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Yrma Lydya: Por ESTO Su Esposo de 79 Años La Mató Sobre Los Papeles del Divorcio

Iba a soltar la ópera, iba a dedicarse al mariachi y al bolero, iba a cantar las canciones que le cantaba su abuela. La diferencia con cualquier otra cantante de la nueva generación regional era una sola. Su voz traía la técnica de la ópera por dentro. Esa muchachita podía sostener notas, modular emociones, proyectar desde el diafragma de maneras que las cantantes que arrancan en el regional, sin formación clásica, jamás pueden.

En el 2015, con 15 años recién cumplidos, sacó su primer disco. Se llamó Regalo de Dios. Era un álbum modesto con interpretaciones de clásicos mexicanos. y algunas piezas originales. Los críticos que lo escucharon notaron de inmediato que había algo distinto en esa voz, una calidad técnica que separaba sus interpretaciones de las del resto.

Dos años después, a los 17, sacó su segundo disco hablando claro, más ambicioso, con arreglos más complicados, con más madurez. Le consiguió presentaciones en palen importantes, invitaciones a embajadas, apariciones en programas de televisión donde su historia de niña prodigio fascinaba a los productores. En el 2020 sacó su tercer disco, Eternamente Irma Lidia.

Tenía 20 años y ese tercer trabajo iba a ser el último que terminaría completo en su vida. En las presentaciones en vivo era donde de verdad la gente entendía lo que tenía enfrente. Cuando cantaba acompañada por la orquesta filarmónica de la Ciudad de México o por la orquesta sinfónica de la Secretaría de Marina, podía pasar de una pieza de Puchini a una ranchera de Lola Beltrán sin perder un suspiro.

Eso es lo que las sopranos formadas no hacen. Eso es lo que las cantantes de mariachi no aprenden. Irma hacía las dos cosas en el mismo concierto. Ganó el Premio Nacional de Cultura del Senado en el 2019. Tenía 18 años cuando lo recibió. Después le dieron el doctorado honoris causa de la Cámara de Diputados por sus aportes a la cultura mexicana a esa edad tan temprana.

Y entre los reconocimientos públicos y las presentaciones, Irma fue construyendo una relación cercana con doña Carmen Salinas. Esa actriz que a ti te hizo reír en tantas telenovelas, esa señora que se sabía la historia entera del medio del espectáculo en México. Carmen le dijo a Irma, “Tú eres mi aijada.” y la presentó como tal en cuanto a entrevista pudo.

Tú y yo sabemos lo que significaba ser la aijada de Carmen Salinas en ese medio. Doña Carmen abría puertas que nadie más podía abrir. Pero a pesar del talento, a pesar de los reconocimientos, a pesar de Carmen Salinas, había algo que la carrera de Irma no terminaba de dar. El salto, el siguiente nivel, llenar auditorios, sacar discos con disquera grande, tener gira propia por Estados Unidos.

El problema no era el talento, el problema era el dinero y las conexiones. La industria musical mexicana, esa que tuviste todos los domingos en Siempre en domingo, esa que te trajo a Lucerito, a Lucía Méndez, a Daniela Romo. Funciona con reglas duras, sin un productor que invierta dinero en grabar bien, en distribuir, en pagar promoción en estaciones de radio, sin un manager con contactos para conseguir presentaciones grandes, sin alguien que negocie contratos en favor del artista, no en su contra, una cantante con todo el talento del

mundo se queda haciendo palen pequeños el resto de su vida. Irma necesitaba a alguien que le pusiera la infraestructura, un productor, un manager, un padrino del medio. Y esa necesidad legítima, esa búsqueda profesional que cualquier artista joven hace, fue exactamente la puerta por donde entraron a su vida los dos hombres que la marcaron.

El primero se llamaba Carlos de Jesús Quiñones Armendari. Era empresario de medios, fundador de cadena radio SA y de radio 13, una de las concesiones de radio más antiguas del país. Era un hombre con dinero, con conexiones, con todo lo que Irma necesitaba para arrancar y era décadas mayor que ella. Carlos vio a Irma cuando ella tenía 18 años recién cumplidos.

le prometió producirle el siguiente disco, conectarla con la gente correcta, llevarla al estrellato que merecía. Y entre la promesa profesional y la realidad de que Carlos era un hombre con poder y Irma una muchacha con sueños sin recursos, la relación dejó de ser solo profesional. Estuvieron juntos aproximadamente 2 años hasta que Carlos Quiñones murió en noviembre del 2020.

El COVID se lo llevó. Después de la muerte de Carlos, alguien filtró acusaciones contra Irma. Dijeron que había regresado a la casa del difunto a llevarse cosas valiosas. Esas acusaciones nunca se probaron, pero hicieron lo que tenían que hacer. Le pegaron a su reputación cuando ella estaba más vulnerable. Y ahí está Irma a finales del 2020.

20 años cumplidos con tres discos sacados, con una técnica de ópera aplicada al mariachi que no tenía rival en su generación, sin productor, sin manager, sin el padrino del medio que necesitaba para dar el siguiente salto y con la sombra de un escándalo encima que no era cierto, pero que circulaba. Ahí, exactamente ahí, en ese momento de máxima vulnerabilidad profesional, apareció en su vida un hombre de 77 años que dijo llamarse Jesús Hernández Alcocer, un hombre que se presentó como abogado poderoso, con conexiones en los niveles

más altos del gobierno mexicano, con dinero para producir lo que ella necesitara, con una mansión en el pedregal y vehículos de lujo y guardaespaldas armados. Un hombre que le ofreció exactamente lo que ella necesitaba y un hombre que llevaba quién sabe cuántos años buscando exactamente a una muchacha como ella.

Para entender qué pasó después, necesitas saber con quién se metió Irma Lidia cuando aceptó casarse con Jesús Hernández al cocer. Y para eso te tengo que contar algo que el medio del espectáculo conocía a medias y que la prensa nunca terminó de armar bien. Jesús Hernández Alcocer se presentaba como abogado, como licenciado en derecho con 40 años de carrera, como asesor legal de obispos, de políticos, de empresarios poderosos.

Tenía despacho, tenía clientes, cobraba honorarios altos, pero no tenía título. Ese hombre nunca terminó la carrera de derecho. Lo que sí terminó fue ciencias políticas en la UNAM allá por 1963, cuando la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales hervía de jóvenes con ganas de cambiar el mundo. Pero el derecho, el título de licenciado en derecho que él presumía en cada conversación y en cada tarjeta de presentación, ese título nunca existió.

Recuerda este dato. Lo vas a necesitar para entender cómo un hombre así pudo vivir 50 años cobrando como abogado sin que nadie lo cuestionara. Aquí entra la maquinaria de la que poca gente quiere hablar. En México, la diferencia entre un hombre poderoso y un hombre que parece poderoso es nada más una cosa, las conexiones reales. Y Jesús Hernández las tenía.

Había sido proveedor de servicios de seguridad para la Secretaría de Seguridad Pública cuando esa secretaría estaba bajo el mando de Genaro García Luna. Sí, ese mismo García Luna, el que hoy está cumpliendo cadena perpetua en una prisión federal de Estados Unidos por haber trabajado durante años para el cártel de Sinaloa.

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