Manuel soltó un suspiro largo de esos que llevan implícitos un juicio. Amá, otra vez con lo mismo, todavía con sus santitos y sus veladoras, dijo Manuel, y su voz tenía ese tono que mezclaba la burla con una pizca de aburrimiento. Su madre se encogió un poco, como si las palabras fueran golpes suaves. Ay, mi hijo, ¿sabes que para mí esto es muy importante? San Judas siempre me ha ayudado”, le contestó Lupita tratando de sonreír, pero la alegría ya se le había desinflado un poco.
Manuel se sentó en el único sillón cómodo que había en la sala, cruzando una pierna. “Sí, amá, ya sé, siempre lo mismo. Es hora de que deje esas cosas de viejitas, ¿no cree? Ya no estamos en los tiempos de antes. Ahora la gente usa la cabeza, piensa, no anda con supersticiones. Las palabras de su hijo le dolieron a doña Lupita, más de lo que Manuel podía imaginar.
Era como si cada comentario le arrancara un pedacito de su alma. Pero ella callaba. Prefería no discutir, no echar a perder los pocos momentos que tenía con él. Intentó cambiar la conversación. Le preguntó por su trabajo, por la ciudad, por esas cosas que a él tanto le gustaban, pero Manuel siempre regresaba al mismo punto.
Y esas flores, ¿cuánto dinero gastó en eso? Con eso podría comprarse algo más útil, dijo señalando el altar con la barbilla. Es que no entiendo por qué se aferra a estas cosas, amá. Si usted viera cómo vive la gente de verdad, con progresos, conciencia, no con imágenes de yeso. Doña Lupita sintió un nudo en la garganta.
Su comadre Remedios, que solía pasar por la ventana y le hacía la plática, esa tarde no se asomó. Quizás sentía la tensión en el aire, esa tensión silenciosa que se levantaba entre madre e hijo. Manuel no se daba cuenta del daño que sus palabras causaban. Para él eran solo verdades, observaciones lógicas de un hombre moderno a una mujer anticuada.
No entendía que para su madre esas cosas de viejitas eran la esencia de su vida, su esperanza, su refugio. Doña Lupita solo lo miró y en sus ojos se asomó una tristeza profunda. Se dio la vuelta y se fue a la cocina con el pretexto de preparar la cena. Pero en realidad, para que su hijo no viera las lágrimas que amenazaban con salir.
El desprecio de Manuel por su fe era un veneno lento que poco a poco iba marchitando el espíritu de su madre, pero él no lo veía. estaba demasiado ocupado con su propia superioridad, con su mente abierta, que paradójicamente estaba cerrada a lo más valioso. Y esa actitud, que ya era una burla a la devoción, estaba a punto de convertirse en algo mucho más grave, algo que dejaría una cicatriz imposible de borrar.
Manuel se quedó en la casa de su madre unos días, supuestamente para arreglar unos asuntos en el centro de la ciudad. Pero esos días, que debieron haber sido de alegría y reencuentro, se convirtieron en un tormento silencioso para doña Lupita. No pasaba un solo día sin que Manuel soltara algún comentario sarcástico sobre el altar de San Judas.
Amá, ¿no se cansa de tener esto aquí? Parece una iglesia, no una casa. Decía mientras se servía el café con una mueca. Oh, mientras veía a su madre rezar en voz baja, soltaba una risita burlona. Con lo que reza, ya debería ser santa. ¿No cree que la vida es para vivirla, no para estar de rodillas? Doña Lupita trataba de ignorarlo, de sonreír, de desviar la conversación, pero cada palabra de su hijo era una espina que se le clavaba en el corazón.
Le dolía que él su propia carne y sangre despreciara lo más sagrado para ella. Le dolía ver cómo la fe que le había inculcado desde chiquito, ahora era motivo de burla en la boca de su propio Manuel. Una tarde, mientras Lupita tendía la ropa en el patio, llegó doña Remedios Castañeda, su comadre, a platicarle un rato.
