Y por un momento, mientras pelabas papas o tendías la ropa, esa voz te acompañaba como si te entendiera. Eso era Lalo Mora en tu vida, no un artista en una pantalla, una compañía. El grupo nunca fue solo de él. A su lado estuvieron desde el principio nombres que la gente del norteño todavía recuerda. Javier Ríos en el acordeón.
que venía de tocar con otro grupo grande, Eliud López, Homero de León. Entre todos armaron ese sonido ágil, bailable que cambió el norteño para siempre. Pero el que se llevaba los reflectores, el que firmaba las fotos, el que salía primero en los carteles era Lalo, siempre Lalo. La canción Mi casa nueva los disparó al estrellato y de ahí ya no bajaron en toda la década.
Grababan disco tras disco, giraban sin parar, cruzaban a Texas, a California, a todo el suroeste de los Estados Unidos, donde los paisanos que se habían ido a trabajar la tierra los esperaban como quien espera un pedazo de su pueblo. Los jornaleros que recogían cosechas en los valles fronterizos llamaban a las estaciones de radio pidiendo sus temas una y otra vez, como si oír Laurita Garza en una bocina lejana los acercara un poquito a casa.
Y en 1993, cuando ya era leyenda, Lalo Mora tomó una decisión. Se separó que había fundado para irse de solista. firmó con una disquera grande. Grabó sus propios discos. Sacó temas como El preso de Nuevo León, Amor de Paso, el canto de un vaquero y se quedó para siempre con la corona. El rey de mil coronas, ya completamente solo en el centro del escenario, sin nadie que le hiciera sombra.
Guarda esa imagen. Un hombre acostumbrado a que todo el escenario fuera suyo, a que nadie le dijera que no, a que el público le perdonara todo con tal de oírlo cantar. Para entonces, Lalo Mora ya era el rostro y la voz del grupo. Le decían el rey de mil coronas. Y el apodo le quedaba porque en el mundo del norteño él mandaba.
Cantaba a ambos lados de la frontera, llenaba palenques en Texas, en California, en todo el noreste mexicano. Las familias que cruzaban el desierto buscando trabajo en las cosechas llamaban a las estaciones de radio para pedir sus canciones tres veces por turno. Y aquí es donde tú entras en la historia, porque tú no lo conociste como una figura lejana de la farándula.
Tú lo conociste de cerca. A lo mejor lo pusiste en una fiesta de 15 años. A lo mejor lo bailaste con tu esposo cuando todavía eran novios. A lo mejor su voz salía de la cocina de tu mamá un domingo cualquiera mientras el sol entraba por la ventana y olía a café. Para ti, Lalo Mora era casi de la familia. Su voz vivía en tu casa como vive la de un pariente querido.
Y por eso esto duele, porque el hombre que ponía esas canciones de amor y de respeto, el que cantaba sobre mujeres traicionadas con una voz que parecía entenderlas, era el mismo que 30 años después le metería la mano a una muchacha que solo quería una foto. mismo. En el norteño se construyó una figura muy particular, el ídolo del pueblo, el hombre rudo, sentimental, mujeriego, que tomaba, que conquistaba, y al que todo se le perdonaba porque cantaba bonito y porque venía de abajo.
Esa figura tenía permiso para casi todo. y la industria, la prensa, el público, todos aprendieron a mirar para otro lado cuando ese permiso se pasaba de la raya. A ese mecanismo, a esa costumbre de perdonarle todo al ídolo que vino del barrio, vamos a regresar varias veces, porque ahí está la respuesta a la pregunta más incómoda de toda esta historia.
¿Cómo fue posible que pasara delante de todos durante años y nadie hiciera nada? La mujer de Pico Rivera, la del seno, la del video. Ella es la primera de muchas. No sabemos su nombre y está bien que no lo sepamos porque ella no eligió ser parte de esto. Solo quería una foto con su ídolo. Pero su cara, esa cara de desconcierto y dolor que se quedó congelada en el video, es la cara de todas las que vinieron antes y de todas las que vinieron después.
Mírala bien en tu memoria, porque a esa cara vamos a regresar al final. Lo que casi nadie sabe es que apenas unos días antes de que estallara el peor de los escándalos, a Lalo Mora le entregaron un reconocimiento oficial, no en una cantina, no entre amigos, en uno de los lugares más solemnes de México. ¿Y quién se lo entregó y qué fecha exacta fue? Lo cambia todo.
14 de julio de 2021. El Senado de la República de México. Mármol, banderas, fotógrafos. Ese día la Cámara Alta del País le entregó a Lalo Mora un reconocimiento por su trayectoria. Junto a él, otro grande del género, Eliseo Robles. Aplausos, sonrisas, un diploma por su contribución a la música ranchera que traspasó fronteras.
