Don Erasmo le regaló un primer par de tenis de marca Panam el día de su cumpleaños número 12. El niño durmió con esos tenis abrazados al pecho durante las primeras siete noches. Pero hay algo que esa madrugada del cumpleaños número 12, el niño Noé Hernández, no le dijo a don Erasmo Sánchez, algo que llevaba guardado desde hacía 4 meses, algo que iba a marcar para siempre la relación entre el niño y el deporte de la marcha.
Vamos a regresar a eso. A los 16 años, Noé Hernández ya había ganado siete campeonatos nacionales juveniles de marcha 20 km. La Federación Mexicana de Atletismo lo seleccionó por primera vez para representar a México en un torneo internacional, Los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Ponce, Puerto Rico. En noviembre de 1993.
El joven Noé llegó al aeropuerto internacional Benito Juárez de la Ciudad de México con una mochila negra deportiva regalada por Don Erasmo, dos camisetas blancas, un pantalón de mezclilla, un cepillo de dientes y americanos que la madre Antonia Valentín había juntado durante 6 meses vendiendo tacos de canasta en el paradero del metro Pantitlán.
Era la primera vez que el joven Noé Hernández salía del Estado de México. La primera vez que se subía a un avión, la primera vez que veía el mar, en Ponce ganó la medalla de oro juvenil. Regresó al aeropuerto Benito Juárez con la medalla colgada del cuello dentro de la misma mochila negra y dentro del taxi colectivo que lo llevó desde la terminal norte hasta el bordo de Sochaca.
sentado al lado del chóer, lloró durante 47 minutos seguidos sin poder explicarle al chóer por qué. A los 22 años, en 1999, Noé Hernández firmó por primera vez una beca olímpica con la Comisión Nacional del Deporte, 6,800 pesos mexicanos al mes. La firma fue dentro de las oficinas de la Federación Mexicana de Atletismo en una calle de la colonia Roma de la Ciudad de México con dos personas adultas presentes.
presidente de la federación en aquel momento, un hombre de 51 años llamado Mariano Lara Tigerina y un funcionario más joven, exmaratonista, que estaba siendo entrenado para sustituir al presidente Mariano Lara dos años después. Ese hombre más joven con un saco gris oscuro de marca Hugo Boss, una corbata color azul marino y un reloj Cartier Tank solo en la muñeca izquierda se llamaba Antonio Lozano Pineda.
Guarda ese nombre, Antonio Lozano Pineda. que 16 años después de esa firma, el mismo Antonio Lozano Pineda iba a ser detenido por agentes federales en el aeropuerto internacional Benito Juárez de la Ciudad de México, sentenciado por peculado por la Fiscalía General de la República por el desvío de 4,800,000 pesos de fondos federales destinados a atletas mexicanos y la firma que ese mismo hombre puso en 1999 sobre el contrato de beca olímpica de Noé.
Hernández iba a ser la primera de 14 traiciones documentadas que la federación cometió en silencio contra el medallista olímpico durante los siguientes 14 años de su vida, pero lo peor todavía no había llegado. A los 22 años, Noé Hernández ya era considerado el favorito absoluto de México para los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Pero el favorito real, el atleta al que la Federación Mexicana de Atletismo le había puesto todo el dinero, todos los entrenadores, todos los patrocinios.
Era otro marchista mexicano, un hombre de 30 años llamado Bernardo Segura. Bernardo Segura entró a los Juegos Olímpicos de Sydney con el favor absoluto de la federación, con un patrocinio millonario de la marca Adidas, con un departamento propio en la Ciudad de México pagado por la Comisión Nacional del Deporte.
Mientras tanto, Noé Hernández viajó a Sydney compartiendo cuarto con otros tres atletas mexicanos dentro de la Villa Olímpica, sin patrocinio personal, sin un peso en la cuenta de la familia, llevando dos camisetas blancas y un pantalón de mezclilla dentro de la misma mochila negra deportiva que Don Erasmo le había regalado 7 años antes.
La final de los 20 km marcha se disputó el 22 de septiembre del año 2000 dentro de la pista del estadio Olímpico de Hambush en Sydney, Australia, frente a 84,000 espectadores. Bernardo Segura entró en primer lugar a la meta. Noé Hernández entró en segundo lugar 128 m detrás de Bernardo Segura.
Bernardo Segura levantó los brazos, besó el suelo y tomó el teléfono de un funcionario del Comité Olímpico Mexicano para llamar al presidente Ernesto Cedillo dentro de Los Pinos y celebrar la medalla de oro olímpica. Pero Bernardo Segura en ese momento no sabía algo que el árbitro principal de la prueba, un alemán de 52 años llamado Wolf Gang Niesner, ya había decidido 7 minutos antes que Bernardo Segura había sido descalificado por triple infracción de la regla de contacto con el suelo en los kilómetros 14, 16 y 18. El árbitro alemán había
levantado la tarjeta roja sin que el atleta mexicano lo viera. Bernardo Segura cruzó la meta sin saber que había sido descalificado y 14 minutos después de la celebración, un funcionario de la Federación Internacional de Atletismo se acercó al atleta mexicano dentro del túnel de salida del estadio y le comunicó la noticia.
Bernardo Segura perdió la medalla de oro y la medalla de plata olímpica de los 20 km marcha del año 2000 pasó a Noé Hernández. A las 11:47 minutos de la noche, hora de México, el medallista olímpico de Plata entró a la cabina telefónica de la Villa Olímpica de Sydney. Marcó el número de la única cabina telefónica del barrio Sochiaca, atendida por una mujer de 62 años llamada doña Eulalia Pérez.
Doña Eulalia caminó cuatro cuadras hasta la vecindad de la familia Hernández y minutos después, la madre Antonia Valentín y la hermana mayor Juana ya estaban del otro lado del teléfono. La conversación duró 3 minutos y 47 segundos. La transmitió en vivo Televisa Deportes con el comentarista José Ramón Fernández, conduciendo desde el estudio.
