Imagínate por un segundo esa escena. una niña de 12 años a la que le acaban de dar una becaa y la beca sueñan miles de niñas en todo el continente y un padre que en lugar de decirle ve hija, persigue tu sueño, le dice que no, que mejor cante, porque cantando le da más dinero a la familia. Y había algo más en aquella casa de Tijuana.
Poncho no solo presionaba a sus hijos para cantar, según los testimonios que aparecieron cuando se estrenó la bioserie. Hoy voy a cambiar en 2017. Y según declaraciones de la propia familia, Poncho también golpeaba a Euralia. La madre Soprano, la mujer que enseñaba técnica vocal con paciencia de monja y que cantaba en el programa con sonrisa de profesional, recibía golpes en privado cuando se apagaban las cámaras y se cerraba la puerta de casa.
Lupita creció viendo eso y aprendió, sin saber que estaba aprendiendo, una lección que la iba a perseguir el resto de su vida, que un hombre con éxito puede golpear a su esposa y seguir siendo el padre de familia respetable de cara a la galería, que el escenario sirve para tapar lo que pasa en la casa y que se puede salir a sonreír delante de Medio México con el alma hecha pedazos por dentro.
Pero esa tampoco era la única sombra del padre. En 2017, cuando salió la bioserie y los medios empezaron a remover cada rincón de la vida de Lupita, apareció en televisión una mujer. Se llamaba María Estela Contreras Wilson. Aseguraba ser hermana mayor de Lupita, hija de un matrimonio anterior de Poncho, y su versión era una bomba.
María Estela contó en una entrevista a Univisión que la madre de Lupita, Euralia, había sido amante del padre cuando él aún estaba casado con su propia madre. Es decir, que Lupita es hija de un lío entre casados, que Uralia se metió en un matrimonio ajeno para sacar a Poncho de allí y que el origen de toda la familia de Alessio empezó con una infidelidad que rompió otro hogar.
Y de paso, María Estela soltó otra. Aseguró que ella cantaba mejor que su media hermana. que tenía más talento y que su padre prefirió apoyar a Lupita por motivos que cualquiera podía deducir. Lupita no respondió, nunca lo desmintió en público, tampoco lo confirmó. El silencio en estos casos suele decir muchas cosas.
Esa era la familia que tenía. un padre estricto, una madre golpeada, un posible secreto de origen escondido por debajo de todo y unos hermanos que competían por el cariño escaso de un hombre que repartía muy poco. Y todo aquello disfrazado semana tras semana en un programa de televisión de Tijuana donde la familia salía sonriendo como si fuera el modelo perfecto de la frontera.
A los 16 años Lupita se fue de casa. Hay quien lo cuenta como una rebeldía adolescente. Hay otra forma de contarlo, más honesta. Cuando creces en una casa donde se pega y de pronto aparece alguien que te ofrece una puerta de salida, te vas a la primera oportunidad sin pensar y sin mirar.
Y a Lupita le apareció uno. Tenía 31 años. Era un actor de cierto nombre en aquel momento, guapo, hablador, con la seguridad que dan los 30 vividos. Cantaba también. Y sobre todo, no era poncho, se llamaba Jorge Vargas. Lupita estaba convencida de que se estaba escapando del infierno. Lo que aún no sabía es que iba caminando hacia otro. uno peor.
Pero antes de contarte cómo fue ese matrimonio y por qué destrozó por dentro a Lupita, déjame plantar algo que vas a necesitar al final del video. Porque toda esta historia, la del padre que pegaba, la del ballet que le robaron, la de la madre soprano que cantaba para no llorar, explica un momento muy concreto en la vida de Lupita Dalecio.
Una noche, en algún momento de los años 90, esa niña convertida en mujer y en leyenda, una de las cantantes más famosas de toda Latinoamérica, iba a estar sentada en el suelo de un departamento con una jeringuilla cargada de heroína en la mano y a punto de meterse una dosis con la que no iba a despertar.
Lo que pasó esa noche te lo voy a contar al final, pero ya tienes la primera pieza, la de la niña que aprendió que el amor se gana cantando, que el escenario tapa los moretones y que cuando no produces no comes. La segunda pieza llega ahora. Lupita acababa de cumplir 16 años cuando conoció a Jorge Vargas. Él tenía 30, era actor desde niño, llevaba toda una vida en el medio y ya tenía nombre, mucho nombre.
Y conviene entender quién era Vargas para que se entienda por qué Lupita cayó. Pertenecía a lo que en México llaman una dinastía. Era sobrino del productor Ernesto Alonso, al que en el medio le decían el señor telenovela y también sobrino del legendario torero, Alfonso Ramírez el calecero.
Había debutado en pantalla a los 6 años en 1948 en una película del cine de oro llamada El precio de la gloria. Cuando Lupita lo conoció en 1970, Vargas llevaba más de 20 años trabajando frente a cámaras. Tenía la voz educada, llevaba ropa cara y se manejaba en el medio con la soltura de quien lleva ahí media vida.
Era todo lo que una niña que acababa de escapar del control de su padre podía soñar. Y Lupita se enamoró perdidamente. Lo cuenta ella misma décadas después con los ojos todavía brillando al recordarlo. A los 17 años conocí a Jorge Vargas y ahí empezó la historia de amor. Para ella era el hombre, el amor de su vida y la salida que llevaba años buscando. Todo en el mismo paquete.