Cinco días después, exactamente cinco, empezaron a circular los primeros videos de aquel verano. Lalo mora besando en la boca a sus fans afuera de un bar en Aguascalientes, en plena pandemia, sin cubrebocas, sin sana distancia, metiéndoles la mano por debajo de la blusa a algunas de ellas. Piensa en ese orden.
Primero, el honor del Senado. 5co días después los videos. El país oficial lo premiaba con una mano, mientras con la otra en los estacionamientos y en los escenarios pasaba lo que estaba pasando. Y nadie conectó las dos cosas. Nadie regresó a quitarle el diploma. Nadie en el Senado salió a decir una palabra. Así de bien aceitada estaba la máquina.
Porque ese es el mecanismo del que te hablé. En el mundo del espectáculo regional, al ídolo del pueblo se le perdona casi todo. Y mientras más viejo, más querido, más intocable, más fácil le resulta esconderse detrás de una frase, el viejito travieso, el abuelito coqueto. Así lo presentaban algunos programas entre risas, como si lo que hacía fuera una gracia y no una agresión.
y no era el primero. Por esos mismos años, otro icono enorme de la música mexicana, Vicente Fernández, fue captado tocándole un pecho a una fan durante una foto. La joven después dijo a los medios que se sintió violentada y enojada. A Vicente también medio mundo lo defendió. También a él se le justificó con eso de que así eran los hombres de antes.
Ahí está el patrón. Lo que pasaba era más grande que un hombre. Era una costumbre de toda una industria que aprendió a reírse de algo que a una mujer la hacía sentir sucia. Antes de seguir, quiero que pares un momento conmigo. Quizá tú también sabes lo que es que un hombre se tome una confianza que nadie le dio, una mano que se queda donde no debe, un abrazo que dura unos segundos de más y esa sensación de no saber si hacer un escándalo o quedarte callada para no incomodar.
La mayoría de las mujeres de tu generación aprendieron a quedarse calladas porque en aquella época a una mujer que hablaba la señalaban. Le decían problemática, exagerada, conflictiva y aprendía rápido que era más seguro callarse. Lo que les pasó a estas fans es exactamente eso, pero multiplicado, grabado y con miles de personas viéndolo y aplaudiéndolo.
Aquí viene lo primero que te prometí, que lo de Pico Rivera fue apenas una pieza de un patrón documentado video tras video. Empecemos por aquel verano de 2021, 17 de julio, un centro nocturno llamado 8 segundos en Aguascalientes. La lomora se presenta. Al terminar las fans se acercan. Y una transmisión en vivo del propio lugar capta como el cantante besa en la boca a varias de ellas, las abraza de más, mientras la pandemia todavía mataba gente todos los días.
A una la sube al escenario y la besa frente a todos. Las imágenes se viralizan. El gordo y la flaca las comparte, el país las ve. Octubre del mismo año. 5 de octubre, Pico Rivera, California. El video con el que abrimos esta historia. La Fan que solo quería una foto. El seno, la cara de dolor.
El financiero lo describió con todas sus letras. La joven, con evidente incomodidad y hasta dolor por la agresión le quita la mano. Él no se disculpa en el momento. Lo retiran sus acompañantes. Apenas dos días después, presionado por la indignación, sí soltó algo en sus propias palabras, según el programa chismorreo. Ahí me disculpan por todos los medios.
Me siento muy apenado. Una disculpa de pasada por todos los medios, como quien pide perdón al aire sin mirar a nadie a los ojos. Y aquí está lo que vuelve esto imperdonable. Esa disculpa no cambió nada porque apenas unas semanas después, a principios de noviembre de 2021, otro video, una fan sube al escenario a bailar con él.
Él sentado la toma de la mano, la pone a bailar y mientras la abraza por la cintura, baja la mano hasta ponerla sobre el glúteo de ella. Otra vez, semanas después de haberse disculpado, semanas después de prometer que ya no lo haría, cuenta los videos conmigo. Julio, los besos en Aguas Calientes. Octubre, El seno en California. Noviembre, el glúteo en el escenario.
Tres meses. Tres agresiones grabadas y esos son solo los que quedaron en video. La prensa de Nuevo Laredo lo resumió con una frase que dolía de tan exacta: “Los besos que Lalo Mora ha robado a sus fans.” robado. Esa fue la palabra, porque eso es lo que pasaba. Ellas iban por una foto, por un recuerdo bonito, por el momento con el que habían soñado y él les quitaba algo que no les pidió.
