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Lucha Villa: La ASQUEROSA Traición… El Galán que la DESTRUYÓ y Nadie se Atrevió a Nombrar

Pero hay otra historia, una que corre por debajo de los aplausos como una corriente subterránea, silenciosa y oscura, que nunca apareció en las entrevistas, que nunca fue permitida en los programas de televisión y que ciertos hombres con poder e influencia se encargaron de enterrar durante décadas.

 En esta investigación revelaremos cuatro verdades que el espectáculo mexicano intentó ocultar. Primero, la identidad del galán que durante los años más brillantes de su carrera destruyó sistemáticamente la autoestima y la estabilidad emocional de Lucha Villa, ¿y por qué nadie en la industria se atrevió jamás a nombrarlo públicamente? Segundo, el acuerdo silencioso que existió entre productores y directivos de las principales disqueras para controlar la imagen pública de lucha y suprimir cualquier declaración que pusiera en riesgo

ciertos intereses económicos. Tercero, la historia del hijo que Lucha Villa guardó en secreto durante más de seis décadas, una verdad que ella misma negó en entrevistas públicas y que solo su círculo más íntimo conocía. Finalmente, los detalles que rodean la fatídica cirugía de agosto de 1997. ¿Quién la convenció de someterse a ese procedimiento? ¿Qué condiciones inexplicables se dieron dentro de ese quirófano? ¿Y por qué ciertos nombres desaparecieron del historial médico oficial? Cuatro verdades. Una sola mujer

y una historia que ya no puede seguir en silencio. Hay que ir al principio. Hay que ir a Chihuahua. Era el 30 de noviembre de 1936. El norte de México amanecía frío y seco, como suelen amanecer esas tierras del desierto chihuahüense, donde el viento no pide permiso y la pobreza tampoco. En Santa Rosalía de Camargo, un municipio enclavado entre las orillas del río Conchos y las serranías áridas del estado, nació una niña que no tenía nombre de artista ni destino de estrella escrito en ningún papel. Su nombre en el

registro civil fue Luz Elena Ruiz Bejarano. No había fotógrafos esperando afuera, no había flashes ni titulares. Había una partera, una madre exhausta, un padre callado y una casa de adobe con techo de vigas de mezquite, donde el frío de noviembre se colaba por las rendijas, como si la naturaleza misma quisiera poner a prueba desde el primer día a esa criatura que venía al mundo con los pulmones llenos de aire del desierto.

 Camargo en 1936 era un pueblo norteño de frontera en todos los sentidos posibles. Frontera geográfica con los sueños del norte, frontera económica entre los que tenían tierra y los que la trabajaban para otros y frontera emocional entre lo que se quería hacer y lo que las circunstancias permitían. La familia Ruiz Bejano era numerosa y humilde.

 El padre, don Refugio Ruiz, trabajaba en el campo y ocasionalmente en la construcción cuando el jornal escaseaba. La madre, doña Elena Bejarano, era una mujer de carácter firme, manos callosas y una voz que llenaba la cocina cada mañana con canciones que ella misma no sabía que eran hermosas porque nadie se había detenido a decírselo.

 Luzelena fue la cuarta de seis hijos. Creció entre hermanos que corrían descalzos en el patio de tierra, entre el olor a frijoles hervidos y tortillas recién hechas, entre el sonido del viento del norte y las voces de los vecinos que se filtraban por las paredes delgadas de adobe. Desde muy pequeña, Lucelena mostró algo que sus hermanos no tenían, una atención casi hipnótica hacia la música.

 Mientras los otros niños jugaban a las canicas o correteaban gallinas en el patio, ella se quedaba pegada al radio de transistores que un vecino prestaba los domingos, escuchando con los ojos cerrados y los labios moviéndose en silencio, aprendiendo cada letra, cada giro melódico, cada inflexión de las voces que salían de ese aparato, como si fueran mensajes cifrados dirigidos exclusivamente a ella.

