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Así fue la SORPRENDENTE VIDA de Eulalio González El Piporro | Los Secretos, la Fortuna y el adiós

Así fue la SORPRENDENTE VIDA de Eulalio González El Piporro | Los Secretos, la Fortuna y el adiós

Hay una casa que el primero de septiembre de 2003 amaneció en silencio. No el silencio de una casa vacía, ni el silencio de una casa dormida. El silencio específico de una casa donde algo que estaba vivo la noche anterior ya no estaba al amanecer. El silencio que los familiares que vivían ahí encontraron esa mañana cuando se dieron cuenta de que el hombre que había dormido ahí no iba a despertar.

 El hombre se llamaba Eulalio González Ramírez. México lo conocía como el piporo y la noche anterior, unas horas antes de que su corazón se detuviera en esa casa de San Pedro Garza García, había estado parado en el escenario del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México con el acento regiomontano que lo había hecho famoso en 74 películas frente a un público de abuelitas, mamás e hijas que reían al unísono con cada despiste y cada ocurrencia.

 Sus últimas palabras al público. Las últimas palabras que Eulalio González le dijo a la gente que lo amó durante más de cinco décadas fueron estas A. Muchas gracias por haber venido hoy a este maravilloso recinto. Y luego se fue. Regresó a Monterrey antes de lo que tenía estipulado. se acostó en su casa del sector Valle Oriente y entre la 1 y las 2 de la madrugada del 1 de septiembre de 2003, el hombre que había inventado el baile del taconazo, que había compuesto canciones que el norte de México todavía canta 20 años después de su muerte, que

había protagonizado la primera película del cine mexicano sobre la migración indocumentada, que había sido el primer cómico norteño en llegar a los escenarios más importantes del país, sin renunciar a su acento ni a su sombrero norteño, ni a sus botas, ni a nada de lo que era. murió de un infarto al miocardio en su casa sin que nadie en la familia lo supiera hasta la mañana siguiente, como si lo hubiera presagiado, como si el hombre que toda su vida había sabido cuando era el momento exacto de soltar la línea

cómica, hubiera sabido también que ese concierto en Bellas Artes era su despedida y que por eso había que hacerlo bien. Había que terminar con el Ajúa, había que dejar al público riendo. Esa es la última escena de la historia de Eulalio González, el piporo. Pero antes de llegar ahí, antes de hablar de esa casa, lo que quedó de ella y de lo que quedó de todo lo que él construyó, hay que contar la historia completa.

 Hay que contar como un niño de un municipio tan pequeño, que hoy ya casi nadie recuerda su nombre, llegó a ser uno de los cinco cómicos más importantes de México. Hay que contar el contador que nunca ejerció, el locutor que nunca fue locutor, el actor que nunca estudió actuación y el cantante que terminó siendo icono de un género que tampoco había estudiado formalmente.

 Hay que contar porque Eulalio González es el hombre que representó al norteño mexicano en la pantalla grande durante cuatro décadas con una autenticidad que ningún director de cine ni ningún productor de la Ciudad de México podría haber fabricado si lo hubiera intentado, porque esa autenticidad no se actuaba. Venía de haber crecido en la frontera, de haber olido esa tierra específica donde México termina y Estados Unidos empieza, de haber entendido desde niño que vivir ahí en ese borde del mapa era ser algo que el resto del país no

siempre entendía, pero que sin embargo era México de la manera más profunda y más honesta posible. Empecemos desde el principio. Los Herreras, Nuevo León, un municipio pequeño enclavado en el noreste de México, tan pequeño que la mayoría de los mexicanos del centro y del sur del país nunca han escuchado su nombre.

 Pero ese municipio tiene algo que ninguna otra ciudad mexicana puede reclamar con la misma propiedad. El 16 de diciembre de 1921 nació ahí Eulalio González Ramírez, el hombre que sería el piporo. Su padre se llamaba Pablo González Barrera. era empleado de la aduana y ese trabajo, que en apariencia es un dato menor en la historia de un hombre que llegaría a ser actor y cantante y compositor, es en realidad el dato más importante de toda su infancia, porque un empleado de la aduana en el México de los años 20 era un hombre que vivía en movimiento permanente. La

aduana está en la frontera y la frontera en el noreste de México no es un punto fijo en el mapa. Son varios puntos, varias ciudades, varios cruces donde el país termina y el otro empieza. Así que Eulalio González creció en movimiento. Vivió en Ciudad Guerrero, en Tamaulipas, una ciudad que hoy literalmente no existe porque quedó bajo las aguas de la presa Falcón cuando la construyeron décadas después, como si el lugar exacto donde el futuro piporro tuvo su primer contacto con la radio y el cine hubiera desaparecido del mapa para que nadie

pudiera ir a buscarlo. Vivió en Losger Guerra, en Reyosa, en Matamoros. Ciudades fronterizas, todas ellas ciudades donde el español y el inglés se mezclaban en las conversaciones de mercado, donde los dólares y los pesos circulaban con la misma naturalidad, donde la gente que vivía ahí tenía esa identidad específica del fronterizo que no es completamente de un lado ni completamente del otro, sino algo diferente que solo se entiende desde adentro.

 Esa infancia nómada en las ciudades de la frontera noreste formó en Eulalio González algo que ninguna escuela de teatro podría haber enseñado. El sentido del tipo humano fronterizo, el norteño real, no el norteño de las películas de ciudad que nunca habían cruzado al otro lado, sino el norteño que conocía ambos lados del río, que entendía la dualidad de vivir en ese espacio entre dos países, que podía retratar con honestidad la ambigüedad del migrante y del fronterizo, porque lo había visto de cerca toda la vida.

 Fue en Ciudad Guerrero, siendo niño, donde Eulalio González escuchó por primera vez una radio y ese primer contacto con ese aparato que traía voces de lugares lejanos directamente a la sala de una casa pequeña en una ciudad fronteriza de Tamaulipas, lo dejó con una obsesión que no lo abandonaría jamás.

 Quería ser de los que hablaban dentro de esa caja. Quería ser locutor. Eso era lo que quería hacer desde que tuvo edad suficiente para saber que querer algo era una forma de decidir en qué dirección moverse. También fue en Ciudad Guerrero, donde vio su primera función de cine. Las dos cosas juntas, la radio y el cine, en la misma ciudad fronteriza que hoy duerme bajo las aguas de una presa.

 Dos formas de contar historias que lo atraparon siendo niño y que definen la totalidad de lo que fue después. La familia se estableció eventualmente en Monterrey y fue ahí donde Eulalio González Ramírez hizo lo que los padres con aspiraciones hacían con sus hijos en el México de la primera mitad del siglo XX. Tratóle una carrera formal.

 El bachillerato en medicina fue la primera opción. El padre lo animó a seguir ese camino y Eulalio lo siguió un tiempo, lo suficiente como para saber que eso no era lo que quería y luego lo dejó con la determinación tranquila de alguien que sabe exactamente porque está tomando esa decisión, aunque no sepa todavía exactamente hacia dónde va.

Cambió medicina por contaduría. Eso al menos tenía algo más de sentido práctico, algo más de aplicabilidad cotidiana. estudió, se tituló, obtuvo el título de contador que en cualquier otro contexto habría sido el pasaporte a una vida razonablemente estable en el Monterrey industrial de los años 40, pero nunca ejerció.

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