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Mauricio Garcés: POR ESTO CARGÓ 18 AÑOS con un CRISTO MUERTO en su CAMA

 Y esa mañana, esa misma mañana, Mauricio Garcés llevaba 18 años cargando un cadáver. un cadáver con nombre, con apellido, con viuda, con tres hijos, con un velorio multitudinario al que asistió medio país. Porque ese hombre había hecho llorar a México entero interpretando a Jesucristo en el mártir del Calvario. Se llamaba Enrique Rambal, el Cristo de México, en la recámara del Don Juan de México.

 Y esa frase, esas dos líneas que acabas de escuchar, es la historia que durante medio siglo el cine  mexicano se atragantó en voz baja. La historia que las revistas rosas vieron y prefirieron mirar para otro lado. la historia que un funcionario del gobierno de Echeverría supuestamente sugirió manejar con prudencia, según los testimonios que años después fueron filtrándose en mesas de bar y en sobremesas largas, cuando ya casi todos los protagonistas estaban muertos.

Hoy te voy a contar la versión completa. Te voy a contar quién era el muchacho libanés de Tampico que tuvo que arrancarse el apellido para que la industria lo dejara entrar. Te voy a contar por qué a Garcés le inventaron una boda con Elsa Aguirre que jamás existió. ¿Y quién financió esas fotos? Te voy a contar exactamente qué pasó la noche del 15 de diciembre de 1971 en aquel departamento.

 Según las versiones de quienes estuvieron cerca, te voy a contar por qué Lucy Gallardo, la viuda de Rambal,  una de las actrices más respetadas del cine mexicano, jamás quiso responder una sola pregunta sobre esa noche durante el resto de su vida. Y te voy a contar el detalle del 27 de febrero del 89,  el detalle de esa cama que prueba que Mauricio Garcés sabía perfectamente que esa mañana iba a ser la última.

Cinco cosas. Cinco. Uno, la verdad sobre la boda fabricada con Elsa Aguirre. Dos, ¿qué pasó realmente esa noche con Enrique Rambal?  Tres, ¿cuánto dinero perdió en la ruleta? el galán mejor pagado de su generación y a quién terminó debiéndole. Cuatro. ¿Por qué un médico que firmó documentos esa noche cambió de hospital 6 meses después y nunca quiso volver a hablar? Cinco.

 El detalle de la corbata bien puesta, el detalle del orden, el detalle del teléfono. Acomódate porque esta historia  tiene pacto de silencio, complicidad de industria, una viuda destrozada. Una madre que se llevó a su hijo a la tumba y un final que  no aparece en ninguna biografía oficial. Antes de seguir, necesito pedirte una cosa, porque lo que viene se cuenta una vez y no más.

 Si este canal te ha hecho compañía alguna tarde, si has cocinado mientras escuchabas la historia de Pedro Infante o de Silvia Pinal, si has llorado con la historia de María Félix, házmelo saber con un me gusta y suscríbete. No te lo pido por costumbre, te lo pido  porque historias como esta contadas con nombres y fechas son las que YouTube empuja menos.

 Necesito que tú me ayudes a empujarlas. Y ahora sí, regresemos a Tampico, año  1926, mucho antes de que existiera don Juan, mucho antes de que un galán fabricado nos engañara a todos  durante 40 años. Tampico, Tamaulipas, 16 de diciembre de 1926.  Puerto caliente, pegajoso, lleno de barcos cargados de petróleo.

 Mezcla de acentos. sirios, libaneses, españoles, italianos, gringos, todos buscando una vida nueva en un país que recién salía de la revolución y todavía no terminaba de mirarse al espejo. En ese puerto, en una familia libanesa de comerciantes, nace un niño. Lo llaman Mauricio Féz Yasbec. Féz Yasbec. Guarda ese apellido, porque ese apellido es el primer gran secreto del galán que años después iba a enamorar a México con apariencia de marqués europeo.

 Mauricio no era de cuna mexicana  del centro. Mauricio era hijo de migrantes árabes en una ciudad portuaria. Su casa olía a café cardamomo, a kibe recién hecho, a mantel bordado por una tía que todavía hablaba poco español. En aquel México eso pesaba. Pesaba porque la industria del cine, que estaba a punto de nacer, el cine que iba a inventar a Pedro Infante y a Jorge Negrete y a Pedro Armendaris, ese cine vendía una idea muy concreta de lo que era ser mexicano.

  Sombrero, caballo, tequila, bigote, voz potente, macho de rancho. Un Mauricio Férez Jazbek no encajaba en ese cartel. Un Mauricio Féz Jazbek sonaba a otra historia, a otra geografía, a un país distinto. Y ahí,  en esa pequeña diferencia empezó la primera máscara. La familia se traslada eventualmente a la ciudad de México.

 Mauricio crece entre Tampico y la capital. Es un muchacho delgado,  observador, lector, con ese tipo de timidez que después se confunde con elegancia. Le gusta el teatro, le gusta el cine, le gustan las palabras dichas  con calma, las pausas, el modo en que un buen actor sabe esperar antes de soltar la frase. Y aquí, escucha bien, porque esto es importante para entender  al hombre.

 Hay un dato que el propio Mauricio confesó después, ya siendo  el galán más codiciado del país, lo dijo en una entrevista con cierta amargura, casi sin querer. Yo nunca  me consideré un hombre con gracia. Sin gracia. Esas dos  palabras las dijo el hombre al que millones de mujeres consideraban la encarnación del encanto.

Y esas dos palabras  lo explican casi todo. Porque cuando alguien que se siente sin gracia termina convertido en símbolo  nacional del encanto, hay una contradicción adentro que tarde o temprano se cobra factura. La fama no te quita lo que tienes, te quita lo que eres. Y a Mauricio se lo empezó a quitar muy pronto.

 A finales de los años 40 y principios de los 50, Mauricio entra a la industria por la puerta de atrás. Pequeños papeles, doblajes, trabajos de teatro, algún rol secundario en cine, pero cuando los productores lo miran, ven un detalle que no encaja con la fantasía nacional. El apellido Fer Jazbeck no se puede poner en un cartel  grande sobre el cine Metropolitan.

Féx Jazbeck le complica al espectador identificarse con el galán. Féz Jazbeck lo separa del modelo que el cine de oro estaba moldeando con martillo ye. Entonces ocurre algo que en los años 50 era de lo más normal y hoy daría para una película entera.  La industria, con esa naturalidad con la que se cambia el peinado de una actriz le sugiere a Mauricio cambiar de apellido.

Garcés. Mauricio Garcés suena español, suena limpio, suena a hombre de capital, a abogado del centro, a galán de salón. Es el apellido que cabe en un cartel y en una portada de revistas sin levantar preguntas. Mauricio acepta. Acepta y sin saberlo firma el primer contrato de su tragedia. Porque el día en que un hombre acepta convertirse en otro para ser amado, ese hombre empieza a desaparecer en silencio.

 Don Juan vivía en la pantalla.  Mauricio se moría en la cama. Y todo empezó ese día con un apellido  enterrado en una oficina de producción. Hay un detalle de ese momento que pocas biografías cuentan  y que dice mucho de la época. Mauricio tenía un hermano Henocu espectáculo. Henoc conservó el apellido Ferz.

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