Se sentaron en los banquitos de plástico que Lupita tenía afuera. Manuel salió de la casa con el celular en la mano y las vio. Mire, amá, ya llegó su público a seguir con las historias de milagros, ¿verdad?, dijo Manuel con una risa que no le llegaba a los ojos y miró a Doña Remedios con una superioridad que le salía de los poros. Doña Remedios sintió un escalofrío.
Siempre había creído que Manuel era un buen muchacho, a pesar de sus ideas modernas, pero el tono de su voz y la forma en que veía a su madre la hicieron sentir un profundo disgusto. Ella solo pudo decir, “Manuel, ¿cómo está mi hijo?” Su madre lo estaba esperando, pero Manuel no le hizo caso.
Se dirigió al altar que se veía desde el patio a través de la puerta abierta. Y San Judas ya hizo otro milagro hoy. Ya le consiguió la lotería a má, porque si no, ¿de qué sirve tanto rezo? Se rió en voz alta. Una risa hueca que rebotó en las paredes de la humilde casa. Doña Lupita sintió como la sangre le subía a la cara de pura vergüenza.
Nunca antes Manuel había sido tan descarado, tan irrespetuoso frente a otra persona. Doña Remedios, con el seño fruncido, se levantó despacio. “Comadre, creo que ya es hora de que me vaya. Luego la vengo a ver con más calma.” Su voz era un susurro, pero en sus ojos había un claro reproche hacia Manuel. El hijo de Lupita ni se inmutó.
La vio irse con una sonrisa de suficiencia. Doña Lupita solo lo miró, sus ojos llenos de un dolor que no podía ocultar. Manuel, por favor, no le hable así a la comadre y respete mi altar. Es lo único que tengo. Ayá, para qué tanto drama. Es la verdad. Usted se aferra a estas cosas porque no tiene nada más.
Es hora de que vea el mundo como es. Deje de creer en fantasías, dijo él con una voz ya más molesta que burlona. Estaba harto de la sensibilidad de su madre. Esa noche la paz en la casa de doña Lupita se rompió en pedazos. Manuel siguió con sus comentarios cada vez más directos, más hirientes. Le dijo que su fe era una debilidad, que San Judas era un muñeco de barro, que todo era una pérdida de tiempo y dinero.
Las palabras se convirtieron en dardos que atravesaban el corazón de su madre, dejándolo desprotegido, sangrando en silencio. Doña Lupita se fue a dormir con un peso en el pecho, un dolor profundo que no la dejaba respirar. Las veladoras del altar de San Judas parecían arder con una luz más tenue esa noche, como si también ellas sintieran la tristeza que invadía el hogar.
Ella no sabía qué más hacer. Su hijo se había convertido en un extraño, un hombre lleno de soberbia, que no solo dudaba de su fe, sino que la pisoteaba. Y lo peor estaba por venir, porque el desprecio de Manuel estaba a punto de cruzar una línea que nadie en la colonia doctores podría perdonar. Esa misma noche, después de la cena, el aire en la casa de doña Lupita se sentía más pesado que de costumbre.
La tristeza de la madre y la soberbia del hijo chocaban sin decir una palabra. Manuel se había retirado a su cuarto, o más bien al pequeño espacio donde dormía, un cuartito pegado a la sala. Doña Lupita, con el corazón apretado, regresó a su altar como buscando consuelo. Una respuesta silenciosa de San Judas.
acomodó las veladoras, acarició la imagen con la yema de sus dedos, como si le pidiera perdón por el ambiente tan feo que había en su casa. En el silencio de la noche, mientras su madre creía que él dormía, Manuel no podía conciliar el sueño. La sangre le hervía en las venas. La imagen de doña Remedios, la vecina, y la forma en que lo había mirado de reojo, se le repitió en la cabeza.
Sintió que su madre lo había dejado en ridículo con sus fanatismos y creencias estúpidas. Se le subía el coraje, un coraje sin razón, solo alimentado por su orgullo herido y su desprecio por lo que no podía entender. Manuel se levantó de la cama con una rabia sorda, silenciosa. Caminó hacia la sala, donde el resplandor de las veladoras rojas era lo único que rompía la oscuridad.
se detuvo frente al altar. Los ojos de yeso de San Judas parecían mirarlo y eso, en lugar de calmarlo, lo enfureció aún más. Para él, esa imagen era la raíz de la ignorancia de su madre, el símbolo de todo lo que él rechazaba. A ver, San Judas, muéstrame tu poder”, susurró Manuel, su voz llena de un veneno que no era de él, sino de la soberbia que lo poseía.