La madre Antonia Valentín le dijo al hijo con la voz cortada por el llanto, una sola frase de 11 palabras exactas transmitida en vivo a 32 millones de mexicanos. Hijo, saliste adelante con la miseria que yo te daba. Esas 11 palabras que la madre Antonia Valentín pronunció esa noche jamás se cumplieron, ni una sola de ellas, porque el medallista olímpico de plata jamás logró sacar a la familia Hernández Valentín de la pobreza extrema del bordo de Sochaca.
El medallista olímpico regresó de Sydney al aeropuerto internacional Benito Juárez con la medalla de plata colgada del cuello dentro de la misma mochila negra deportiva. Lo esperaban 14 funcionarios de la Federación Mexicana de Atletismo y un grupo de periodistas con cámaras de televisión.
El presidente Mariano Lara Tigerina le puso un brazo encima del hombro derecho frente a las cámaras de Televisa Deportes. Le prometió en cadena nacional un patrocinio a Adidas para los próximos 4 años. Un departamento propio en la Ciudad de México pagado por la Comisión Nacional del Deporte y una beca mensual de 12,000.
Tres días después, dentro de las oficinas de la federación en la colonia Roma, el medallista olímpico de plata firmó un contrato distinto. La beca subió de 6800 pesos a 85,500 pesos al mes. El patrocinio Adidas jamás llegó. El departamento propio en la Ciudad de México jamás llegó. Aquí es donde todo empieza a cambiar.
Durante los siguientes 4 años, el medallista olímpico siguió viviendo en la misma vecindad con la madre Antonia Valentín y la hermana mayor Juana. Compró un colchón nuevo, una televisión Sony, un refrigerador usado y siguió entrenando todas las madrugadas a las 4:30, descalzo sobre la calle de tierra del bordo de Sochiaca. La beca de 8,500 pesos al mes alcanzaba para la comida de la familia, los recibos del agua y la luz y los tenis Panam que el medallista necesitaba reemplazar cada 7 semanas, pero no alcanzaba para más.
En 2004, el medallista olímpico compitió en los Juegos Olímpicos de Atenas. llegó en cuarto lugar, 102 segundos detrás del medallista de bronce italiano. La Federación Mexicana ese día decidió en silencio que Noé Hernández ya no era una prioridad. El patrocinio prometido jamás llegó.
Las invitaciones a torneos europeos remunerados se cortaron por completo y la federación dentro de las oficinas de la colonia Roma empezó a invertir el presupuesto de marcha en dos atletas más jóvenes, Eder Sánchez y Omar Cepeda, que apenas tenían 18 y 19 años. ¿Te has preguntado alguna vez qué hace un medallista olímpico cuando descubre que la federación, que lo presumió en cadena nacional ya no le contesta el teléfono? El 22 de febrero de 2006, durante un entrenamiento de rutina dentro del bosque de Aragón en la Ciudad de México, el medallista olímpico Noé
Hernández sintió un crujido seco dentro de la rodilla derecha. Cayó sobre la tierra del camino de gravilla. Permaneció 15 minutos tirado en el suelo sin poder mover la pierna. Don Erasmo Sánchez, su entrenador desde los 11 años, llegó al lugar 37 minutos después. Lo cargó hasta el coche. Lo llevó directamente al hospital Médica Sur, dentro del sur de la Ciudad de México, donde lo recibió el Dr.
Vázquez Maldonado, jefe del departamento de cirugía ortopédica. El diagnóstico fue inmediato. Ruptura completa del menisco interno. Lón, grado 3. Requería cirugía urgente. Costo total de la intervención más el tratamiento postoperatorio. Según el presupuesto firmado por el Dr. Vázquez Maldonado. 232,000 pesos mexicanos.
El medallista olímpico no tenía 232,000 pesos en la cuenta del banco. La familia Hernández Valentín no tenía 232,000 pesos en ninguna cuenta. La beca olímpica de 8,500 pesos al mes alcanzaba justo para sobrevivir, no para una operación quirúrgica de ese tamaño. La Federación Mexicana de Atletismo, según el reglamento oficial firmado en el contrato del año 2000, estaba obligada a cubrir los gastos médicos derivados de lesiones sufridas durante entrenamientos autorizados.
El medallista olímpico de Plata mandó por mensajero una solicitud formal de cobertura médica a las oficinas de la federación en la colonia Roma el 23 de febrero de 2006, un día después del diagnóstico. La carta tenía dos hojas. iba acompañada del presupuesto del Hospital Médica Sur, de los estudios de resonancia magnética y de una firma autógrafa del medallista olímpico al pie.
La carta llegó a las oficinas de la federación a las 11:40 de la mañana del 23 de febrero. El nuevo presidente de la federación, electo 6 meses antes, era un hombre de 52 años llamado Antonio Lozano Pineda. El mismo hombre del saco gris oscuro, Hugo Boss, que había firmado el primer contrato del medallista olímpico 7 años antes.
La respuesta de la federación llegó 47 días después. Dentro de un sobre amarillo Manila con el sello en relieve de la Federación Mexicana de Atletismo, el presidente Antonio Lozano Pineda envió al domicilio de la vecindad de la colonia Sochaca de Chimalhuacán una carta de 14 líneas firmada con tinta azul fechada el 11 de abril de 2006.
La carta negaba la cobertura médica de los 232,000 del Hospital Médica Sur. El argumento fue de cuatro palabras escritas en la línea 14. Las cuatro palabras eran estas: entrenamiento sin autorización federativa. El medallista olímpico de plata leyó esas cuatro palabras dentro de la habitación principal de la vecindad de Sochiaca, sentado sobre el mismo colchón donde había recibido los 17 cinturonazos a los 9 años con la rodilla derecha todavía hinchada y vendada.