Y hay un detalle de aquel verano que lo vuelve todavía más grave. Era plena pandemia. El COVID mataba a miles de personas cada semana en México. Los hospitales estaban llenos. Las familias enterraban a sus muertos sin poder despedirse. Y en medio de todo eso, en un lugar cerrado, sin ventilación, sin cubrebocas, Lalo Mora andaba besando en la boca a una fan tras otra.
No solo era acoso, era poner en riesgo la salud de esas mujeres en el peor momento posible por puro capricho. Y quiero que entiendas que esto no era cosa de un solo hombre raro. Por esos mismos años, otro gigante de la música mexicana, nada menos que Vicente Fernández, fue captado tocándole un pecho a una fan mientras posaban para una foto.
La joven después habló con los medios y dijo una frase que resume todo. Me sentí violentada y enojada con el Señor. Violentada. Esa palabra la dijo una mujer joven hablando de uno de los hombres más idolatrados de México. ¿Y sabes qué pasó? A Vicente también lo defendieron. También a él lo perdonaron con eso de que así eran los charros de antes, que era el charro de Huen Titán, que cómo le iban a reclamar.
Dos de los hombres más queridos de la música mexicana. la misma conducta, la misma defensa, el mismo perdón automático del público. Eso no es coincidencia, eso es un sistema, una manera de funcionar que viene de generaciones en la que el ídolo varón tiene derecho sobre el cuerpo de las mujeres que lo admiran y todos a su alrededor se encargan de mirar para otro lado.
No todas miraron para otro lado, eso sí. Hubo colectivos de mujeres que salieron a alzar la voz. Exigieron que Lalo Mora se disculpara de verdad, no de pasada. Pidieron que tomara talleres, que entendiera que lo que hacía era acoso, que aprendiera dónde estaba el límite. Esas mujeres entendieron mucho antes que el resto lo que estaba en juego, que cada vez que se normalizaba uno de estos videos se le daba permiso al siguiente hombre para hacer lo mismo.
Antes de seguir, quiero que pares otra vez conmigo, porque quizá tú estás pensando en alguna vez que te pasó algo parecido, un jefe que se acercaba de más, un pariente que te abrazaba de una forma que no te gustaba, un conocido que se tomaba confianzas que nadie le dio y que si tú decías algo, todos te miraban como si la exagerada fueras tú.
Eso que tú aprendiste a tragarte en silencio es exactamente lo que le pasó a esa muchacha en California, solo que a ella le pasó frente a una cámara y el mundo entero lo vio y aún así le costó que le creyeran. Por eso, cuando ya no pudo seguir negándolo, soltó la frase que te pedí que guardaras. En un concierto en Monterrey, la madrugada del 13 de noviembre de 2021, ante las fans que le pedían selfies, lanzó su advertencia entre risas.
Ojitos sí, manitas no. Lo dijo como chiste, como si fuera un travieso domando sus impulsos. Pero detente en lo que esa frase significa de verdad. manitas. Las manos. Él sabía perfectamente cuáles eran las manitas. Sabía exactamente qué había estado haciendo con ellas. Ojito, sí, manitas, no. Esa es la frase de alguien que entiende perfectamente lo que hizo y que lo convierte en broma para que tú también te rías.
Y mucha gente se rió. Ese es el problema. ¿Dónde estaban las autoridades mientras esto pasaba? ¿Dónde estaban los organizadores de esos conciertos que veían todo desde el escenario? ¿Dónde estábamos todos nosotros que compartíamos los vídeos a veces para indignarnos y a veces para reírnos? Mientras esa muchacha de California seguía con la cara de desconcierto congelada en mil pantallas.
Porque hubo voces que sí se enojaron. Colectivos de mujeres salieron a exigir que se disculpara, que tomara talleres, que entendiera que eso era acoso. Las redes ardían cada vez, pero las redes se enfrían rápido. Un escándalo dura una semana, a veces menos. Y luego llega el siguiente y todos olvidan. Lalo Mora contaba con eso.
La industria contaba con eso. Aguanta, parecía decir el sistema. Aguanta corazón que esto también va a pasar. Y casi pasó. Casi todo quedó en eso, en escándalos que se encienden y se apagan. hasta que un hombre, uno solo, decidió que no se iba a quedar callado. Un hombre con un cargo público, con una credencial, con la capacidad de pararse frente a la justicia y poner una denuncia formal, fue a la fiscalía, dio la cara, puso su nombre y pocos meses después de hacerlo, ese hombre apareció muerto en una carretera.