Estaba borracho de ira, sin haber tocado una sola gota de alcohol. Su mano se estiró rápida y violenta. Agarró la imagen de San Judas con fuerza, casi arrancándola de su base. Doña Lupita, que apenas había cerrado los ojos en su propia habitación, escuchó el ruido, un sonido seco, como si algo se hubiera caído.
El corazón le dio un vuelco, se levantó de golpe y corrió a la sala con una angustia que le quemaba el pecho. lo que vio la dejó helada. Manuel estaba frente al altar con la imagen de San Judas en una mano y con la otra había tirado al suelo las flores, las estampitas y hasta las veladoras que rodaron por el piso sin romperse por fortuna.
La imagen de San Judas no estaba rota, pero Manuel la sostenía boca abajo como si fuera un juguete viejo e inútil. ¿Qué es esto, amá? Una farsa. Pura superstición”, gritó Manuel con el rostro enrojecido, la voz cargada de un desprecio que le arrancó el alma a doña Lupita. “Este muñeco no sirve para nada, es puro cuento.
” Las palabras, más que el acto en sí, fueron las que destrozaron a doña Lupita. ver a su propio hijo con esa furia, con ese odio en los ojos, dirigiendo esas palabras a lo más sagrado de su vida. Fue algo que la dejó sin aliento. Sintió un dolor físico como si le hubieran atravesado el pecho. “Manuel, no, por favor, respeta”, suplicó Lupita con la voz quebrada, las lágrimas rodando por sus mejillas.
quiso acercarse, pero algo en la mirada de su hijo la detuvo. Era una mirada llena de una oscuridad que nunca le había visto, una rabia que no era normal. Manuel soltó la imagen de San Judas con brusquedad, dejándola de lado como un estorbo, y luego, con la punta del pie, pateó suavemente las veladoras y los adornos que estaban en el suelo, desparramándolos todavía más.
El altar, que antes era un faro de luz y de fe, ahora estaba desordenado, profanado por la mano de su propio hijo. Doña Lupita cayó de rodillas, no para rezar, sino porque las fuerzas la abandonaron. Se quedó allí en el suelo, sintiendo como su corazón se hacía añicos. El silencio después del grito de Manuel fue el más cruel de todos.
Fue el silencio de la fe rota. de la esperanza pisoteada. Y lo que es peor fue el silencio de una madre que vio como su hijo le arrancaba de cuajo lo que más amaba. El orgullo de Manuel había cruzado la línea, una línea sagrada que una vez rota invocaría un castigo que no sería visible a los ojos, pero que se sentiría hasta lo más profundo de su piel.
Doña Lupita se quedó en el suelo con las rodillas raspadas, sintiendo un vacío que le apretaba el pecho. No eran solo las veladoras desparramadas o la imagen de San Judas volteada lo que le dolía. Era el alma de su hijo, la forma en que el desprecio había tomado control de él. Manuel, después de soltar esas palabras venenosas y de ver a su madre derrumbarse, se dio la vuelta y se fue a su cuarto, dando un portazo que hizo temblar las paredes.
Un silencio frío, pesado, se instaló en la casa. Ella no pudo levantarse de inmediato. Se quedó un rato ahí, sentada en el piso de cemento, sintiendo como las lágrimas le corrían por las mejillas y caían en las manos callosas. Se sentía sola, más sola que nunca. El aire que antes olía a incienso y a claveles frescos, ahora olía a algo que no podía decifrar, pero que le encogía el estómago, quizás a desilusión, a una fe que de repente sentía que se le escapaba de las manos.
