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Vicente Fox: El Presidente “Títere” y el ASQUEROSO Saqueo de su Esposa.

Vicente Fox: El Presidente “Títere” y el ASQUEROSO Saqueo de su Esposa.

2 de julio de 2000, zócalo de Ciudad de México. La gente lloraba, gritaba, se abrazaba como si acabara de ver caer una muralla de piedra. Después de 71 años de PRI, después de décadas de miedo, corrupción y pactos bajo la mesa, México creyó que por fin había despertado. En el balcón de la victoria estaba Vicente Fox, el hombre de las botas vaqueras, el exjecutivo de Coca-Cola, el ranchero de Guanajuato, que prometía sacar a patadas la podredumbre del poder. Pero el país no sabía algo.

Aquel hombre que parecía gigante terminaría señalado como un presidente reducido a sombra, un mandatario que ganó contra el viejo régimen, pero que, según investigaciones periodísticas y legislativas habría dejado que el nuevo poder se encerrara en una familia. Marta Saagú, sus hijos Briviesca, una fundación llamada Vamos México.

Terrenos vendidos como oportunidad social y contratos petroleros que terminarían salpicando a Pemex, Oceanografía y al sistema financiero internacional. México votó por un cambio, pero recibió una casa. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como una boda dentro de Los Pinos. El 2 de julio de 2001. cambió el equilibrio del poder y convirtió a Marta Saagún en una figura mucho más fuerte que una simple primera dama.

Segundo, como el escándalo de las toallas de $400 y los arreglos de más de 5 millones de pesos, destrozó la imagen de austeridad de Fox. Tercero, ¿cómo vamos México? Presentado como caridad para los pobres, fue cuestionado por presunta triangulación de fondos. y por millones de pesos que debían servir al bienestar público.

Y cuarto, cómo los hijos Briviesca fueron señalados en negocios con IPAP, viviendas, créditos estatales y contratos ligados a Oceanografía, una empresa que años después quedó marcada por un fraude de casi 600 millones de dólares. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes de entender como la promesa del cambio terminó convertida en una maldición de poder familiar, hay que regresar al principio.

Cuando Vicente Fox todavía creía que unas botas vaqueras podían limpiar la suciedad de todo un país, todo comenzó lejos del balcón de la victoria, mucho antes de los gritos en el Zócalo, mucho antes de que México creyera que un hombre con botas podía derrotar a una maquinaria de 71 años. Comenzó el 2 de julio de 1942 en Ciudad de México, cuando nació Vicente Fox Quesada.

Pero su mito no se fabricó en la capital, se fabricó en Guanajuato, en el rancho San Cristóbal, entre tierra seca, animales, trabajadores del campo y esa imagen que después vendería como si fuera una marca. El ranchero que entendía al pueblo porque decía haber visto la pobreza de este niño. Piensa en eso un momento. Fox no llegó a la política como un ideólogo, llegó como un vendedor.

Estudió administración de empresas en la Universidad Iberoamericana y luego entró a Coca-Cola, donde aprendió una lección brutal. No gana quien tiene la verdad, gana quien sabe empacarla. Subió, negoció. dirigió. Vendió refrescos en América Latina y entendió que un producto no necesita ser perfecto para conquistar un país, necesita una historia.

Y él se convirtió en esa historia. Cuando entró al PAN ya no vendía botellas, vendía esperanza. En 1995 ganó la gubernatura de Guanajuato. Alto, ruidoso, directo, con cinturón ancho y lenguaje de rancho, parecía lo contrario de los políticos grises del PRI. Mientras otros hablaban con tecnicismos, él hablaba como si estuviera en una plaza.

Mientras otros usaban trajes impecables, él aparecía con botas. México estaba cansado de los mismos apellidos, de las mismas sonrisas falsas, de los mismos pactos ocultos. Fox entendió ese cansancio y lo convirtió en campaña. El cambio debía continuar. En el año 2000, su imagen explotó como una promesa nacional. Ganó la presidencia con el 43% de los votos y rompió una cadena que parecía eterna.

Al asumir, su aprobación rondaba el 70%. Había gente que no veía a un presidente. Veía una reparación histórica, veía al hombre que iba a abrir ventanas en Los Pinos para que saliera el olor podrido del viejo régimen. Pero detrás de esa figura enorme había un vacío. Un vacío de método, de disciplina, de control fino.

Fox sabía inspirar, sabía ganar aplausos, sabía posar para la foto exacta. Pero gobernar un país herido no era vender una campaña. Gobernar era entrar al pantano todos los días y no dejar que el pantano te tragara. Y ahí apareció Marta Saagun. Marta había nacido el 10 de abril de 1953 en Zamora, Michoacán. Venía de una familia acomodada.

Su padre, Alberto Saagú de la Parra era médico y fundador de instituciones de salud. Ella fue maestra de inglés. Se casó en 1971 con Manuel Briviesca Godoy y tuvo tres hijos: Manuel, Jorge Alberto y Fernando. Después vendrían la separación en 1998 y el divorcio en el 2000. Pero antes de ser primera dama, Marta ya sabía moverse en política.

Desde 1988 militaba en el PAN. Intentó ser alcaldesa de Celaya y perdió. Luego encontró una puerta más grande, Vicente Fox. Él la nombró vocera en Guanajuato. Ella le ordenó el discurso, le pulió la imagen, le administró silencios, frases, gestos. Donde Fox era impulso, Marth era cálculo.

Donde él era espectáculo, ella era estructura. Y esa combinación parecía perfecta hasta que dejó de serlo. Porque poco a poco, según quienes reconstruyeron aquellos años, la mujer que debía ayudar al candidato empezó a ocupar el espacio del gobernante. Primero detrás del micrófono, después detrás de la agenda, después detrás de las decisiones.

Pero antes de entender como esa dependencia terminó entrando por la puerta principal de Los Pinos, hay que mirar la boda que cambió el equilibrio del país. El 2 de julio de 2001, exactamente un año después de aquella noche en que México creyó que había derrotado al viejo régimen, Vicente Fox hizo algo que parecía privado, casi romántico, casi inocente.

Se casó con Marta Saagú dentro de Los Pinos. Era su cumpleaños número 59. Era también el aniversario de su triunfo, una fecha elegida con precisión quirúrgica, como si el amor y el poder tuvieran que firmar el mismo documento. La ceremonia fue cerrada, pequeña, discreta, pocos invitados, pocas cámaras, pocas palabras. Pero no te equivoques.

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