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Sara García: el DOLOROSO Secreto que su TESTAMENTO REVELÓ tras 60 AÑOS

Sara García: el DOLOROSO Secreto que su TESTAMENTO REVELÓ tras 60 AÑOS

Sara García enterró a su única hija una mañana de 1940. María Fernanda Iváñez tenía 22 años. Esa misma semana, dentro del mismo departamento donde la muchacha había crecido, Sara se instaló a vivir con la mujer con la que llevaba 13 meses escondiendo un asqueroso secreto. Esa mujer se llamaba Rosario González Cuenca.

 Las dos se conocían desde los 8 años. habían sido internas juntas dentro del colegio de las bizcaínas y desde la semana del entierro de María Fernanda no volvieron a dormir separadas. 40 años exactos. Las cartas que se habían escrito durante los meses anteriores a la muerte de la muchacha estaban guardadas dentro de una caja de madera tallada.

Cuando Fernando Iváñez, el padre de la fallecida, descubrió la convivencia meses después y confrontó a Sara dentro del despacho del abogado, ella le respondió con una sola frase de seis palabras. Ella se queda y tú te vas. Quédate hasta el final. vas a saber qué decían exactamente las cartas guardadas dentro de aquella caja y vas a entender por qué la familia oficial trabajó durante medio siglo para que el nombre de Rosario González Cuenca jamás apareciera dentro de un solo libro del cine de oro mexicano.

Pero antes de saber qué decían aquellas cartas, hay algo que tienes que entender. Porque lo que ocurrió la semana del entierro de María Fernanda en 1940 tenía raíces mucho más antiguas. 37 años antes, dentro de una calle empedrada del centro histórico de la Ciudad de México, una niña pequeña entró por primera vez por la puerta de un colegio religioso femenino y dentro del patio principal de aquel edificio de piedra colonial.

conoció a la única persona que iban a acompañarla hasta el último suspiro de su vida adulta. Sara García Hidalgo entró por primera vez por la puerta del colegio de las Bizcaínas durante una mañana de invierno de 1903. Tenía 8 años cumplidos. Llevaba un abrigo gris que le quedaba grande, cargaba una maleta de cartón con las pocas pertenencias que le quedaban de Orizaba y caminaba detrás de su padre sin decir una sola palabra durante todo el trayecto desde la estación de tren hasta la puerta principal del colegio.

Sara llevaba exactamente 4 meses sin pronunciar una sola palabra desde aquella mañana en que su madre había dejado de respirar dentro de una cama de Orizaba. La causa de la muerte había sido una tifoidea contraída durante una epidemia que azotó al estado de Veracruz a finales del siglo XIX. Sara, con apenas 4 años cumplidos, había estado dentro del mismo dormitorio cuando su madre dejó de respirar definitivamente.

Había visto como el rostro de la mujer enferma cambiaba de color durante los últimos minutos. Había escuchado los últimos suspiros entrecortados sentada en una silla pequeña junto a la cama matrimonial y había permanecido sentada en aquella misma silla durante varias horas después del fallecimiento, sin moverse y sin pronunciar palabra alguna.

Acuérdate de esa enfermedad. Vamos a regresar a ella 36 años más tarde dentro de otro hospital de la Ciudad de México con una víctima distinta y con la misma niña veracruzana convertida en mujer adulta sentada junto a la cama del paciente moribundo. El padre de Sara no estaba preparado para criar solo a una niña que se negaba a pronunciar palabra alguna.

 Al cabo de 4 meses tomó la decisión que iba a marcar el resto de su vida adulta. vendió las pocas pertenencias del dormitorio matrimonial donde había muerto su esposa y compró dos billetes de tren hacia la Ciudad de México para llevar a la niña al único lugar donde alguien podría hacerse cargo de ella sin pedirle nada a cambio.

El Colegio de las Viscaínas. El edificio quedaba en el centro histórico de la Ciudad de México, en una calle empedrada de la colonia Centro. Llevaba funcionando como internado para niñas de familias católicas desde el año 1667. Las paredes de piedra colonial mantenían una temperatura constante de 15 ºC durante todo el invierno mexicano y durante los siglos posteriores había internado a generaciones enteras de niñas mexicanas que habían perdido a sus padres en circunstancias dramáticas.

La monja directora, una mujer mexicana de 50 años vestida con el hábito negro completo de la orden religiosa, los recibió dentro del despacho pa, principal del primer piso para realizar el trámite oficial. Firmó el documento de ingreso dentro del registro de internas, mientras el padre y la niña permanecían sentados frente al escritorio.

 Después le explicó al padre las cuotas mensuales que tendría que enviar durante los siguientes años. El padre escuchó todo en silencio, firmó los documentos económicos correspondientes y al terminar el papeleo miró a Sara durante varios segundos sin saber muy bien qué decirle antes de salir definitivamente del despacho. Le dijo una sola frase: “Pórtate bien con las hermanas.” Sara no respondió.

 La mudez emocional infantil seguía intacta. cogió la maleta de cartón con la mano izquierda y siguió a la monja directora dentro del patio principal, sin mirar atrás ni una sola vez. Su padre salió en silencio por la puerta del colegio para  el coche de caballos que lo llevaría de regreso a la estación. Desapareció dentro de la mañana brumosa y jamás volvió a aparecer dentro de la vida adulta de Sara durante el resto de las décadas siguientes.

Esa misma mañana, dentro del patio principal del colegio de las bizcaínas, una niña de apellido González Cuenca terminaba el desayuno reglamentario, sentada en un banco de piedra debajo del árbol antiguo que llevaba allí desde la fundación del edificio. tenía exactamente la misma edad que Sara, 8 años cumplidos.

 Llevaba el mismo uniforme oscuro que todas las demás internas, pero a diferencia de Sara, no era huérfana. Era hija de un comerciante mexicano del centro de la capital y sus padres iban a visitarla con regularidad cada mes durante los siguientes años de internado obligatorio. Esa mañana concreta de 1903, Rosario González Cuenca fue la primera niña del internado que se levantó del banco de piedra para acercarse a Sara cuando la monja directora la dejó parada en mitad del patio sin saber dónde sentarse. Su nombre era Rosario González

Cuenca. vino caminando despacio desde el banco de piedra hasta pararse frente a Sara dentro del patio. La miró fijamente durante varios segundos sin pronunciar palabra alguna, y al final le tendió la mano derecha esperando a que la niña recién llegada se atreviera a sostenerla. Sara aceptó la mano y aquel instante exacto fue el momento concreto en que Sara García Hidalgo y Rosario González Cuenca empezaron oficialmente a construir la relación que iba a durar 77 años exactos.

Existe una fotografía concreta que la monja directora del Colegio de las Viscaínas guardó dentro del archivo oficial de internas durante los siguientes 70 años. Es una fotografía en blanco y negro tomada durante el primer mes que Sara García pasó dentro del internado en 1903. Y dentro de aquella fotografía aparece Sara García de pie en el centro de la primera fila, sosteniendo con la mano derecha la mano izquierda de Rosario González Cuenca dentro de aquel patio donde se habían conocido apenas unas semanas antes. Vamos a regresar a esa

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