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Sin Hogar, Llegó A Una Granja Abandonada… Nunca Imaginó Quién Volvería Por Ella

Sin Hogar, Llegó A Una Granja Abandonada… Nunca Imaginó Quién Volvería Por Ella

Lucía Pérez entró en aquela granja abandonada, no para vivir, sino para no morir al costado del camino. Levaba tres días en proba abocado. Los pisos sangraban dentro de las sandalias rotas no tenía casa, no tenía a nadie esperándola. solo necesitaba un teco para pasar la noche, pero esa misma primera noche en una habitación infantil cubierta de jolín, Lucía encontró la mitad de un medallón idéntico al cuí la levaba al cuelo desde que tenía memoria y afuera sobre la arena del patio había juelas frescas de un caballo recién llegado.

La gente del pueblo decía que sitio se había tragado a una familia antera años atrás. Lo que Lucía aún no sabía era que lo más aterrador no era quién había muerto allí, sino quien seguía volviendo por ella. La tarde moría sobre la lanura seca cuando Lucía avanzó tambaleándose entre dos hileras de cactus polvorientos.

El viento bajo arrastraba ráfagas cortas de tierra amarila doctor. Tenía la cara palida, los labios agridados y si el hambre ya no era un dolor concreto, sino un marido continuo que la hacía tropezar con piedras invisibles. Frente a un medio del paramo ocra apareció una granja abandonada, una casa grande de adobe con el tejado hundido por costado, un pozo de piedra cubierto de polvo, cercas caídas y un viejo establo medio podrido.

Todo parecía levar decadas entregado al sol, al viento y al rumo. Un ariero que cruzaba el camino con una mula flaca se detuvo al ver la mirada hacia el portondo. Le dijo casi en vospaia que no entrara allí. Le contó que en esa casa había muerto gente quemada y añadió que no todos los que cruzaban ese umbral volvían a salir igual.

No lo dijo como encuentro de miedo, sino con la cotela grave de un hombre de campo que no bromea con la muerte. Lucía lo escuchó, pero siguió mirando la casa como un naufrago. Mira una tabla flotante. No entraba por valentía. Entraba porque afuera solo quedaba el viento frío y una muerte lenta. Cuando empujó el portón de madera carcomida, las bisagras quimeron con un sonido aspero parecido a una protesta.

Cruzó el patio de tierra quemada. donde aún se veían las marcas borosas de antiguas rodaduras de careta, como si alguien hubiera abandonado el lugar con mucha prisa. Doc. La puerta principal no estaba cerrada con la adentro. El polvo danzaba abajo, los últimos rayos de luz, el fogón estaba frío, las paredes manjadas de humo y los miembles cubiertos de un velo blanco.

Pero justo en una esquina, algo la obligó a detenerse en seco. Una silita de madera para niño permanecía colocada con cuidado, como si Quen la Yusaba hubiera salido apenas a Lucía no había nacido siendo una vagabunda. Había crecido en una casa pobre en las afueras de otro pueblo, criada por Ana García Tonte.

 Desde fuera cualquiera pensaba que Ana había salvado a una huérfana. La verdad era que Ana creaba a Lucía como se cría y par de manos sutiles desde antes de la mane debia cargar agua, encandra el fogón arrancar la maleza, remendar la ropa, limpiar al coral y a cambio recibía una sopa aguada y la misma frase repetida cada noche que era una cargada llena que era una Lucía creció escuchando que no era nadie.

 El año de la gran sequía fue el peor. Las habichuelas se secaron antes de dar fruto y las dos cabras que todavía les cuaban orió en pocos días. La duda se acumuló. Una noche Lucía alcanzó a huir a Ana conversando en voz baja con un hombre viudo del pueblo vecino. Tot. El hombre necesitaba una mujer yov para cuidar a sus hijos pequeños para darle más y cambio ofrecía saldad, una doida yarle a Ana dos mulas robustas.

Hablaban de Lucía como se habla de una mercancía. Nadie preguntó si quería erer. Esa fue la primera vez que Lucía vio con claridad la verdad desnuda de su vida. No era considerada una persona, era algo que podía intercambiarse cuando el campo no daba cosecha tot. Esa misma noche tomó su calvieo unos pedazos de pan seco y lo único que siempre había levado encima un pequeño medallón de plata en forma de flor del segundaban del cuelo cuando al casa recién nacida Ana no sabía de dónde había venido o lo sabía y nunca quiso decirlo.

Lucía escapó a la oscuridad, atravesó campos secos, dormió bajo, una careta abandonada, le robaron el último pedazo de pan una venta del camino y seguió andando porque ya no tenía lugar al que regresar. Por eso, de pie frente a quella granja abandonada, Lucía no sentía que estuviera eligiendo un refugio. Sentía que estaba eligiendo entre dos formas de morir.

 Morir en el monte o morir dentro de una casa que al menos tenía paredes para cortar viento. En esa disuntiva la casa muerta al menos tardaba silencio, que era más que lo que le había dado nunca la gente viva. Se sentó junto al fogón apagado, abrazó sus propias rodilas, miró a quel cuarto en ruina sipsa.

 Por primera vez en mucho tiempo se di yo a sí misma voz baja que no podía permitiros morir antes de Saba cuén era esa primera noche Luchía hizo lo más práctico antes de permitirse tener miedo buscó en la cocina hasta jalar unos leños secos medio podridos recogió un trapo viejo como yesca y con la última chispa que gardaba en su bolsita de pedernal encendió un fuego pecloroso.

Sacó agua del pozzo sujetando la cuerda con ambas manos, porque sus brazos apenas respondían y encontró anún cántaro roto unos granos de maíz yello olvidados por el tiempo. Los molió a golpes, los hervió y uncleo que salió olía aumo y tenía un sabor amargo. Se lo tomó entero como si fuera un banquet. Nadaela era débil a la manera trágica de las muchachas de los cuentos.

 Era terca, calada o existante como la raíz de un árbol seco. Cuando el fuego ganó, un poco de fuerza empezó a mirar la casa con atención. Tenía tres estancias principales, una cocina amplia, la sala grande y vi dos habitaciones en la parte de atrás. Sobre una pared colgaba un crucifío de madera con la base moscada toto.

 En el suelo había una larga marca de arrastre, como si algo pesado hubiera sido levado contra su voluntad. A furera el po aún tenía agua, lo cual demostraba que aquella tierra no estaba tan muerta como decían los rumores. An, el almacén de detrás de la cocina varios cántaros, un molinilo de mano, dos monturas viejas y si una puerta pequeña cerrada con un pestilio oxidado que nadie parecía haba abierto en años.

Aquelos abetos no eran los de una familia pobre. Había habido animales orden, trabajo. No era Jante se marchara de un día para otro por capricho. Cuando la noche cayó por completo, el silencio del paramor reveló su verdadero rostro. El viento se colaba entre las cretas y hacía vibrar la puerta del cuarto trasero como si alguien la tocara por dentro. El establo del patio cruía.

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