El reloj marcaba una tarde completamente habitual en el Aeropuerto Internacional José Joaquín de Olmedo de Guayaquil. Cientos de personas transitaban por los pasillos, algunos arrastrando maletas con la fatiga propia de un largo viaje internacional, otros estirando el cuello con la mirada fija en la puerta de salida, ansiosos por abrazar a sus familiares. El murmullo constante de las despedidas, los avisos por los altavoces y el tintineo de los carritos de equipaje formaban la banda sonora de un espacio que, por definición legal e institucional, representa uno de los puntos estratégicos y más custodiados de cualquier nación. Sin embargo, bajo esa fachada de absoluta normalidad, se estaba gestando una escena de extrema frialdad criminal.

La ejecución en medio del gentío
El vuelo aterrizó y los pasajeros comenzaron a salir en fila. Entre ellos caminaba Carlos Alberto Suastegui Villanueva, un nombre que en las calles del cantón El Triunfo se pronunciaba con temor y respeto, y que en los despachos de inteligencia policial figuraba con letras mayúsculas. Conocido bajo el alias de “Cachete”, Suastegui Villanueva era identificado por el Gobierno ecuatoriano como uno de los principales cabecillas de “Los Águilas”, una temida estructura delictiva vinculada estrechamente al crimen organizado transnacional y considerada de alta peligrosidad. Alias “Cachete” regresaba al país tras una estancia en el exterior, creyendo quizás que el anonimato de un vuelo comercial y el flujo masivo de viajeros le servirían de escudo protector.
En cuanto los dos adolescentes divisaron la figura de Suastegui Villanueva, caminaron hacia él sin titubear. El movimiento fue rápido, calculado y carente de cualquier atisbo de duda. En fracciones de segundo, el ramo de flores y el oso de peluche dejaron de ser adornos: de ellos brotaron armas de fuego cortas. El primer atacante desenfundó y abrió fuego a quemarropa. Al escuchar las detonaciones, la víctima intentó reaccionar y buscar una vía de escape, pero el segundo joven sicario bloqueó cualquier posibilidad de supervivencia descargando otra serie de disparos directos contra su cuerpo.
El estruendo de los balazos rompió de golpe la paz del aeropuerto. Lo que siguió fue un caos indescriptible. Pasajeros de todas las edades se arrojaron al suelo, cubriéndose la cabeza con sus propias manos o utilizando sus maletas como barricadas improvisadas. Empleados de las aerolíneas y trabajadores de los locales comerciales se resguardaron detrás de los mostradores mientras los gritos de terror llenaban la terminal. Diversas grabaciones realizadas con teléfonos móviles por testigos presenciales registraron la crudeza del momento: personas corriendo despavoridas en todas direcciones, madres protegiendo a sus hijos pequeños contra las paredes y el eco seco de los disparos retumbando en la estructura de cristal y metal del edificio. Mientras el pánico se apoderaba del recinto, los familiares que acompañaban a las víctimas pedían ayuda a gritos en medio de un charco de sangre.
Balance de víctimas y la identidad del objetivo
La balacera no solo alcanzó a su objetivo principal. Debido a la naturaleza del ataque en un espacio cerrado y altamente concurrido, al menos dos personas más resultaron heridas en el fuego cruzado, víctimas colaterales de una guerra criminal que ya no respeta fronteras físicas ni espacios públicos. Los equipos de emergencia médica del aeropuerto se desplazaron rápidamente al punto de la tragedia para brindar los primeros auxilios y trasladar a los afectados a centros de salud cercanos. Horas más tarde, el Ministerio del Interior confirmó el deceso de la víctima principal y detalló el historial del hombre ejecutado.
Las fallas en el sistema y las preguntas sin respuesta
A medida que los detalles del asesinato salían a la luz pública, una ola de indignación y cuestionamientos comenzó a expandirse por todo Ecuador. El hecho de que un crimen de tales proporciones se ejecutara en el principal aeropuerto del país encendió las alarmas de analistas de seguridad, periodistas y ciudadanos por igual. Las preguntas lógicas no tardaron en inundar los debates: si alias “Cachete” era catalogado por el propio Estado como un objetivo criminal prioritario y un dinamizador de la violencia, ¿cómo es posible que ingresara al territorio nacional a través de un canal oficial de migración sin activar ninguna alerta? ¿Por qué no fue capturado al momento de sellar su pasaporte?
Hasta el momento, las máximas autoridades del área de migración y del Ministerio del Interior no han ofrecido una respuesta clara respecto a si existía una orden de detención vigente al momento de su arribo o si los sistemas informáticos fronterizos sufrieron alguna vulnerabilidad. Del mismo modo, se desconoce si los cuerpos de inteligencia policial realizaban un seguimiento de sus movimientos internacionales. Lo único certero es que quienes sí conocían a la perfección la agenda de Suastegui Villanueva eran sus enemigos jurados. Los sicarios sabían con precisión matemática el día, la hora, el número de vuelo y la puerta por la que saldría la víctima, lo que evidencia una labor previa de espionaje, infiltración o delación de altísimo nivel dentro de su entorno cercano.
