Posted in

Nino Bravo Visitó un HOSPITAL de Buenos Aires y Pidió Cantar Para un Solo Niño/Los Médicos dijeron..

Mujeres con carteles, jóvenes con discos para firmar, fotógrafos, periodistas. El ruido y el calor y la energía  desbordada de un país que lo había adoptado como si fuera uno de los suyos. Buenos Aires lo recibió como solo Buenos Aires sabe recibir a quien le llega al corazón. Actuó en el canal 9. Grabó programas.

Cantó en directo ante cámaras que lo transmitían a millones de hogares. Firmó autógrafos durante horas con esa paciencia suya que no era obligación sino genuina disposición. Porque Nino no firmaba autógrafos como quien  cumple un trámite. Los firmaba mirando a los ojos, preguntando el nombre, recordando  la cara.

Pero lo que no estaba en ninguna agenda de esos días era  la mujer que una mañana apareció en la puerta del hotel con un sobre entre las manos. Y lo que ese sobre contenía iba a cambiar todo lo que Nino tenía planeado para ese día. Fue durante esos días en Buenos Aires cuando ocurrió algo que no estaba en ninguna agenda.

Una mujer lo esperaba una mañana en la puerta del hotel. No era periodista, no era fan con cartel. Era una mujer de unos 40 años, con el cabello recogido y los ojos de quien lleva demasiado tiempo sin dormir bien. Llevaba en las manos un sobre cerrado y lo sostenía con las dos manos apretado contra el pecho, como si tuviera miedo de que se lo quitaran.

Cuando el representante de Nino salió primero a la calle y la vio, intentó apartarla con educación. Le dijo que el señor Bravo tenía una agenda muy apretada, que no era posible que lo entendiera. La mujer no se movió. siguió ahí, quieta, con el sobre entre las manos, con esa  determinación silenciosa de las personas que han decidido que no se van a marchar sin haber dicho lo que vinieron a decir.

Nino la vio desde la puerta del hotel y algo en esa imagen, algo en la forma en que esa mujer sostenía ese sobre, lo detuvo. Se acercó. La mujer levantó los ojos y, sin preámbulos, sin presentación, con la voz directa de quien no tiene tiempo para rodeos, le dijo que su hijo estaba en el hospital de niños de Buenos Aires, que llevaba semanas ingresado, que los médicos hacían todo lo que podían, pero que el niño había dejado de querer luchar, que ya no comía bien, que ya no hablaba apenas, que se quedaba mirando el techo

con unos ojos que ella no reconocía. Y luego le dijo algo que Nino esperaba. Le dijo que su hijo tenía 8 años y que lo único que había pedido en todas esas semanas, lo único que había pedido con nombre y apellido, era escuchar a Nino Bravo. Nino se quedó quieto, miró a la mujer, miró el sobre que ella seguía sosteniendo contra el pecho y preguntó, “¿Cómo se llama su hijo?” “Rodrigo”, dijo ella.

Y fue en ese instante cuando Nino escuchó ese nombre, cuando algo dentro de él tomó una decisión que ningún médico, ningún representante y ninguna agenda iban a poder detener. Porque lo que Nino Bravo estaba a punto de hacer ese día tenía una razón que iba mucho más allá de la amabilidad o la generosidad. Tenía que ver con algo que él había vivido, con algo que guardaba desde hacía años y que nunca había contado delante de una cámara.

El representante de Nino intentó intervenir, le puso una mano en el brazo con esa firmeza discreta de quien ha aprendido a manejar estas situaciones sin hacer escenas. Le recordó en voz baja que esa mañana había una entrevista en una emisora importante, que después había una sesión de fotos, que la agenda no daba margen para nada más.

Le dijo todo esto con la mejor intención del mundo, con la lógica perfectamente razonable de quien gestiona el tiempo de una persona muy solicitada. Nino lo escuchó, asintió despacio con esa manera suya de asentir que no significaba que estuviera de acuerdo, sino que había escuchado. Y luego se volvió hacia la mujer.

¿A qué hora puedo ir?, le preguntó. El representante cerró los ojos un momento. Sabía lo que significaba esa pregunta. Sabía que cuando Nino tomaba ese tipo de decisiones, no había agenda que valiera, no había argumento que llegara a ningún sitio. Había aprendido eso en los meses que llevaban trabajando juntos. que aquel hombre tranquilo y educado y de pocas palabras tenía dentro algo que parecía blando, pero que en realidad era más firme que cualquier muro.

La mujer tardó un momento en responder, como si no se hubiera preparado para el caso de que dijera que sí, como si hubiera llegado al hotel con la esperanza muy medida y ahora, de repente la esperanza se le había desbordado y no sabía exactamente dónde ponerla. Por la tarde, dijo, por la tarde sería mejor. Rodrigo duerme por la mañana.

Nino asintió de nuevo. Le dijo que estaría ahí. La mujer abrió la boca para decir algo más, quizás para dar las gracias, quizás para explicarse, quizás para asegurarse de que era verdad lo que acababa de escuchar. Pero Nino ya estaba sacudiendo la cabeza suavemente con esa expresión que tenía cuando quería decir que no hacía falta más palabras.

le tendió la mano. Ella se la estrechó con las dos suyas, apretando sin soltarla enseguida, y se fue por la acera con ese paso rápido y liviano, de quien lleva una buena noticia dentro del pecho y necesita moverse para no estallar. Nino la vio alejarse, luego entró al hotel sin decir nada. Por la tarde, antes de salir hacia el hospital, Nino estuvo un rato solo en su habitación.

Era una habitación de hotel como tantas. cama grande, cortinas gruesas, una mesa pequeña junto a la ventana. Desde la ventana se veía un trozo de Buenos Aires, tejados, una avenida ancha, los árboles que bordeaban la acera moviéndose despacio con el viento de septiembre. se sentó en el borde de la cama con los codos en las rodillas y las manos juntas, en ese gesto suyo de cuando estaba pensando en serio, de cuando algo le pedía espacio interior antes de poder enfrentarlo.

pensó en Rodrigo,  un niño de 8 años en una cama de hospital con los ojos fijos en el techo, sin querer comer, sin querer hablar, con esa forma particular que tienen los niños enfermos de irse apagando poco a poco  cuando la enfermedad les roba no solo la salud, sino también las ganas. Lo sabía.

No de oídas. Lo sabía desde adentro, desde ese lugar donde viven los recuerdos que no se han ido aunque uno quisiera que se fueran. Recordó sus propias semanas de hospital a los 17 años. recordó el techo blanco. El olor, el sonido de los pasos en el pasillo que se acercaban y a veces entraban y a veces pasaban de largo.

Recordó las noches largas y quietas y recordó como la música  cuando llegaba cambiaba el aire de la habitación de una manera que ninguna medicina lograba. Se levantó, fue hasta la pequeña maleta que tenía abierta sobre una silla y buscó algo con los dedos entre la ropa doblada. sacó una cosa pequeña, la sostuvo un momento en la mano.

Read More