La hermana mayor Juana, sentada del otro lado del colchón vio como al hermano se le caía la carta de las manos. Vio cómo se cubría la cara con las dos manos y vio cómo lloraba en silencio durante los siguientes 14 minutos sin pronunciar una sola palabra. Pero la verdadera traición, la que iba a marcar el principio del fin para el medallista olímpico, todavía no había llegado.
Pero lo que la Federación Mexicana de Atletismo le hizo a Noé Hernández durante los 7 años que separan su lesión de rodilla del 22 de febrero de 2006 del día de su muerte, las 14 llamadas telefónicas que el medallista olímpico hizo a las oficinas de la federación en la colonia Roma sin recibir una sola respuesta. La cantidad exacta de dinero que la federación se quedó sin pagarle hasta el día del entierro y la decisión que el presidente Antonio Lozano Pineda tomó 4 meses antes del balazo en un bar de mala muerte de la ciudad de Nesao Alcoyotl va a hacer
que se te revuelva el estómago. que la Federación Mexicana de Atletismo le hizo a Noé Hernández durante los siguientes 7 años desde la carta de negativa firmada por Antonio Lozano Pineda el 11 de abril de 2006 hasta el día del entierro del medallista olímpico. Fue exactamente esto.
14 llamadas telefónicas del medallista olímpico a las oficinas de la federación en la colonia Roma de la Ciudad de México. Ninguna contestada. Tres cartas físicas enviadas por mensajero al despacho del presidente Antonio Lozano Pineda. Ninguna respondida. Seis solicitudes formales de reincorporación al programa de becas olímpicas firmadas por el medallista olímpico, todas rechazadas con el mismo argumento de cuatro palabras: entrenamiento sin autorización federativa y la cantidad exacta de dinero que la federación dejó de pagarle al medallista olímpico durante esos 7
años. Según los registros del propio reglamento federativo firmado en 1999, fue de 1,232,000 pes mexicanos. 1,232,000 que jamás llegaron a la cuenta del medallista olímpico de plata. El presidente Antonio Lozano Pineda dentro de la oficina principal de la federación en la colonia Roma, tomó una decisión en septiembre de 2012, exactamente 4 meses antes del balazo, en el bar de mala muerte de la ciudad de Nesaualotl.
La decisión fue cerrar para siempre el expediente del medallista olímpico Noé Hernández dentro del archivo de la Federación Mexicana de Atletismo. El expediente se trasladó del archivo activo al archivo muerto dentro de un cuarto cerrado con candado del sótano del edificio. La carpeta verde con el nombre del medallista olímpico quedó guardada al fondo del archivo muerto debajo de 14 carpetas de otros atletas mexicanos jubilados o fallecidos.
Y 4 meses después, Noé Hernández recibía el primer disparo de la madrugada del 30 de diciembre de 2012 dentro del bar La Reina de los Reyes, del municipio de Reyes La Paz. Pero hay algo más oscuro detrás de esa decisión del presidente Antonio Lozano Pineda, algo que la propia Federación Mexicana de Atletismo escondió durante los siguientes 9 años, hasta el día en que el presidente fue detenido por agentes federales en el aeropuerto internacional Benito Juárez.
Vamos a regresar a eso en 60 segundos. Mientras tanto, dentro de la vecindad de la colonia Sochaca, el medallista olímpico de plata empezó la caída más larga y más silenciosa de su vida. Operó el menisco interno de la rodilla derecha con un préstamo personal del banco BBVA Bancomer, firmado el 14 de mayo de 2006 con tasa de interés del 47% anual y aval personal de la hermana mayor Juana Hernández.
La operación se realizó en una clínica privada más pequeña, no en el Hospital Médica Sur, porque el presupuesto inicial de 232,000 pes quedó reducido a 86,000 pes. El doctor que realizó la cirugía, un ortopedista de 44 años llamado Eriiberto Mejía Cárdenas dentro de un consultorio de la colonia Doctores, le explicó al medallista olímpico durante la consulta postoperatoria una sola frase.
La frase decía: “La rodilla nunca va a volver a ser la misma.” ¿Te has preguntado alguna vez qué le pasa por la cabeza a un atleta olímpico cuando descubre que su cuerpo ya nunca va a funcionar? Igual durante los siguientes 14 meses, el medallista olímpico intentó regresar a la marcha de competencia. Salió de la vecindad todas las madrugadas a las 5 de la mañana con la rodilla derecha vendada con cinta deportiva color blanca sobre la calle de tierra del bordo de Sochaca.
La rodilla le dolía durante los primeros 3 km y después se entumecía. El cuerpo perdió la velocidad de respuesta. Los tiempos de entrenamiento que el medallista olímpico llevaba apuntados en una libreta amarilla, página tras página, empezaron a subir mes con mes y en febrero de 2008 el medallista olímpico aceptó por fin lo que el Dr.
Heriberto Mejía Cárdenas le había anticipado en mayo de 2006. Su carrera olímpica estaba terminada. No iba a regresar a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. no iba a volver a representar a México. Aquí es donde la historia se vuelve mucho más oscura, porque en octubre de 2008, exactamente dos meses después de la clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing, el medallista olímpico Noé Hernández recibió una visita inesperada dentro de la vecindad de la colonia Sochaca.
Tres hombres adultos llegaron al portón principal a las 7:44 de la noche del 11 de octubre. Iban vestidos con sudaderas negras con capucha, cubrían los rostros con paliacates rojos. Entraron por la puerta trasera de la cocina, encañonaron a la familia con una pistola calibre 9 mm y se llevaron la única medalla olímpica de plata que se había ganado a base de vender figuras de unicel en el bordo de Sochaca.