Su nombre era Pedro César Carrizales Becerra, pero México lo conocía como el mijis, un hombre del barrio tatuado de pies a cabeza que pasó de la calle a la política, diputado local en San Luis Potosí, de los que tocaban la puerta de cualquier vecino y se la abrían. Un tipo incómodo para casi todos los poderes porque no se parecía a ninguno de ellos.
Para que entiendas quién era este hombre, tengo que contarte de dónde venía. El Mijis no llegó a la política desde una universidad ni desde una familia rica. Llegó desde el barrio más duro, desde las pandillas, desde la calle, desde un mundo en el que casi nadie sale vivo y menos sale para sentarse en un congreso.
El cuerpo lleno de tatuajes, la forma de hablar del barrio y una idea fija en la cabeza, que a los muchachos como él, los que todos daban por perdidos, alguien tenía que defenderlos. Cuando lo eligieron diputado en San Luis Potosí en 2018, dijo que iba a luchar por cosas que a los poderosos les daban risa.
Casas para los chavos banda, una policía de barrio, ayuda para los migrantes que cruzaban el país huyendo del hambre. Era un hombre que tocaba la puerta de cualquier vecino y se la abrían porque la gente sentía que él sí los entendía. Por eso, cuando el mijis decidió denunciar a Lalo Mora, no lo hizo por figurar, lo hizo porque ese era exactamente el tipo de injusticia contra la que se había pasado la vida peleando, los de arriba abusando de los de abajo y nadie haciendo nada.
El 9 de octubre de 2021, pocos días después de que estallara el video de Pico Rivera, el Mis hizo algo que nadie más con un cargo público se había atrevido a hacer. Se levantó temprano un sábado, fue a la sede de la Fiscalía General de la República y denunció formalmente a Lalo Mora. No lo hizo en silencio, lo escribió para que todos lo leyeran.
En sus propias palabras publicadas en su cuenta, Lalo Mora nos salió invasor, pero del cuerpo de las mujeres. No puede ser que frente a tantos ojos abusen sexualmente de ellas y nadie haga algo. Y luego una pregunta directa de esas que se clavan, ¿y si fuera tu jefa, tu esposa o tu hija? Léelo otra vez en tu cabeza.
Y si fuera tu hija? Eso fue lo que ese hombre puso sobre la mesa. No el chisme ni el escándalo, sino la pregunta que todas las madres y abuelas que están escuchando esto se hicieron al ver los videos. ¿Qué pasaría si esa muchacha de la foto fuera mi hija? El mijis dijo algo más y esto es importante. Dijo que no era la primera vez que Lalo mora.
lo hacía, que habían sido muchas y que lo que él intentaba era que no se normalizara la violencia contra las mujeres, que no se hiciera costumbre, costumbre otra vez esa palabra, porque eso era justamente lo que estaba pasando, se estaba volviendo costumbre. Aquí viene lo segundo que te prometí. El nombre del hombre que se atrevió a denunciarlo era ese, el mijis, Pedro Carrizales.
Y lo que le pasó después es algo que tengo que contarte con mucho cuidado, porque aquí es donde otros canales te mentirían para emocionarte más. Yo no te voy a mentir. 4 meses después de aquella denuncia, el mijis desapareció. El 31 de enero de 2022 lo vieron por última vez en un hotel de Saltillo, Coahuila. Viajaba solo en su camioneta rumbo a Monterrey.
Andaba en una campaña de ayuda a migrantes centroamericanos. Su familia reportó la desaparición. El país lo buscó durante semanas y el 3 de febrero, en el kilómetro 27 de la carretera entre Piedras Negras y Nuevo Laredo, su camioneta se salió del camino, cayó a un desnivel y se incendió por completo. Sus restos quedaron irreconocibles.
Lo identificaron por pruebas de ADN comparando con el material genético de su hijo. Las fiscalías de cuatro estados concluyeron que fue un accidente automovilístico, que ningún otro vehículo intervino, que el cuerpo no presentaba huellas de violencia. Y aquí me vas a permitir que sea honesto contigo. No existe ninguna prueba que conecte al lomora con la muerte de Elmis.
Ninguna. No te voy a inventar una conexión que no existe solo para que esta historia te parezca más escandalosa. Porque eso sería faltarte al respeto a ti y faltarle al respeto a ese hombre que sí dio la cara. Lo que sí te puedo decir es esto. A casi 4 años de su muerte, ya en 2026, la propia Fiscalía General de la República abrió una nueva carpeta de investigación para revisar si de verdad fue solo un accidente.
