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James Rodríguez: Confesó Todo Después De Años

James Rodríguez: Confesó Todo Después De Años

La verdad salió a la luz bota de oro del mundial. Real Madrid Bayern Munich 80 millones de euros. El 10 de Colombia. Gol de bolea contra Uruguay que el mundo nunca olvidará. Y un hombre sentado solo en el banquillo del Rayo Vallecano viendo cómo su carrera se apaga sin que nadie entienda por qué. 33 años. Todavía puede jugar.

Su cuerpo está intacto, su zurda sigue siendo perfecta, pero nadie lo quiere. No en  los grandes, no en los equipos que pelean títulos, no en las selecciones que buscan referentes para ganar trofeos. Lo que nadie te contó es por qué el hombre que brilló más que Messi y Cristiano en Brasil 2014 terminó así.

Su nombre es James David Rodríguez Rubio, James para todo el mundo y lo que le hicieron creer desde niño cambió todo. En los próximos 70 minutos  vas a conocer cuatro cosas que nadie te ha contado sobre James Rodríguez. Primera, la conversación privada que tuvo con Carlo Ancelotti en el Real Madrid.

 El momento exacto donde James decidió que prefería ser feliz a ser grande. Segunda, ¿por qué Sidá lo odiaba? Y no, no tiene nada que ver con el talento. Tiene que ver con algo mucho más profundo. Una filosofía de vida que chocaba con todo lo que Sidá representa. Tercera, la oferta de 50 millones al año que rechazó de Arabia Saudita. 50 millones.

 ¿Y por qué ese rechazo lo dice todo sobre  quién es James realmente? Y la cuarta, la relación con su padre, el hombre que lo hizo crack y el hombre que casi lo destruye. Lo que pasó entre ellos que James nunca ha contado públicamente. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante.

 ¿Por qué un hombre que pudo ser el mejor mediocampista del mundo eligió no serlo? 1991,  Cúcuta, Colombia, frontera con  Venezuela. Una ciudad donde hace calor todo el año y donde el fútbol es lo único que importa. Allí nació James David Rodríguez Rubio. El primero de julio, hijo de Juan Carlos Restrepo y María del Pilar Rubio.

 Su padre jugaba fútbol, no profesional,  semiprofesional, ligas regionales. Ganaba algo, no mucho, pero lo suficiente para que  el niño creciera con un balón en los pies. Juan Carlos tenía un sueño no cumplido. Nunca llegó a primera división. las lesiones, las malas decisiones,  la falta de oportunidades, pero tenía un hijo y ese hijo iba a cumplir el sueño que él no pudo.

 Desde que James nació supe que sería futbolista, dijo Juan Carlos años  después en una entrevista. No era una opción, era su destino. Grábate esa palabra, destino, no elección, destino. James tuvo su primer balón a los dos años.  A los tres ya dormía con él. A los cuatro su padre lo llevaba a las canchas donde jugaba.

 El niño se quedaba en la línea lateral tocando el balón solo durante horas. Nunca tuve que obligarlo decía Juan Carlos. Él quería jugar. Pero hay algo que Juan Carlos no decía, algo que James confesaría años después. No sabía si quería jugar o si quería que mi papá  estuviera orgulloso de mí. Esa es la diferencia.

  Y esa diferencia lo perseguiría toda su vida. Cuando James tenía 5 años, sus padres se separaron. Juan Carlos se fue  de la casa. María del Pilar se quedó con el niño. El padre visitaba fines de semana, días festivos y cada vez que visitaba hacía lo mismo. Llevaba a James a la cancha.

 ¿Cómo vas con el fútbol? Bien, papá, muéstrame. Y James  mostraba regates, tiros, pases, lo que fuera, porque cuando jugaba bien, su padre sonreía. Y cuando su padre sonreía, James sentía que todo estaba bien. Mi papá era mi héroe”, confesó James  en una entrevista de 2019. Yo quería ser como él, mejor que él, para que estuviera orgulloso.

Pero hay algo más oscuro ahí, algo que James no dice con palabras, pero que se entiende entre líneas. Juan Carlos no solo quería que James fuera futbolista.  quería que James fuera el futbolista que él no pudo ser. Y esa presión invisible pero constante  empezó a construir algo dentro de James.

Una necesidad de aprobación que nunca se llenaría, ni con goles, ni con títulos, ni con millones. A los 9 años, James entró a las inferiores de Envigado, un club pequeño cerca de Medellín. Su madre se mudó con él, dejó Cúcuta, dejó su trabajo,  dejó todo. “Mi mamá sacrificó su vida por mí”, dijo James.

  “Eso es algo que nunca voy a poder pagar.” En Envigado, James era diferente.  No por su velocidad, no por su fuerza, por su zurda. esa zurda que parecía  tener imán, que controlaba balones imposibles, que daba pases que nadie más veía,  que pateaba con una precisión quirúrgica. Los entrenadores lo notaron inmediatamente.

“Este niño va a ser crack”, decían. Pero también notaron otra cosa. James era tímido, callado, no hablaba con los otros  niños, no celebraba los goles con gritos. Solo sonreía.  Una sonrisa pequeña, casi triste. James siempre parecía estar en otro lugar, dijo un compañero de inferiores años después, como si estuviera pensando en algo que nosotros no entendíamos.

¿En qué pensaba James? En su padre. ¿En si  estaría orgulloso? ¿En si lo estaba viendo, en si estaba jugando lo suficientemente bien? A los 14 años, James debutó en el primer equipo de Envigado. 14 años. El segundo jugador más joven en debutar en el fútbol profesional colombiano. Primer partido,  20 minutos, un pase filtrado que dejó solo al delantero.

  ¡Gol! Enigado ganó 1 a0. Los periodistas querían entrevistarlo. James dijo  tres palabras y se fue. ¿Por qué tan callado? Le preguntaron al entrenador, “Porque el fútbol es lo único donde habla.” Esa  frase, escúchala bien. El fútbol es lo único donde habla. James nunca  fue bueno con las palabras, nunca fue bueno con la prensa, nunca fue bueno explicando lo que sentía.

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