Las cosas se aceleraron rápido. se conocieron, se enamoraron y Lupita se quedó embarazada con apenas 17 años. Su padre, Poncho se opuso. Vargas era casi el doble de mayor que su hija. Venía con kilómetros recorridos y Poncho no veía con buenos ojos que su gallina de los huevos de oro se le escapara con un actor maduro de aguas calientes.
Pero Lupita ya había decidido. Se casaron en 1971 a escondidas sin el permiso de sus padres y con el embarazo ya en marcha. Lupita se vistió de blanco como había soñado de niña. Me casé por la iglesia de blanco con Jorge Vargas. Yo me casé para toda la vida, recordó muchos años después en una entrevista con la periodista Paola Rojas.
Toda la vida iba a durar muy poco. Lo primero que pasó fue lo peor que le había pasado nunca a Lupita hasta ese momento y todavía no había cumplido los 18 años. El bebé nació en 1971. Lo llamaron Jorge Francisco como su padre y su abuelo. Era el primer hijo y el primer nieto. La promesa de algo bueno en aquella casa que Lupita acababa de construir.
La cantante lo cuidaba con la intensidad atorada de las madres primerizas que llegan a la maternidad sin red. Todo era nuevo y todo asustaba. A los 28 días, el niño murió. La causa oficial fue una septicemia cerebral, una infección masiva que le invadió el sistema nervioso central.
Lupita lo contó así, muchos años después, con la naturalidad demoledora de quien ya no tiene fuerzas para llorar. Teníamos un perro. Supuestamente mi hijo se infectó de septicemia cerebral y se nos fue a los 28 días de nacido al tenerlo por la falta de experiencia y un poco de todo. Esa frase, un poco de todo, esconde una culpa que nunca terminó de quitarse.
una madre de 17 años, demasiado joven, sin experiencia médica de la que tirar, con un perro suelto por la casa y un marido al que la paternidad le venía grande, perdiendo a su primer hijo por una infección que en otras circunstancias habría podido prevenirse o tratarse a tiempo. Lupita lo dijo claro en una entrevista para la prensa mexicana después.
Esa gran pérdida fue una experiencia llena de dolor que yo después desahogué con mi música en los escenarios. Lo que tardó décadas en reconocer es que esa pérdida también la cambió por dentro. La endureció. Empezó a beber más, a cantar con una rabia distinta y sin querer a levantar muros donde antes había niña.
La música pasó a ser el lugar donde el dolor cabía. En su casa, en cambio, el dolor explotaba y en paralelo, su marido empezó a cambiar también. Para peor, al principio Jorge Vargas había sido el rescatador, el hombre maduro que sacaba a la pobre niña de Tijuana del nido del padre tirano.
Pero cuando Lupita empezó a despuntar como cantante, cuando empezó a sonar en la radio y a salir cada domingo en el programa más visto de la televisión mexicana, siempre en domingo de Raúl Velasco, algo se torció en Vargas. Hay que entender lo que era siempre en domingo en aquellos años. Cada domingo por la noche, prácticamente todas las familias mexicanas y buena parte del continente se sentaban delante del televisor para ver a Raúl Velasco.
Cantar allí cada semana era el sello de oro de la música en español. Lupita lo estaba consiguiendo con menos de 25 años. Y para Vargas, que llevaba dos décadas en el medio sin alcanzar nunca esa altura, ver a su mujer subiendo escalones que él jamás iba a pisar era un puñal directo al ego.
Los celos lo devoraban. Celos profesionales mezclados con celos de hombre sin posibilidad de separarlos. Lupita lo describió con una precisión brutal en una entrevista con Jordi Rosado, un tipo un poco difícil de carácter, muy prepotente, muy celoso de lo artístico y de hombre y siguió el maltrato. Sí, aguanté 8 años.
8 años. Ese es el dato que pocos se atreven a desglosar. Tiempo suficiente para aguantar todo lo que un hombre violento es capaz de hacer dentro de su propia casa y suficiente para que se completara un círculo brutal. La niña que había crecido viendo como su padre golpeaba a su madre estaba siendo golpeada por el hombre del que se había enamorado para escapar de su padre.
El círculo era perfecto y trágico. En 1974, casi 3 años después de la muerte del primer bebé, nació Jorge Dalesio. El segundo hijo le pusieron el nombre del padre como si quisieran cerrar la herida del primero. 3 años después, en 1977, nació Ernesto Daleciio el tercero. los dos niños que un día se convertirían respectivamente en músico fundador del grupo Matute y en actor cantante y hasta diputado.
Pero esos dos niños iban a crecer dentro de una casa donde el padre pegaba a la madre. Iban a oír los gritos por las noches y, sin saber que estaban aprendiendo, terminarían entendiendo lo mismo que su madre había entendido de niña en Tijuana, que el hombre con éxito puede pegar y seguir saliendo en la portada del periódico al día siguiente.
Mientras tanto, fuera de casa, Lupita seguía construyendo la carrera que iba a hacer la famosa en toda Latinoamérica. Y eso es lo más cruel de toda esta parte de la historia. Lupita Dalecio se hizo enorme mientras la golpeaban en casa. El público mexicano la veía cantando feliz en siempre en domingo el domingo por la noche y nadie podía imaginar lo que había pasado dos horas antes en la sala de la casa antes de que ella se maquillara y subiera al escenario.
