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La Primera Audición de Antonio Aguilar Duró 10 Minutos y Conmovió a Pedro Armendáriz Hasta Llorar

 

Era una mañana de 1953 en la ciudad de México cuando Antonio  Aguilar bajó del camión foráneo con una maleta de lámina remendada con alambre, el saco doblado sobre el brazo porque ya hacía  demasiado calor para llevarlo puesto y el nombre de una pensión en la colonia Santa María la Ribera, anotado en un papel doblado en el bolsillo de la camisa.

 Tenía 34  años, una voz entrenada en óperas que nadie en Zacatecas había podido pagarle por completo y  la certeza incómoda de que el tiempo ya no estaba del todo de su lado. Había estudiado canto en Nueva York con una becacanzó  para más y había escuchado más de una vez la misma sentencia disfrazada de consejo, que un hombre con su acento y su origen  no tenía cabida en los escenarios donde cantaban los que sí habían nacido para eso.

 Esta mañana caminó  las nueve cuadras hasta los estudios porque el dinero del camión era el mismo dinero de la comida y entre las dos cosas eligió  llegar. Llevaba bajo el brazo una carpeta con tres partituras dobladas por la mitad,  no por descuido, sino porque las había abierto y cerrado tantas veces ensayando en la pensión que el papel ya se diía  solo por costumbre.

 No tenía cita confirmada. Tenía una recomendación verbal de un conocido  que conocía a alguien. la clase de contacto que en esa ciudad servía exactamente para entrar por la puerta y nada más. La recepción era un salón angosto  con sillas de madera contra la pared y un ventilador de techo que giraba despacio sin mover el calor.

Una secretaria  con lentes de pasta negra revisaba una lista sin levantar mucho la vista. Antonio dijo su nombre. Dijo  que tenía cita para una prueba de voz y ella, sin alterar el gesto, le señaló una silla y le dijo  que esperara. Se sentó, puso la carpeta sobre las piernas y miró el reloj de pared  las 9:20.

A su lado esperaba un hombre joven con una guitarra al hombro que no dejaba de mover el pie contra el piso y dos sillas más allá una mujer con un vestido planchado  con demasiado esmero para una mañana cualquiera. Los tres tenían la misma postura, la espalda recta, las manos quietas sobre algo que sostenían como si soltarlo fuera admitir que el nerviosismo ya había  ganado.

 Llamaron primero al de la guitarra, que volvió a los pocos minutos con la cara de quien ya sabe la respuesta antes de que se la digan, y después a la mujer del vestido planchado,  que no regresó a la sala, lo cual Antonio decidió interpretar como una señal de  que en ese pasillo todavía pasaban cosas buenas, porque necesitaba creerlo más de lo que necesitaba comprobarlo.

 Pasaron las 10:30, el calor dentro del salón se había vuelto denso. Antonio se preguntó  si 34 años eran demasiados para seguir esperando que alguien le diera 5 minutos. Dejó pasar la pregunta como  había aprendido a dejar pasar tantas otras y siguió ahí con la carpeta sobre las  piernas mientras desde algún punto del edificio llegaba apagada por las paredes.

 Una voz que cantaba algo que sonaba corrido y que Antonio, sin saber todavía por qué, se quedó escuchando con  más atención de la que la espera normalmente exigía. La voz que llegaba apagada por las paredes pertenecía, según supo después,  a otro aspirante que ensayaba un corrido en el cuarto del fondo, no a ninguna estrella consagrada.

Pero algo en la manera en que esa voz subía y bajaba sin esfuerzo hizo que Antonio  se preguntara, todavía sentado con la carpeta sobre las piernas, qué  tan lejos estaba lo que él traía preparado de lo que se escuchaba al otro lado de esos muros. Llevaba ya casi dos horas esperando cuando la secretaria por fin levantó la vista de la lista y dijo su nombre completo, Antonio  Aguilar, con el mismo tono neutro con que probablemente decía cualquier otro nombre de esa lista, sin que el peso que

esas dos palabras  tenían para él significara nada para ella. Se levantó, dejó la maleta de lámina apoyada contra  la pared después de pensarlo un segundo, porque cargarla hasta la sala de pruebas le pareció una señal de algo que no quería mostrar todavía. La señal  de un hombre que no tenía donde dejar sus cosas porque no tenía en sentido estricto un lugar fijo en esa ciudad.

siguió a un asistente  joven por un pasillo angosto con las paredes pintadas de un verde pálido que la luz de las lámparas hacía ver más viejo de lo que probablemente era. A los lados  había puertas cerradas de las que salían sonidos distintos, una grabación reproducida a volumen bajo, una conversación que no se entendía del todo,  el golpeteo de una máquina de escribir.

 El asistente se detuvo frente a la última puerta del pasillo y la abrió sin tocar. Adentro había un cuarto  más pequeño de lo que Antonio había imaginado, con un piano de media cola contra la pared, un micrófono montado sobre un soporte de metal y  una ventana alta que dejaba entrar una franja de luz blanca.

Tras un escritorio improvisado  con dos sillas más, estaba sentado un hombre de bigote recortado y mangas de camisa enrolladas, que levantó la vista  apenas el tiempo necesario para señalar la silla frente al piano y decir que tenía 10 minutos,  que cantara lo que llevaba preparado, que si necesitaba al pianista podía pedirlo, pero que tardaría un momento en llegar.

 Antonio dijo que  llevaba sus partituras, pero que también podía cantar sin acompañamiento si era más rápido. El hombre  asintió sin mucho interés. el tipo de gesto que se da por costumbre más que por curiosidad y se acomodó en la silla con los brazos cruzados. Antonio se paró frente al micrófono. La sala olía a madera y a humedad  antigua, y había un silencio particular ahí adentro, distinto al silencio del  salón de espera.

 Un silencio que parecía absorber cualquier sonido antes de devolverlo transformado. Sacó la primera partitura de la carpeta, la sostuvo un segundo entre las manos sin mirarla del todo, porque la conocía de memoria después  de tantas noches repasándola en la pensión y la volvió a guardar. No la necesitaba. Respiró.

 pensó  brevemente en Zacatecas, en su padre, en las clases de canto que había pagado con dinero  que no tenía de sobra, en cada puerta que se había cerrado sin un no claro, solamente  con esa indiferencia que cansa más que cualquier rechazo directo. Y entonces, sin más preámbulo, sin más ceremonia que el silencio que ya estaba puesto en la sala, comenzó a cantar.

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