Con un esfuerzo, Lupita se arrastró hasta la imagen de San Judas. La levantó con cuidado, como si temiera que se fuera a desmoronar en sus manos. lo puso de nuevo en su lugar, enderezó las veladoras, acomodó los claveles que estaban un poco maltratados, pero ya nada era lo mismo. El altar, que siempre había sido su refugio, el centro de su paz, ahora se sentía como un lugar frío, profanado.
“Ay, mi San Judas”, susurró con la voz rota. “¿Por qué? ¿Por qué, mi hijo? ¿Dónde estás ahora? Por primera vez en sus 68 años, doña Lupita sintió que su fe flaqueaba. La presencia que siempre había sentido en su hogar, ese calorcito que le daba consuelo, se había ido. Se sentía abandonada como si San Judas mismo se hubiera retirado de su casa, dolido por las palabras y los actos de su hijo.
Era una tristeza que le llegaba hasta los huesos. No era solo el dolor de madre, sino la angustia de una devota que sentía que su protector la había dejado sola. Los días siguientes fueron una tortura. Manuel salía temprano y regresaba tarde, evitando cualquier contacto visual con su madre.
El ambiente estaba cargado de una tensión que cortaba el aire. Doña Lupita intentaba rezar, pero las palabras se le atoraban en la garganta. Miraba el altar y lo veía diferente. Las veladoras, que antes ardían con una llama alegre, ahora parecían más débiles, como si el fuego de su fe también se estuviera apagando. Doña Remedios, su comadre, pasó a visitarla unos días después con el pretexto de llevarle unas tortillas recién hechas.
La encontró pálida, con los ojos hinchados y una tristeza que no podía disimular. Comadre, ¿qué le pasa? La veo muy mal, dijo Remedios, preocupada al verla tan decaída. Lupita solo negó con la cabeza sin poder contarle lo que había pasado. La vergüenza y el dolor eran demasiado grandes. ¿Qué va a decir la comadre? ¿Qué mi propio hijo hizo eso? Pensaba.

No podía ni pronunciar las palabras que le describían la profanación que Manuel había cometido. Nada, comadre, es que no me siento bien del todo. Son cosas de viejos. Mintió Lupita bajando la mirada. Doña Remedios la abrazó con cariño, sintiendo la fragilidad de su amiga. Comadre, si necesita algo, aquí estoy. Y ya que llegaste hasta aquí, aprovecha y dale like al video.
Eso me ayuda mucho a seguir trayendo historias así. Dios no la abandona. Usted lo sabe. Doña Lupita asintió tratando de creer esas palabras, pero en el fondo de su corazón sentía que sí, que la había abandonado, que su fe, que había sido su roca durante toda su vida, ahora era como arena entre sus dedos. La alegría se había ido de su rostro y las mañanas ya no le parecían tan luminosas.
Estaba quebrada por dentro y por fuera. Sentía un frío en el alma, un desamparo que no le dejaba respirar. Pero el universo, que había sido testigo de ese dolor tan profundo, empezaba a mover sus hilos. Y la soberbia de Manuel, que tanto daño había causado, estaba a punto de sentir en carne propia lo que era la verdadera desolación.
Manuel, ajeno a la angustia que carcomía el corazón de su madre, había seguido su rutina diaria con la misma soberbia de siempre. Creyó que con sus palabras y su acto de desprecio había puesto a doña Lupita en su lugar, demostrándole la verdad de un mundo sin milagros. La noche de la profanación durmió con la pesadez victorioso, convencido de su racionalidad.
Pero al día siguiente, mientras se afeitaba frente al espejo empañado por el vapor, algo muy sutil, casi imperceptible al principio, empezó a inquietarlo. Sintió una picazón en la nuca, como si el cuello de su camisa lo estuviera irritando. Se rascó con indiferencia y continuó con su mañana. Pero esa picazón no se fue.
Regresó por la tarde, justo cuando estaba en una importante reunión de trabajo. Un cosquilleo incómodo en los brazos, luego en las piernas, una sensación molesta, como si un batallón de hormigas diminutas caminara por debajo de su piel. Manuel se revolvía en su asiento, intentaba disimular, pero la sensación era insistente, caprichosa.
