador de todo: sabía su nombre.

Caaaarmeeeen…

El susurro reptó por el suelo de mármol frío del Patio de los Leones, deslizándose sobre el agua oscura de las acequias como una niebla venenosa. Carmen apretó la espalda contra los azulejos helados de la pared, sintiendo cómo los intrincados patrones geométricos parecían clavarse en su columna vertebral. Su corazón martilleaba contra sus costillas con una violencia que amenazaba con fracturarlas. Afuera, la tormenta más salvaje que había azotado Andalucía en un siglo descargaba su furia contra los antiguos muros de la Alhambra. Los relámpagos rasgaban el cielo nocturno, tiñendo la piedra de un blanco cadavérico por fracciones de segundo, seguidos de truenos que hacían temblar los cimientos del palacio nazarí.

Pero el terror de Carmen no provenía de la tormenta. Provenía de la certeza absoluta, visceral y paralizante de que no estaba sola en el Palacio de los Leones, a pesar de que las pesadas puertas de madera de roble habían sido cerradas y atrancadas por fuera hacía horas.

La sangre reclama a la sangre… el ciclo se cierra… —La voz no provenía de una boca humana. Emanaba directamente de las paredes, de las inscripciones epigráficas árabes talladas en el estuco. Los poemas de Ibn al-Yayyab y de Ibn Zamrak, que Carmen había recitado a miles de turistas con una sonrisa ensayada, ya no cantaban alabanzas a los sultanes. Ahora, estaban vomitando un secreto putrefacto que había estado enterrado durante quinientos años.

Carmen tragó saliva, el sabor a cobre inundando su boca. Había mordido su propia lengua en un intento desesperado por no gritar. El reloj de su muñeca, iluminado débilmente por la pantalla de su teléfono móvil —que no tenía señal, por supuesto— marcaba las 02:14 a.m.

Todo había comenzado como una tarde normal, guiando al último grupo de turistas por los Palacios Nazaríes. Luego vino el cielo negro, el diluvio repentino, el pánico de la multitud resbalando por los empedrados, y la orden de evacuación inmediata. En el caos, Carmen había regresado a la Sala de los Abencerrajes para buscar a una turista anciana que se había quedado rezagada. No encontró a nadie. Pero cuando intentó salir, la pesada puerta de los palacios ya había sido sellada por los guardias de seguridad en su prisa por resguardarse del temporal sin precedentes. No había pánico al principio. Era una empleada veterana. Conocía el protocolo. Esperaría en uno de los cuartos de la guardia, usaría su radio y alguien vendría con las llaves.

Pero la radio solo emitía estática. Y entonces, las luces de emergencia, que debían durar horas, parpadearon y murieron con un chasquido eléctrico definitivo.

Fue entonces cuando la Alhambra despertó.

Mil quinientos veintiséis… —El susurro se multiplicó. Ya no era una sola voz, sino un coro de lamentos sofocados, como si miles de gargantas hubieran sido degolladas simultáneamente y sus últimos estertores hubieran quedado atrapados en la cal y la arena de los muros—. El Emperador bailaba… mientras la daga cortaba la seda…

Carmen cerró los ojos con fuerza, apretándose las sienes con las manos manchadas del polvo secular del palacio. “Estás alucinando”, se dijo a sí misma, la respiración entrecortada. “Es la sugestión. Es la oscuridad y el aislamiento”.

Pero un sonido líquido y espeso la obligó a abrir los ojos. En el centro del patio, iluminada por el destello fantasmal de un relámpago, la Fuente de los Leones estaba cambiando. El agua cristalina que normalmente manaba de las fauces de las doce fieras de mármol se había vuelto densa, oscura y viscosa. Incluso en la penumbra, Carmen reconoció el olor. Un olor metálico, cálido y nauseabundo. Sangre.

La sangre se derramaba por la taza de la fuente, rebosando los bordes y arrastrándose por los cuatro canales que dividían el patio, como cuatro venas negras que se dirigían directamente hacia donde ella estaba escondida.

El secreto del Mexuar no se lavó con agua… —continuó la voz, ahora resonando no solo en sus oídos, sino dentro de su cráneo. Las sombras proyectadas por las columnas de mármol comenzaron a alargarse y retorcerse, adoptando formas humanas. Siluetas de hombres con turbantes y mujeres con velos, figuras que se movían en una danza macabra y silenciosa al ritmo de los truenos.

Carmen comprendió de repente, con una claridad espantosa que le heló la sangre, que no estaba presenciando un fantasma. Estaba presenciando una reproducción. Una grabación impregnada en las mismísimas piedras de la fortaleza, activada por alguna alineación cósmica, o quizás, por la fecha exacta.

Su mente de historiadora trabajó frenéticamente, superando el pánico animal. 1526. Carlos V, el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, había pasado su luna de miel en la Alhambra ese año. Había construido su propio palacio allí, desafiando la arquitectura nazarí. Los libros de historia decían que fue un período de paz, de romance imperial bajo los jardines del Generalife.

Pero las paredes estaban contando otra historia.

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