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Rania de Jordania: la mujer más poderosa del mundo árabe y el rostro moderno de la realeza

Imaginad a una joven que trabaja detrás de un escritorio en una oficina de Apple en una ciudad árabe llena de polvo y promesas. No hay corona, no hay palacio, no hay destino escrito. Solo una mujer con una carpeta bajo el brazo y la mirada puesta en un futuro que aún no sabe que la tiene reservada una de las sillas más poderosas del mundo árabe. Bienvenidos.

Hoy recorremos la historia de Rania de Jordania, la reina que nadie vio venir, la mujer que redefinió lo que significa llevar una corona en el siglo XXI. Antes de continuar, escriban en los comentarios una sola palabra que para ustedes represente el poder femenino, solo una palabra. Queremos leerlas todas.

Su nombre completo es Rania Al Yasin. Nació el 31 de agosto de 1970. en Cubait, hija de un médico palestino originario de Tulcarem, una ciudad en el norte de Cis Jordania, sometida a ocupación israelí. Su familia no pertenecía a ninguna clase privilegiada. No había sangre real en sus venas, ni títulos cosidos al apellido, ni fortunas heredadas de generación en generación.

Lo que sí había era determinación, una educación exigente y una historia de desplazamientos forzados que moldearon a la mujer en la que se convertiría. Palestina, Cuba Egipto, Jordania. Cuatro coordenadas que dibujan una infancia y una juventud marcadas por la incertidumbre geográfica. La familia Alasín formaba parte de la diáspora palestina.

ese inmenso tejido humano dispersado por el conflicto árabe israelí que comenzó a mediados del siglo XX. Crecer sabiendo que el lugar que tus padres llaman hogar existe en mapas disputados deja una marca interior que nunca desaparece del todo. Rania la llevaría consigo siempre, incluso cuando el mundo empezara a llamarla su majestad.

De Cubit pasó al Cairo. Allí en la Universidad Americana del Cairo, una institución conocida por su rigor académico y su orientación occidental, Rania Alasín estudió ciencias empresariales. No se graduó con honores de una institución árabe conservadora, ni siguió el camino que muchas jóvenes de su entorno consideraban el único posible.

Se formó en la disciplina del pensamiento analítico, en la gestión, en el idioma del mundo moderno. Y cuando terminó fue a buscar trabajo como cualquier otra profesional de su generación. La historia de Rania no empieza con un príncipe, empieza con una invasión. En agosto de 1990, las tropas de Saddam Hussein cruzaron la frontera de Kubait con una velocidad que dejó al mundo sin palabras.

En cuestión de horas, el pequeño mirato del Golfo quedó bajo ocupación iraquí. Familias enteras huyeron. La familia Alasín fue una de ellas. El padre médico, la madre, los cinco hijos, entre ellos Rania, la mayor, lo dejaron todo atrás y buscaron refugio en Jordania, el país vecino que en aquel momento abría sus puertas a cientos de miles de desplazados.

Amán, la capital Jordana, era una ciudad en expansión, una metrópolis árabe que crecía a toda velocidad entre colinas de piedra caliza. Allí, con el diploma recién enmarcado de la Universidad Americana del Cairo y la experiencia del desplazamiento aún fresca en los huesos, Rania comenzó a construir su vida de cero.

consiguió trabajo en el Banco Citybank, donde aplicó los conocimientos empresariales adquiridos en Egipto. Más tarde daría el salto a una empresa que en aquellos años comenzaba a cambiar el mundo, Apple. Era una mujer joven, palestina de origen, cubaití de nacimiento, Jordana por adopción forzada de las circunstancias.

No tenía contactos en la corte de Hachemí ni ambición de tenerlos. Su mundo era el de las reuniones de negocios, las hojas de cálculo y los proyectos comerciales, pero man era y sigue siendo una ciudad pequeña en la que los círculos sociales se tocan e interceptan con una facilidad asombrosa. Y fue precisamente en uno de esos puntos de intersección donde el destino decidió intervenir.

A finales de 1992, Rania Al Yasin fue invitada a una cena con amigos. una cena informal como tantas otras. No había protocolo ni etiqueta, solo conversación, comida y personas que no sabían que estaban a punto de ser testigos del inicio de una historia que los libros de historia jordanos registrarían décadas después.

En esa cena había un hombre con una sonrisa grande, según sus propias palabras, y una energía contagiosa. Su nombre era Abdalá. era príncipe de Jordania, pero en aquella mesa nadie parecía tener prisa por recordarlo. Abdallah ibn al Hussein no era en ese momento el heredero al trono. Ese detalle es fundamental para entender lo que vino después.

El rey Jusseín, su padre, era uno de los monarcas más longevos y respetados del mundo árabe. Había sobrevivido a atentados, guerras regionales y décadas de presión internacional. Pero la sucesión en la familia real Hashchemí era un asunto complicado, teñido de intrigas dinásticas que se remontaban a décadas atrás.

Por entonces, el príncipe heredero designado era Hassán, hermano del rey Jusín y tío de Abdalá. Abdalá era hijo del rey, sí, pero no era el elegido para el trono. Esto significaba que cuando Rania conoció al hombre de la gran sonrisa en aquella cena de Amán, no estaba conociendo al futuro rey de Jordania, estaba conociendo a un príncipe militar formado en Sandhurst, la Academia Militar Británica, y en West Point, la norteamericana.

Un hombre cuya vocación parecía ser más la de comandante que la de monarca. Y ese dato cambiaría por completo el carácter de lo que empezaba a crecer entre los dos. Porque cuando dos personas se enamoran sin saber que el futuro les tiene preparada una corona, el amor que nace es diferente. No está condicionado por el protocolo ni por la conveniencia política.

No hay cálculo dinástico detrás de cada mirada. Solo hay dos personas que se gustan y que deciden explorar eso. Ran y Abdalá comenzaron a verse. La relación fue intensa desde el principio. Dos meses después de aquella cena, el palacio anunciaba oficialmente su compromiso. El mundo apenas prestó atención porque la boda de un príncipe que no era heredero no era noticia de primera página.

Se casaron el 10 de junio de 1993 en Amán. Ella tenía 22 años, él 31. El vestido de novia que Ran eligió fue confeccionado por Bruce Olfield, el mismo diseñador que vestía la princesa Diana y que luego vestiría a Camila de Cornoes en su coronación. Un detalle aparentemente estético que en realidad decía mucho sobre el tipo de reina que esta mujer estaba destinada a ser.

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