Cada éxito que conseguía en el escenario era un puñetazo más en su casa. Vargas no podía soportar que su esposa le pasara por encima profesionalmente. Cuanto más sonaba ella en la radio, peor era él en casa. Cada teatro lleno que conseguía Lupita era una espina más para Vargas.
Lupita lo dijo con una frase imposible de olvidar. Entre más éxito y convocatoria de trabajo, más me pisoteaba. Y en 1978, justo cuando Lupita estaba a un paso del momento más importante de toda su carrera, Vargas le hizo una pregunta, una pregunta corta y brutal, de las que parten una vida en dos. Lo que ella respondió iba a separarla de sus hijos durante 10 años.
Esa pregunta y el premio internacional que cambió por completo el rumbo de su vida, te lo cuento ahora mismo. 1978 era el año que iba a cambiarle la vida a Lupita Dalesio. Lo que ella no sabía es que la iba a cambiar al revés de lo que esperaba. Octubre de 1978, Ciudad de México. El festival OTI nacional, una de las grandes plataformas de la música en español de los años 70, organiza su gran final.
Lupita se presenta interpretando, como tú, una canción compuesta por Lolita de la Colina. Es una balada con letra desgarrada, justo lo suyo. Cuando termina de cantar, el público se queda en silencio durante un segundo y luego estalla. Lupita gana el festival OTI Nacional con 187 puntos, casi 50 más que la segunda clasificada.
Con ese triunfo gana también el derecho a representar a México en el festival OTI Internacional que ese año se celebra en Santiago de Chile. El 2 de diciembre de 1978, Lupita sube al escenario en Chile frente a delegaciones de 19 países y millones de espectadores conectados por televisión en toda Iberoamérica.
Vuelve a cantar como tú y se lleva el tercer lugar con 44 puntos solo por detrás de Brasil y Estados Unidos. Es la consagración. A los 24 años, Lupita Dalecio acaba de convertirse en una figura internacional. Su disco, Como tú se vende como pan caliente. La discográfica apuesta todo por ella.
Va a venir Juan Gabriel a escribirle canciones. Lolita de la Colina se va a convertir en su compositora de cabecera. Inocente, pobre amiga. Aquí estoy. Yo solo soy una mujer y muchas más están a la vuelta de la esquina. Lupita, sin saberlo todavía, está a punto de despegar como un cohete. Pero al volver a casa, después de ganar el OTI mexicano y de hacer podio en el Internacional en apenas dos meses, Lupita se encuentra a su marido esperándola.
Y Jorge Vargas no estaba para felicitaciones. Vargas llevaba meses viendo como su mujer pasaba por encima de él en todos los rankings. La veía cada domingo en Siempre en domingo con un éxito nuevo, mientras a él lo invitaban cada vez menos a las grabaciones importantes. Su carrera estaba en caída libre y la de ella era una rampa hacia el cielo.
El día que Lupita volvió de Chile con el tercer lugar internacional en la mano, Vargas se rompió. le hizo una pregunta. La pregunta más sucia que un hombre puede hacerle a una madre. De esas que muchas mujeres en Latinoamérica han oído por boca de sus parejas y que parten una vida en dos. Tu carrera o nosotros. Lupita lo contó en una entrevista con Patti Chapoy.
Ya con los años acuestas sin dramatizar. Me dijo, “Tu música o tu familia, pues música.” Décadas después, en otra entrevista, Lupita amplió aquella respuesta. Me dio a escoger o tu carrera o yo, y yo acababa de ganar la OTCON como tú, que sonó mucho en la radio.
Entre la fama, no tener a Dios y no saber valorar, los abandoné porque yo preferí mi carrera. Lo cuento sin maquillar porque es así como ella misma lo recuerda. Lupita eligió la música. eligió todo lo que había construido a base de tanto, la cima que llevaba toda la vida persiguiendo desde aquella casa de Tijuana, donde si no cantabas no comías.
Pero la decisión iba a salirle mucho más cara de lo que ella imaginaba en ese momento. Vargas no se quedó cruzado de brazos, sabía exactamente dónde golpear. Cogió a los dos hijos vivos, Jorge y Ernesto, que tenían 4 y 2 años respectivamente, y se los llevó. inició los trámites para conseguir la patria potestad, los obtuvo y dictó una orden de restricción para que Lupita no pudiera acercarse a sus propios hijos.
10 años exactos sin poder verlos crecer. 10 años perdiéndose el primer día de colegio, la primera nota mala, el primer amor adolescente, todo lo que pasa en la vida de un niño y que solo ocurre una vez. Lupita lo describió con una frase que duele leerla. me dijo, “Tu música o tu familia, no pues música, quédate con ellos.
Imagínate por un segundo lo que es eso. Acabas de ganar el premio más importante de tu vida. Tienes a media Latinoamérica cantando tu canción y al volver a tu casa, el hombre con el que te casaste a los 17 años te quita a tus hijos pequeños y te prohíbe verlos. Y tú, además, no puedes ni reclamar mucho, porque cualquier juzgado mexicano de la época te va a mirar como a la mala madre que abandonó a sus niños por la fama.
