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DUÉRMETE CON LOS SECRETOS MÁS OSCUROS DE LOS JESUITAS | HISTORIAS REALES

Durante casi 500 años, los jesuitas han sido la orden religiosa más  poderosa y más temida de la historia. Educaron a reyes, cruzaron el mundo entero  y acabaron rodeados de tantas leyendas oscuras que todavía hoy cuesta separar la verdad del mito. Hoy vas a conocer su historia real, la de un papa  que los borró del mundo con una sola firma y murió 14 meses después  entre rumores de envenenamiento.

del jefe de toda una misión en Japón, que tras 5 horas colgado boca abajo dentro de un pozo, renegó de su Dios y acabó ayudando a torturar  a los mismos cristianos, a los que antes guiaba y la de una universidad que se  salvó de la ruina vendiendo a 272 personas y separando a sus familias para siempre.

Relájate,  ponte cómodo y bienvenidos a detrás de la historia. Un papa firmó una sola hoja de papel. Y con esa firma borró del mapa a la organización más poderosa del planeta. Le temblaba la mano mientras lo hacía. Al terminar dijo que acababa de firmar su propia sentencia de muerte y no se equivocó.

14 meses después estaba muerto. Su cuerpo se descompuso muy rápido y de forma extraña, y en Roma muchos llegaron a creer que lo habían envenenado, aunque nunca se pudo demostrar. La organización que ese papa acababa de destruir llevaba un nombre que durante dos siglos había hecho temblar a reyes, ministros y obispos. La compañía de Jesús.

Casi todo el mundo los conocía por un nombre más corto y más temido, los jesuitas. Para entender por qué un papa firmaría algo así con la mano temblando, primero hay que entender lo que eran estos hombres. En el momento de su caída controlaban cientos de colegios y universidades repartidos por los cinco continentes. Habían educado a reyes y también a los consejeros de esos reyes.

Se sentaban en las cortes más importantes de Europa y aconsejaban en privado a los hombres que decidían el destino de naciones enteras. Habían cruzado el mundo de punta a punta, desde Japón hasta las selvas de Sudamérica. Y allí, en mitad de la nada, habían levantado un país entero con más de 100,000 habitantes, que no obedecía del todo ni a España ni a Portugal.

Y todo ese poder lo perdieron en menos de 20 años, expulsados a patadas de los imperios más poderosos de la Tierra, uno detrás de otro. ¿Cómo se destruye a una organización así? ¿Y por qué tantos reyes que durante generaciones la habían usado como un arma decidieron de repente que había que eliminarla? y encima con tanta prisa.

Para responder a eso, hay que contar toda su historia. Y su historia está llena de cosas que no encajan con la imagen de unos simples curas. Hubo un cura al que quemaron vivo en una plaza, atado a un poste, acusado de una conspiración que casi con toda seguridad se inventaron. Hubo una noche en la que a la misma hora exacta, soldados de todo un imperio abrieron un sobrelacrado y se llevaron a miles de hombres mientras dormían sin avisar, sin juicio y sin una sola explicación.

Hubo un jefe al que encerraron en la celda de una fortaleza y dejaron morir allí dentro sin decirle nunca de qué se le acusaba. Y hay cosas todavía más incómodas. Estos hombres, que habían jurado vivir en la pobreza más absoluta, llegaron a vender a 272 personas, hombres, mujeres  y niños, para salvar de la ruina a una universidad, rompiendo familias enteras y mandándolas lejos.

Uno de sus misioneros al otro lado del mundo, aguantó 5 horas colgado boca abajo dentro de un pozo lleno de inmundicia, hasta que renegó de Dios y acabó ayudando a los que torturaban a los suyos. Otro pasó una semana entera escondido dentro del muro de una casa sin comer más que una sola manzana, con tal de no entregar a un compañero. También está la leyenda, porque alrededor de estos hombres se construyó una fama muy oscura que todavía hoy sigue viva.

Se decía que guardaban un manual secreto para manipular a los reyes y quedarse con la herencia de las viudas ricas. Se decía que detrás del papa de blanco que todo el mundo conoce había otro hombre vestido de negro que movía los hilos del planeta desde la sombra. Una parte de esas historias es pura invención, fabricada a propósito por sus enemigos.

Otra parte, la más incómoda, resultó ser verdad. Y separar lo real de lo inventado es justo lo que vamos a hacer aquí. Hay un último dato que lo resume todo. A esta organización la mataron oficialmente, la borraron del mundo entero con aquella firma. Y aún así volvió. Hoy sigue viva. Es la orden religiosa más grande del mundo.

Y hace muy pocos años uno de sus miembros llegó a ser Papa el hombre más importante de toda la Iglesia. Una orden que sobrevivió a su propia ejecución. Hay muy pocos casos parecidos en toda la historia. Para encontrar el principio de todo esto, no hay que mirar a un Palacio de Roma ni a un trono dorado. Hay que mirar a un campo de batalla.

Porque todo empezó con un soldado, una bala de cañón y una pierna destrozada para siempre. Al hombre al que hoy media iglesia le reza como santo, de joven lo persiguió la justicia por un delito violento que cometió junto a su propio hermano, que además era cura. Sus biógrafos, incluso los que escribieron para alabarlo, no lo esconden.

En su juventud fue un hombre pendenciero, mujeriego y vanidoso, obsesionado con la fama y con las armas, y usó su posición privilegiada para librarse del castigo. Cuando lo acusaron de aquellos hechos cometidos una noche de carnaval, intentó que lo juzgara un tribunal de la iglesia en lugar de la justicia normal, alegando que él tenía una pequeña condición religiosa que lo libraba de los jueces corrientes.

Era un truco para escaparse. Ese hombre se llamaba Iñigo y nadie que lo conociera entonces habría apostado un duro a que acabaría siendo santo. Había nacido en una familia de nobles de poca monta del País Vasco. De niño lo enviaron a servir a la corte de un alto cargo del rey y allí aprendió a moverse entre lujos, a bailar, a jugar, a manejar la espada y a cortejar mujeres. Presumía de ropa.

Caminaba con la capa abierta para enseñar las medias ajustadas y la espada al cinto. Le apasionaban las novelas de caballería, esas historias de soldados valientes que conquistaban reinos y se ganaban el amor de damas imposibles. Quería ser uno de ellos, quería gloria  y por conseguirla se metió a soldado.

Todo eso se terminó en una sola mañana. Los franceses tenían sitiada una ciudad y casi todos los defensores querían rendirse porque la pelea estaba perdida de antemano. Íñigo, por pura cabezonería y por orgullo, los convenció de resistir. Y resistieron hasta que una bala de cañón le pasó entre las dos piernas, le destrozó una y le partió la otra. Tenía 30 años.

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