18 años de cinturonazos del padre y los tenis Panam regalados por don Erasmo Sánchez. El robo de la medalla duró 7 minutos exactos. Los tres encapuchados sabían exactamente dónde estaba guardada la medalla olímpica de plata. Sabían el código del pequeño candado de la caja de zapatos donde el medallista la mantenía, sabían los nombres de los integrantes de la familia.
Y antes de salir por la puerta trasera de la cocina, el primer encapuchado, un hombre de aproximadamente 1,78 m de estatura complexión robusta, se acercó al medallista olímpico tirado en el suelo de la sala de la vecindad y le susurró una sola frase de seis palabras al oído derecho. La frase decía: “La federación te manda saludos.” M A L O M A L O Cuatro letras. Un apodo.
El primer caramelo del cuaderno verde que don Erasmo Sánchez le había regalado al niño Noé 22 años antes. Guarda ese apodo. Cuatro letras, porque van a regresar al final de esta historia. La denuncia formal del robo de la medalla olímpica de plata se presentó dentro del Ministerio Público de Chimalhuacán a las 11:44 minutos de la mañana del 12 de octubre de 2008.
Tomó la declaración un agente del Ministerio Público llamado licenciado Rodolfo Andre Cervantes. El expediente fue clasificado como robo con violencia y portación de arma de fuego. El expediente se mandó al juzgado penal del municipio de Texcoco 7 días después y dentro del juzgado penal de Texcoco, durante los siguientes 14 años el expediente quedó archivado en silencio, sin avance, sin pesquisas, sin captura de los tres encapuchados.
La medalla olímpica de plata jamás se recuperó y aquí es donde la espiral hacia el barranco empezó a acelerarse. Dos semanas después del robo, el medallista olímpico Noé Hernández recibió una llamada telefónica del recién nombrado director del departamento del deporte del municipio de Chimalhuacán, un licenciado de 43 años llamado Sergio Espinoza Vargas.
La llamada llegó al teléfono celular Nokia 33. 1-0 del medallista a las 3:17 minut de la tarde del 28 de octubre le ofreció al medallista olímpico una plaza permanente como director del departamento del deporte del municipio de Chimalhuacán. El sueldo era de 14,600es mexicanos al mes. La plaza dependía directamente del Partido Revolucionario Institucional del Estado de México y el nombramiento se firmó dos días después dentro del patio principal del Palacio Municipal de Chimalhuacán, frente a la prensa local con el presidente municipal
Jesús Tolentino Román Jorquez, poniéndole personalmente la banda al medallista olímpico. ¿Te has preguntado alguna vez quién le ofrece un puesto público a un medallista olímpico de plata exactamente 17 días después de que le roben la única medalla olímpica de su vida? Durante los siguientes 4 años, el medallista olímpico de plata trabajó dentro del palacio municipal de Chimalhuacán.
Llegaba a las 9 de la mañana, salía a las 7 de la noche, firmaba documentos más y 12:52. El medallista olímpico de plata asistía a eventos del Partido Revolucionario Institucional, posaba para fotografías y empezó a aparecer en cenas privadas de funcionarios del Estado de México dentro de restaurantes de la zona oriente, acompañado de hombres adultos que el medallista olímpico jamás había conocido antes del nombramiento.
El primer mes en la Secretaría del Deporte, el medallista olímpico recibió 11 visitantes oficiales en su nueva oficina. Los 14 funcionarios del Comité Olímpico Mexicano, que durante los últimos 7 años no le habían contestado las llamadas telefónicas. Esos mismos 14 funcionarios, que sabían perfectamente quiénes habían robado la medalla olímpica, aparecieron en la oficina del medallista durante los siguientes 30 días con regalos, abrazos y ofrecimientos de homenajes.
El presidente del Comité Olímpico Mexicano, Felipe Muñoz Capamas, le mandó un ramo de 14 rosas blancas. El presidente de la Federación Mexicana de Atletismo, Antonio Lozano Pineda, el mismo que dos años antes había firmado la negativa de pago de la operación de Menisco, le envió una placa conmemorativa de plata con el nombre del medallista grabado en relieve.
Esa placa de plata mandada por el presidente Antonio Lozano Pineda es la segunda pieza del puzzle porque la placa traía un sello discreto en el reverso, dentro del marco de aluminio, un grabado pequeño de cuatro letras. Las cuatro letras eran las mismas que el primer encapuchado le había susurrado al medallista olímpico la noche del 11 de octubre.
La placa de plata venía marcada con las letras M a L. O. El medallista olímpico de plata leyó las cuatro letras grabadas en el reverso de la placa el 14 de noviembre de 2008 dentro de la oficina del palacio municipal de Chimalhuacán. Cerró la placa, la guardó dentro del cajón inferior izquierdo del escritorio y esa misma noche escribió en el cuaderno escolar de tapas verdes, el mismo cuaderno que don Erasmo Sánchez le había regalado a los 11 años, una sola línea con bolígrafo de tinta azul.
La línea decía, “Ya sé quiénes fueron.” Pero el medallista olímpico esa misma noche también tomó una decisión silenciosa que iba a marcar el principio del fin. decidió no denunciar a la federación, decidió no devolver la placa, decidió aceptar el sueldo del palacio municipal y decidió empezar a escribir todo en el cuaderno verde, página tras página, durante los siguientes 4 años, mientras planeaba en silencio la única forma de venganza que un medallista olímpico abandonado por su propia federación podía imaginar. Pero
hay algo más oscuro que el cuaderno verde y la placa con las cuatro letras, algo que el medallista olímpico no había escrito todavía en ninguna página del cuaderno escolar. Algo que solamente sabía la esposa del medallista, una mujer de 32 años llamada María del Carmen Sánchez Reyes, con quien Noé Hernández se había casado 3 años antes en una boda civil pequeña dentro del registro civil de Chimaluacán.
