Posted in

ADRIANO EL EMPERADOR : LA PROMESA DEL FÚTBOL QUE QUEDÓ EN DEUDA CON EL MUNDO

107 goles en 218 partidos con el Inter de Milán, 54 millones de euros en el banco, el nueve más temido de Europa y un hombre de 32 años sentado solo en una favela de río con sobrepeso mirando al vacío sin querer salir de su casa. Su nombre era Adriano Leite Ribeiro. Lo llamaban el emperador y lo que la depresión y las favelas le hicieron nunca se contó completo.

 Hasta hoy vas a conocer cuatro cosas que nunca  te contaron sobre la caída del delantero más prometedor del mundo. Primera, la muerte que lo destruyó por dentro y que él intentó ocultar  con alcohol durante años. Segunda, las conexiones  con el mundo del crimen organizado en las favelas que lo alejaron del fútbol europeo para siempre.

 Tercera, la noche específica donde el Inter  de Milán supo que ya no había vuelta atrás. Y la cuarta, ¿por  qué nunca volvió a ser el mismo después de ganar la Copa América 2004, cuando parecía  que conquistaría el mundo? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes por qué un jugador, que valía lo mismo que Ronaldinho terminó jugando gratis en equipos de segunda división.

    Favela de Vila Cruzeiro, Río de Janeiro. El lugar donde las balas perdidas  no tienen nombre y donde nadie pregunta de dónde viene el dinero. Almir Ribeiro trabajaba  12 horas diarias como obrero de construcción. Su esposa Rosilda limpiaba casas en los barrios ricos de Ipanema. Adriano nació el  21 de febrero, quinto hijo, una boca más que alimentar en  una casa donde ya faltaba todo.

A los 6 años el niño ya era distinto, más grande que los otros, más fuerte, más rápido. En las canchas de tierra de la favela, los muchachos de 15 años no podían  quitarle el balón. Ese gordito va a ser alguien”, decían los  vecinos. Pero en Vilacruceiro muchos niños tienen  talento, pocos salen vivos para demostrarlo.

El padre lo supo desde el principio. Entrenaba con él todas las tardes después del trabajo, con las manos destrozadas  del cemento, empujándolo a no rendirse. “Tú vas a sacar a esta familia de aquí”, le decía Almir. “Pero tienes que ser mejor que todos.” A los 10  años, Adriano ya medía 1,60, pesaba 50 kg, un gigante entre  niños.

 El Flamengo lo fichó para sus categorías inferiores, no por su técnica, por su potencia.  Pateaba tan fuerte que los arqueros de 12 años le tenían miedo. Pero había algo  más, una tristeza en sus ojos que nadie entendía, como si ya supiera lo que venía. Grábate este nombre. Almir  Riro. El padre va a aparecer de nuevo y cuando lo haga  vas a entender todo.

 A los 15 años Adriano debutó en la primera división del Flamengo. El estadio Maracaná rugió cuando entró. 60,000  personas viendo a un adolescente que parecía un hombre adulto. 6 meses después, el Inter de Milán puso 4 millones de euros sobre la  mesa. Una fortuna para un club brasileño en el año 2000. Adriano tomó el avión a Italia con 18 años recién cumplidos.

 No hablaba italiano, no conocía a  nadie. Llevaba en su maleta tres camisetas, dos pantalones y una foto de  su padre. “Hazlo por tu familia”, le dijo Almir en el aeropuerto. Primera vez que aparece la frase, “Guárdala.” Milán lo recibió con frío, con racismo, con una presión  que ningún muchacho de favela está preparado para manejar.

Los primeros  dos años fueron un desastre. Jugaba poco, entendía menos. Los hinchas del Inter lo abucheaban. La prensa italiana lo llamaba el gordo brasileño que no sirve para nada. Pero Adriano no se rindió.  Entrenaba doble turno. Aprendió italiano en 6 meses. Se quedaba  después de los entrenamientos practicando tiros libres hasta que los encargados del estadio  lo echaban.

 Y entonces, en la temporada 20032004 explotó. 15 goles  en 28 partidos. El Inter terminó cuarto en la Serie A. Adriano se convirtió  en titular indiscutible, pero lo que vino después fue lo que lo convirtió en leyenda. Copa América 2004, Perú. Brasil llegaba como favorito. Adriano era suplente de Ronaldo y Ronaldinho, los dos mejores del mundo en ese momento.

 Primera fase, Brasil 3,  Chile 0. Adriano entra de cambio, anota dos goles, uno de ellos un misil desde 30 met que el arquero  ni siquiera vio. Semifinal, Brasil 2, Uruguay 1. Adriano titular, un gol,  potencia pura. El arquero intenta detener el disparo y termina en la red con el balón. Final Brasil 2, Argentina 1.

 Estadio  Nacional de Lima, 50,000 personas. Adriano anota el primero. Un cabezazo que rompe la red. Argentina empata, Brasil sufre, pero en el minuto  89 un contragolpe. Kaká corre, Adriano corre más.  Centro perfecto. Gol. Brasil campeón. Adriano,  máximo goleador del torneo con siete goles.

 A los 22 años ya no era promesa, era presente, era futuro.  Era el hombre que reemplazaría a Ronaldo como el nueve de Brasil. Esta es la primera revelación  que te prometí al principio. La muerte que lo destruyó. Agosto  de 2004, Adriano regresa a Milán como héroe. Contrato  nuevo, 6 millones de euros al año.

Cláusula de rescisión de  50 millones. El Inter le pone el dorsal número 10, el número  de los elegidos. Temporada 200425.  Adriano anota 28 goles en 41 partidos. Números de Messi,  números de Cristiano, números de leyenda. La prensa italiana lo llama il  Imperatore. El emperador, el apodo que lo seguiría para siempre.

Pero en marzo  de 2005, el teléfono suena a las 3 de la mañana en su departamento de Milán. Era su  hermano llorando. Papá murió. Almir Ribeiro, 45  años, infarto fulminante. El hombre que lo sacrificó todo para que su hijo saliera de la favela, no llegó a  ver su momento de máxima gloria.

Adriano tomó el primer avión a Brasil. El funeral fue en Vila Cruceiro, miles de personas en la  calle. El ídolo de la favela enterrando a su héroe. “Hazlo por tu familia.”  Las últimas palabras de su padre resonaban en su cabeza. Pero ahora la familia estaba incompleta. Adriano regresó a Italia dos semanas  después. Físicamente estaba ahí.

Mentalmente nunca volvió. Aquí viene lo fuerte, porque lo que nadie sabía es que Adriano empezó a beber esa misma noche del funeral. No una  copa, no dos botellas enteras de bodka y whisky, solo en su cuarto de hotel en Río. Era mi forma de no sentir,  confesaría años después en una entrevista.

 El alcohol me  apagaba por dentro, pero el mundo del fútbol no perdona debilidades  y el Interbault. Temporada  2005-2006. Adriano sigue brillando, 19 goles  en 32 partidos, pero algo cambió. Llegaba tarde  a entrenamientos, discutía con entrenadores. Se peleó con Roberto Mancini,  el técnico en pleno vestuario.

Read More