Se excusó un momento, fue al baño y se rascó con fuerza, buscando un alivio que no llegaba por completo. Al caer la noche, después de una cena tensa en la que apenas cruzó palabra con su madre, la picazón se intensificó. Manuel se acostó dispuesto a ignorarlo, pero el comezón se extendió por todo su cuerpo, desde la punta de los pies hasta la coronilla.
Era un picor que lo obligaba a rascarse hasta que su piel se enrojecía. Se levantaba varias veces para echarse agua fría en brazos y piernas, pero el alivio duraba apenas unos minutos antes de que la tortura volviera. Y no era solo la picazón. Con la oscuridad, un frío extraño, antinatural, se instaló en su habitación. No era el frío habitual de diciembre en la colonia Doctores, ni el que entraba por las rendijas de la ventana.
Era un frío que le calaba los huesos, que parecía emanar de lo más profundo de su ser. Se arropó con todas las cobijas que encontró en el closet de su madre, pero la heladez seguía ahí, implacable. penetrando las telas, haciéndole tiritar incontrolablemente. Manuel, un hombre que siempre se había enorgullecido de su mente lógica y su cuerpo sano, empezó a inquietarse de verdad.
pensó en una alergia, quizás en un resfriado mal curado. Al día siguiente fue a la farmacia y compró antihistamínicos y pastillas para el dolor. Se los tomó religiosamente esperando un alivio que nunca llegó. La picazón era tan constante que le impedía concentrarse en el trabajo. Le costaba leer los planos de ingeniería, los números se le hacían bolas y su mente no podía enfocarse más allá del ardor en su piel.
El frío no lo dejaba tranquilo, ni siquiera bajo el sol de mediodía. Era como si llevara una ráfaga helada pegada a cada poro. Se miraba la piel en el espejo, buscando alguna roncha, alguna señal visible, pero no había nada, solo el enrojecimiento de tanto rascarse. No había explicación médica para lo que sentía.
El frío era tan intenso que por las noches se le salían los dientes y se despertaba temblando, empapado en un sudor frío, mientras la picazón le volvía loco. Empezó a perder el sueño de forma alarmante. Las horas de descanso se convirtieron en un suplicio. Su arrogancia, esa coraza que siempre lo había protegido, comenzó a desmoronarse en la intimidad de su habitación.
Se sentía desesperado, agotado. Su energía se escapaba. La comida no le sabía a nada. Sus pensamientos no fluían con claridad. Su madre, desde la cocina lo veía pálido, con ojeras profundas y le preguntaba con la voz llena de preocupación. ¿Estás bien, mi hijo? Te veo muy desmejorado, como si no hubieras dormido nada.
Estoy bien, amá. Solo es el estrés del trabajo, respondía Manuel con voz áspera, evitando a toda costa la mirada inquisitiva de su madre. No quería que ella supiera que algo estaba mal, que su cuerpo, esa máquina perfecta de la que tanto se ufanaba, lo estaba traicionando. Pero la verdad era que ese frío penetrante y esa picazón incesante no eran normales.
Se sentía invadido, como si algo invisible se hubiera aferrado a él. sin dejarlo en paz. Y lo peor era que esas sensaciones, lejos de desaparecer, estaban a punto de volverse una tortura inimaginable, un castigo que no era de este mundo. La noche se convirtió en una trampa helada para Manuel. El picor se transformó en una quemazón insoportable que le corría por las venas, como si un líquido hirviendo se hubiera metido debajo de su piel.
Cada poro era un punto de tortura. Se revolcaba en la cama, rasgándose con las uñas hasta que el escosor le dejaba heridas que no le daban descanso. Ya no era una simple picazón, era un ardor que lo volvía loco. Y el frío, ese frío inexplicable, ahora no solo lo calaba, sentía que le congelaba la sangre.
Su cuerpo temblaba sin control, no por el ambiente, sino desde sus entrañas. Se levantó de madrugada, empapado en sudor frío, la boca seca, fue al baño y se miró al espejo. Sus ojos estaban inyectados de sangre, rodeados por unas ojeras moradas que le daban un aspecto fantasmal. Su piel, aparte de las marcas de sus uñas, no mostraba ninguna erupción, ninguna señal que su mente lógica pudiera explicar.