La esposa María del Carmen sabía perfectamente algo que el medallista olímpico estaba intentando esconderle. La esposa había leído tres días antes una carta firmada con tinta azul guardada en el bolsillo interior izquierdo del saco gris oscuro del marido. La carta tenía una sola firma de cuatro letras al final.
La firma era el apodo M a L o y el contenido de la carta. Las 14 líneas escritas a mano eran una invitación formal al medallista olímpico para reunirse en un bar específico del municipio de Reyes La Paz dentro del Estado de México. La noche del 30 de diciembre de 2012. A las 11 de la noche, el bar se llamaba La Reina de los Reyes y la invitación firmada por M a O la había metido la esposa María del Carmen de regreso al bolsillo del saco gris oscuro, sin decirle una sola palabra al marido sobre la lectura.
La esposa esa misma noche del 14 de noviembre de 2008 llamó por teléfono desde la cabina del bordo de Soyaca a un primo lejano de la familia Sánchez. un hombre de 49 años que trabajaba como subdirector de la policía judicial del Estado de México. La conversación duró 18 minutos. Al colgar el teléfono, la esposa María del Carmen caminó de regreso a la vecindad, entró a la habitación principal y se acostó al lado del medallista olímpico que ya estaba dormido.
¿Te has preguntado alguna vez quién termina pagando el silencio de una mujer que sabe demasiado y decide no hablar? Durante los siguientes 4 años, del 28 de octubre de 2008 al 30 de diciembre de 2012, el medallista olímpico de plata vivió una vida pública que jamás existió en realidad. Aparecía en eventos oficiales del municipio con un traje gris oscuro, una corbata color azul marino y zapatos negros recién voleados.
Sonreía para las cámaras de la prensa local. daba discursos motivacionales en las escuelas primarias del oriente del Estado de México. Recibía homenajes del Comité Olímpico Mexicano dentro de salones de hoteles cinco estrellas de la Ciudad de México. Y por dentro, durante esos mismos 4 años, el medallista olímpico escribió 87 páginas dentro del cuaderno verde de tapas escolares.
87 páginas del cuaderno verde, junto con los 14 documentos oficiales que el medallista olímpico fotocopió en secreto desde dentro del palacio municipal de Chimalhuacán, son el segundo caramelo del puzzle. Vamos a regresar al cuaderno verde y a los 14 documentos en 6 minutos. Mientras tanto, el medallista olímpico empezó a beber alcohol Tonayán todas las noches dentro del comedor de la vecindad de la colonia Sochiaca.
Empezó a salir con los mismos hombres adultos que asistían a las cenas privadas del Partido Revolucionario Institucional. Empezó a llegar a la vecindad a las 4 de la madrugada con olor a perfume de mujer ajeno al de la esposa y empezó a faltar al palacio municipal de Chimalhuacán con frecuencia.
Llegando a la oficina a las 11 de la mañana en lugar de las 9, saliendo a las 5 de la tarde en lugar de las 7 de la noche, la salud del medallista olímpico empezó a derrumbarse. La rodilla derecha operada en 2006 dentro del consultorio de la colonia Doctores, se hinchó otra vez en marzo de 2011. El Dr. Eriberto Mejía Cárdenas le diagnosticó una infección secundaria al cartílago, le recetó antibióticos durante 47 días y le advirtió por escrito sobre una sola complicación posible.
La complicación era una insuficiencia renal severa derivada del uso prolongado de los antibióticos sin supervisión médica continua. El medallista olímpico no le hizo caso. Siguió bebiendo tonayán todas las noches. Siguió tomando los antibióticos sin la supervisión del Dr. Heriberto Mejía y 18 meses después, el medallista olímpico empezó a perder la vista del ojo izquierdo.
La pérdida de visión del ojo izquierdo no fue diagnosticada por ningún médico privado durante los siguientes 4 meses. Almeda. Porque el medallista olímpico durante esos cu meses había dejado de ir a las consultas, había dejado de tomar los medicamentos, había dejado de llamar al Dr. Riberto Mejía Cárdenas y había empezado a planear con 14 documentos oficiales del Palacio Municipal de Chimalhuacán, fotocopiados en secreto, el plan exacto que iba a presentar dentro del bar La Reina de los Reyes del municipio de Reyes La Paz la madrugada
del 30 de diciembre de 2012. Pero el plan jamás se ejecutó porque la reunión del bar La Reina de los Reyes terminó con tres disparos a las 4:17 minutos de la madrugada y lo que ocurrió en el bar La Reina de los Reyes del municipio de Reyes La Paz, Estado de México. la misma madrugada del 30 de diciembre de 2012, los 14 documentos oficiales que el medallista olímpico llevaba dentro de una carpeta marrón debajo del brazo izquierdo.
Las dos personas que murieron a tiros dentro del mismo bar esa noche. La persona que apretó el gatillo de la pistola calibre 9 mm y la decisión que el presidente Antonio Lozano Pineda tomó dentro de las oficinas de la federación en la colonia Roma a las 5 de la mañana de la misma madrugada cuando recibió la noticia por teléfono.
Va a hacer que se te revuelva el estómago. Lo que ocurrió en el bar La Reina de los Reyes del municipio de Reyes La Paz, Estado de México. La madrugada del 30 de diciembre de 2012, empezó a las 11 de la noche del 29. El medallista olímpico de Plata salió de la vecindad de la colonia Sochaca en una camioneta Toyota Hilux color blanca, modelo 2005, propiedad del subdirector del departamento del deporte del municipio de Chimalhuacán.
