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VERÓNICA CASTRO: Lo Que Pasó Esa Noche en Casa de la Abuela Nadie Lo Calló

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre esta historia. Primero, ¿por qué Cristian Castro creció llamándole mamá a su abuela y no a la mujer que lo parió? Segundo, lo que ocurrió esa noche del 2004 en la casa de la abuela Socorro. Y por qué Verónica eligió inventar la historia de que se cayó de un elefante para tapar lo que realmente le pasó.

Tercero, la frase exacta que pronunció el 12 de septiembre del 2019, cuando se encerró en su habitación y nadie pudo sacarla de ahí durante semanas. Y cuarto, lo que pasó el día que despertó del quirófano. En julio del 2024, miró el teléfono esperando una llamada y esa llamada nunca llegó. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

No te vayas. Pero para entender cómo fue posible que la diva más amada de México terminara así, necesitas conocer el mundo que la construyó. Porque esta historia no empieza el día que la subieron a una silla de ruedas, empieza mucho antes. Empieza en una colonia modesta de la ciudad de México en los años 50 con una niña que se llamaba Verónica Judith Sainz Castro y que iba a misa los domingos con su mamá.

Verónica nació el 19 de octubre de 1952 en la colonia San Rafael. Era hija del ingeniero Fausto Sainzastol y de Socorro Castro Alba. Tenía tres hermanos. Beatriz, también actriz. José Alberto, que después se convertiría en uno de los productores de telenovelas más poderosos de Televisa, el Gerero. Y Fausto, ejecutivo de televisión.

La familia no era pobre, pero tampoco era rica. Era de esa clase media mexicana que en los 60 soñaba con que las hijas hicieran una carrera, se casaran bien, tuvieran hijos. Y Verónica, desde niña fue la más bonita. Todos lo decían en el barrio. La maestra de la primaria, la señora de la papelería, las vecinas.

 Esa belleza la marcó. La casa de los Saintz Castro en la colonia San Rafael era una casa de techos altos, de patio interior, de las que todavía existen en algunas calles de aquel rumbo de la Ciudad de México. Don Fausto trabajaba como ingeniero. Doña Socorro se ocupaba del hogar y de los cuatro hijos. La economía no alcanzaba para lujos, pero alcanzaba para que los niños fueran a buenos colegios y para que la mamá los domingos se vistiera con ese cuidado que tenían las señoras mexicanas de los años 60 cuando iban a misa. Verónica heredó

algo de esa casa que iba a marcarla siempre. La obediencia a la madre, el respeto a los hermanos mayores, la idea de que en la familia nada se cuenta a los de afuera y sobre todo la fe. Verónica fue una mujer profundamente católica. hasta el último día de su carrera. Repitió que la fecha de su retiro la había elegido por ser el 12 de septiembre, la fecha en la que se celebra a la Virgen de Guadalupe a la que llamaba Mi santa madre.

Esa devoción, lejos de ser un detalle decorativo, fue lo que la sostuvo en los momentos en los que todo se le caía encima. Lavero rezaba, hablaba con su Virgen, le pedía cosas, le agradecía cosas, le contaba sus penas. Esa era la mujer que vivía detrás de la diva. A los 17 años, cuando todavía estudiaba la preparatoria, Verónica empezó a desfilar como modelo y a los 18 ganó el concurso del rostro del año 1970.

Era el certamen de belleza más importante de la televisión mexicana en esa época. Un golpe de suerte que le abrió las puertas de la industria del espectáculo. Recuerda esa fecha, 1970. La televisión mexicana acababa de pasar a ser de manera oficial el medio dominante del país. Cuatro de cada cinco hogares ya tenía un aparato de televisión.

El mundial de fútbol del 70 había sido transmitido por primera vez a color desde México. El boom económico de la época permitía a las familias mexicanas comprarse muebles, electrodomésticos, coches y la televisión era el escaparate de todo eso. Los anunciantes pagaban fortunas por aparecer en los descansos comerciales y los programas que más anuncios vendían eran las telenovelas y los certámenes de belleza.

Verónica entró a la industria por la puerta más codiciada del momento, la de la cara bonita, la que sale en la pantalla a las 9 de la noche. Porque tú tienes que entender algo. En México en los años 70 no existía internet, no había redes sociales, no había 100 canales de cable, había Televisa y Televisa era el señor de la televisión, el dueño de lo que tú veías por la noche en tu sala, el que decidía quién era famoso y quién no.

 Si Televisa te abría la puerta, entrabas al Olimpo. Si te la cerraba, no existías. Y a Verónica le abrieron la puerta. En 1972, con apenas 20 años, debutó en la telenovela El amor tiene cara de mujer, producida por el legendario Valentín Pimstein. Era una niña entre las divas de la época, pero tenía algo, esa mezcla de inocencia y picardía, esa carcajada limpia, esa forma de mirar a la cámara que parecía que te estaba mirando a ti.

 La industria la fichó y desde ese momento nunca más paró de trabajar. Lo que casi nadie sabe es que en paralelo a su carrera, Verónica estudió la licenciatura de relaciones internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México. Se tituló en 1979 con una tesis sobre organismos internacionales de televisión. Era inteligente, no solo bonita.

 Pero México en los 70 no quería actrices intelectuales. Quería actrices que llenaran los foros y que hicieran reír a las amas de casa. Y eso fue lo que el sistema le pidió que fuera. Lo demás, su carrera universitaria, sus lecturas, su curiosidad por la política internacional, todo eso quedó archivado. La industria del espectáculo no lo necesitaba.

En esos primeros años de carrera, Verónica conoció al hombre que iba a marcar su vida para siempre. Se llamaba Manuel el Loco Valdés. Era hermano de Tintan, era hermano de Don Ramón. Era una de las estrellas de comedia más importantes de México. Tenía 40 años, Verónica tenía 20 y era casado. Estaba casado con la actriz Arcelia Lara Rarañaga.

Recuerda ese nombre, Arcelia Lara Rarañaga. La vas a necesitar para entender lo que viene. Verónica y Manuel coincidieron grabando una película. fue Bikini y Rock, una película ligera de 1972, donde compartían cartel con la Bedet Olga Briskin. La química entre el comediante maduro y la joven actriz fue inmediata.

Empezaron una relación clandestina que duró pocos meses. Verónica tenía 20 años. Estaba enamorada. Era la primera vez que se enamoraba en serio. Manuel se le apareció a ella como lo que era para todo México. Un cómico encantador, un hombre simpático, un personaje irresistible. Y como buena hija de los años 60, Verónica creyó en lo que él le decía.

 Le dijo que no estaba con nadie. Le dijo que ella era su única ilusión. le dijo lo que se le decía a las muchachas en aquel entonces para conseguir lo que se quería conseguir y entonces, sin planearlo, quedó embarazada. Cuando se lo dijo a Manuel, descubrió la realidad. Él estaba casado con la actriz Arcelia La Rañaga.

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