Posted in

Niloufer: La Princesa Otomana que Entró en la Familia Más Rica del Mundo… y Terminó Sola

Ni Loufer creció dentro de ese duelo. era una niña, pero ya sabía lo que significaba perder. En aquella casa de Nisa se cuidaban las apariencias con un esmero casi doloroso. Los manteles seguían siendo de hilo, aunque hubiera que surcirlos. Se hablaba francés y se recordaba el turco. Se contaban historias del palacio de Estambul, de los jardines junto al mar, de los días de gloria, mientras se medían los gastos de cada semana.

una grandeza de salón sostenida a pulso que escondía cuentas difíciles de cuadrar. La pequeña Nilufer aprendió pronto a sonreír hacia afuera y a callar lo demás. Aprendió que ser princesa en aquel mundo nuevo significaba sobre todo no quejarse nunca. Una lección que la acompañaría hasta el último día de su vida. La muchacha de los ojos violetas mira el mar de Nisa y todavía no lo sabe.

Pero su vida está a punto de dar un giro que ni ella ni nadie habría podido prever. Porque a miles de kilómetros de distancia en el corazón de la India, un hombre fabulosamente rico está buscando algo muy concreto y ese algo es precisamente una princesa otomana. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios.

Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Para entender lo que ocurrió después, hay que conocer al hombre que cambió por completo el destino de Nilufer. Y para conocerlo hay que hablar de una cantidad de dinero que cuesta creer. Su nombre era Mir Osman Ali Khan, el último Nissam de Hiderabad. Yabad era un estado enorme en el corazón de la India, casi del tamaño de un país europeo entero.

Tenía su propio ejército, su propia moneda, hasta su propio aeropuerto. Y su soberano, el Nissam, no era un rico cualquiera. Era sencillamente el hombre más rico del mundo. No es una exageración de los cuentos. En febrero de 1937, la revista Time lo puso en su portada y lo describió con esas mismas palabras: “El hombre más rico del planeta”.

Se calcula que su fortuna equivalía, en su mejor momento a cerca del 2% de toda la economía de Estados Unidos. Trasladado a cifras de hoy, se habla de cientos de miles de millones de dólares. ¿De dónde salía tanta riqueza? De la tierra misma. El Nissam era dueño de las minas de Golconda, las únicas minas de diamantes del mundo durante siglos.

De aquellas profundidades habían salido algunas de las piedras más legendarias de la historia, entre ellas el coinor, el diamante que hoy brilla en las joyas de la corona británica. Sus tesoros desafiaban la razón. Lingotes de oro contados por millones de libras, joyas tan abundantes que se guardaban en baúles, no en cajas, perlas a montones, esmeraldas que sumaban miles y miles de kilates.

Y aquí está el detalle que vuelve a este hombre casi inverosímil. El hombre más rico del mundo era en su vida diaria un tacaño legendario. Vestía ropa vieja, a veces remendada. A las visitas les ofrecía un solo bizcocho y una taza de té, ni uno más. Cuentan que su habitación se limpiaba una sola vez al año.

Dormía rodeado de un tesoro digno de un faraón y vivía como un empleado modesto que cuida cada moneda. Pero cuando decidía impresionar, impresionaba al mundo entero. Años después, para la boda de la reina Isabel II de Inglaterra, le enviaría como regalo un collar con 300 diamantes. Un simple obsequio de cortesía. Ese collar todavía forma parte de las joyas de la realeza británica.

Ese era el suegro que el destino le tenía reservado a la pequeña refugiada de Nisa. Y aquí surge la pregunta clave. ¿Por qué un hombre así, dueño de un imperio de diamantes, querría como nueras a dos princesas pobres de un imperio que ya ni siquiera existía? La respuesta es astuta, casi política. El Nissam era musulmán y soñaba con elevar el prestigio de su dinastía ante todo el mundo islámico.

Durante siglos, la familia imperial otomana había encarnado el liderazgo espiritual de los musulmanes. De ella salían los califas. Casar a sus hijos con princesas de esa sangre significaba unir su fortuna inmensa con el linaje más sagrado que existía. era comprar con dinero, algo que el dinero casi nunca alcanza, la gloria de la sangre antigua.

Así que el Nissan puso los ojos en la familia otomana exiliada en Francia para su hijo mayor y heredero Asam eligió a Durrusbar, la hija del último califa, una boda de estado calculada hasta el último detalle. Y para su segundo hijo Mozam ya hacía falta una segunda novia otomana.

Al principio se barajó otro nombre, otra muchacha. Pero entonces dentro de la familia alguien tuvo una idea distinta. Tenían a una joven pariente de belleza deslumbrante de 15 años que necesitaba con urgencia un buen matrimonio, que la rescatara de la pobreza del exilio. Esa joven era Nilufer. Hay que entender bien la escena porque tiene algo de teatro.

Para el segundo hijo del Nisam se había pensado primero en otra joven de la familia, una muchacha llamada Mpaker. Todo parecía encaminado hacia ella, pero unos parientes de Nilufer, que la querían ver bien casada, decidieron jugar su propia carta. La arreglaron con esmero, la vistieron con sus mejores galas, la peinaron, la perfumaron, la prepararon como a una flor a punto de abrirse.

Y entonces, casi como por casualidad, la hicieron entrar en la sala donde esperaba el príncipe indio. El efecto fue inmediato. Cuando Moat Sam ya levantó la vista y vio a aquella muchacha de ojos violetas, según se cuenta, se olvidó al instante de cualquier otra candidata. La otra joven, por hermosa que fuera, sencillamente no podía competir.

El príncipe no tuvo ojos para nadie más y dejó claro, sin rodeos, que tenía que ser ella, solo ella. Y así, casi de un día para otro, la niña refugiada que miraba el mar de Nisa con melancolía se convirtió en la prometida del Hijo del Hombre más rico del mundo. El cuento de la Cenicienta, contado al revés y multiplicado por 1000.

Los relatos de la época cuentan que la familia que organizó aquel encuentro recibió durante años una suma considerable por haber facilitado el enlace. Detrás del cuento de hadas había contratos. dotes negociadas, acuerdos firmados ante cónsules. El amor a primera vista del príncipe era verdad, pero a su alrededor giraba toda una maquinaria de intereses.

Para una muchacha de 15 años, sin embargo, lo único que importaba era una sola cosa, que de pronto el futuro volvía a existir. La boda de aquel noviembre de 1931 en Nisa fue exactamente la que vimos al comienzo. La villa rodeada de multitudes. Los titulares de las 100 y una noches. Los príncipes indios llegando en tren desde Londres, hospedándose en uno de los grandes hoteles de la ciudad.

Read More