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El hombre MAS LETAL de ESCOBAR – PININA, Documental COMPLETO

 El flaco calavera, uno de los hombres de Pablo Escobar, empezó a averiguar por el robo y llegó a Pinina. El patrón fue informado y le gustó muchísimo la habilidad de Pinina y pidió hablar con él. Robar el reproductor de música del coche personal de Pablo  Escobar. Lejos de eliminarlo, el capo vio en aquel joven la temeridad necesaria para liderar su brazo armado.

  Bajo el alias de Pinina, Arias asumió el mando de los Priscos, la unidad de élite más letal del cartel de Medellín. Bajo su dirección, la banda se transformó en una maquinaria de guerra con más de 300 hombres especializados en ejecuciones y secuestros de alto impacto. No eran simples pistoleros, eran operativos instruidos por mercenarios en tácticas de asalto y el uso quirúrgico de explosivos.

 Fue Pinina quien importó el terror técnico de la ETA, perfeccionando la fabricación de coches bomba que marcaron la década más sangrienta de Colombia. Lo que nació en  los callejones de Lovaina terminó convirtiéndose en la ingeniería del caos que desafió a todo un estado. La consolidación del cartel de Medellín como una amenaza transnacional no se debió  únicamente al flujo de cocaína, sino a la creación de un sistema de guerra urbana  diseñado por John Jairo Arias Tascón.

Si el primer acto de su vida fue el aprendizaje, el segundo fue la ejecución de una logística  del terror sin precedentes. Pinina no solo enviaba hombres a matar, él diseñaba operaciones militares en entornos civiles, seleccionaba perfiles específicos para cada golpe  y supervisaba que la letalidad fuera absoluta.

 En 1984, esa maquinaria de precisión se activó contra el corazón mismo del Estado colombiano. Rodrigo Lara Bonilla, el ministro de Justicia que se había atrevido a denunciar la infiltración  de los dineros calientes en la política y el deporte fue el objetivo que marcó el inicio de la guerra total. Pinina no dejó nada al azar.

 Para esta operación seleccionó a dos de sus operativos más ágiles y arriesgados, Byron de Jesús Velázquez e Iván Darío Guisado. La logística implicó semanas de seguimiento al esquema de seguridad del ministro y la elección de una ruta que permitiera una huida rápida entre el tráfico de la capital. El 30 de abril de 1984, mientras el vehículo oficial de Lara Bonilla, un Mercedes-Benz  Blanco, avanzaba por la calle 127 en el norte de Bogotá, fue interceptado.

Desde una motocicleta Yamaha DT175, Guisado abrió fuego utilizando una subametralladora Ingram Mac 10. No fue un ataque de ráfagas largas e imprecisas, sino una descarga controlada sobre la zona trasera del vehículo,  donde viajaba el ministro. Siete impactos terminaron con la vida del funcionario.

  La captura de Velázquez y la muerte de Guisado en la persecución posterior fueron daños colaterales que Pinina ya había contemplado en su cálculo de costo beneficio. Con este golpe, el cartel de Medellín envió un mensaje claro. Nadie, ni siquiera el encargado de la justicia del país, estaba  fuera de su alcance.

 La logística de Pinina había transformado esta ejecución en un terremoto institucional. Dos años después, el objetivo se desplazó hacia quienes narraban la realidad de la guerra, la  prensa. Guillermo Cano Isasa, director del diario El espectador, se había convertido en la brújula moral de una nación que comenzaba a sucumbir ante el dinero del narcotráfico.

 Pinina coordinó a la banda de los Priscos para silenciar esa voz de manera definitiva. La inteligencia previa determinó que el momento de mayor vulnerabilidad de Cano era su salida del periódico al final de la jornada laboral. El 17 de diciembre de 1986, cuando Cano abandonaba las instalaciones del espectador en su camioneta Subaru Roja, dos bandidos bajo las órdenes directas de Pinina lo interceptaron.

La ejecución fue rápida y quirúrgica. El impacto social fue devastador, pero para Pinina la operación no terminó con la muerte del periodista. La logística del terror incluía el seguimiento de los procesos judiciales derivados del crimen. 3 años más tarde, el 29 de marzo de 1989, el brazo armado de Arias Tascón se activó nuevamente.

Héctor Giraldo Gálvez, abogado de la familia Cano y pieza clave para que el caso no quedara en la impunidad, fue dado de baja en Bogotá. Esta doble ejecución demostró que la estrategia de Pinina dirigida por Pablo Escobar era de largo aliento, no se limitaba a eliminar al objetivo principal, sino que desmantelaba sistemáticamente cualquier intento de justicia posterior.

 El mensaje para los tribunales fue demoledor. Investigar al cartel era una sentencia de muerte diferida. Para 1988,  la audacia de las operaciones coordinadas por Pinina alcanzó su punto máximo con el secuestro y asesinato de Carlos Mauro Hoyos, procurador general de la nación. Este operativo no fue un ataque rápido en una calle  concurrida, sino una emboscada militar de alta complejidad en las inmediaciones del aeropuerto de Río Negro.

 El 25 de enero, el convoy del procurador fue interceptado por un comando armado masivo que utilizó vehículos blindados  y armamento de alto calibre. La ferocidad del ataque neutralizó de inmediato a los escoltas del funcionario, dejando a Hoyos en manos de sus captores  en cuestión de minutos.

 Pinina dirigió la interceptación con una precisión técnica que impedía  cualquier reacción de las autoridades locales. Carlos Mauro Hoyos fue herido  durante el tiroteo inicial y trasladado a una casa de seguridad en la zona rural de Antioquia.  Sin embargo, la presión de los operativos de búsqueda y la imposibilidad de mantener al procurador cautivo en medio de un cerco militar llevaron a Pinina a dar la orden final.

Hoyos fue  ejecutado poco después y su cuerpo fue abandonado como una prueba de fuerza frente al Estado que intentaba implementar la extradición. Cada uno de estos eventos no fueron actos de violencia aislados, sino componentes de una estrategia de asfixia logística. Pinina entendía que para arrodillar a un país debía atacar sus pilares, la justicia, la información y el control legal.

 Bajo su mando, los Priscos pasaron de ser una banda de sicarios a convertirse en una estructura táctica capaz de operar en cualquier ciudad de Colombia, moviendo armas, hombres e información con una eficiencia que superaba a menudo a los servicios de inteligencia oficiales. La guerra ya no se libraba solo en las selvas o en los laboratorios de cocaína, se libraba  en las esquinas de Bogotá y Medellín bajo el cronómetro y el diseño de John Jairo Arias Tascon.

Julio de 1989 marcó un punto de no retorno en la ofensiva  del cartel de Medellín. La maquinaria de guerra dirigida por Pinina había alcanzado una capacidad de fuego militar,  pero incluso en esa estructura de precisión, el caos de la guerra urbana provocaba errores devastadores. El 4 de julio, la ciudad de Medellín fue sacudida por una explosión que no estaba destinada a su víctima.

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