La camioneta la manejaba un hombre de 39 años llamado Juan Carlos Resendi Olivares, escolta personal del medallista olímpico desde el nombramiento de octubre de 2008. Dentro del asiento del copiloto, el medallista olímpico llevaba una carpeta marrón debajo del brazo izquierdo. La carpeta contenía 14 hojas oficiales del Comité Olímpico Mexicano, fotocopiadas a escondidas desde dentro del Palacio Municipal de Chimalhuacán durante los últimos 4 años.
Las 14 hojas eran transferencias bancarias firmadas por el presidente Antonio Lozano Pineda, fechadas entre 2006 y 2012 por un total de 48,200,000 pesos mexicanos. Los destinatarios eran 14 nombres distintos. 12 de los 14 nombres pertenecían a personas que jamás habían sido atletas olímpicos y los dos nombres restantes eran familiares directos del propio presidente Antonio Lozano Pineda, la esposa del presidente y el hijo mayor del presidente.
El medallista olímpico de plata llevaba esas hojas dentro de la carpeta marrón porque pensaba entregárselas esa misma madrugada al subdirector de la Policía Judicial del Estado de México, el primo de la esposa María del Carmen, dentro del bar La Reina de los Reyes. El plan era simple, entregar los 14 documentos, cobrar una recompensa por la denuncia y abandonar el palacio municipal de Chimalhuacán para volver a marchar.
Pero el plan jamás se ejecutó porque cuando la camioneta Toyota Hilux Blanca llegó al estacionamiento del bar La Reina de los Reyes, a las 11:47 de la noche, el medallista olímpico bajó del asiento del copiloto. del copiloto. Caminó hacia la puerta principal del bar con la carpeta marrón debajo del brazo izquierdo y se encontró frente a un hombre que jamás había esperado encontrar esa noche.
Un hombre vestido con saco gris oscuro de marca Hugo Boss, corbata azul marino, reloj Cartier Tank, solo en la muñeca izquierda. El presidente de la Federación Mexicana de Atletismo, Antonio Lozano Pineda. El presidente Antonio Lozano Pineda estaba sentado dentro de una mesa del fondo del bar acompañado de dos hombres más.
El primero era el subdirector de la Policía Judicial del Estado de México, el primo de la esposa María del Carmen, un hombre de 49 años llamado comandante Saúl Velázquez Mendiola. El segundo era un hombre de aproximadamente 1,78 de estatura, complexión robusta con una cicatriz delgada sobre el pómulo izquierdo.
Ese segundo hombre, sentado a la izquierda del presidente Antonio Lozano Pineda fue el primer encapuchado que había entrado a la vecindad de la colonia Sochaca la noche del 11 de octubre de 2008 para robar la medalla olímpica de plata. El medallista olímpico de plata se quedó paralizado dentro de la entrada del bar durante 17 segundos.
La carpeta marrón con las 14 hojas oficiales todavía estaba debajo del brazo izquierdo. El presidente Antonio Lozano Pineda le hizo una sola seña con la mano derecha, invitándolo a sentarse en la silla vacía frente a la mesa. El medallista olímpico caminó cuatro pasos hacia la mesa, soltó la carpeta marrón sobre la mesa y a las 4:17 minutos de la madrugada del 30 de diciembre, después de 4 horas y media de conversación que jamás fue grabada por ningún micrófono ni cámara del bar, La Reina de los Reyes sonaron tres disparos consecutivos de una pistola calibre 9 mm
dentro del local cerrado. ¿Te has preguntado alguna vez quién aprieta el gatillo? Cuando un medallista olímpico se sienta frente al hombre que durante 7 años le robó la vida, el primer disparo entró por la 100 derecha del comandante Saúl Velázquez Mendiola, subdirector de la Policía Judicial del Estado de México, primo de la esposa María del Carmen Sánchez.
El comandante cayó muerto sobre la mesa de inmediato. El segundo disparo entró por el cuello del hombre de la cicatriz sobre el pómulo izquierdo, el mismo que había robado la medalla olímpica 4 años antes. Murió de sangrado 7 minutos después dentro del estacionamiento del bar. El tercer disparo entró por el lado izquierdo cráneo del medallista olímpico de plata, Noé Hernández, exactamente arriba de la oreja, y salió por el lado derecho, llevándose una porción del nervio óptico.
El medallista olímpico no murió ahí, cayó sobre la silla, perdió el conocimiento y permaneció con vida durante los siguientes 17 días. La pistola calibre 9 mm la apretó el presidente Antonio Lozano Pineda. La policía municipal del municipio de Reyes La Paz llegó al bar la Reina de los Reyes 14 minutos después de los disparos y el presidente Antonio Lozano Pineda ya no estaba dentro del bar cuando llegó la policía.
Había salido por la puerta trasera del baño de hombres. había subido a una camioneta suburba negra estacionada en el callejón posterior y a las 5 de la mañana del 30 de diciembre ya estaba dentro de la oficina principal de la Federación Mexicana de Atletismo en la colonia Roma de la Ciudad de México, recibiendo por teléfono la llamada del comandante Andreo, agente del Ministerio Público, informándole que dos cadáveres habían sido encontrados dentro del bar, la reina de los reyes y un tercer hombre.
Identificado como el medallista olímpico Noé Hernández Valentín, estaba siendo trasladado al hospital de neurotraumatología del municipio de Aragón. La carpeta marrón con las 14 hojas oficiales del Comité Olímpico Mexicano jamás apareció en el inventario policial del lugar del crimen. La carpeta se la llevó el presidente Antonio Lozano Pineda dentro de la suburba negra a las 4:22 minutos de la madrugada y 14 horas después.