El ingeniero, el hombre de la ciencia, estaba perdiendo el control de su propia existencia. Los días se volvieron indistinguibles. Manuel no podía dormir más de una o dos horas y esas horas eran un infierno de sobresaltos y rasguños. En el trabajo su concentración se desvaneció. Intentaba leer los planos, pero las líneas se le mezclaban, las cifras bailaban.
Su mente solo podía pensar en el próximo ataque de Picazón, en el escalofrío que le erizaba la piel sin previo aviso. Los colegas notaban su palidez, su irritabilidad. “Manuel, ¿estás bien? ¿Te ves fatal?”, le preguntó su jefe un día con preocupación. Sí, licenciado, solo es que es el estrés”, contestó Manuel con la voz áspera, sintiendo un sudor frío en la espalda.

Era incapaz de admitir lo que le pasaba. ¿Cómo le iba a explicar a un hombre de ciencia que sentía hormigas invisibles bajo la piel y un frío que no existía? Desesperado, buscó a varios médicos. Uno le dijo que era estrés, otro le diagnosticó alergia y le recetó más antihistamínicos que no sirvieron de nada.
Un tercero, después de hacerle análisis de sangre y pruebas de piel, le dijo que no tenía absolutamente nada, que estaba perfectamente sano. “A veces la mente juega trucos, joven”, le dijo el doctor con una sonrisa tranquilizadora que a Manuel le pareció una burla, pero no era la mente, era real. El frío se volvió tan intenso que incluso bajo el sol de la tarde, Manuel tiritaba.
Buscaba el calor en todo, se quedaba pegado a la estufa, se ponía varias sudaderas, pero nada lo ayudaba. Sentía que se le helaba el aliento, que el frío le llegaba hasta los huesos, calándole el tuétano, y la picazón no cesaba, se había convertido en una obsesión. Se rascaba hasta sangrar y aún así el alivio era efímero, fugaz.
perdió el apetito. Su cuerpo, antes fuerte y vigoroso, comenzó a encorvarse. Había adelgazado varias kilos. Su rostro se volvió demacrado. Su mirada, antes altiva y llena de soberbia, ahora era una mezcla de terror y agotamiento. Ya no discutía con su madre, apenas le dirigía la palabra. Si doña Lupita le preguntaba algo, él respondía con monosílabos.
sumido en su propio tormento. Su arrogancia se había desvanecido, reemplazada por un miedo que no podía nombrar. Una noche, el picor y el frío lo atacaron con una ferocidad inaudita. Se tiró al suelo de su cuarto, incapaz de controlar su cuerpo. Se rascaba la cara, los brazos, las piernas, mientras un escalofrío le recorría cada fibra.
Un gemido de dolor salió de su garganta, ahogado, casi inaudible. Ya no había palabras, no había lógica, no había ciencia, solo había una tortura insoportable que lo consumía por dentro. Manuel Quiroz, el ingeniero que se burlaba de la fe, estaba completamente destrozado y en su desesperación, a punto de tocar fondo, recordó la imagen que había ultrajado, la imagen de San Judas, el santo al que su madre le rezaba con tanta devoción.
Y fue en ese instante de quiebre, cuando ya no le quedaba nada, que una posibilidad aterradora y esperanzadora, al mismo tiempo comenzó a formarse en su mente enferma. Su mente le rogaba que se rindiera. El gemido de Manuel se perdió en el silencio de su cuarto. Tirado en el suelo frío, las sábanas hechas un nudo a su alrededor.
Ya no era el ingeniero soberbio, ni el hijo que todo lo sabía. Era solo un hombre destrozado por un tormento que no le daba tregua. La quemazón en su piel no disminuía. El frío le mordía los huesos. Cada respiración era un esfuerzo, cada segundo una eternidad. Su mente, antes tan lúcida y llena de explicaciones científicas, ahora era un campo de batalla donde solo quedaba la desesperación.
