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SARA GARCIA: El Rostro del Chocolate Abuelita Escondió un SECRETO Sesenta Años

Por eso, varios que han contado esta historia juran que Sara nació a bordo, en Aguas del Golfo, antes de tocar tierra mexicana. “Mexicana por accidente”, dicen en Norisaba, pero mexicana de corazón hasta el último día. Las dos familias se separaron al llegar a México y la vida de Sara desde el primer día se llenó de algo que la marcaría para siempre, la muerte rondándola de cerca.

Porque tienes que entender una cosa para entender a esta mujer, Sara fue hija única, pero no fue la primera hija, fue la onceava. Antes de ella, sus padres habían tenido 10 hijos y los 10 se les murieron todos en el parto de bebés, de niños chiquitos, uno tras otro, 10 apúdes pequeños antes de que naciera Sara.

Imagínate lo que era esa casa. Imagínate a esa madre, doña Felipa, enterrando hijo tras hijo, rezando, temblando cada vez que se embarazaba otra vez. Y entonces llega Sara, la número 11, la única que sobrevive. La esperanza entera de unos padres rotos por el dolor puesta sobre los hombros de una sola niña. Tú que eres madre o que fuiste hija, imagínate ese peso.

Ser la única que quedó y la tragedia no había terminado con ella. Apenas estaba empezando. Corre el año 1900. Sara tiene 5 años. En Orizaba se contagia de Tifus Murino, una enfermedad que transmitían las purgas de las ratas y que en esa época mataba sin piedad. La niña arde en fiebre y su madre, doña Felipa, esa mujer que ya había enterrado a 10 hijos y que no estaba dispuesta a enterrar al 11o, no se despega de ella ni un segundo.

La cuida día y noche, la abraza, la limpia, le baja la fiebre con paños. Y en ese cuidado, en ese amor que no calcula el riesgo, la madre se contagia. Sara se salvó. Doña Felipa, no. La madre murió a los pocos meses y Sara, con 5 años cargó desde entonces con algo que ningún niño debería cargar. La idea de que su madre se murió por cuidarla a ella, que ella, la única que se salvó de 11, le pasó la muerte a la única persona que la amaba sin condiciones.

Su padre, don Isidoro, arquitecto hombre culto, nunca se recuperó del golpe. Recogió a su hija y se la llevó a la ciudad de México, lejos de Orizaba, lejos de los recuerdos. Pero la sombra lo siguió. Al poco tiempo de llegar a la capital, don Isidoro sufrió un derrame cerebral. Lo internaron en la Casa de Beneficencia Española y ahí murió.

Saca la cuenta, Sara García tenía 9 años y ya no le quedaba nadie, ni madre, ni padre, ni hermanos, porque los hermanos nunca vivieron, ni un tío, ni una abuela, ni un primo en todo el país. Estaba completamente sola en una ciudad que no era la suya. Una huérfana absoluta de 9 años. Hastar piensa en una niña de 9 años que tú conozcas, una nieta. Una vecina. Ahora quítale tadó.

Eso fue Sará. La salvó una institución. El colegio de las bizcaínas, un internado católico antiquísimo. Fundado siglos atrás para educar a niñas huérfanas y a niñas sin recursos. A Sara la aceptaron con una beca. La llamaban lugar de gracia y era justo para casos como el suyo, niñas a las que la vida les había quitado todo.

Ahí entró Sara. Entre rezos, uniformes, disciplina dura, monjas severas y pasillos fríos, las monjas se volvieron sus madres sustitutas. El colegio se volvió a su casa porque no tenía otra. Y ahí, entre tantas niñas, igual de solas que ella, hubo una con la que hizo migas. Una niña española de su misma edad, más o menos, alegre, despierta.

Se llamaba Rosario. Sí, la misma, la del barco, la hija de la mujer que la amamantó. El destino las había vuelto a juntar sin que ninguna de las dos supiera la historia completa de cómo habían llegado al mundo casi de la mano. Eran amigas en ese internado de huérfanas. Compartían el frío, la comida, los castigos, las risas escondidas y después, como pasa tantas veces en la vida, crecieron, salieron del colegio y se perdieron.

Cada una agarró su camino. Pasaron casi 30 años sin volver a verse. Recuerda que se perdieron porque el día que se reencuentren ya no se van a soltar nunca más. Quiero que te quedes un momento en ese internado, porque ahí se formó todo lo que Sara García iba a hacer después. Imagínate la vida de esa niña. Despertarse al amanecer con una campana, misa antes del desayuno, clases de catecismo de costura de letras de buenas modales, uniforme almidonado, monjas que no perdonaban una falta y de fondo, siempre la conciencia de que ella no

tenía a nadie esperándola afuera. Las otras niñas, muchas, recibían visitas los domingos. A Sara no la visitaba nadie porque no quedaba nadie que pudiera hacerlo. Las Navidades, los cumpleaños, las tardes largas, todo lo pasaba entre esos muros. Una niña sí puede hundirse o puede endurecerse. Sara se endureció.

Aprendió a no esperar nada de nadie, a valerse sola, a no llorar enfente de los demás. Aprendió a ser disciplinada hasta lo terco, porque la disciplina era lo único que la sostenía. Y ese carácter, esa coraza, la acompañó toda la vida. Mucha gente que la conoció de grande hablaba de su genio fuerte, de su carácter recio, de que no se dejaba de nadie, pues ese genio no le cayó del cielo.

Se lo construyó una niña de 9 años que tuvo que aprender a sobrevivir sin que nadie la abrazara. La abuela tierna y dulce que tú viste en la pantalla por dentro era una mujer de hierro y tenía que serlo. Pero en ese mismo colegio entre el frío y la disciplina, Sara descubrió algo que le salvó el alma.

Las monjas organizaban obras de teatro, pequeñas representaciones religiosas, cuadros para las fiestas del colegio y un día le tocó subirse a actuar. Y pasó algo. Cuando se ponía en la piel de otra persona, cuando dejaba de ser la huérfana Sara García y se convertía en otra, el dolor se le iba. Por unos minutos dejaba de ser la niña que había perdido a todos.

Era reina, era santa, era quien quisiera. El teatro fue lo primero que le devolvió la alegría. Ahí, en una obrita escolar de monjas, nació la actriz más querida de México sin que nadie lo supiera todavía ni ella misma. Tú conoces a Alwin así, Alwin que por fuera es pura fortaleza y que por dentro carga una soledad que empezó de niño.

Esa era Sara y apenas estamos empezando a conocerla. Esa es la primera mujer de esta historia que tienes que guardar en el corazón. Rosario González Cuenca, la niña del barco, la compañera del internado, la que la prensa de México, décadas después, cuando ya las dos eran mayores y vivían juntas, tuvo el descaro de llamar nada más que la asistente.

Como si una persona con la que compartes la leche de su madre cuando eres bebé, el internado cuando eres niña y la casa, la cama y la vejez cuando eres mujer, fuera nada más una empleada que te ordena los papeles. Y aquí hay algo que quiero que cargues contigo el resto de esta historia. Porque es la ironía que lo explica todo.

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