A petición de su viuda, Miriam, porque hay dudas. La activista Frida Guerrera lo dijo con claridad. El miiz se había convertido en una figura incómoda para muchos sectores de izquierda y de derecha y lo único que buscan es que se sepa la verdad, no que se siga diciendo automáticamente que fue un accidente. Pero esas dudas son por su trabajo político, por todo lo que removía, no por la lomora.
Esa parte queda fuera de esta historia y queda fuera con honestidad. Lo que importa para lo que tú y yo estamos hablando es otra cosa y es brutal por lo sencilla. El único hombre con poder que se paró frente a la justicia para denunciar a Laal Lomora se murió 4 meses después y con él se murió la denuncia. Esa carpeta en la fiscalía nunca llevó a nada.
No hubo proceso ni consecuencia, ni un solo día en que Lalo Mora tuviera que responder ante un juez, por lo que 1000 pantallas habían grabado. Así funciona el sistema que te vengo contando. No hace falta que alguien ordene nada oscuro. Basta con que el tiempo pase. Basta con que la única voz fuerte se apague por lo que sea y que nadie más recoja la bandera.
Y el ídolo sigue como si nada. Déjame parar aquí un momento porque esto que estamos haciendo importa. Si tú eres de las que crecieron con esta música, de las que bailaron estas canciones, de las que alguna vez se sintieron ignoradas cuando contaron algo que les pasó y nadie les creyó, entonces este espacio es tuyo.
Aquí no venimos a reírnos del viejito travieso. Aquí venimos a decir en voz alta lo que durante años se dijo en voz baja. Si crees que estas historias no deben olvidarse, quédate con nosotros, acompáñanos y sé parte de esta comunidad que no permite que a las mujeres se las borre de su propia historia. Tu presencia aquí es lo que hace que estas verdades no se apaguen.
Porque la pregunta de el mijís sigue sin respuesta. ¿Y si fuera tu hija? Él la hizo en voz alta. pagó por hacerla de un modo u otro y la fiscalía guardó la carpeta en un cajón. Ahora bien, hasta aquí te he contado lo que Lalo Mora hizo y lo que le pasó al hombre que lo denunció, pero falta lo más difícil de escuchar.
Falta lo que el propio Lalo Mora dijo con su boca cuando los reporteros por fin le pusieron el micrófono enfrente y le preguntaron por qué lo hacía. Y te advierto una cosa, sus respuestas son peores que cualquier video. Cuando un escándalo crece demasiado, llega el momento en que el famoso tiene que hablar y ahí muchas veces se cae más de lo que se cayó con el acto.
Porque una cosa es lo que hiciste y otra muy distinta es lo que piensas de lo que hiciste. A Lalo Mora le pusieron el micrófono enfrente varias veces. Programas como Hoy día, como Sale el Sol, reporteros que le preguntaron directo y lo que respondió quedó grabado. Está disponible, lo puedes buscar. Aquí viene lo tercero que te prometí.
Y este es el golpe más duro de toda la historia, porque hasta ahora hemos hablado de sus manos. Ahora vamos a hablar de su cabeza, de lo que de verdad pensaba mientras lo hacía. Cuando el programa Hoy Día lo confrontó sobre la polémica, respondió que no le veía nada de malo a lo que había hecho. Su explicación fue esta, que es hombre y que le gustan las mujeres.
Eso fue todo. Esa fue la defensa. Soy hombre y me gustan las mujeres. como si eso le diera permiso de poner la mano donde quisiera, en el cuerpo de quien quisiera, sin preguntarle a nadie. Pero la frase que de verdad lo retrata, la que tienes que escuchar despacio, la dijo en una entrevista con el programa Sale, le preguntaron por el escándalo y él con todas sus letras contestó.
Ya me tienen asustado”, dijo el viejo ese que anda agarrando a las muchachas. Y luego vino lo peor. Ellas se arrian, dijo, “pero no vamos a hablar mal de ellas. Ellas no tienen la culpa de estar bonitas. Detente ahí.” Ellas se arrian, ellas no tienen la culpa de estar bonitas. ¿Te das cuenta de lo que hizo en esa sola frase? Le dio la vuelta a todo.
De repente, la culpa se volteaba entera. La mano que agarraba quedaba libre y la que cargaba con todo era la mujer por estar bonita, la muchacha por arrimarse, la que cometió el pecado de acercarse a pedirle una foto a su ídolo de toda la vida. Esa es la jugada más vieja del mundo y tú la conoces porque es la misma que te dijeron a ti o a tu hermana o a tu madre alguna vez en la vida.
