Por eso se fueron. Pero si uno lee el texto con cuidado, Jesús no los corrige. No dice, “Esperen, era una figura retórica.” No suaviza nada, los deja irse y luego le pregunta a los 12, “¿También ustedes quieren irse?” No, también ustedes malentendieron lo que quise decir? Si era una metáfora malentendida, Jesús la habría aclarado. No lo hizo.
Ese argumento lo había escuchado antes de labios de católicos que yo había debatido. Siempre había tenido una respuesta lista, pero esa noche, sentado solo con el texto griego abierto [música] y los comentarios patrísticos a mi lado, me di cuenta de que mis respuestas eran sofisticadas, pero no eran honestas.
eran el tipo de respuestas que uno construye cuando ya tiene la conclusión y necesita acomodar el texto a ella. No el tipo de respuestas que surgen cuando uno deja que el texto diga lo que dice. Eso es exactamente lo que yo había acusado a los católicos de hacer durante 18 años. El proceso que siguió duró casi 2 años, entre finales de 2017 y principios de 2019 y fue la experiencia más solitaria y más desconcertante de mi vida adulta, porque yo no podía hablar de esto con nadie, no con mis diáconos, [música] no con mis líderes de célula, no con mi red
de pastores y sobre todo no con el pastor Rafael Guerrero, mi mentor de 30 años, el hombre que me había formado amado y que había visto crecer el ministerio conmigo. El pastor Guerrero tenía 72 años en ese entonces. Era un hombre que había dado su vida entera al ministerio bautista con una integridad que yo respetaba profundamente.
Lo que yo estaba descubriendo no solo contradecía su teología, contradecía la base sobre la que él había construido 50 años de ministerio. No podía cargarle eso sin estar primero completamente seguro de lo que estaba viendo. Y seguía sin estar completamente seguro. Seguía buscando la respuesta protestante que cerrara todo lo que se había abierto.
Seguía buscando el argumento que me permitiera mantener lo que tenía sin sacrificar la honestidad intelectual. Quería desesperadamente que existiera ese argumento. Necesitaba que existiera. Prediqué durante esos dos años desde el púlpito con una incomodidad que nadie veía porque yo sabía muy bien cómo mantener la superficie intacta.
[música] Seguí subiendo videos al canal. Seguí el programa de radio. Seguí siendo el pastor Ríos para mis 450 personas, el que tiene respuestas, el que sabe lo que cree y por qué lo cree. Por dentro estaba desarmando ladrillo por ladrillo el edificio de 18 años, sin saber todavía si habría algo en que vivir cuando terminara.
Patricia lo notó antes de que yo dijera nada. Patricia es una mujer con una capacidad de observación que me ha asombrado en todos los años de matrimonio y que en los momentos difíciles se vuelve más aguda en lugar de menos. Un domingo de octubre de 2018, después de la misa, mientras los niños veían televisión y nosotros estábamos en la cocina, me preguntó con la directiza.
Daniel, ¿qué es lo que estás cargando? Le dije que no era nada. Ella me miró de la manera en que me mira cuando sabe que estoy mintiendo y tiene la paciencia de esperar a que yo llegue solo a la verdad. La verdad llegó en noviembre de ese año, se la conté todo. Desde Trogo, desde Calvino reconociendo la dificultad del texto, desde San Ignacio en el año 107, desde los 18 meses de búsqueda en silencio, desde el miedo que para ese momento ya era enorme, a lo que significaría si las conclusiones a donde me llevaba todo eso resultaban ser las
correctas. Patricia me escuchó durante casi 3 horas sentada frente a mí en la mesa de la cocina con las manos juntas sin interrumpirme. Cuando terminé hubo un silencio largo. Luego me dijo, “Daniel, llevo meses viendo que algo en ti se está rompiendo. Ahora entiendo qué es.
” Y lo que me estás diciendo es que se está rompiendo porque encontraste algo que no puedes ignorar con honestidad. Le dije, “Sí, eso es exactamente.” Me dijo, “Entonces tenemos que seguirlo, aunque cueste.” Eso me lo dijo Patricia, la esposa del pastor anticatólico de Monterrey, que había crecido en la misma fe que yo, que tenía sus propias amistades y su propio rol en la congregación, que sabía perfectamente lo que aunque cueste significaba en términos concretos para nuestra familia.
