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Lucha Villa: La ASQUEROSA Traición… El Galán que la DESTRUYÓ y Nadie se Atrevió a Nombrar

 

47 años de silencio. Ese es el tiempo exacto que tardó la verdad en salir a la luz. Cuatro décadas y 7 años de un secreto que varios hombres poderosos del espectáculo mexicano juraron llevarse a la tumba. Un expediente clínico firmado el 14 de agosto de 1997 en el Hospital Muguersza de Monterrey, Nuevo León, registró las consecuencias físicas de lo que muchos llamaron un accidente quirúrgico.

 Pero aquellos que estuvieron cerca de Luz, Elena Ruiz Bejarano, la mujer que el mundo conoció como Lucha Villa, saben que los daños escritos en ese expediente no empezaron en el quirófano. Empezaron mucho antes. empezaron el día en que ella decidió confiar en el hombre equivocado. ¿Cómo es posible que una mujer capaz de pararse sola ante 5,000 personas en un palenque y hacer temblar el techo con su voz no haya podido protegerse del galán que la miraba desde la primera fila? Y si todo lo que usted conoce sobre Lucha Villa no es la historia real, sino

apenas la versión que ciertos hombres poderosos le dejaron ver. Para ustedes que la siguieron desde aquellos años en que la media vuelta sonaba en cada radio de México, para los que compraron sus acetatos y llenaron los palenques solo para escucharla. Para los que la vieron en la pantalla grande y creyeron conocerla de verdad, sepan que lo que el mundo conoce de Lucha Villa es insuficiente.

 Es apenas la fachada dorada de una historia que tiene habitaciones oscuras, puertas cerradas con llave y paredes que guardan voces que nunca debieron callarse. Lucha Villa fue una de las voces más grandes que dio México en el siglo XX. Una mujer que construyó su leyenda desde la nada, que conquistó escenarios, disqueras, pantallas de cine y corazones de millones. Eso es innegable, eso es real.

Pero hay otra historia, una que corre por debajo de los aplausos como una corriente subterránea, silenciosa y oscura, que nunca apareció en las entrevistas, que nunca fue permitida en los programas de televisión y que ciertos hombres con poder e influencia se encargaron de enterrar durante décadas.

 En esta investigación revelaremos cuatro verdades que el espectáculo mexicano intentó ocultar. Primero, la identidad del galán que durante los años más brillantes de su carrera destruyó sistemáticamente la autoestima y la estabilidad emocional de Lucha Villa, ¿y por qué nadie en la industria se atrevió jamás a nombrarlo públicamente? Segundo, el acuerdo silencioso que existió entre productores y directivos de las principales disqueras para controlar la imagen pública de lucha y suprimir cualquier declaración que pusiera en riesgo

ciertos intereses económicos. Tercero, la historia del hijo que Lucha Villa guardó en secreto durante más de seis décadas, una verdad que ella misma negó en entrevistas públicas y que solo su círculo más íntimo conocía. Finalmente, los detalles que rodean la fatídica cirugía de agosto de 1997. ¿Quién la convenció de someterse a ese procedimiento? ¿Qué condiciones inexplicables se dieron dentro de ese quirófano? ¿Y por qué ciertos nombres desaparecieron del historial médico oficial? Cuatro verdades. Una sola mujer

y una historia que ya no puede seguir en silencio. Hay que ir al principio. Hay que ir a Chihuahua. Era el 30 de noviembre de 1936. El norte de México amanecía frío y seco, como suelen amanecer esas tierras del desierto chihuahüense, donde el viento no pide permiso y la pobreza tampoco. En Santa Rosalía de Camargo, un municipio enclavado entre las orillas del río Conchos y las serranías áridas del estado, nació una niña que no tenía nombre de artista ni destino de estrella escrito en ningún papel. Su nombre en el

registro civil fue Luz Elena Ruiz Bejarano. No había fotógrafos esperando afuera, no había flashes ni titulares. Había una partera, una madre exhausta, un padre callado y una casa de adobe con techo de vigas de mezquite, donde el frío de noviembre se colaba por las rendijas, como si la naturaleza misma quisiera poner a prueba desde el primer día a esa criatura que venía al mundo con los pulmones llenos de aire del desierto.

 Camargo en 1936 era un pueblo norteño de frontera en todos los sentidos posibles. Frontera geográfica con los sueños del norte, frontera económica entre los que tenían tierra y los que la trabajaban para otros y frontera emocional entre lo que se quería hacer y lo que las circunstancias permitían. La familia Ruiz Bejano era numerosa y humilde.

 El padre, don Refugio Ruiz, trabajaba en el campo y ocasionalmente en la construcción cuando el jornal escaseaba. La madre, doña Elena Bejarano, era una mujer de carácter firme, manos callosas y una voz que llenaba la cocina cada mañana con canciones que ella misma no sabía que eran hermosas porque nadie se había detenido a decírselo.

 Luzelena fue la cuarta de seis hijos. Creció entre hermanos que corrían descalzos en el patio de tierra, entre el olor a frijoles hervidos y tortillas recién hechas, entre el sonido del viento del norte y las voces de los vecinos que se filtraban por las paredes delgadas de adobe. Desde muy pequeña, Lucelena mostró algo que sus hermanos no tenían, una atención casi hipnótica hacia la música.

 Mientras los otros niños jugaban a las canicas o correteaban gallinas en el patio, ella se quedaba pegada al radio de transistores que un vecino prestaba los domingos, escuchando con los ojos cerrados y los labios moviéndose en silencio, aprendiendo cada letra, cada giro melódico, cada inflexión de las voces que salían de ese aparato, como si fueran mensajes cifrados dirigidos exclusivamente a ella.

 A los 7 años ya memorizaba canciones completas. A los nueve las cantaba con una afinación y una potencia que dejaba a los adultos momentáneamente inmóviles. La madre, doña Elena, se detenía a escucharla sin decir nada. Se secaba las manos en el mandil y se quedaba parada en el umbral de la cocina, mirando a esa hija alta, seria, con una voz que no correspondía al cuerpo de una niña.

 No decía nada, pero no se iba. Y ese silencio de la madre era en sí mismo la primera crítica musical que Luz Elena recibió en su vida y era una crítica favorable. A los 14 años, Luz Elena medía ya 1,75 cm, una estatura que en la década de los 50 resultaba completamente inusual para una mujer mexicana, particularmente en una región donde las mujeres tendían a ser pequeñas y discretas, donde el ideal femenino era la mujer que no ocupa demasiado espacio.

 Luz Elena ocupaba espacio, lo ocupaba físicamente y lo ocupaba con su presencia, con su voz, con esa manera de caminar que tenía, lenta, directa, como si cada paso fuera una declaración de intenciones. Esa altura que más tarde sus admiradores convertirían en parte de su mito bajo el apodo cariñoso de la grandota de Camargo, fue durante su adolescencia motivo de burlas, de exclusión y de una soledad particular.

 La soledad de quien no cabe en los moldes que la sociedad construye para las mujeres de su tiempo. Los muchachos del pueblo no sabían cómo tratarla. Las muchachas del pueblo no sabían cómo clasificarla y ella aprendió desde muy joven a no necesitar que nadie la clasificara. Fue precisamente esa soledad adolescente la que la empujó más profundamente hacia la música.

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