¿Qué hacías ahí? ¿Por qué te armaste? ¿Por qué andabas vestida así? Toda una generación de mujeres creció escuchando que lo que les hacían era de alguna forma culpa suya por estar, por arrimarse, por existir en un cuerpo que a un hombre le pareció bonito. Quiero que pares aquí conmigo más tiempo del normal. Quizá tú también contaste algo una vez y en lugar de que te preguntaran si estabas bien, te preguntaron qué habías hecho tú para provocarlo.
Quizá tú también aprendiste que era más fácil quedarte callada que aguantar que te dijeran que todo era tu culpa. Quizá tú también alguna vez te tragaste lo que te pasó para no hacer un escándalo, para no incomodar, para que nadie dijera que exagerabas. Lo que Lalo Mora le dijo al mundo entero, ese día es exactamente lo que a tantas de ustedes les dijeron en voz baja en sus propias casas durante toda su vida.
Y todavía hay una frase más, quizá la más reveladora de todas. Cuando por fin dijo que ya no lo iba a hacer, le preguntaron por qué. y su razón no tuvo nada que ver con haber entendido el daño que causó. En sus propias palabras fue esta. Ahora ya me evito esas cosas porque se enoja mi vieja, se enojan las amistades.
Escucha bien por qué dejó de hacerlo. Dejó de hacerlo porque se enojaba su esposa y se enojaban sus amigos. A las fans ni siquiera las puso en la ecuación. Ellas jamás fueron el motivo para detenerse. Le pesó más el enojo de su casa que el daño a cualquiera de ellas. Y ahí, en medio de todo eso, soltaba la frase de cajón. Ojitos sí, manitas no.
Pero ahora ya sabes lo que esa frase esconde. Suena a travesura de viejito. Por debajo es la confesión de un hombre que sabía perfectamente lo que hacían sus manos, que decidió convertirlo en chiste y que se detuvo solo cuando los enojos llegaron a su propia casa. Hubo un momento, eso sí, en que pareció ablandarse.
En una entrevista habló del afan del seno, la de California, y se dijo arrepentido. Dijo que le daba mucha pena, que no sabía cómo explicarlo. Y luego algo casi religioso, que a Dios y a ella eran a los que les debía pedir una disculpa, a Dios y a ella, una mujer sin nombre a la que nunca buscó, a la que nunca le ofreció nada más que esa frase soltada al aire en un programa de televisión.
Mientras tanto, ¿sabes qué hacía la industria del espectáculo con todo esto? lo convertía en contenido. Le compusieron una canción sobre los tocamientos alafan, una canción para reírse. Los programas lo entrevistaban entre carcajadas, los memes se multiplicaban. El viejo manga larga le decían en internet como un apodo cariñoso.
Y cada risa, cada meme, cada canción de burla era un ladrillo más en la pared que lo protegía. Porque de lo que da risa, nadie se indigna de verdad. Y de lo que nadie se indigna de verdad, nadie pide cuentas. Y aquí hay algo que tienes que pensar despacio, porque es el corazón de toda esta historia. Lalo Mora se hizo rico y famoso cantándole al amor, a la mujer que se va y deja el corazón roto, a la traición que duele hasta los huesos, al respeto que se le debe a una dama.
Sus canciones están llenas de hombres que sufren por mujeres, que las extrañan, que se arrepienten de haberlas perdido. Ese era el personaje, el romántico, el sentimental, el que parecía entender el corazón de las mujeres mejor que nadie. Y resulta que el mismo hombre que te cantaba todo eso era el que le metía la mano a una muchacha de 19 o 20 años.
que solo quería una foto, el de las canciones de respeto, el de las baladas de amor eterno. Esa es la distancia entre lo que te vendieron y lo que era. Y esa distancia, esa mentira es parte del daño. Porque tú le creíste. Tú pensaste que el hombre de esas canciones era un caballero. ¿Y dónde estaban los hombres a su alrededor mientras todo esto pasaba? Porque Lalo Mora nunca andaba solo.
Tenía managers, promotores, músicos, asistentes, los que lo retiraban de la escena después de cada agresión. Todos esos hombres lo vieron, todos sabían. Y ninguno, ni uno solo, dijo en público lo que tenía que decirse. Los promotores seguían contratándolo porque llenaba plazas. Los músicos seguían tocando a su lado porque de eso comían y la cadena de silencio se mantenía intacta, eslabón por eslabón, mientras las mujeres seguían acercándose inocentes a pedir una foto.
Esa es la maquinaria completa, funcionando a la perfección. El acto grabado, la denuncia enterrada con el hombre que la hizo, las palabras del agresor convertidas en chiste, la culpa volteada hacia las mujeres y al final el ídolo intacto premiado por el Senado, querido por millones. ¿Qué quedó de todo esto entonces? Quedaron los videos, quedaron en internet para siempre.
