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ANTONIO MARGARITO : La Verdad Salió A La Luz

ANTONIO MARGARITO : La Verdad Salió A La Luz

campeón mundial del peso welter, 41 victorias, invicto durante 7 años y el mismo hombre que le arrancó el ojo a Miguel Coto en vivo. Frente a 40 millones de personas, 18 rounds de tortura pura. El rostro de Coto convertido en una masa de carne irreconocible. Los comentaristas rogando que detuvieran la pelea y Margarito, según testigos, en el ring, mirando al esquinero entre rounds y diciendo, “Dale más, todavía se mueve.” Pero eso no es lo peor.

 Lo más brutal, lo más devastador no fue lo que le hizo a Koto. Porque 4 años después otro hombre le hizo exactamente lo mismo a él. Man Paquiao le destruyó el rostro de la misma forma, le rompió la cuenca del ojo derecho en siete pedazos, le arrancó la retina, lo dejó ciego del ojo derecho para siempre y Margarito siguió peleando, ciego de un ojo, absorbiendo golpes que no podía ver venir, sangrando de una cuenca vacía, destruyéndose frente a millones, hasta que su esposa, según personas cercanas, se paró frente a él y le gritó, “Si subes a otro ring,

me voy con los niños.” Su nombre es Antonio Margarito Montiel. El mundo del boxeo lo conoce como El Tornado de Tijuana y lo que la Comisión Atlética de California, los dirigentes del boxeo mexicano, Bobarum, su promotor, y hasta su propio entrenador, Javier Capetillo, ocultaron durante años. Nunca se contó completo hasta hoy.

En los próximos 70 minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron. Primera, las vendas. Las vendas exactas que sacaron de sus manos la noche del 24 de enero de 2009. ¿Qué contenían? ¿Cómo las hicieron? y la evidencia que prueba que Margarito peleó con Yeso al menos tres veces antes.

 Según investigadores de la Comisión Atlética, había un patrón y vamos a mostrártelo. Segunda, la pelea contra Miguel Coto. Julio de 2008. Lo que realmente pasó en ese ring, los golpes que según médicos forenses no eran normales. Las fracturas en el rostro de Coto, que de acuerdo con especialistas solo se pueden causar con objetos duros.

 Y por qué Coto, según versiones cercanas, nunca volvió a ser el mismo. Tercera, el castigo. Lo que Manny Pacquiao le hizo a Margarito en 2010. La venganza más brutal en la historia del boxeo. ¿Cómo le rompió el ojo round por round? ¿Y por qué el referee dejó que continuara la masacre cuando debió detenerla en el round 8? Y la cuarta, la más devastadora.

¿Dónde está Antonio Margarito hoy? Enero de 2026, 47 años. Ciego de un ojo. ¿Qué hace? ¿Cómo vive? ¿Y por qué hay gente en Tijuana que todavía lo defiende mientras el resto del mundo lo considera un tramposo? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte donde el verdugo se convierte en víctima, donde el tramposo paga por sus crímenes, donde la justicia llega en forma de puños.

5 de marzo de 1978. Tijuana, Baja California, una ciudad fronteriza, violenta, caótica, donde la pobreza y el crimen viven juntos a 30 met de Estados Unidos, pero a un millón de kilómetros del sueño americano. Ahí nació Antonio Margarito Montiel. Su padre, Antonio Margarito, Señor, era albañil.

 Según la familia, construía casas del lado americano. Cruzaba la frontera todos los días. sin papeles, caminando por el cerro, esquivando la migra. Ganaba, según versiones familiares, 50 al día cuando tenía trabajo, tres días a la semana si tenía suerte. Su madre, Guadalupe Montiel limpiaba casas del lado mexicano. De americanos que vivían en Tijuana por el trabajo. Ganaba al día.

 Vivían en la colonia Libertad, una de las más peligrosas de Tijuana. Casas de lámina y cartón, calle sin pavimentar, agua cada tercer día. Y Antonio creció ahí entre balaceras, entre narcos, entre la miseria. Pero había algo en ese niño que lo hacía diferente. No era inteligente, no era carismático, pero tenía algo que muy pocos tienen. No sentía el dolor.

A los 7 años, según cuenta su familia, Antonio se cayó de un techo, 3 m de altura. Se fracturó el brazo izquierdo, el hueso salió por la piel y según su madre en entrevistas posteriores, Antonio no lloró. Caminó 2 km hasta su casa con el hueso expuesto, con la sangre goteando, cuando llegó le dijo a su madre, “Me caí, creo que me rompí el brazo sin lágrimas, sin gritos, como si nada.

 Ese día, según versiones familiares, su madre supo que ese niño era especial o que estaba roto por dentro. A los 9 años, Antonio empezó a trabajar vendiendo chicles en la frontera de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Ganaba $ al día. Los turistas americanos pasaban, veían al niño. Algunos compraban por lástima, otros ni lo miraban. Y Antonio aprendió algo ahí.

El mundo no te regala nada. Si quieres algo, lo tomas. A los 11 años, según cuenta él mismo en entrevistas, un día vio un gimnasio. Gimnasio Morales, en la colonia Zona Norte. Entró y vio a hombres pegándose, sudando, sangrando, y algo dentro de Antonio se encendió. Le preguntó al entrenador, “¿Puedo entrenar?” El entrenador Ramón Morales, un exboxeador de los 70, lo miró.

 Un niño flaco, descalzo, con ropa rota. ¿Tienes dinero? No. Entonces no. Antonio volvió al día siguiente y al siguiente y al siguiente durante dos semanas hasta que el entrenador, según versiones del gimnasio, le dijo, “Está bien, pero si te pego y lloras, te vas.” Le pegó un gancho al hígado con fuerza, un golpe que tiraría a cualquier niño de 11 años.

Antonio se dobló, se agarró el estómago, pero no lloró. Se enderezó, miró al entrenador y dijo otra vez. Y ahí nació el monstruo. Porque ese niño que no sentía dolor, ese niño que pedía más golpes, iba a convertirse en el peleador más brutal de su generación. Los primeros años, Gimnasio Morales. Antonio entrenó todos los días.

 De 3 de la tarde a 7 de la noche, después de vender chicles en la frontera, llegaba cansado, hambriento, sin haber comido nada desde el desayuno. Pero según compañeros de esa época, nunca se quejaba, nunca pedía descanso, nunca decía que no podía. Le pegaban, se levantaba, le rompían la nariz, seguía peleando, le abrían el párpado, se limpiaba la sangre, seguía adelante.

 Y Ramón Morales, su entrenador, vio algo en ese niño, algo oscuro, algo peligroso. Este niño no pelea por ganar, le dijo a otro entrenador, según versiones de personas presentes, pelea para hacer daño. Y tenía razón. A los 13 años, Antonio tuvo su primera pelea Mateur contra un niño de 15, más grande, más pesado, más experimentado.

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