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El estudiante que desapareció el día de su graduación y el oscuro secreto de su profesor.

Febrero de 1995. El auditorio de la Facultad de Contaduría y Administración de la UNAM estaba a reventar. El nombre que resonó por los altavoces hizo eco todo el recinto. Licenciatura en administración Carlos Hernández. Sin embargo, nadie subió al estrado. Su nombre fue llamado una vez más, pero el espacio frente al podium seguía vacío.

Sus padres, que habían viajado de madrugada desde León, Guanajuato, se tomaron fuertemente de las manos en las gradas. Cuando la ceremonia terminó, lo único que encontraron en la parte trasera del auditorio fue una toga negra y un birrete perfectamente doblados sobre una silla. Era el mejor promedio de su generación, un joven con un futuro brillante que ya tenía asegurado un puesto en una gran empresa, pero a partir de ese día desapareció por completo de la faz de la tierra.

La policía lo catalogó como una simple fuga de casa y el expediente terminó arrumbado en el fondo de un archivero. Así pasaron 10 años y entonces, en la primavera de 2005, a un mes de su jubilación, un viejo profesor tocó a la puerta del Ministerio Público en Coyoacán. Con las manos temblorosas y los ojos llorosos, soltó la frase que había estado tragándose durante una década.

Hay algo que nunca les dije. La historia de un joven que acudió a la oficina de su profesor la noche antes de su graduación. Una tesis robada y un estudiante que desapareció por intentar defenderla. y la historia de un padre que guardó silencio durante 10 años para proteger a su propio hijo.

Hoy seguiremos paso a paso la verdad detrás de aquel birrete negro abandonado en una silla vacía y la desgarradora historia de un título universitario que nunca llegó a las manos de su dueño. Antes de comenzar los invito a suscribirse y dejar su me gusta en el canal La Midada del Águila. Nos encantaría saber desde qué parte nos escuchan, así que dejen su comentario y lo saludaremos uno por uno.

Comencemos con la historia. Viernes 24 de febrero de 1995, 4:30 de la madrugada. Las luces fluorescentes de la terminal de autobuses de León parpadeaban débilmente, como si también tuvieran sueño. No había mucha gente esperando el primer autobús de Primeda, clase con destino a la Ciudad de México. Entre los presentes, un matrimonio de unos 50 años esperaba sentado.

Eran Roberto Hernández y María Elena López. A sus años, don Roberto era el supervisor técnico en una fábrica de calzado en León, donde había trabajado por casi 30 años. El dorso de sus manos estaba surcado de pequeñas cicatrices como telarañas, marcas de toda una vida, manejando cuero y maquinaria. A su lado, doña María Elena, llevaba un abrigo ligero sobre su blusa de vestir.

A pesar de la madrugada, llevaba el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Después de todo, era el día de la graduación de su hijo. Viejo, las flores mejor las compramos allá en México, ¿verdad?, dijo María. Elena en voz baja. Si las llevamos desde aquí, se nos van a marchitar en el camino. Sí, así le hacemos, respondió Roberto con sequedad, frotándose las rodillas con las palmas de las manos.

Era la graduación de su único hijo, Carlos. Les había dicho que lo llamarían como el mejor alumno de su generación y que incluso antes de graduarse ya habían contratado en un corporativo importante. En la fábrica de León el chisme corrió todo el mes. Sus compañeros le daban palmadas en la espalda para felicitarlo y el patrón hasta le dio dos días libres.

Carlos había entrado a la UNAM en 1992 y ese año, a sus 24 de edad por fin se graduaba. El orgullo que sentían no cabía en su pecho. Para una pareja que se había partido el lomo entre máquinas en una ciudad industrial, ver a su hijo con el birrete en ciudad universitaria era la medalla más grande de sus vidas. El autobús salió a las 5:10 de la mañana.

Eran más de 4 horas de camino hasta la capital. María Elena no pegó el ojo en todo el trayecto. Sobre sus piernas llevaba una bolsa de tela donde guardaba perfectamente dobladas una camisa de vestir y una corbata para su hijo. Ya habían acordado varias veces que terminando la ceremonia se irían a comer un buen plato de birria a un restaurante por la zona de Copilco.

Pasadas las 9 de la mañana, la pareja llegó a la terminal del norte. Tomaron un taxi y lograron acercarse a Ciudad Universitaria cerca de las 9:40. Cuando le dijeron al taxista que iban al auditorio principal, el chóer les advirtió, “Hoy hay graduación, el tráfico está pesadísimo. Les conviene bajarse aquí y caminar.” Así lo hicieron.

Caminaron lentamente hacia el campus. Esa mañana Ceu estaba a reventar. A finales de febrero aún se sentía el frío en la ciudad y el aliento de los graduados formaba nubecitas blancas sobre sus togas negras. Debajo de las togas se asomaban los trajes y los vestidos formales, mientras las borlas de los birretes bailaban con el viento.

Familias con flores, amigos con cámaras, jóvenes riendo a carcajadas bajo los árboles. Todos parecían estar esperando la llegada de la primavera. Roberto y María Elena compraron un arreglo floral en uno de los puestos cercanos. Era una mezcla de girasoles amarillos y rosas rojas. Mientras pagaba, la señora no dejaba de voltear a todos lados con la esperanza de que su hijo ya estuviera ahí buscándolos.

“Quedamos de vernos aquí no tarda”, dijo Roberto para tranquilizarla, aunque en realidad la última vez que habían hablado con Carlos fue hacía tr días. En aquel entonces casi ningún estudiante tenía celular, lo que usaban era el Víper. Carlos se comunicaba con ellos desde el teléfono de monedas que tenía doña Carmelita, la dueña de la casa de asistencia, donde rentaba un cuarto.

En esa llamada se lo dejó muy claro. Mamá, espérenme. Afuera del auditorio a las 9:30. Yo me pongo la toga y salgo a buscarlos antes de que empiece. Se sentaron en una banca a esperar. Dieron las 9:30, luego las 9:45. La gente ya empezaba a hacer fila para entrar al auditorio. El rostro de María Elena comenzó a tensarse. Roberto intentó sonar calmado.

Con tanta gente seguro no ha podido salir. Mejor hay que entrar a buscar lugar. Ahorita que digan su nombre lo vemos. Así fue como entraron. Se acomodaron en la parte de atrás, entre otros padres de familia. La ceremonia arrancó a las 10 en punto. Hubo discurso del director, palabras del rector, entrega de reconocimientos y títulos.

Cuando llegó el turno de nombrar al mejor egresado de administración, la mano de Roberto apretó por por inercia la de su esposa. Licenciatura en administración, Carlos Hernández. La voz resonó clarísima por el micrófono. María Elena se incorporó un poco en su asiento, estirando el cuello hacia el escenario.

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