Esas caras de desconcierto, esas manos que se apartan, esas sonrisas que se congelan. Quedaron mujeres sin nombre que solo querían una foto convertidas para siempre en un clip viral que la gente comparte para indignarse un rato y luego olvida. Y quedó una pregunta que nadie en ese mundo quiso responder nunca. ¿Y si fuera tu hija? Pero falta lo último.
Falta entender qué pasó después de todo esto. Falta saber si hubo al final alguna forma de justicia. Y falta una escena reciente de hace muy poco en la que Lalo Mora, ya viejo, ya enfermo, dijo algo frente a las cámaras que cierra esta historia de una manera que no te esperas. Aquí viene lo cuarto que te prometí y es quizá lo más difícil de aceptar de toda esta historia, porque después de todo lo que te he contado, después de los videos, de la denuncia enterrada, de las palabras que volteaban la culpa hacia las mujeres, la pregunta que queda
es muy simple. ¿Y qué le pasó a él? La respuesta también es simple. Nada. No le pasó nada. Hoy, mientras tú escuchas esto, Lalo Mora sigue cantando. Llena recintos a los dos lados de la frontera con un espectáculo llamado Palomazo norteño, acompañado de Eliseo Robles y de buenos músicos. Tiene más de 2 millones de oyentes cada mes solo en una plataforma.
Sus canciones suenan en bodas, en 15 años, en cantinas. en cocinas, igual que sonaban hace 40 años. El rey de 1000 coronas sigue siendo el rey. En marzo de 2023 volvió a estar en problemas. Fue arrestado en Pico Rivera, California. Sí, el mismo Pico Rivera del video del Seno, la misma ciudad. Varios medios hablaron extraoficialmente de un presunto delito sexual.
Salió libre ese mismo día tras pagar una fianza de $,000 con una cita pendiente en la corte. Él no hizo ninguna declaración y la historia como siempre se enfrió en unos días. Porque hay que decirlo completo. Esto venía de lejos. En 2014 ya había sido detenido en Texas por posesión de drogas. En 2019 fue detenido por agredir a su pareja, un patrón largo de décadas, con la justicia siempre rozándolo y nunca tocándolo de verdad.
Cada vez lo mismo, un escándalo, una fianza, una semana de indignación. Y después otro concierto lleno. Y aquí llega la escena reciente que te anuncié. Diciembre de 2025. Una conferencia de prensa. Lalomora, de 78 años, marcado por las enfermedades, por dos infecciones graves de COVID que lo dejaron entubado, por un tumor en el intestino que le operaron de emergencia.
se sienta frente a las cámaras y habla de la muerte con una calma extraña. “Esta es mi despedida”, dice. Yo ya me voy. Me están llamando de allá arriba. La muerte bailó conmigo. La alcancé, me cargó en sus brazos y me dejó por ahí, pero me regresó. Y luego algo que tienes que escuchar con mucha atención. Dijo que se va en paz.
que ya tiene todo consumado, que sus hijos tienen dinero, que todos tienen lo suyo, guapos y jóvenes. Un hombre que cumplió todos sus sueños, que se despide rodeado de reconocimientos, de aplausos, de 2 millones de oyentes, de un público que lo adora, que se va tranquilo sintiendo que no le debe nada a nadie.
Y aquí es donde tú y yo tenemos que ser muy honestos, porque esa es la injusticia más grande de toda esta historia. Él se va a ir en paz con su conciencia tranquila, con su fortuna repartida entre sus hijos, con su corona puesta. Y las mujeres a las que tocó, las que se quedaron con la cara congelada en un video, nunca recibieron nada.
Ninguna disculpa que las mirara a los ojos, ningún nombre en un expediente, ningún día de justicia. No vamos a desearle ningún mal. Esta no es una casa de odio. Que Dios lo juzgue, que la muerte lo encuentre como tenga que encontrarlo. Pero la verdad es la verdad. Él va a morir como rey.
Y ellas vivieron como un chiste de internet. Esa es la cuenta que el mundo del espectáculo nunca quiso cuadrar. Y ha cambiado algo un poco. Sí. Las nuevas generaciones ya no se ríen igual. Cuando hoy se viraliza un video así, hay menos carcajadas y más reclamos. Colectivos de mujeres lo nombran sin miedo. Pero para las fans de aquellos años, para las que se acercaron a su ídolo entre 2020 y 2022, ese cambio llegó tarde.
