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El hijo que fabricó la COARTADA PERFECTA por 15 millones | El Caso Querétaro

El 12 de mayo de 2001, a las 11 de la noche, en una casa sola en la zona residencial de Juriquilla, Querétaro. Un matrimonio fue encontrado sin vida de una manera brutal. Él era considerado uno de los físicos más brillantes del país y daba clases en la universidad más prestigiosa de la región. Quien nos encontró fue su hijo mayor, este hombre que trabajaba como médico cirujano en la Ciudad de México.

Llevaba toda la tarde y noche marcándoles por teléfono sin obtener respuesta. Al principio pensó que se habían dormido temprano, pero con el paso de las horas la angustia lo fue consumiendo. Pasadas las 10 de la noche decidió marcarle a sus hermanos. El segundo hermano trabajaba como abogado en un despacho importante de la capital y el tercero, que supuestamente tenía un negocio propio, también vivía en la Ciudad de México.

Los tres hermanos ya estaban independizados y vivían lejos de sus padres. El hijo mayor no aguantó más la incertidumbre, agarró su coche y manejó rumbo a Querétaro. Poco después de la medianoche, al llegar a la casa de sus padres, sintió que el corazón se le detenía. La puerta principal estaba abierta de par en par.

“¡Papá, mamá!”, gritó desesperado al entrar, pero nadie le contestó. La luz de la sala estaba prendida y lo que vio ahí se convertiría en la peor pesadilla de su vida. Sus padres estaban tirados en el piso sin vida. Con las manos temblando, el hijo mayor llamó al 911. La víctima era un profesor de física de 60 años, una auténtica eminencia.

Había publicado decenas de artículos en revistas científicas internacionales y hasta el gobierno lo había condecorado por sus aportes a la ciencia. Su esposa tenía 58 años. De joven había sido maestra de matemáticas en la universidad, pero tras casarse se dedicó a apoyar la carrera de su marido y a criar a sus tres hijos con gran dedicación.

Eran personas que vivían con mucha sencillez. Llevaban toda la vida viviendo en esa misma casa que construyeron 40 años atrás. Para ellos, la familia y el conocimiento valían mucho más que los lujos. Sus tres hijos eran su mayor orgullo. El mayor, un exitoso cirujano en un hospital de especialidades, el den medio, abogado de un bufete prestigioso, y el menor, que según decía, andaba emprendiendo negocios en la Ciudad de México.

La policía y los peritos llegaron de inmediato y acordonaron el lugar. Lo primero que buscaron fueron señales de que alguien hubiera forzado la entrada, pero la cosa estaba muy rara. Ni las puertas ni las ventanas tenían un solo rasguño. Sin embargo, junto al sillón de la sala encontraron tirada una colilla de cigarro.

Esto era clave porque el profesor y su esposa odiaban el cigarro y jamás en su vida habían fumado. Esa colilla tenía que ser del asesino. Los peritos lograron extraer ADN de la saliva, pero se toparon con un gran obstáculo. En aquel entonces, las bases de datos criminales eran muy limitadas, sin un sospechoso con quien comparar. Tener el ADN no servía de mucho.

El caso parecía estancarse y caer en un callejón sin salida, pero la verdad siempre sale a la luz. Tuvieron que pasar 18 años para que el misterio de este crimen saliera a flote y de la forma más inesperada posible. El asesino no era un extraño, ni venía de lejos. Estaba muchísimo más cerca de lo que todos imaginaban.

Antes de empezar con la historia de hoy, un momento. Si te suscribes y le das like a la mirada del águila, nos ayudas muchísimo a seguir trayéndote estos relatos. Cuéntanos en los comentarios desde qué parte nos estás escuchando. Nos encantará saludarte personalmente. La madrugada del 13 de mayo de 2001, la fiscalía de Querétaro era un caos.

El inspector Ramírez, un policía judicial con 25 años de experiencia, quedó a cargo de la investigación. Vamos a revisar la escena otra vez. Rincón por rincón, ordenó. Con la luz del sol notaron detalles que en la noche habían pasado desapercibidos. Uno de los cojines del sillón estaba ligeramente movido, como si alguien se hubiera sentado y luego levantado.

En la mesita de centro había dos tazas de té. Esto significaba que el matrimonio había recibido a alguien y le habían ofrecido de tomar. Los peritos levantaron huellas de las tazas, pero solo encontraron las de la pareja. La colilla de cigarro seguía siendo la pista de oro. La mandaron al servicio médico forense para un análisis exhaustivo.

Tres días después llegó el reporte. El ADN pertenecía a un hombre y definitivamente no era familiar de las víctimas. El problema, como dijimos, era que en 2001 no había un registro nacional de ADN lo suficientemente grande para cruzar la información. “Guarden bien esta evidencia. Por ahora tendremos que buscar por otro lado”, ordenó el inspector.

Pramidez y su equipo se pusieron a interrogar a todos los vecinos. querían saber si alguien había visto o escuchado algo raro la noche anterior. Como la casa estaba un poco apartada del resto, casi nadie se había dado cuenta de nada hasta que un vecino, un señor de unos 60 años que vivía a unos 30 m, les dio un dato clave.

“Ayer, como a las 10 de la noche, saqué a pasear al perro y vi un coche sedán negro”, les dijo. Al inspector le brillaron los ojos. ¿Dónde estaba estacionado exactamente?, preguntó ahí en la calle, justo enfrente de la casa del profesor. Se me hizo raro porque casi nunca hay coches estacionados en ese tramo. Por eso me acuerdo. El policía insistió.

Alcanzó a ver las placas o el modelo. El hombre negó con la cabeza. Number. Estaba muy oscuro. Solo me fijé que era un carro negro. Esta declaración era valiosísima. confirmaba la teoría de que el asesino había llegado en coche. Los agentes se pusieron a buscar cámaras de seguridad por todas las calles aledañas. Pero en el 2001, en esa zona residencial de Querétaro, casi nadie tenía cámaras privadas.

La única cámara de la ciudad estaba en un semáforo a 2 km de distancia. Consiguieron los vídeos, pero había decenas de coches negros pasando por ahí y la calidad del vídeo era tan mala que era imposible leer las placas. Otra pista que no llevaba a ningún lado. La investigación regresó al punto de partida. El inspector Ramírez empezó a escarvar en la vida personal del profesor.

Quería saber con quién se juntaba, si tenía broncas con alguien o si había recibido amenazas. Entrevistó a sus colegas de la universidad y todos le dijeron lo mismo. Era un pan de Dios, superamable con los alumnos y se llevaba bien con todos los maestros. De casualidad tenía problemas de dinero con alguien. preguntó el inspector.

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