Esa lectura social, la de Lupita, abandonó a sus hijos, la persiguió durante toda su vida. Y aunque ella misma se acusó después miles de veces de haber sido mala madre, una columnista mexicana lo escribió con una claridad que Lupita jamás se permitió a sí misma. En su columna defendía a Lupita diciendo que lo que había hecho aquel día era huir de los golpes que, según contaba la propia cantante, le propinaba Vargas y que llamara a aquello abandono era una injusticia.
Lo que Lupita hizo aquel día fue salvarse la vida. Escape. Esa es la palabra honesta. Lupita se fue de su casa después de 8 años de aguantar palizas a puerta cerrada cuando ya había llegado al borde. Y porque además su carrera era el único territorio donde Vargas no podía golpearla. El precio de salvarse a sí misma fue perder a sus hijos durante una década.
Lupita lo contó muchos años después, ya con la voz quebrada. Fui muy valiente, pero después me arrepentí porque me perdí el crecimiento de mis hijos. Mis hijos Jorge y Ernesto estaban muy chiquitos. Entonces él me dio a escoger y yo dije, “Me voy con mi música.” Esos 10 años son la sombra silenciosa de toda su carrera.
Mientras ella llenaba el Auditorio Nacional, grababa los discos más vendidos de su trayectoria y se convertía en una de las pocas mujeres con voz propia de la música latina, sus dos hijos crecían en otra casa con otro padre, sin saber muy bien por qué su madre no aparecía nunca. Vargas se volvió a casar con una mujer llamada Mary González, con la que iba a estar 26 años y que se convirtió en la madre del día a día para Jorge y Ernesto.
Para los dos niños, durante una década entera, Lupita Dalecio era la cantante que escuchaban en la radio nada más, hasta que un día ya adolescentes decidieron ir a buscarla. Lo cuenta la propia Lupita con una mezcla de orgullo y dolor. Después Jorge y Ernesto se volaron la barda para irse a mi casa de Polanco.
Saltaron la tapia del padre literalmente para volver con su madre. Ese reencuentro, sin embargo, no iba a ser tan dulce como podría parecer, porque para entonces Lupita ya estaba metida en otro tipo de infierno, más peligroso que cualquier matrimonio violento, un veneno blanco en polvo, que se metía por la nariz y que llevaba años destruyéndola por dentro sin que ella se diera cuenta.
Pero antes de meterme en eso, tengo que contarte qué pasó con los hombres que vinieron después de Vargas. Porque hubo varios y porque uno de ellos, al que ella se atrevió a denunciar públicamente como gay, le tendió la trampa más sucia que le habían tendido nunca. Una trampa que terminó con ella detenida en el aeropuerto de Ciudad de México el 23 de abril de 1993.
Esa parte, que es donde se cierra el bucle del arresto con el que empecé este vídeo, te la cuento ahora mismo. Después de Vargas, Lupita Dalecio abrió una puerta que ya no iba a cerrar nunca, la puerta de los hombres que iban a venir detrás, cinco matrimonios contados oficialmente, otros tantos romances y un patrón que se repetía sin descanso.
Ella se enamoraba con la cabeza más que con el alma y elegía siempre a hombres que de una manera u otra terminaban haciéndole daño. Hay tres hombres en esta lista que importan de verdad para entender la noche con la jeringuilla. Te los cuento sin perder tiempo. El primero después de Vargas fue Carlos Reynoso, un futbolista chileno que llegó al Club América en los 70 y que con el tiempo se convertiría en uno de los mejores jugadores extranjeros de la Liga Mexicana.

Lupita y Reyoso estuvieron juntos entre 1979 y 1984, 5 años de relación intensa, justo en los años en los que ella se estaba consagrando como estrella internacional. Él la engañaba, ella se enteraba, le perdonaba, volvía. Y de aquella historia salió una de las canciones más conocidas de toda su carrera, esa que toda Latinoamérica ha cantado mil veces.
Mentiras. Lupita lo confesó muchos años después en una entrevista para Ventaneando. Cuando escribió mentiras estaba pensando en Reyoso. Era una canción de despecho dedicada a su futbolista, igualito que Shakira con Piqué 40 años más tarde. Solo que Lupita lo hizo antes y a su manera. Entre Reinoso y el siguiente que importa hubo un matrimonio relámpago con otro futbolista.
Esta vez un uruguayo llamado Julio Canesa. Lupita lo cuenta sin maquillar. Se casó con él por despecho para olvidar a Reyoso. Cuando Can descubrió siéndole infiel justamente con Reynoso, el matrimonio se acabó en cuestión de meses. Pero el hombre que viene ahora es el que de verdad cambió la historia, el que la metió en el mundo de la droga y el que años después iba a estar detrás.
Según los rumores más persistentes de la prensa mexicana de la denuncia que terminó con Lupita detenida en el aeropuerto de la Ciudad de México. Se llamaba Héctor Jorge Ruiz, pero todo el mundo en Iberoamérica lo conocía como Sabú. Sabú había nacido en Buenos Aires el 12 de septiembre de 1951. Era cantante y actor.
En Argentina lo conocían por canciones románticas que habían sonado fuerte en los 70. Sus discos se contaban por 27 medallas de oro y siete de platino. En 1980 firmó con la disquera mexicana Melody de Televisa y se instaló en México. En 1984 dejó el escenario y montó su propia empresa de representación de artistas.