Me lo dijo sin titubear. En enero de 2019 llamé al padre Salvador Medina Robles, el párroco de la parroquia de Cristo Rey en la colonia del Valle de Monterrey. Había llegado a su nombre a través de los materiales del canal de YouTube de la parroquia que encontré mientras buscaba fuentes directas sobre la liturgia y los sacramentos.

Sus videos tenían algo que me llamó la atención de inmediato. No eran defensivos ni apologéticos, eran simplemente explicativos. El padre Salvador hablaba de la Eucaristía, de la misa, de los sacramentos, con la naturalidad de quien describe algo que es parte de su respiración cotidiana, no algo que necesita defender de ataques externos.
Lo llamé un martes por la mañana. Le dije directamente quién era. Pastor Bautista, canal de YouTube anticatólico, 18 años de ministerio protestante y que llevaba más de un año estudiando los padres de la iglesia y el griego del Nuevo Testamento y que tenía preguntas que no sabía a quién más hacer. El Padre Salvador respondió sin sorpresa ni triunfo, “¿Cuándo puede venir?” “Fui el jueves de esa semana.
” La parroquia de Cristo Rey tenía una sala de reuniones pequeña donde el padre salvador me recibió con café y con la misma naturalidad de sus videos. Era un hombre de unos 54 años de complexión media con unos lentes de montura redonda que le daban un aire académico que correspondía perfectamente con la manera en que hablaba.
escuchó mi historia completa desde Trogo hasta ese momento con una atención sin interrupciones que fue la primera vez en más de un año que yo podía hablar de todo esto en voz alta sin tener que medir cada palabra. Cuando terminé, me miró un momento y me dijo, “Daniel, lo que usted describió del cambio de fago a trogo en Juan 6 es exactamente lo que los padres de la Iglesia del siglo segundo argumentaban cuando explicaban la Eucaristía a los paganos.
San Juan Crisóstomo dedicó páginas enteras a ese cambio de verbo. [música] No es un argumento que la Iglesia Católica inventó en la Edad Media. es la exégesis más antigua que existe del pasaje. Luego me dijo algo que me impactó de una manera diferente a cualquier argumento textual. Usted no llegó aquí porque falló en su fe. Llegó aquí porque la tomó en serio.
Esa es la única manera honesta de llegar. Las reuniones con el Padre Salvador se volvieron quincenales a lo largo de 2019. Fueron el periodo intelectual y espiritual más rico de mi vida. No porque el Padre Salvador me convenciera de nada. Los textos ya me habían convencido, sino porque en esas conversaciones fui entendiendo lo que había encontrado no solo como un argumento ganado, sino como una realidad que tenía que ser vivida, no solo comprendida.
me habló del contexto judaico de Juan 6, del maná en el desierto como prefiguración, de la Pascua judía y la carne del cordero que debía ser comida para que la sangre del umbral tuviera efecto. Me mostró como toda la estructura del Antiguo Testamento apuntaba a lo que Cristo estaba describiendo en ese discurso y cómo los oyentes judíos de Cristo entendían perfectamente las referencias, lo cual explicaba precisamente el escándalo.
No es que no entendieran, es que entendieron demasiado bien y no podían aceptarlo. Me habló de Mateo 16:18, la piedra sobre la que Cristo dice que va a edificar su iglesia. En griego el juego de palabras es insoluble. Jesús le cambia el nombre a Simón, lo llama [carraspeo] Petros y dice que sobre esta petra edificará su iglesia.
Los argumentos protestantes sobre por qué la roca es la fe de Pedro y no Pedro mismo implican una ruptura gramatical que el texto griego no facilita. Yo lo sabía, lo había sabido durante años, pero lo había explicado siempre con los mismos recursos retóricos que ahora reconocía como lo que eran. Esfuerzos por acomodar el texto a una conclusión previa.