 A los 7 años ya memorizaba canciones completas. A los nueve las cantaba con una afinación y una potencia que dejaba a los adultos momentáneamente inmóviles. La madre, doña Elena, se detenía a escucharla sin decir nada. Se secaba las manos en el mandil y se quedaba parada en el umbral de la cocina, mirando a esa hija alta, seria, con una voz que no correspondía al cuerpo de una niña.

 No decía nada, pero no se iba. Y ese silencio de la madre era en sí mismo la primera crítica musical que Luz Elena recibió en su vida y era una crítica favorable. A los 14 años, Luz Elena medía ya 1,75 cm, una estatura que en la década de los 50 resultaba completamente inusual para una mujer mexicana, particularmente en una región donde las mujeres tendían a ser pequeñas y discretas, donde el ideal femenino era la mujer que no ocupa demasiado espacio.

 Luz Elena ocupaba espacio, lo ocupaba físicamente y lo ocupaba con su presencia, con su voz, con esa manera de caminar que tenía, lenta, directa, como si cada paso fuera una declaración de intenciones. Esa altura que más tarde sus admiradores convertirían en parte de su mito bajo el apodo cariñoso de la grandota de Camargo, fue durante su adolescencia motivo de burlas, de exclusión y de una soledad particular.

 La soledad de quien no cabe en los moldes que la sociedad construye para las mujeres de su tiempo. Los muchachos del pueblo no sabían cómo tratarla. Las muchachas del pueblo no sabían cómo clasificarla y ella aprendió desde muy joven a no necesitar que nadie la clasificara. Fue precisamente esa soledad adolescente la que la empujó más profundamente hacia la música.

 Cuando no encajas en el mundo que te rodea, necesitas un mundo alternativo donde sí encajes. Para Luz Elena, ese mundo era la canción ranchera. Era el universo de las mujeres bravas, de las que sufrían con dignidad, de las que amaban con ferocidad y se rompían sin pedir permiso para romperse. En esas canciones encontró un espejo que la devolvía entera, sin cortarle nada y decidió, con la determinación silenciosa de los que no necesitan anunciarlo, que ese sería su mundo para siempre.

 A los 16 años, la familia Ruiz Bejrano tomó la decisión que tomaban miles de familias norteñas en aquella época, emigrar a la Ciudad de México. El padre había conseguido la promesa de un trabajo en la capital a través de un primo lejano que llevaba 3 años instalado en la colonia Guerrero. Y con esa promesa frágil y una maleta de cartón que contenía todo lo que tenían, la familia abandonó Camargo en un autobús de segunda clase que tardó 18 horas con40 minutos en llegar a la terminal de poniente. Era 1952.

Luz Elena tenía 15 años recién cumplidos y una certeza absoluta, grabada en algún lugar entre el pecho y la garganta de que esa ciudad enorme y ruidosa que se abría ante ella como una boca hambrienta, iba a ser el lugar donde su vida comenzaría de verdad. La ciudad de México, que recibió a Luz Elena en 1952, era una ciudad que olía a diésel y a tortilla, que rugía con el arranque de los trambías y que tenía la capacidad brutal de engullirte si no sabías defenderte.

 Era una ciudad de migrantes, de sueños apretados en cuartos de vecindad, de escaleras estrechas y patios compartidos, donde convivían familias de Oaxaca, de Veracruz, de Chihuahua, todas con la misma maleta de cartón y la misma promesa a medias en el bolsillo. Los primeros 3 años en la capital fueron duros para la familia Ruiz Bejarano.

 El padre trabajó en la construcción, la madre lavó ropa ajena. Las hermanas mayores encontraron trabajo en una fábrica de ropa en la misma colonia y Luz Elena, que en Camargo había sido la niña con la voz extraordinaria, en la Ciudad de México era simplemente otra migrante norteña, alta y callada, que tomaba el camión de las 6 de la mañana para llegar a tiempo al turno de la fábrica textil, donde ganaba 22 pesos a la semana.

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