En ese abismo de dolor donde la razón se había rendido, la imagen de San Judas, esa que había ultrajado con tanta furia, se le apareció en la oscuridad de sus ojos cerrados, no como una burla, sino como una última y aterradora posibilidad. Y si su madre tenía razón, y si lo que sentía no era una enfermedad del cuerpo, sino un castigo del alma.
La idea era absurda para el manuel de antes, pero el manuel de ahora, el que se retorcía en el piso, ya no tenía nada más a que aferrarse. Con un esfuerzo sobrehumano, se arrastró pegándose a la pared. Cada movimiento era una punzada, pero una fuerza extraña y nueva lo empujaba.
Era la fuerza de la rendición, de la última gota de esperanza que nacía del miedo más puro. Se puso de pie con dificultad, tambaleándose como un borracho. Sus piernas apenas lo sostenían. La habitación le daba vueltas. El olor a incienso y a veladoras que antes despreciaba, ahora le parecía lejano, casi un recuerdo de otra vida, de una casa en paz.
salió de su cuarto con el corazón martillándole el pecho, no solo por el dolor, sino por la vergüenza. Cruzar ese pasillo, sabiendo que su madre estaba en el cuarto contiguo, era una tortura distinta. ¿Qué iba a pensar ella? ¿Que había enloquecido? ¿Que al fin su soberbia se había doblado? Pero ya no importaba el qué dirán ni el qué pensaría.
Solo importaba que esa tortura parara. La sala estaba en penumbra, solo iluminada por la tenue luz que entraba por la ventana. El altar de San Judas Tadeo se alzaba ahí en su lugar, tal como lo había dejado doña Lupita después de la profanación. Ella había vuelto a poner las veladoras, a enderezar la imagen, a colocar los claveles que él había tirado.
Pero en la mente de Manuel, la imagen de su propia ira, de sus propias manos desordenando el lugar sagrado, era lo que llenaba la habitación. Vio el rosario de su madre, las estampitas viejas, las flores un poco marchitas y un nudo se le hizo en la garganta. Con las pocas fuerzas que le quedaban, se dejó caer de rodillas frente al altar. Su cuerpo se desplomó sin resistencia.
El orgullo, la arrogancia, todo lo que Manuel Quiró había sido, se hizo pedazos en ese suelo de cemento. No había palabras en su boca. Sus labios se movían en silencio, articulando un perdón que no sabía cómo expresar. Miró la imagen de San Judas, esa que había despreciado, y en sus ojos enrojecidos brilló una súplica desesperada, un ruego que venía de lo más profundo de su ser.
“Perdón”, susurró con la voz apenas audible. “perdóname, San Judas, “Perdóname, Amá.” Y en ese instante, en cuanto sus rodillas tocaron el suelo y su corazón pronunció ese perdón mudo, algo empezó a cambiar. El frío que lo calaba hasta los huesos no desapareció de golpe, pero se hizo menos denso, menos agresivo.
La quemazón en su piel no se desvaneció por completo, pero la intensidad disminuyó como si un torrente de fuego se convirtiera en un rescoldo. Un suspiro tembloroso escapó de sus labios. Era el primer atisbo de alivio en días. una señal pequeña pero inconfundible de que algo o alguien lo había escuchado. La lucha no había terminado, pero la rendición había abierto una puerta y lo que Manuel vería a la luz del amanecer borraría para siempre el escepticismo de su alma.
Manuel se quedó ahí de rodillas, el cuerpo aún tembloroso, pero con una quietud interna que no había sentido en días. El frío no se había ido del todo, pero ya no era el hielo que le quemaba por dentro. La picazón se había calmado a un leve cosquilleo, como un eco lejano de la tortura. cayó rendido por el cansancio, apoyando la cabeza en el frío cemento.
Y por primera vez en muchas noches el sueño lo venció. Un sueño sin pesadillas, sin ardores, sin la constante heladez que le robaba la paz. El sol de la mañana se coló por la ventana pintando de naranja el altar. Manuel despertó sobresaltado, pero sin el temor habitual. Se incorporó lentamente, estirando los músculos doloridos. Respiró hondo.
