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El Trader que Aprendió a Invertir y Leer desde la Cárcel (y se hizo millonario)

 Cuando llegaron, su abuela, que debía recogerlos, no apareció y sin esperarlo habían sido completamente abandonados a su suerte. Así empezó su vida en Oakland. Ahora, East Oakland en los años 80 y 90 era un mundo con sus propias reglas, donde la epidemia del crack había dejado al barrio completamente atravesado por una economía informal que lo estructuraba todo.

 ¿Quién tenía dinero? ¿Quién tenía respeto? ¿Qué hacías para sobrevivir? ¿Y qué opciones reales tenías cuando salías por la puerta cada mañana? La familia de Curtis era en muchos sentidos un reflejo exacto de ese mundo. Su madre trabajaba de camarera en una bolera en Richmond, pero el sueldo no alcanzaba ni de lejos, sobre todo porque ella como la abuela y varios tíos, luchaba contra una adicción que consumía cualquier dinero que entrara por esa puerta.

 

 Cuando las cosas se ponían difíciles, la solución era ir al banco de sangre del barrio, hacer la cola durante una hora, vender sangre por 40 y volver con eso para alimentar a cuatro hijos. Y lo que lo hacía todo más duro era que el barrio donde compraban la droga era el mismo donde vivían, lo que significa que no había separación entre una cosa y la otra, ni escapatoria posible de esa imagen.

 En ese contexto, como de seguro imaginarás, la escuela era casi un chiste. Curtis iba cuando podía, que era bastante menos de lo que debería. Y cuando iba no entendía absolutamente nada porque nunca le habían enseñado a leer. Con el tiempo fue desarrollando estrategias para que nadie se diera cuenta, por ejemplo, y pagaba a otros niños para que hicieran sus deberes.

 Memorizaba conversaciones e imitaba gestos cuando había que seguir un texto, por lo que en ese aspecto sí que era inteligente y astuto. Y fue precisamente eso lo que lo puso al servicio de sobrevivir en el único entorno que conocía. hasta que un día eso dejó de ser suficiente. Nuestro protagonista ya tenía 14 años cuando su tío lo llevó a robar monedas de una máquina recreativa en una bolera.

Llevaba 3,000 monedas de 25 centavos en la mochila cuando intentó saltar una valla para escapar y el peso lo tiró al suelo, donde el guardia de seguridad lo encontró poco después. Una vez que fue liberado y entregado a su madre, su tío le preguntó con curiosidad cómo lo habían pillado.

 Cuando Curtis le explicó que la mochila pesaba demasiado, su tío simplemente le respondió que no debió haber intentado llevárselas todas. Sin embargo, la lección duró poco, pues apenas 10 minutos después lo llevó a robar otra máquina, alegando que todavía necesitaban dinero para la gasolina del viaje de vuelta. Eso era todo lo que existía en esa vida.

 Ahora es importante tener en cuenta que lo que marcó a Curtis de ese momento no fue el robo en sí, sino que fue la primera vez que alguien le dijo que tenía talento para algo, que valía para esto, que tenía potencial, pues nadie le había dicho antes que pudiera ser médico, abogado o ingeniero. Y en un barrio donde los únicos que parecían prosperar eran los que vendían droga o robaban, el crimen no era exactamente una elección, sino la única hoja de ruta que alguien le había puesto delante.

 Así que Curtis siguió por ese camino hasta que en 1996 con 17 años participó en un robo que terminó en asesinato. Se entregó él mismo a la policía y fue condenado a 54 años de cárcel con posibilidad de cadena perpetua. El chico que no sabía leer había perdido en apariencia todo el futuro que tenía por delante. Pero como digo, en apariencia.

Hay algo que Curtis aprendió muy rápido dentro del sistema penitenciario y es que en la cárcel las finanzas mandan más que en la calle, que el dinero y el poder funcionan con las mismas reglas de siempre, solo que con menos disimulo. Y eso lo hizo querer entender cómo funcionaba el dinero de verdad. No el del crimen, sino el que construye algo duradero, el que no desaparece si te arresta.

 El único problema era que seguía sin saber leer. Y la historia de cómo todo cambió es tan simple que parece mentira. Un día Curtis se apresuró a recoger el periódico para que su compañero de celda se lo leyera. Él buscaba la sección de deportes, pero por error terminó con las páginas de negocios en la mano. Un recluso mayor que estaba cerca lo miró y le preguntó, “¿Tú juegas a la bolsa?” Curtis le confesó que no tenía ni idea de qué era eso.

 El hombre se lo explicó en un par de frases y remató con una sentencia que a Kurti se le quedó cravada a fuego. Ahí es donde la gente blanca guarda todo su dinero. Esta frase puede sonar extraña fuera de contexto, pero si piensas en el mundo desde el que hablaba Curtis en ese momento, un barrio de East Outland, donde la riqueza era siempre cosa de otros y donde nunca había visto a nadie parecido a él acumular dinero de forma legal, entonces entiendes exactamente lo que ese tío sintió, que acababa de descubrir un acceso que nadie le había mostrado nunca, un destello del futuro.

La bolsa no preguntaba de dónde venías, no pedía credenciales. Cualquiera podía comprar una acción de la misma empresa que Warren Buffett. Podían no ser las mismas cantidades, ¿vale? Pero era el mismo activo, el mismo tablero y las mismas reglas. Eso fue lo que Curtis vio y a partir de ahí tomó la decisión más difícil de toda su vida.

 A los 20 años encerrado, sin nadie que le ayudara desde fuera y con una condena que a cualquiera le habría cortado toda esperanza, cogió un libro y empezó a leer desde cero. Fue en sus propias palabras lo más duro que había hecho en su vida, más duro que la calle y más duro que la cárcel misma. el rechazo de los compañeros, la lentitud del proceso, la sensación constante de estar haciendo algo ridículo.

 Pero poco a poco algo fue cambiando. Aprendió primero a identificar letras, luego palabras, luego frases enteras. Y con los envoltorios de los caramelos, con las señales pintadas en las paredes del patio, cualquier cosa que tuviera letras era una clase para él. Y cuando por fin pudo leer con cierta soltura, leyó todo lo que le cayó en las manos.

 tenía tiempo. El Wall Street Journal, Forbes y USA Today, revistas de entretenimiento para entender qué sectores tenían viento a favor, artículos económicos uno tras otro. Con el tiempo llegó a tener entre 10,000 y 15,000 artículos archivados en sobres de Manila en su celda, organizados en un sistema que solo él conocía del todo, mientras su compañero de celda lo veía estudiar noche tras noche hasta las 4 de la madrugada con el escritorio de metal convertido en una oficina donde nadie más se sentaba, pero quedaba el problema práctico más obvio.

Saber de bolsa es una cosa, invertir desde cero de una prisión sin internet, sin ordenador y sin absolutamente nada es otra completamente distinta. Un breve parón. Los traders que veis en estos documentales tenían una cosa en común, acceso a capital. Si queréis operar con capital real sin arriesgar todo vuestro dinero, en la descripción tenéis un broker que ofrece un programa de financiación gratuito de hasta ill00ón.

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