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Jorge Negrete: El Trato ASQUEROSO Detrás de su Boda con María Félix

 Si tú creciste escuchando a Jorge Negrete, si tu mamá o tu abuela suspiraban con su voz, si tú lo viste de charro en la pantalla grande protegiendo a su pueblo, lo que te voy a contar hoy te va a cambiar la imagen que tienes de él, porque la historia que te vendieron fue la de un macho invencible, millonario, dueño de México.

 La historia real es la de un hombre ahorcado por las deudas, traicionado por la mujer que amaba, asfixiado por sus propios colegas y enterrado debiendo hasta el regalo de su boda. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie te contó. Primero, ¿por qué esa boda con María Félix, la mujer que fue su enemiga durante 10 años, fue una jugada de orgullo y de venganza disfrazada de cuento de amor? Segundo, la verdad del collar de esmeraldas que lo dejó endeudado hasta el último día y que provocó una guerra legal sobre su tumba. Tercero, cómo el

hombre al que llamaban su amigo lo apuñaló en el sindicato durante sus últimos meses de vida cuando ya estaba enfermo. Y cuarto, lo que pasó con todo cuando él se fue, con su collar, con su viuda, con la hija que casi nunca lo vio y que sin embargo pidió algo que te va a partir el corazón. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Pero para entender cómo fue posible que el ídolo más grande de México muriera así, debes conocer el mundo que lo construyó. Porque esta historia no empieza el día de la boda, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión. Una tarde cualquiera, sin saber lo que había detrás.

 Vamos a ese mundo. Imagina el México de los años 40, la radio en la cocina, el cine de la esquina con función doble los domingos, una industria del entretenimiento que apenas estaba aprendiendo a fabricar dioses y que descubrió que podía hacerlo en serie. Tú quizá lo viviste o te lo contó tu madre.

 La voz de Jorge Negrete entraba a tu casa por el aparato de radio mientras se hacía la comida. Salía de la pantalla del cine los domingos. Cuando ir al cine era el acontecimiento de la semana y la gente se arreglaba para ir. No era un cantante lejano, era una presencia familiar, como un pariente que visitaba todas las tardes.

 Cuando él cantaba México lindo y querido, medio país sentía que le hablaba directamente al corazón. Esa voz acompañó nacimientos, bodas, duelos, domingos enteros de familias que no tenían mucho, pero tenían esa voz. Por eso, cuando murió, el país no lloró a un artista, lloró a alguien de la casa. Guarda esa sensación, la de tenerlo cerca, la de sentirlo de la familia, porque cuanto más cerca lo sentiste, más fuerte te va a pegar saber lo que de verdad pasaba detrás de esa voz.

 Televisa todavía no existía como la conoces, pero los estudios de cine ya funcionaban igual que una maquinaria de fundición. metían a un muchacho con buena cara y buena voz por un lado, y por el otro salía un ídolo nacional con traje a la medida, con frases ensayadas y con un contrato que decidía hasta cómo debía caminar frente a las cámaras.

 Jorge Alberto Negrete Moreno nació en Guanajuato el 30 de noviembre de 1911. Su padre era militar y su casa funcionaba como un cuartel. Lo metieron al heroico colegio militar a los 16 años. Se graduó de teniente de caballería con las calificaciones más altas de su generación y de paso estudió en el colegio alemán Alexander Bon Humboldt, donde aprendió alemán, inglés, francés, italiano y hasta los principios del nawat.

 leía filosofía europea en los idiomas originales. Y aquí está el primer secreto que casi nadie cuenta sobre el charro más famoso de México. Jorge Negrete odiaba ser charro. Lo que él quería era cantar ópera. Estudió técnica de tenor con el maestro José Pierson, el mismo que formó a las grandes voces líricas del país. Su sueño era pisar la escala de Milán o la ópera de Viena.

 El traje tradicional mexicano con sus botones de plata lo sentía como una jaula. Cuando en 1932 se presentó a una audición en la estación de radio más importante del país, fue para cantar repertorio culto. Los ejecutivos lo escucharon unos minutos y lo cortaron. Le dijeron que el negocio necesitaba voces populares, no tenores de conservatorio que el público del campo no iba a comprar.

 Resistió varios meses hasta que los ahorros acabaron y la renta había que pagarla. Entonces volvió a las oficinas con la cabeza agachada, firmó un contrato para cantar tangos y canciones de moda y lo hizo bajo un nombre falso, Alberto Moreno. Esa fue su primera renuncia, la primera vez que la industria le dijo quién tenía que ser y él obedeció porque tenía hambre.

 Fíjate hasta en el nombre. El hombre que el mundo entero conoce como Jorge Negrete empezó escondido detrás de un nombre prestado, Alberto Moreno, porque ni siquiera su identidad le pertenecía al principio. Fue un locutor de la radio quien le sugirió que se hiciera llamar por su nombre real. Y así de a poco, el teniente Políglota que soñaba con Verd se fue convirtiendo en el personaje que la industria necesitaba vender.

 Cada paso de ese camino fue una renuncia. Cada éxito le quitó un pedazo del hombre que quería ser. Después vinieron los productores de cine, vieron su estatura, su porte, el ancho de su pecho y le pusieron enfrente otro contrato con una cláusula que no se discutía. Tienes que abandonar la ópera, vestirte de charro y protagonizar películas rancheras.

 Música de consumo masivo que él consideraba muy por debajo de lo que se había preparado para hacer. Aceptó otra vez por dinero, por su familia, por el nivel de vida y mira la trampa perfecta en la que cayó. Cuanto más éxito tenía como charro, más imposible se volvía a dejar de serlo. El público lo amaba por algo que él odiaba.

Cada disco que vendía, cada estadio que llenaba, cada portada lo encadenaba más fuerte al personaje y lo alejaba más de su sueño. Triunfó tanto haciendo lo que no quería que ya no pudo escapar. El traje de charro con sus botones de plata dejó de ser un disfraz y se volvió una condena de la que ya no había salida.

 Y funcionó. Vaya que funcionó. En 1941 se estrenó Ay, Jalisco, no te rajes y México encontró a su ídolo. La cara de Jorge inundó las portadas. Sus discos vendieron como nunca. Sus giras llenaron estadios en toda América Latina. cantaba sobre el amor eterno, sobre el orgullo del macho mexicano, sobre el hombre que protege a los suyos y el público lo amaba por eso.

 Tú lo viste, tú lo escuchaste. Para ti, como para millones, ese hombre era todo lo que un hombre debía hacer. Pero el actor que cantaba sobre la masculinidad invencible vivía dentro de una jaula mucho más complicada que el traje de charro. Y la primera reja de esa jaula era su madre. Emilia Moreno Anaya tomó el control absoluto de la familia cuando murió su esposo.

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