El aire no era gélido, no sentía el picor. Llevó las manos a su piel y la tocó lisa, sin el menor rastro de la quemazón, solo la cicatriz de las uñas en algunas partes. Se levantó y corrió al baño. Se miró al espejo. Sus ojos ya no estaban inyectados de sangre. Las ojeras seguían ahí, pero el rostro no reflejaba el terror ni el agotamiento de la noche anterior.
Era él, pero un él diferente, renacido. Bajó la mirada y sintió un pudor que le quemó el rostro. se había arrodillado frente al altar de su madre, frente a ese San Judas que había despreciado. La vergüenza de su pasado se le subió a la cabeza, pero enseguida fue reemplazada por una gratitud inmensa, un alivio tan grande que casi lo hizo llorar.
En ese momento, doña Lupita entró a la sala con sus pasos lentos y el reboso cubriéndole la cabeza. Cuando lo vio de pie frente al altar con la cabeza gacha, su corazón se le encogió. “Mijo, ¿estás bien?”, preguntó con la voz suave, notando algo diferente en él. Ya no era el Manuel de siempre con su altivez. Manuel se giró.
Sus ojos, antes llenos de burla, ahora reflejaban una humildad que su madre nunca le había visto. Se acercó a ella y por primera vez en años la abrazó con fuerza. “Perdóname, amá”, susurró con la voz quebrada. “Perdóname por mi soberbia, por lo que hice. Me burlé de ti, de tu fe, de San Judas.” Y yo yo no sabía lo que hacía.
Doña Lupita sintió el calor del abrazo de su hijo, un calor que había anhelado por tanto tiempo. Las lágrimas le corrieron por las mejillas. Mi hijo, mi vida, yo solo quería que fueras feliz y que tuvieras fe. Manuel se separó un poco, la tomó de las manos. No sabes lo que sentí, amá. Un frío que me calaba el alma, un ardor que me quemaba la piel.
No había médico que me entendiera. Creí que me volvía loco y anoche, no sé, me arrodillé frente a San Judas y te pedí perdón. Y todo paró, amá, todo paró. Mientras hablaba, una verdad profunda se abría paso en su mente. Esa picazón, ese frío, no era solo su cuerpo el que sufría, era el reflejo de la soledad que había sembrado en el corazón de su madre con sus palabras hirientes.
El vacío que había creado en su propia alma al despreciar lo sagrado. Lo que había sentido en su piel era el dolor de su madre, era la desolación que él mismo había provocado. Ese día, Manuel no fue al trabajo. Con sus propias manos y con la ayuda de su madre, limpió el altar de San Judas Tadeo. Compró flores frescas, veladoras nuevas y una pequeña tela para el nicho adornada con el rostro del santo.
colocó cada objeto con un respeto que jamás habría imaginado. No fue un acto de miedo, sino de profunda gratitud y arrepentimiento. Su soberbia se había deshecho, reemplazada por una fe sencilla, pero poderosa. Doña Remedios, la vecina, pasó por la casa y vio a Manuel y a doña Lupita riendo suavemente, limpiando el altar con una luz en sus ojos que no había visto en semanas.
Notó la transformación en Manuel, la paz en su rostro. No preguntó nada, solo sonríó sabiendo que algo grande, algo sagrado, había ocurrido en esa casa. Manuel Quiroz nunca volvió a ser el mismo. Siguió siendo ingeniero, pero ahora llevaba un escapulario de San Judas Tadeo bajo su camisa y de vez en cuando se le veía entrar a la iglesia del barrio a dejar una flor.
Jamás volvió a burlarse de la fe ni de su madre. Lo que sintió en su piel lo había dejado sin palabras, pero lo había llenado de una verdad que la ciencia no podía explicar. Pero su corazón ya no podía negar. se había convertido en un testimonio silencioso de que hay cosas en este mundo que van más allá de la razón y que la fe cuando es sincera, siempre encuentra el camino de regreso.
Si esta historia te conmovió, suscríbete al canal ahora, deja un like y compártela con alguien que necesite escucharla hoy. Tu apoyo es lo que lleva estas historias a más personas. M.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.