A ellas nadie les devolvió el momento que les robaron. Y déjame decirte algo, porque esto es más grande que un solo hombre. Lalomora no fue el único. Toda una época de ídolos del regional, de la ranchera, del norteño se movió con las mismas reglas. Hombres que tomaban lo que querían, que conquistaban frente a las cámaras, que trataban a las mujeres como un premio que les correspondía por cantar bonito.
Y una industria entera y una sociedad entera que decidió que eso era parte del folklore. El charro mujeriego, el cantante enamorado, el viejito coqueto. hombres bonitos para tapar algo que cuando le pasaba a tu hija ya no tenía nada de bonito. Lo que más rabia da es pensar en cuántas quedaron en el camino sin que nadie grabara nada.
Los videos de Lalo Mora son los que se viralizaron. Pero, ¿cuántas mujeres, en cuántos camerinos? ¿En cuántas firmas de autógrafos? ¿En cuántas fotos de los años 70, 80 y 90 vivieron lo mismo cuando todavía no existían los teléfonos para grabarlo. A esas no las conoce nadie, a esas no las defendió ni un video viral.
Se quedaron con su incomodidad guardada, como tantas mujeres de tu generación, pensando que así eran las cosas y que no había nada que hacer. Pero algo se está moviendo y quiero que te quedes con eso. Tus hijas y tus nietas ya no se quedan calladas. Cuando hoy aparece un video así, la primera reacción ya casi nunca es la risa. Ahora llega el reclamo.
Lo que a ti te enseñaron a tragarte, ellas lo gritan. Y eso, aunque llegó tarde para muchas, es la única forma de justicia que de verdad sirve, la que evita que le vuelva a pasar a la que viene atrás. Y ahora regresemos a donde empezamos, a Pico Rivera, a la mujer joven que esperó casi dos horas, al teléfono en la mano, a la sonrisa lista para la foto, a la mano que baja en el instante exacto y a esa cara, esa cara que cambió en medio segundo de la emoción al dolor y que se quedó así congelada mientras él era retirado de la escena. sin una sola
palabra. ¿Te acuerdas de Laurita Garza? La canción que hizo a Lalo Mora leyenda. La historia de una mujer traicionada que tuvo que tomar la justicia en sus propias manos porque nadie se la iba a dar. Qué ironía tan terrible que el hombre que cantó esa historia con tanto sentimiento, el que llenó estadios con el dolor de una mujer a la que nadie defendió, haya dejado tras de sí a tantas mujeres reales a las que tampoco nadie defendió.
Solo que estas no eran un personaje de canción, eran de carne y hueso. Y a estas no las venga nadie. Él lo dijo con sus propias palabras, riéndose, creyendo que era un chiste. Ojitos sí, manitas no. Pero tú y yo ya sabemos lo que esa frase significa de verdad. Significa que él siempre supo lo que hacían sus manos.


Significa que lo eligió. Significa que lo convirtió en broma para que el mundo se riera con él. Y el mundo se rió. Ojitos, sí, manitas no. La frase de un hombre que se va a morir en paz mientras la cara de aquella muchacha de California sigue congelada en internet para siempre, sin nombre y sin justicia. Ese es el asqueroso secreto que vivieron sus fans.
Y lo más asqueroso estuvo siempre alrededor de sus manos. En el silencio, en las risas, en los homenajes que le siguieron dando, nadie las creyó. Pero tú hoy al escuchar esto hasta el final les estás creyendo y eso ya es algo. Antes de despedirnos, déjame hablarte directo de corazón. A ti que estás escuchando esto en México, en Estados Unidos, en Colombia, en Argentina, en donde sea que te agarre mi voz.
A ti que creciste con estas canciones, que las bailaste, que las cantaste con tu madre o con tus hermanas, cuéntame en los comentarios cuál fue la primera canción de la lomora que recuerdas, dónde la escuchaste, con quién, porque esa nostalgia también es tuya y nadie tiene derecho a mancharla. Aquí te leemos a todas, una por una.
Y si esta historia te removió por dentro, quédate conmigo un momento más, porque hay otra mujer del regional mexicano que tú también escuchaste toda tu vida. Otra que cargó en silencio una herida que hasta su propia familia conocía. Una mujer que lo dio todo, que fue traicionada por los más cercanos y que tomó una decisión terrible muy poco antes de subir a aquel avión del que ya nunca bajó.
Su nombre es Jenny Rivera y lo que ella decidió en sus últimas semanas de vida vas a querer escucharlo completo. Esa historia ya te está esperando aquí. Cuídate mucho. Cuida tu memoria, cuida tus recuerdos y cuida tu voz. Porque mientras alguien siga contando estas historias, ninguna de esas mujeres estará del todo sola.
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