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Pati Chapoy: Por ESTO un Tribunal de Texas la Obligó a Sentarse en el Banquillo

Y deja que te diga algo de corazón. Esta historia es tuya tanto como es de ellas, porque tú viviste esos años. Tú prendías la radio en la cocina y ahí estaba Gloria Trevi. Tú veías la televisión en la tarde y ahí estaba Patti Chapoy. Estas dos mujeres entraron a tu casa miles de veces sin tocar la puerta durante décadas.

Acompañaron tus mejores años. estuvieron de fondo en momentos que tú recuerdas con cariño, en fiestas, en reuniones, en tardes tranquilas. Por eso, cuando entiendas lo que de verdad pasó entre ellas, no lo vas a entender como quien lee un periódico viejo. Lo vas a entender como quien descubre la verdad sobre alguien de su propia familia.

Y a lo mejor sientes algo raro en el pecho al darte cuenta de cuánto creíste durante cuánto tiempo sin cuestionar nada. No te culpes por eso. Nadie te dio las herramientas para dudar. Te dieron una pantalla, una voz segura y la costumbre de creer lo que veías. Lo valiente, lo que estás haciendo justo ahora es animarte a mirar otra vez con otros ojos todo lo que diste por cierto, porque detrás de Gloria Trevi siempre estuvo otro nombre, Sergio Andrade, su productor, su representante, el hombre que la descubrió siendo casi

una niña que la convirtió en la estrella más grande de su generación y que años después se sentaría en el banquillo de los acusados por delitos que todavía hoy estremecen a este país. Recuerda ese apellido, Andrade, lo vas a necesitar para entender por qué Gloria Trevi pasó casi 5 años de su vida encerrada en una cárcel.

Y por qué cuando salió descubrió que la verdadera condena apenas empezaba. Pero antes de que un tribunal tocara el nombre de Gloria Trevi, antes de la cárcel, antes de la fuga, hubo una tarde en 1997 en la que la patrona estuvo a punto de terminar ella misma tras las rejas. Y lo que pasó ese día, lo que aprendió ese día, lo cambió todo.

Porque ese día sobre el cielo de la Ciudad de México, apareció un helicóptero. Era 1997. Ventaneando. Llevaba apenas un año al aire, pero ya había hecho algo imperdonable a ojos de la televisora más poderosa del país. Había usado imágenes de Televisa para criticar a Televisa, fragmentos de telenovelas, pedazos de programas, segundos de archivo que Ventaneando tomaba para señalar, para burlarse, para cuestionar.

Para los dueños de la empresa de San Ángel, eso tenía un nombre, robo, piratería. Y decidieron que iban a darle una lección a la mujer que se había atrevido a morder la mano de la que había comido durante 20 años. El 31 de julio de 1997, el diario La Jornada publicó la noticia. Un juez de distrito en materia penal de nombre Arturo Sánchez Valencia dictó auto de formal prisión contra Pati Chapoy.

El delito que le imputaban era una infracción al artículo 135 de C la Ley Federal de Derechos de Autor por usar fragmentos de los programas de Televisa. Eso es un hecho documentado con fecha, con nombre del juez y con el periódico que lo publicó. Quedó por escrito para siempre, lejos del chisme de pasillo. Imagínate la escena.

Ella está transmitiendo su programa como cualquier tarde, cuando llega Nacho Morales, el director financiero de la empresa, y la llama a su oficina. Ella entra y él le dice, con la voz de quien trae una mala noticia, que hay una orden de apreensón en su contra. Ella pregunta qué hizo y la respuesta es que Televisa está furiosa.

Afuera, según ella misma ha contado en entrevistas a lo largo de los años, ya había agentes apostados esperando el momento exacto en que saliera del edificio para detenerla. Esa noche la pasó escondida en su casa con su hijo mientras las patrullas se acomodaban afuera de su fraccionamiento y los reporteros encendían sus ces cámaras.

Imagina a esa noche por un momento. una mujer encerrada en su propia casa con las cortinas cerradas, escuchando los motores de las patrullas afuera, viendo de reojo las luces que se colaban por las rendijas, sin saber si al amanecer iba a despertar en su cama o en una celda con un hijo al lado tratando de que no sintiera el miedo que ella sí sentía.

Fue, según lo ha contado, una de las noches más largas de su vida. Y aquí está lo importante. En esa noche ella vivió en carne propia, lo que después le haría vivir a tantos otros. El miedo de ser perseguida, la angustia de no controlar tu propia historia, la sensación de que afuera hay una jauría esperando a que salgas.

La diferencia, la enorme diferencia es que a ella vino a salvarla un helicóptero. A los demás después nadie los vino a salvar. Y al día siguiente, según ella ha narrado, Ricardo Salinas Pliego la llamó y le pidió que encendiera la televisión. En la pantalla en vivo se veían las patrullas, los periodistas y un helicóptero sobrevolando su propia casa.

Entonces el dueño de TV Azteca tomó una decisión que iba a quedar grabada para siempre en la historia de la televisión mexicana. Mandó un helicóptero a recogerla. La levantó literalmente por encima de las patrullas que la esperaban en la calle y la trasladó por el aire hasta las instalaciones de la televisora.

Detente un momento aquí, porque esta imagen es el corazón de todo. Una mujer acusada formalmente por un juez con una orden para llevarla a prisión y en lugar de pisar una celda, vuela por encima de la ley, por encima de los agentes, por encima de las reglas que aplican para cualquier ciudadano común que tú conoces.

Mientras tú o yo o tu vecino tendríamos que bajar a enfrentar a esos agentes, ella se elevaba sobre todos ellos en un helicóptero pagado por el hombre más rico que la protegía. La pantalla no necesita pruebas, pero tampoco descubrió ese día, necesita obedecer del todo a la ley si tienes detrás suficiente dinero y suficientes abogados.

Al final, después de 3 años de litigio, un juez falló a su favor. Se reconoció el derecho a usar fragmentos de material ajeno para la crítica, lo que en este país se llamó la crestomatía, que en Ventaneando bautizaron con orgullo, como el suceso Chapoi. Y aquí hay una ironía enorme de esas que solo el tiempo sabe construir.

Ese derecho que ella ganó, el derecho a tomar imágenes ajenas para cuestionar a los poderosos, es exactamente el que hoy permite que historias como esta existan. El que permite que se revisen sus propias palabras, sus propios programas, sus propias decisiones. La herramienta que construyó para mirar a los demás se convirtió con los años.

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