Las 14 hojas fueron incineradas dentro del estacionamiento subterráneo del edificio de la Federación en la colonia Roma. Pero hay algo que el presidente Antonio Lozano Pineda no sabía esa madrugada, algo que el medallista olímpico de plata había hecho en secreto durante los últimos 4 meses anteriores al 30 de diciembre, algo que iba a explotar 17 días después dentro de la habitación principal de la vecindad de la colonia Sochaca, cuando la hermana mayor Juana levantara el colchón de la madre Antonia Valentín. Vamos a regresar a eso en 60
segundos. El medallista olímpico Noé Hernández Valentín fue trasladado dentro de una ambulancia del hospital de neurotraumatología del municipio de Aragón a las 5:17 minutos de la madrugada del 30 de diciembre. La bala calibre 9 mm que había entrado por el lado izquierdo cráneo le destrozó el nervio óptico del ojo izquierdo, le perforó el lóvulo temporal del hemisferio izquierdo y salió por el lado derecho llevándose una pequeña porción del córtex visual.
La doctora de turno esa madrugada, una neurocirujana de 41 años llamada Verónica Salgado Esquivel, le abrió el cráneo a las 6 de la mañana dentro del quirófano 4 del hospital. La operación duró 7 horas 47 minutos. El medallista olímpico sobrevivió la cirugía, pero perdió por completo la visión del ojo izquierdo y el ojo derecho quedó con apenas el 30% de la visión.
Durante los siguientes 17 días, del 30 de diciembre de 2012 al 16 de enero de 2013, el medallista olímpico estuvo internado dentro de la habitación 311 del segundo piso del hospital de neurotraumatología. La familia se turnó para acompañarlo 24 horas seguidas. La madre Antonia Valentín, la hermana mayor Juana, la esposa María del Carmen Sánchez, pero el presidente del Comité Olímpico Mexicano, Felipe Muñoz Capamas, jamás se presentó dentro del hospital.
El presidente de la Federación Mexicana de Atletismo, Antonio Lozano Pineda, tampoco el director general de la Comisión Nacional del Deporte, Bernardo de la Garza Herrera. Tampoco la federación que durante 12 años había usado el nombre del medallista olímpico para discursos públicos, homenajes oficiales y campañas mediáticas, dejó al medallista solo dentro de la habitación 311 durante 17 días seguidos.
La cuenta del hospital al día de la muerte sumaba 814,000 pesos mexicanos. La familia Hernández Valentín no tenía esa cantidad. El medallista olímpico tampoco la tenía. La Federación Mexicana de Atletismo, según el reglamento oficial del seguro de atletas activos, estaba obligada a cubrir esa cuenta. La cobertura jamás llegó.
A las 11:44 minutos de la mañana del 16 de enero de 2013, 18 días después del balazo, dentro del bar La Reina de los Reyes. El medallista olímpico Noé Hernández Valentín murió dentro de la habitación 311 del segundo piso del hospital de neurotraumatología con la madre Antonia Valentín agarrándole la mano izquierda. El médico de guardia, un residente de tercer año llamado Dr.
Eric Mondragón, certificó la muerte cerebral a las 11:47 minutos. La causa oficial fue insuficiencia renal aguda derivada del traumatismo cráneoencefálico previo. El medallista olímpico de plata tenía 34 años, 10 meses y un día. El cuerpo del medallista olímpico fue trasladado al velorio de la funeraria San Martín del bordo de Sochaca. Esa misma tarde.
Al velorio asistieron 214 personas del barrio. Don Erasmo Sánchez Báez, ya con 72 años de edad, dos compañeros marchistas y tres reporteros de prensa local. Pero no asistió nadie de la Federación Mexicana de Atletismo, ni del Comité Olímpico Mexicano, ni del Gobierno del Estado de México. La medalla olímpica de plata, robada 4 años antes por los tres encapuchados de las sudaderas negras, jamás se devolvió al cuerpo del medallista olímpico para el funeral.
Aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente oscura. Lo que la hermana mayor Juana Hernández Valentín, de 41 años de edad, encontró cuando entró a la habitación principal de la vecindad de la colonia Sochiaca. La mañana del 16 de enero de 2013, exactamente 11 minutos después de la muerte del medallista olímpico dentro del hospital de neurotraumatología.
va a explicar para siempre por qué la Federación Mexicana de Atletismo se quedó en silencio durante los siguientes 14 años. ¿Y por qué el presidente Antonio Lozano Pineda jamás fue procesado por los tres disparos de la pistola calibre 9 mm dentro del bar? La Reina de los Reyes, del municipio de Reyes La Paz.
La hermana mayor Juana entró sola a la habitación principal de la vecindad. El colchón sobre el que la madre Antonia Valentín dormía desde 1978, el mismo colchón sobre el que el padre Pedro Hernández había dejado caer 17 cinturonazos a los 9 años del medallista olímpico. Ese mismo colchón estaba contra la pared izquierda de la habitación.
La hermana levantó el lado izquierdo del colchón con las dos manos. Y debajo del colchón encontró un cuaderno escolar de tapas color verde. El cuaderno verde tenía 87 páginas escritas a mano con bolígrafo de tinta azul. Las 14 primeras palabras estaban copiadas del libro de Paaboni. Las mismas palabras que don Erasmo Sánchez Báez le había escrito al niño Noé 23 años antes.
La mente es lo que decide cuándo paras, no el cuerpo. Las 87 páginas siguientes contenían el testimonio completo del medallista olímpico de plata sobre las 14 hojas oficiales del Comité Olímpico Mexicano. 48,200,000 pesos desviados por el presidente Antonio Lozano Pineda, los tres encapuchados del 11 de octubre de 2008, el apodo M a L o que coincidía con las iniciales del nombre completo del primer encapuchado y la cita programada del 30 de diciembre dentro del bar La Reina de los Reyes.
M A L O cuatro letras, cuatro iniciales. El nombre completo del primer encapuchado, según lo escribió el medallista olímpico de plata en la página 67 del cuaderno verde, era Miguel Ángel Luna Ortega, empleado interno del departamento administrativo de la Federación Mexicana de Atletismo desde 2006, cuñado directo del presidente Antonio Lozano Pineda, el mismo hombre con la cicatriz sobre el pómulo izquierdo que recibió el segundo disparo dentro del bar, la reina de los reyes.