La llamó Sabu Producciones. Conoció a Lupita en Texas durante un evento promocional en una discoteca. Lo cuenta el archivo de la bioserie. Ella estaba recién recuperada del fracaso con Canesa. Él era guapo, brillante en los negocios, con acento argentino y reputación de ganador. La encajó perfecto. Se casaron en 1985.
Y aquí viene el detalle que partió la vida de Lupita en dos. Lo contó ella misma sin filtros y sin matices. El día de mi matrimonio con Sabú probé cocaína por primera vez. Me volví adicta ese mismo día. Imagínate la escena. El día más feliz que debería tener una mujer con todos los rituales de la boda alrededor.
Y en algún momento de la noche alguien le acerca una raya. Lupita la prueba y a partir de ahí durante más de 20 años no va a poder vivir sin ella. Sabu se convirtió en su manager y hay que decirlo hizo muy buen trabajo en lo profesional. Le produjo Soy auténtica y punto. Un disco de 1986 que muchos críticos consideran el mejor de toda la carrera de Lupita.
Bajo su mando, ella subió a otro nivel de fama, llenando teatros en todo el continente y vendiendo discos por millones al mismo tiempo. Pero en lo personal era otra historia. Mientras la carrera de Lupita subía, ella se hundía cada noche en la droga, casi siempre acompañada por el propio Sabú.
Y conviene saber otra cosa sobre él. En 1973, Sabu había pasado por un proceso judicial en Argentina como cómplice de una banda de secuestradores. 5 años después, en 1978, las páginas policiales de Buenos Aires lo recogían otra vez, esta vez detenido por tenencia de estupefacientes. Tenía un historial y a Lupita le ocultó todo eso hasta que ya estaba metida hasta el cuello.
El matrimonio aguantó 3 años. Se divorciaron en 1988 y aquí se cierra el bucle con el que empezaba este video. 5 años después del divorcio, la tarde del 23 de abril de 1993, Lupita acaba de bajar del avión en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México. 20 agentes de la policía federal la están esperando.
Ella, al ver que se le acercan, piensa que vienen a pedirle un autógrafo. Lo ha contado muchas veces. Pensé que querían un autógrafo hasta que me dijeron que tenían una orden de aprensión en mi contra. La acusación oficial era evasión fiscal, mal manejo de su dinero a través de terceros durante los años en los que su carrera había facturado millones.
La sacaron del aeropuerto y la llevaron al reclusorio femenil. Iba a pasar más de 15 días dentro en aislamiento, porque las autoridades temían que su fama complicara el orden del penal. Lupita lo contó después con una mezcla de orgullo, herido y resignación. Durante los días que pasó en aquella celda, alcanzaba a escuchar sus propias canciones sonando desde las radios de las otras reclusas.
llegó a temer que la condenaran a 3 meses. Sus cuentas bancarias quedaron congeladas mientras durara el proceso y la operación fue mediática a propósito. El gobierno federal mexicano la convirtió en bandera para demostrar que ningún famoso estaba por encima de la ley. Hasta aquí la versión oficial. Pero hay otra capa.
La Wikipedia en español recogiendo prensa mexicana de la época la formula con bastante claridad. Al parecer fue un acto de venganza en contra de Lupita por parte de su exesposo Sabu. Era un secreto a voces en el medio. Sabú llevaba años resentido tras el divorcio. Tenía acceso por su antigua posición como manager a información financiera sensible de Lupita y casualmente la denuncia ante Hacienda llegó cuando él tenía motivos para querer hacerle daño.
No hay sentencia que lo confirme ni confesión por parte de Sabu, pero la coincidencia es demasiado precisa para ignorarla. Quien la sacó de allí fue Fanny Shatz, su antigua representante, que volvió a su lado en plena crisis. Y según fuentes mexicanas, también intervino directamente Emilio Azcárraga Milmo, el legendario dueño de Televisa, conocido como el tigre.
15 días después, Lupita salió libre, pero la imagen del arresto, esa foto del aeropuerto rodeado de agentes quedó marcada en la memoria del país. Por aquellos mismos meses, Lupita estaba pasando además por su cuarto divorcio. César Gómez, saxofonista de su orquesta y padre de su hijo menor, también llamado César Dalesio, se separó de ella el mismo 1993.
Se habían casado 4 años antes de manera relámpago en Las Vegas, sin avisar ni a su propio equipo de trabajo. Y todavía faltaba un matrimonio más. El último. En 2001 con 47 años, Lupita se casó por quinta vez con un modelo alemán llamado Christian Rosen. Él tenía 24, casi la mitad. El día de la boda, su propio hijo Ernesto se le acercó en plena ceremonia y le susurró al oído.
Mamá, ¿estás bien? Despierta. ¿Ya viste con quién te vas a casar? Lupita le dijo que sí estaba bien. Mentía. El matrimonio duró 7 meses, lo justo para que ella lo acusara públicamente de ser gay y de haberse casado con ella por el dinero y para que él contraatacara con una demanda por daño moral pidiéndole 4 millones de pesos.