Por otro lado, la vulneración de la seguridad interna del aeropuerto José Joaquín de Olmedo dejó en entredicho la efectividad de los protocolos vigentes. Expertos en la materia recordaron que las instalaciones aeroportuarias cuentan, teóricamente, con múltiples capas de protección que incluyen controles vehiculares en los accesos terrestres, patrullajes de guardias privados, cámaras analíticas con reconocimiento facial y detectores de metales en zonas críticas. La facilidad con la que dos adolescentes consiguieron burlar todas estas barreras portando armas de fuego desnudó las graves falencias operativas que padece el sistema de seguridad aeroportuaria en momentos de crisis extrema.
Captura en el estacionamiento y el perfil de los atacantes
A pesar de la minuciosa planificación del atentado, la huida de los asesinos no resultó como ellos esperaban. Inmediatamente después de efectuar los disparos mortales, los jóvenes corrieron hacia las salidas de emergencia con la intención de marchar del lugar y perderse en el tráfico de Guayaquil. Sin embargo, la activación inmediata de los protocolos de emergencia y la rápida reacción de los agentes de la Policía Nacional y del personal de seguridad privada asignado a la terminal cortaron sus rutas de escape.
Los uniformados interceptaron y neutralizaron a los dos sospechosos en la zona de estacionamientos exteriores del aeropuerto, cuando intentaban abordar un vehículo de fuga. Durante el procedimiento de captura, las fuerzas del orden lograron recuperar las armas de fuego utilizadas en el crimen y confirmaron un dato estremecedor: los detenidos eran dos menores de edad, adolescentes reclutados por las grandes mafias organizadas para operar como brazos ejecutores intercambiables y de bajo coste legal.
Un portavoz de la Policía Nacional compareció ante los medios de comunicación para ofrecer los primeros resultados del operativo:
“En el momento en que se perpetró el hecho delictivo, contábamos con personal desplegado en el aeropuerto cumpliendo misiones específicas de control. La reacción fue inmediata, logrando el aislamiento de dos menores de edad y la incautación de las armas de fuego empleadas. Las unidades de investigación especializada se activaron de forma articulada con el eje preventivo para poner a los implicados a órdenes de la administración de justicia competente. Las investigaciones preliminares sugieren que la víctima era un cuadro importante del grupo delictivo organizado Los Águilas, con operaciones fuertes en El Triunfo. Manejamos la hipótesis de que existía una disputa activa en ese sector con otra organización rival, la cual aprovechó la vulnerabilidad de la víctima al retornar de un viaje internacional para perpetrar el ataque en la terminal aérea”.
El contexto de una nación bajo estado de excepción
Este sangriento episodio no ocurre en un vacío social, sino en el punto más crítico de una espiral de violencia delictiva que mantiene en vilo a todo el territorio ecuatoriano. De hecho, la ejecución de alias “Cachete” se registró apenas veinticuatro horas después de que el presidente de la República, Daniel Noboa, firmara un nuevo decreto de estado de excepción focalizado en varias provincias del país, una medida de emergencia diseñada precisamente para contener el auge de los homicidios intencionales, las extorsiones y los ataques armados perpetrados por las bandas de delincuencia organizada.
Ecuador sufre los rigores de una transformación geopolítica del delito. Su ubicación geográfica, encajonada entre Colombia y Perú —los dos mayores productores de clorhidrato de cocaína a nivel mundial—, sumada a la dolarización de su economía y la infraestructura de sus puertos marítimos sobre el océano Pacífico, convirtió al país en una plataforma logística codiciada por los carteles internacionales de la droga. Para garantizar el flujo de los cargamentos hacia los mercados de consumo en Estados Unidos y Europa, las mafias transnacionales subcontratan y financian a bandas locales, dotándolas de armamento militar y recursos económicos desmedidos. Es en este ecosistema de descomposición social y economías ilegales donde proliferan agrupaciones como “Los Águilas”, facciones que libran batallas a muerte por el control de cada ruta, de cada puerto de contenedores y de cada barrio.
Un funeral con fuegos artificiales y honores de capo
La historia de Carlos Alberto Suastegui Villanueva no terminó con el levantamiento de su cadáver en las baldosas del aeropuerto de Guayaquil. Horas después de concluir los trámites legales en el centro forense, los restos mortales de “Cachete” fueron trasladados por sus allegados hasta su tierra natal, el cantón El Triunfo, para la realización de las honras fúnebres. Lejos de ser un sepelio íntimo o discreto, el velatorio y posterior entierro del cabecilla criminal se transformó en una masiva y abierta demostración de fuerza y arraigo social de la subcultura del narcotráfico.
A través de numerosos videos difundidos en plataformas digitales y redes sociales, se pudo observar cómo una multitud acompañó el féretro en caravanas multitudinarias. Hubo exhibiciones de jinetes en caballos de paso, música a alto volumen, ráfagas de fuegos artificiales que iluminaron el cielo nocturno y disparos al aire en señal de respeto al líder caído. Esta parafernalia fúnebre, idéntica a la que históricamente se ha documentado en los feudos de los grandes capos de la droga en Medellín o Sinaloa, pone de manifiesto el complejo entramado cultural y el control social que estas organizaciones delictivas logran ejercer sobre comunidades enteras, donde la ausencia o debilidad del tejido estatal es suplantada por el asistencialismo y el poder de fuego de los señores de la guerra local.
