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ROCÍO JURADO: LO QUE SU HIJA NUNCA LE PERDONÓ , NI AL FINAL

Hay una pregunta que Rocío Carrasco lleva 20 años sin poder responder. Una sola. ¿Qué le dijo su madre antes de morir? No lo que contaron los periódicos. No lo que dijo Ortega Cano, no lo que especularon los programas de televisión. Lo que se dijeron madre e hija en los últimos días, cuando ya no había imagen que cuidar, cuando ya no quedaba tiempo para rodeos.

cuando solo quedaban las palabras de verdad. Eso nunca salió completo en ningún sitio. Y hay una razón muy concreta por la que no salió. Porque lo que ocurrió en esa habitación cambia la manera de entender 30 años de una historia que España cree conocer. Hoy vais a escuchar lo que Rocío Jurado nunca quiso que se supiera, lo que protegió hasta el final y lo que el final no pudo proteger.

Rocío Jurado nació en Chipiona en 1944 en una familia sin dinero, en un pueblo pequeño del sur, sin nada que la diferenciara de miles de niñas de su generación, excepto esa voz, una voz que no se aprende, que no se estudia, que se tiene o no se tiene. Y Rocío la tenía. Cuando cantaba en el pueblo, la gente paraba, literalmente paraba lo que estaba haciendo y escuchaba.

Eso no pasa con cualquiera. Pero Rocío tenía algo más que la voz. Tenía un carácter que en la España de los 50 y 60 no era fácil de sostener para una mujer. Rocío no era sumisa, no era callada, no era lo que se esperaba, era fuerte, era directa. Decía lo que pensaba, aunque incomodara. aunque generara problemas, aunque la gente se removiera en la silla y eso en el  mundo del espectáculo español de aquella época era algo muy difícil de gestionar.

No era fácil decirle que no a Rocío Jurado. Muy poca gente  lo intentó y los que lo intentaron aprendieron rápido que era mejor no hacerlo. Pero ese carácter que la hizo grande en el escenario también le costó muy caro en  casa. Porque las personas fuertes no siempre saben ser vulnerables y la vulnerabilidad es lo que construye las relaciones de verdad.

En los años 60 y 70, Rocío Jurado se convirtió en la artista más importante de España. No la más famosa, la más importante. Hay una diferencia. La fama viene y va.  La importancia se queda y Rocío se quedó. Sus canciones eran las canciones de España. Sus actuaciones eran los momentos que la gente recordaba.

Su voz era la banda sonora de una generación entera. Bodas que se recordaban por cómo sonaba Rocío de fondo. Vervenas que la gente tarareaba durante semanas. Momentos íntimos que ella hacía menos solos simplemente con esa voz. Pero detrás de ese éxito enorme había una vida personal que muy poca gente conocía de verdad, porque Rocío protegía su intimidad con una determinación feroz.

Daba todo en el escenario,  todo. Pero lo que ocurría fuera del escenario era suyo, solo suyo, y nadie se lo discutía porque nadie se atrevía. Ese silencio sobre su vida privada generó durante años muchos rumores, muchas historias que circulaban entre la gente del mundo del espectáculo, que  pasaban de boca en boca, que nunca llegaban a los periódicos porque Rocío tenía la capacidad de hacer que las cosas no llegaran a los periódicos.

Eso también era poder. Y Rocío lo tenía. Se llegó a especular sobre relaciones que nadie conocía. sobre decisiones que había tomado sola, sobre capítulos de su historia que ella misma había decidido enterrar. Durante años se decía en ciertos círculos que Rocío Jurado tenía secretos que nunca  saldrían a la luz.

Secretos sobre su vida antes de  la fama, secretos sobre personas que habían pasado por su vida y que habían desaparecido de ella sin dejar rastro público. No podemos confirmar todo lo que se decía. Hay cosas  que se dicen de las personas grandes que son verdad. Hay cosas que se inventan y hay cosas que son verdad a  medias.

Pero sí podemos confirmar algo muy concreto. Rocío Jurado era una mujer que cuando decidía no contar algo,  tenía una razón muy poderosa para no contarlo. Y hubo cosas que no contó nunca,  ni a su familia, ni a su marido, ni a su hija. Cosas que se fueron con ella y que dejaron preguntas abiertas que todavía hoy nadie ha podido cerrar del todo.

Estas preguntas son las que hacen que esta historia sea mucho más grande de lo que parece desde fuera, porque Rocío Jurado no era solo una voz, era una mujer con una historia entera que eligió contar solo una parte y la parte que no contó es la más interesante de todas. Antes de Ortega Cano hubo otro hombre, Pedro Carrasco, boxeador, campeón del mundo, hombre muy conocido en la España de los 70, un hombre con tanto carácter como  ella.

Se casaron en 1976 y de ese matrimonio nació Rocío Carrasco, la única hija biológica de Rocío Jurado. Esa relación fue intensa,  muy intensa, dos personas con caracteres enormes, los dos acostumbrados a ser el centro de atención, los dos con sus mundos propios, los dos convencidos de que su manera de ver las cosas  era la correcta.

Eso no siempre funciona bien. Y no funcionó. Había momentos de mucho  amor y momentos de mucho choque. Una pareja que se quería y que a la vez no sabía muy bien cómo estar junta sin que todo fuera  demasiado intenso, demasiado complicado, demasiado volcánico. La separación llegó y con ella llegó algo que marcaría el resto de la vida de Rocío, una niña que crecería siendo la hija de la mujer más famosa de  España.

con todo lo que eso conlleva, con todo lo que eso pesa, con todo lo que eso cobra, sin que nadie  te lo advierta. Rocío Jurado era una madre que trabajaba,  que viajaba durante meses, que pasaba semanas fuera, que llegaba a casa vaciada después de dar todo lo que tenía delante  de miles de personas y que a veces no tenía nada más que dar cuando llegaba.

En una época en que eso todavía generaba juicio, en que se esperaba que una madre estuviera siempre, sin importar lo que hiciera fuera, sin importar cuánto hubiera dado ya. Rocío no podía estar siempre. Nadie que hiciera lo que ella hacía podía estar siempre. Pero eso no  quitaba el peso. No quitaba que Rocío Carrasco crecía y su madre  no siempre estaba.

Y eso dejó una marca, una marca que tardaría décadas en  salir a la luz, pero que estaba desde el principio. Entonces llegó Ortega Cano, José Ortega Cano, torero, admirado, mucho más joven que Rocío. Eso ya fue un escándalo en sí mismo. España no estaba acostumbrada a ver a una mujer mayor con un hombre más joven.

Le daba vergüenza ajena, le parecía impropio, lo comentaba en todos los sitios. Rocío Jurado no les hizo el menor caso, los miró a todos y siguió  adelante. Se casaron en 1995 y empezó lo que durante  años pareció el gran amor de los 90 españoles. Pero detrás de ese amor había tensiones muy concretas, tensiones que las personas cercanas al matrimonio veían con  claridad.

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