Mirando hacia atrás hay un patrón que duele. Cada hombre que cruzó por la vida de Lupita terminó llevándose algo importante. Vargas se llevó a sus hijos durante 10 años. Sabú se llevó la sobriedad por las siguientes dos décadas y encima posiblemente se llevó también su libertad durante 15 días.
En 1993, Rosen se llevó lo poco que le quedaba de fe en el amor. Mientras todo esto pasaba con los hombres, una cosa estaba ocurriendo dentro de ella, sin parar, a oscuras, durante más de 20 años seguidos. La cocaína que Sabú le acercó en la boda de 1985 nunca se fue. Lupita siguió consumiendo. 5 g al día. cinco.
Cada día, durante dos décadas enteras y una noche cualquiera de los 90, en una fiesta como tantas otras, esa cocaína iba a llegarle a alguien que jamás tendría que haberla probado. Se la iba a meter su propio hijo y se iba a quedar al borde de la muerte sobre el suelo de la sala.
Lo que pasó esa noche y lo que vino después te lo cuento ahora. La cocaína que Sabu le acercó la noche de la boda en 1985 nunca se fue. Lupita siguió consumiendo. Y aquí viene el dato que más cuesta digerir de toda esta historia. 5 g al día. Cinco cada día durante más de 20 años seguidos. Para que entiendas la dimensión, 5 g de cocaína al día es una cantidad que mataría a una persona corriente en menos de una semana.
Lupita los aguantaba porque su cuerpo se había hecho una tolerancia brutal y porque ya no se metía la droga para sentir nada. se la metía porque sin ella no sabía vivir. Lo contó ella misma en una entrevista con Adela Micha, con la naturalidad de quien ya no tiene nada que esconder.
En un departamento empecé a hacer mis fiestas hasta que hubo un momento en que estaba llena de drogas por todos lados y ya no me hacían efecto. Utilizaba cocaína, tacha, marihuana, dejaba trabajos colgados por la fiesta. Su escondite era un departamento en Polanco, una de las zonas pijas de Ciudad de México.
Ahí montaba sus fiestas privadas que a veces empezaban un viernes por la noche y terminaban un lunes por la mañana sin dormir, sin comer apenas. Mientras tanto, ella seguía con su vida pública intacta, dando conciertos, grabando discos y saliendo en televisión como si tal cosa. La cantante que pisaba el escenario del Auditorio Nacional con la voz limpia era la misma mujer que tres noches antes había estado de fiesta sin tocar la cama.
Y en algún momento, a finales de los 80 y a lo largo de los 90, esa vida empezó a contaminar a los únicos seres por los que Lupita habría dado la vida. si se lo hubieran pedido a tiempo. Sus hijos, recuerda dónde los habíamos dejado. Jorge y Ernesto se habían quedado con su padre cuando ella ganó el OTI en el 78, pero los niños crecen.
Y un día cualquiera, Jorge llegó a la adolescencia, saltó la tapia de la casa de Vargas y apareció en la puerta del departamento de su madre en Polanco. Tenía 14 años, quería estar con ella. Dos meses más tarde, Ernesto hizo exactamente lo mismo. Tenía 12. Lupita los acogió a los dos agradecida hasta el llanto de que hubieran vuelto a su lado.
Lo que no se planteó nunca mientras lloraba abrazándolos es que la madre a la que estaban volviendo ya no era una madre, era una mujer enferma y los niños lo iban a descubrir muy pronto. Ernesto, años después lo contó con una claridad cruel para sí mismo. Al salirnos de la estructura de mi papá y llegar a la vida de mi mamá, inconscientemente comenzamos a repetir un patrón de comportamiento que nosotros veíamos en mi mamá.
En una fiesta cuando se nos ofreció droga, todo el mundo lo hace. Una cana al aire, no pasa nada y lo probamos. Y sí pasa. Quédate con la frase final porque es la que lo dice todo. Lo probamos y sí pasa. Si pasa que un chico de 15 años que ve a su madre meterse cocaína en la mesa del comedor entiende sin que nadie se lo explique, que eso es lo que se hace los fines de semana y lo replica.
Como replicas la forma de andar de tu padre o la forma de reír de tu madre. Y un día, en una de esas fiestas que se alargaban durante días en el departamento de Polanco, llegó la noche que iba a marcar a la familia de Alesio para siempre. Te la voy a contar despacio porque cada detalle importa.
La fiesta llevaba dos días y medio sin parar. Cocaína sobre la mesa, música a todo volumen, gente entrando y saliendo del departamento. Lupita estaba allí. Jorge, su hijo mayor, también ya con casi 20 años y con su propio gusto por la fiesta. Y en algún momento, aburrido entre tantas horas iguales, Jorge cogió el teléfono.
Lo cuenta él mismo años más tarde con calma de superviviente. Yo me acuerdo que estaba bastante aburrido. Le dije, “¿Por qué no invitamos a alguno de nuestros amigos?” Agarro el teléfono y hasta ahí me acuerdo, porque fue donde colapsé. Jorge cayó convulsionando en el suelo del salón. Espuma por la boca, los ojos en blanco, una sobredosis de cocaína en directo delante de su madre.
Lo cuenta la propia Lupita casi al borde del llanto en su entrevista con Jordi Rosado en 2021. Con Jorge llegué a consumir droga en alguna fiesta. Creo que me pasé de confianza con él. Se me hizo fácil y creo que él, como no sabía, pues me llamaron corriendo y me dijeron, “Jorge está mal. estaba en convulsiones.