En febrero de 2019 me confesé por primera vez en mi vida como adulto consciente. Había cumplido 42 años sin acercarme a ese sacramento de manera real. toda una vida, incluidos 18 años de ministerio en los que yo había predicado que la confesión auricular no tenía fundamento bíblico, que era una invención medieval de control sacerdotal, que Santiago 5:16 hablaba de confesar los pecados unos a otros en comunidad y no de ningún sacerdote como mediador.
había ignorado deliberadamente Juan 20:23, donde Cristo le dice a los apóstoles, “A quienes perdonen los pecados les quedarán perdonados, a quienes se los retengan, les quedarán retenidos.” Ese versículo implica que los apóstoles tienen la capacidad de perdonar o no perdonar, lo que a su vez implica que deben conocer los pecados para poder ejercer esa capacidad.
Cada vez que un feligrés me lo citaba, yo tenía mi respuesta preparada. Ahora, sentado frente al Padre Salvador con el texto en la mano, ya no podía sostener esa respuesta con honestidad. La confesión duró más de una hora, 42 años de cosas acumuladas, incluido el peso específico de 18 años de haber predicado en contra de algo que resultaba ser verdad.
No lo digo con autoflagelación, lo digo porque fue lo que salió en esa hora y fue lo que el Padre Salvador sostuvo con una paciencia y una presencia que no voy a olvidar. Cuando pronunció las palabras de la absolución, algo ocurrió que no tiene equivalente en ninguna experiencia que yo haya tenido antes.
No fue un fenómeno emocional, fue algo más concreto y más desconcertante que la emoción. fue la experiencia de algo real ocurriendo con una eficacia que no dependía de mi preparación ni de mi estado de ánimo, como cuando uno enciende un interruptor y la luz enciende. La luz no depende de cómo uno se sienta, simplemente ocurre. Salí del confesionario y me senté en el último banco de la parroquia de Cristo Rey.
Frente a mí, el sagrario. Yo había pasado 18 años explicándole a otros que ese sagrario era idolatría, que la dentro era pan ordinario al que los católicos le atribuían poderes que no tenía. Que el catecismo que describía la presencia de Cristo en la Eucaristía era exactamente el tipo de doctrina humana que Mateo 15:9 condenaba.
Ahora estaba sentado frente a ese sagrario con el griego de Juan 6 en la cabeza, con San Ignacio del año 107 en la cabeza, con San Justino del año 155 en la cabeza, con la absolución del Padre Salvador todavía resonando. Y lo que sentí no fue lo que yo habría predicho que sentiría. No fue triunfo intelectual, no fue la satisfacción del que resolvió un problema teológico difícil, fue reconocimiento, la misma clase de reconocimiento que se tiene cuando uno llega a un lugar al que no ha ido nunca y que, sin embargo, el cuerpo
reconoce como conocido. Una presencia que no se generaba por la música, ni por la predicación, ni por ninguno de los mecanismos emocionales que yo había aprendido a producir en mis cultos durante 18 años. [música] una presencia que simplemente estaba, que había estado, que no necesitaba mi aprobación teológica para existir y que llevaba 2000 años siendo lo mismo que San Ignacio describió en el año 107.
Estuve sentado frente a ese sagrario durante 45 minutos. Luego salí y llamé a Patricia. En marzo de 2019 le dije al pastor Guerrero, la conversación fue en su casa en una tarde de sábado con el café que su esposa, doña Esperanza, siempre servía cuando yo iba de visita. Le contamos todo, Patricia y yo juntos, desde Trogo, desde Calvino, desde los padres de la iglesia, desde la confesión, desde lo que habíamos encontrado y lo que nos había costado encontrarlo.
El pastor Guerrero me escuchó durante más de 2 horas. [música] con la cara de alguien que está recibiendo una noticia cuyo peso todavía no ha terminado de aterrizar. Cuando terminé, se levantó de su silla, fue a la ventana de su sala y estuvo de espaldas a mí durante un tiempo que se sintió muy largo. Luego se dio vuelta, tenía los ojos brillantes.
Me dijo, “Daniel, te conozco desde que tenías 8 años y sé que no estás aquí porque fallaste en la fe ni porque te dejaste llevar por algo. Estás aquí porque seguiste la Biblia hasta donde ella te llevó.” hizo una pausa. No comparto a donde llegaste, pero no puedo decirte que lo que hiciste estuvo mal. No nos abrazamos esa tarde.
La conversación terminó con un silencio que tenía demasiado peso para llenarse con palabras. Pero el pastor Guerrero me extendió la mano antes de que saliéramos y eso de parte de ese hombre era todo lo que yo podía esperar y más de lo que merecía. El proceso de salir del ministerio fue uno de los momentos más difíciles de mi vida adulta.