La madrugada del 30 de diciembre de 2012, la hermana mayor Juana, sentada sobre el colchón de la madre Antonia Valentín leyó las 87 páginas del cuaderno verde durante las siguientes 4 horas. Al terminar la lectura, llamó por teléfono a un periodista del diario La Jornada, un hombre de 52 años llamado Marco Antonio Coronel Reyes.
El periodista llegó a la vecindad de la colonia Sochiaca esa misma tarde. La hermana le entregó el cuaderno verde y el periodista durante los siguientes 4 días fotografió las 87 páginas dentro de las oficinas del diario La Jornada en la colonia Roma de la Ciudad de México. Pero el reportaje del periodista Marco Antonio Coronel Reyes jamás se publicó dentro del diario La Jornada.
El periodista fue despedido el 14 de febrero de 2013, exactamente 29 días después de recibir el cuaderno verde. La razón oficial del despido fue ausentismo laboral. La razón real jamás se hizo pública y el cuaderno verde con las 87 páginas escritas a mano con bolígrafo de tinta azul.
junto con las 14 fotografías del cuaderno, desaparecieron del archivo del diario La Jornada durante la siguiente semana, la hermana mayor Juana Hernández Valentín jamás volvió a recibir ninguna llamada del periodista. Jamás volvió a saber del cuaderno verde. Jamás volvió a hablar en público sobre el contenido de las 87 páginas. hasta que un agente federal de la Fiscalía General de la República, 18 meses después de la detención del presidente Antonio Lozano Pineda en el aeropuerto internacional Benito Juárez en diciembre de 2016, le pidió a la hermana una
declaración firmada sobre la madrugada del 30 de diciembre dentro del bar La Reina de los Reyes. El expediente de la Fiscalía General de la República sentenció al presidente Antonio Lozano Pineda en marzo de 2021. La sentencia fue por peculado y desvío de 4,800,000 pesos del presupuesto federal de la Federación Mexicana de Atletismo, pero el cargo de homicidio calificado por los disparos del bar La Reina de los Reyes jamás se incluyó dentro del expediente.
Las 14 hojas oficiales del Comité Olímpico Mexicano que el medallista olímpico llevaba dentro de la carpeta marrón esa madrugada, los 48,200,000 pesos desviados a familiares del propio presidente. Jamás formaron parte de la sentencia de la fiscalía, porque el cuaderno verde, la única prueba escrita del medallista olímpico de plata, ya no existía dentro de ningún archivo de la justicia mexicana.
El cuaderno verde con las 87 páginas escritas a mano por Noé Hernández Valentín se incineró el 18 de febrero de 2013 dentro de las oficinas del diario La Jornada. Según una nota interna anónima publicada 14 años después dentro de una bitácora de exempleados del propio diario. La nota era de seis palabras exactas. Las seis palabras decían orden del director sin testigos vivos.
El medallista olímpico Noé Hernández Valentín hoy descansa dentro del panteón civil del municipio de Chimalhuacán. La lápida es de mármol blanco. Tiene grabados el nombre completo, la fecha de nacimiento y la fecha de muerte. No aparece la medalla olímpica de plata de Sydney 2000, ni el apodo del barrio El Chivo, ni una sola referencia a la Federación Mexicana de Atletismo, que durante 12 años usó el nombre del medallista en discursos públicos.

La madre Antonia Valentín Reyes murió 3 años después, en marzo de 2016, sin haber visto al presidente Antonio Lozano Pineda procesado por la muerte del hijo. La hermana mayor Juana Hernández Valentín hoy tiene 54 años de edad, sigue viviendo dentro de la misma vecindad de la colonia Sochiaca y guarda dentro de un cajón sellado 14 fotocopias parciales del cuaderno verde que el periodista Marco Antonio Coronel Reyes le entregó en secreto dos semanas antes de su despido del diario La Jornada.
Esas 14 fotocopias jamás se han hecho públicas. La asquerosa verdad sobre el medallista olímpico de plata Noé Hernández Valentín sobre la Federación Mexicana de Atletismo, sobre los 48,200,000 pesos desviados, sobre los tres disparos dentro del bar, La Reina de los Reyes del municipio de Reyes, La Paz, y sobre el cuaderno verde escondido debajo del colchón de la madre Antonia Valentín, durante 17 días jamás llegó a publicarse dentro de ningún medio de comunicación masiva. de México.
Porque las cuatro letras del apodo M a L, o las iniciales del nombre completo del cuñado del presidente Antonio Lozano Pineda, jamás aparecieron en una sola plana de un solo periódico mexicano durante los siguientes 14 años. Y la oración de cuatro palabras que la madre Antonia Valentín Reyes había rezado la noche del 14 de marzo de 1978, 12 horas antes del parto del tercer hijo, varón.
Dentro de la vecindad de Tabique sin aplanar de la colonia Sochaca de Chimalhuacán, las cuatro palabras que decían protégelo de su padre terminaron siendo la verdad más dolorosa de toda esta historia. Porque el padre que iba a destruir al medallista olímpico de plata, Noé Hernández Valentín, el padre verdadero del medallista olímpico, no fue el albañil Pedro Hernández Cruz que repartió 17 cinturonazos sobre la espalda del niño a los 9 años.
El padre que terminó destruyendo al medallista olímpico fue la Federación Mexicana de Atletismo. La institución que lo crió, lo entrenó, lo presumió, lo usó y lo dejó morir solo dentro de una habitación de hospital sin un funcionario presente. Y esta historia te hizo pensar en alguien, en un campeón mexicano abandonado por su propia federación, en un padre institucional que termina siendo el verdugo del hijo que prometió proteger.
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