Léelo otra vez. Una madre admitiendo, mirando al suelo, que le pasó cocaína a su hijo y que él se quedó convulsionando porque no aguantaba la dosis que ella sí aguantaba. Me pasé de confianza con él. Esa frase es de las que duelen al leerlas en voz baja. Mientras Jorge convulsionaba, alguien llamó a Ernesto y entre Ernesto y Lupita pasaron las horas más largas de toda la vida de aquella familia tratando de mantenerlo respirando, sin llamar a la ambulancia porque la prensa los iba a destrozar si se enteraba, y
sobre todo intentando que Jorge no se les muriera ahí mismo en el suelo del salón. Ernesto lo describió así años después. Jorge estuvo a punto de morir por causa de las drogas. Para nosotros eso fue tocar fondo. Yo casi veo que mi hermano muere por causa de las drogas. Fue cuando Jorge y yo dijimos, “Esto nos va a matar.
Esto puede acabar con nuestra vida. Esto no es un juego. Somos jóvenes y dejamos ese camino.” Los dos hijos de Lupita tomaron aquella noche una decisión que su madre tardaría todavía varios años en imitar. decidieron parar, buscar ayuda, salir. Lupita no. Lupita siguió consumiendo y lo peor de todo, empezó a alejar a sus hijos.
Porque cuando una persona enferma de adicción ve a sus hijos limpios, la culpa la devora y la culpa la lleva a meterse más para no sentirla. Ernesto, en algún momento de esos años hizo lo que ningún hijo quiere hacer. Nunca se plantó en casa de su madre, le golpeó la puerta y le dijo a la cara una frase que partió a Lupita en dos.
Lo cuenta ella misma hoy en día con la voz quebrada. Ernesto me llegó a patear la puerta y me dijo que no me quería volver a ver en la vida. su propio hijo, el mismo niño que años antes había saltado la tapia del padre para volver con ella, el que había estado dos días y medio sin dormir tratando de mantener a Jorge con vida en el suelo del departamento.
Ese mismo Ernesto se había hartado y le había dicho a su madre que no quería volver a verla nunca más. Lupita se quedó sola con 5 g de cocaína al día encima, un departamento gigante en Polanco lleno de polvo blanco y una fortuna que llevaba años evaporándose. Lo resumió ella misma con una frase de las que pegan en el estómago.

Junté billones de dólares y los gasté en droga y en hombres. Tenía 4 y tantos años. Era una de las cantantes más famosas del continente. Sus discos seguían vendiendo y el público seguía llenando los teatros. A pesar de todo eso, ya no le quedaba nada por dentro. Podríamos pensar que ya había tocado fondo aquella noche en la que Jorge se quedó convulsionando, que por debajo del suelo de aquella sala ya no había más sótano.
Lupita encontró uno más bajo todavía. Una noche cualquiera, completamente sola, con una jeringuilla ya cargada de heroína sobre la mesa, Lupita se sentó en el suelo de su departamento. La mujer que era himno de las heridas de toda Latinoamérica, esa misma que millones habían visto cantar cada domingo en la televisión y que llenaba el Auditorio Nacional sin despeinarse.
Estaba ahí con un veneno en la mano a punto de dejarse ir para siempre. Lo que pasó esa noche y lo que la salvó, te lo cuento. Ya te prometí al principio que iba a contarte qué pasó esa noche concreta, la noche con la jeringuilla, la noche en la que Lupita Dalecio pudo morir. Te lo cuento ahora despacio porque cada detalle cuenta.
Era una noche del verano de 2006. Lupita estaba sola en su departamento de Polanco. Llevaba dos semanas sin probar bocado, solo polvo, gramo tras gramo, sin parar. Pesaba 40 kg. 40. La mujer que se había subido al escenario de la OTI internacional en 1978, con la voz más grande del continente, parecía ahora un esqueleto cubierto con un camisón.
Su propio cuerpo había dicho basta. Sus hijos hacía meses que no la veían en condiciones. Cesarín, el menor, ya vivía con sus hermanos por orden del padre. Y esa noche, sentada en el suelo del salón, Lupita tenía cargada sobre la mesa una jeringa. La había preparado ella misma. Estaba a punto de inyectarse la dosis con la que pensaba que se iba a quedar dormida para siempre.
Lo contó después con palabras escalofriantes. Eran dos pasos, uno a la muerte y otro a la vida. Y el que iba a dar a la muerte fue el que grité, Jesús, si vives, tómame de la mano. Pero antes de gritar eso, Lupita encendió la televisión. No sabe muy bien por qué, más por reflejo que por nada. Y entonces pasó lo que ningún guionista podría inventarse mejor.
En la pantalla apareció su hijo Ernesto. El mismo Ernesto que años antes le había pateado la puerta y le había dicho que no la quería volver a ver en la vida. Estaba en algún programa de televisión. Acababa de anunciar que se iba a casar. Lo veían millones de mexicanos. Y entre esos millones, sentada en el suelo de un departamento de Polanco con una jeringa al lado, también lo veía su madre.