Anuncié mi renuncia a la congregación en abril de 2019. Fui honesto sobre las razones. No dije que tenía problemas personales ni que necesitaba un descanso. Les expliqué que había hecho un estudio de los textos del Nuevo Testamento en griego y de los documentos de los primeros siglos del cristianismo [música] y que las conclusiones a las que había llegado no eran compatibles con el ministerio que tenía.
¿Que les debía esa honestidad? La reacción fue exactamente lo que yo había anticipado y esperado. Confusión, dolor, preguntas que no tenían respuestas sencillas. Algunos de mis diáconos intentaron disuadirme durante semanas. Dos de ellos que eran amigos de más de una década dejaron de hablarme. El programa de radio se canceló la semana siguiente.
El canal de YouTube lo cerré yo mismo en mayo de 2019 después de subir un último video explicando lo que había encontrado y por qué. Ese video, antes de que lo retirara, recibió más de 40,000 visitas y comentarios que tardé semanas en leer. Perdí el salario, perdí la red de pastores, perdí 15 años de amistades construidas en el ministerio compartido, perdí el estatus, que en ese mundo tiene un peso que uno no mide hasta que lo pierde.
Y Patricia, que sabía todo eso desde noviembre de 2018, cuando me dijo, aunque cueste, no retrocedió un solo paso. Fue al proceso de formación conmigo. Hizo sus propias preguntas al padre Salvador, que las respondió con la misma paciencia con que había respondido las mías. Y en los momentos en que el costo se sentía demasiado grande, me recordaba por qué habíamos empezado.
El 8 de abril de 2024, sábado santo, en la vigilia pascual de la parroquia de Cristo Rey de Monterrey, Patricia y yo fuimos recibidos plenamente en la Iglesia Católica. Con nosotros nuestra hija Abigail, que había seguido el proceso completo con esa intensidad callada que tiene para todo lo que le importa de verdad. El padre Salvador Medina Robles presidió la vigilia cuando me entregó la Eucaristía por primera vez y dijo, “El cuerpo de Cristo.” Respondí, “Amén.
” Con la voz del que ha llegado al final de un camino muy largo. San Ignacio de Antioquía escribió en el año 107 que la Eucaristía es la carne del Salvador. San Justino Mártir la describió en el año 155 con la misma precisión que el Padre Salvador acababa de usar frente a mí. 19 siglos de continuidad ininterrumpida.
El verbo trogo en el versículo 54 de Juan, capítulo 6, que un martes de octubre de 2017 no supe cómo manejar, me había traído exactamente aquí. Volví al banco, me arrodillé. Patricia estaba a mi lado, también arrodillada con Abigail a su derecha. En el tercer banco con su esposa, doña Esperanza, estaba el pastor Guerrero.
Nos habíamos reconciliado ocho meses antes en una conversación larga y honesta que terminó en un abrazo. Él no fue a mi recepción como celebración de mi conversión, fue porque me quería y eso para mí era suficiente. Quiero decirles algo a los pastores y líderes evangélicos que están escuchando esto. No lo digo con superioridad ni con la actitud del que descubrió algo que ustedes no han visto.
Lo digo con el respeto de alguien que estuvo exactamente donde ustedes están, que amó esa fe con todo lo que tenía y que la siguió hasta donde ella misma lo llevó. Lean a San Ignacio de Antioquía, no lo que otros dicen sobre él. Él mismo [música] en sus propias palabras escritas en el año 107. Lean la primera apología de Justino Mártir del año 155.
Lean la Did G. No como ejercicio apologético, no para refutar nada. Léanlos con la misma honestidad con que leen el Nuevo Testamento, con la misma disposición a dejar que el texto diga lo que dice. Y cuando lleguen a Juan 6:54, busquen el verbo griego, busquen trogo, abran el diccionario, lean la definición.
Eso es todo lo que yo hice y el texto hizo el resto. [música] Mi nombre es Daniel Esteban Ríos Castellanos. Tengo 49 años y estoy agradecido de haberme convertido al catolicismo. [música] Usé la Biblia durante 18 años para atacar la Iglesia Católica y la Biblia me respondió llevándome a ella. Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto.
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