Lupita lo cuenta así, sin adornos. en una entrevista para Milenio. La pauta fue Ernesto Dalecio. Lo vi y dije, “Quiero conocer a mis nietos y estando así me voy a morir.” Y me levantó. Esa fue la chispa. Toda la historia que te llevo contando. El bebé que enterraron a los 28 días, los hijos que dejó atrás por un escenario, la noche en que Jorge se quedó convulsionando en el suelo del salón.
Todo eso se le vino a Lupita encima de golpe, viendo a Ernesto en la televisión a punto de casarse y entendió por primera vez en mucho tiempo que tenía algo por lo que quedarse. Quería estar viva el día que Ernesto tuviera a sus hijos. Quería ser abuela. Lupita soltó la jeringa y llamó a Ernesto.
Lo describió ella misma años después en una entrevista para noroeste. Le llamé a mi hijo porque estaba pasando por un momento depresivo. Llegó con su padre espiritual y sus discípulos. Yo estaba quebrantada, con los brazos caídos, pesando 40 kg y extremadamente mal.
Me ayudaron, me bañaron, me dieron de comer porque tenía dos semanas sin probar bocado, solo drogas. Léelo despacio. Una mujer de 52 años, una de las cantantes más famosas de todo el continente. Su propio hijo bañándola y dándole de comer en su departamento de Polanco, porque ella no se acordaba de cómo se hacía sola. Esa misma semana, Lupita tomó la decisión que llevaba 15 años postergando.
Cogió un avión a Guatemala y se internó 45 días en una clínica de rehabilitación llamada La Casa del Bosque. Lo contó en su propio testimonio. Decidí irme a rehabilitar a Guatemala 45 días. Fue algo duro, muy duro, pero de rodillas siempre fiel. Siento que sin Dios no lo hubiera podido lograr. Me dio la fortaleza.
45 días limpia por primera vez en 20 años, sin saber qué hacer con las manos cuando no tenían una raya delante, ni qué hacer con la cabeza ahora que la cocaína dejaba de tapar lo que había debajo. Solo el silencio del bosque guatemalteco, los temblores del síndrome de abstinencia, una Biblia que alguien le había dejado en la mesilla de noche y la voz de un dios al que ella había ignorado durante toda su vida hasta esa misma semana. Salió de Guatemala en 2007.
limpia por primera vez en dos décadas. No le quedaban casi ahorros. No había marido esperándola y la fuerza que había tenido a los 20 años se la habían comido las décadas. Pero traía algo nuevo, la fe que Ernesto y sus pastores le habían acercado. Ese mismo año, Lupita Dalesio se declaró públicamente cristiana evangélica y a partir de ese momento su carrera empezó a renacer.
Volvió a la televisión como jurado del concurso de talento El show de los sueños. Empezó a grabar discos otra vez, recuperó el Auditorio Nacional y sobre todo recuperó a sus hijos. Jorge y Ernesto la perdonaron. Le dejaron volver a ser madre en lo que cabía a esas alturas. Cesarí volvió a vivir con ella y empezó a conocer a sus nietos, los ocho que tiene hoy.
A finales del año pasado, en 2025, Lupita Dalecio se despidió definitivamente de los escenarios con una gira llamada Gracias Tour. llenó el Auditorio Nacional una última vez y según ha contado su propio hijo Ernesto a la revista TV Notas hace unos meses, hoy en día su madre dedica su vida entera a Cristo.
Ya no tiene estrés en su vida. Lo único que hace es despertarse y dedicarse a Cristo. Su vida en redes Dios. La leona dormida ya no duerme. Y ahora, una última cosa antes de dejarte ir, porque hay algo que solo se entiende al final. El apodo de leona dormida no era una metáfora bonita inventada por un compositor, era un diagnóstico.
Esta mujer estuvo literalmente dormida durante 20 años. La fueron adormeciendo capa tras capa, la cocaína, los hombres que la golpeaban, la culpa de haber abandonado a sus hijos cuando eran unos críos y una infancia entera en una casa de Tijuana donde nadie le enseñó a ser feliz. Cuando lo entiendes así, las canciones que cantó toda su vida adquieren otro peso.
Mudanzas. Ese hombre o inocente, pobre amiga dejan de sonar como letras de despecho cualquiera. Empiezan a sonar como lo que realmente eran. Su autobiografía sin pronunciar, la historia de una mujer rota cantándole a otras mujeres rotas, sin que ninguna de ellas supiera nunca que estaba contando la suya.
Y el secreto que jamás terminó de revelar del todo, ni siquiera en su bioserie, no era ninguno de los escándalos que ya conoces. El secreto era más sencillo y más triste. Durante esos 20 años, mientras llenaba teatros y vendía millones de discos, esa mujer no quería estar viva. Lo dijo casi de pasada, sin parecer entender el peso de lo que estaba contando.
Quería conocer a mis nietos y, estando así, me voy a morir. Eso significa que en el aeropuerto, en la fiesta donde Jorge convulsionó y en la madrugada con la jeringa al lado, una parte de ella estaba lista para irse. Que todas aquellas noches habían sido en realidad intentos suaves de despedirse.
La leona dormida estuvo a un grito de no despertar nunca y entendió en el último segundo que todavía quedaba algo por delante. Si quieres conocer más de nuestras historias, suscríbete a nuestro canal y escribe en comentarios qué mujer te gustaría que fuera nuestra siguiente protagonista.
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