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Se Casó con un Rey y Lo Tenía Todo… Hasta que la Vida Cambió para Siempre

Desde entonces, Jusín gobernó sabiendo que cada día podía ser el último y, sin embargo, gobernó durante 46 años sobreviviendo atentados, guerras, traiciones y crisis internacionales que habrían destruido a cualquier otro hombre. Era un rey de contradicciones fascinantes. Piloteaba sus propios aviones y helicópteros con destreza de profesional.

Conducía motocicletas a alta velocidad por las carreteras del desierto. Le encantaba la fotografía, la radio de aficionados, el buceo. Era bajo de estatura, pero imponente de presencia, con una voz profunda y unos ojos que transmitían a la vez autoridad y calidez. Sus súbditos lo llamaban con genuino afecto.

Los líderes del mundo lo respetaban y las mujeres, según todos los que lo conocieron, encontraban en él algo magnético que era difícil de describir con palabras. Jusín se había casado tres veces antes de conocer a Lisa Jalabi. Su primera esposa fue Dina Bint Abdul Hamid, una mujer culta y sofisticada con quien tuvo a su hija mayor, la princesa Alia.

Esa unión no duró. La segunda fue Antoanette Gardiner, una inglesa de familia militar a quien Jusin conoció mientras estudiaba en Sanharst. Con ella tuvo a Abdullah. Faisal, Aisha y Sein, cuatro hijos que crecerían en el corazón del Hashemita. La tercera fue Alia Bajaudín Toucán, una mujer jordana elegante y comprometida con su pueblo, a quien todos amaron profundamente.

Con ella, Juseín tuvo dos hijos más y adoptó a una tercera. Pero Alia murió en febrero de 1977, cuando el helicóptero en que viajaba se estrelló cerca de Amán. La lluvia, la niebla, el destino. Jusén quedó destrozado. Fue en ese clima de duelo que Lisa Jalabi apareció en la vida del rey. No fue en un baile de palacio, no fue en una recepción diplomática, fue en el aeropuerto.

Lisa trabajaba en los proyectos de expansión del aeropuerto internacional de Amán y un día en ese espacio funcional de terminales y pistas cruzó su camino con el del monarca más conocido de Oriente Medio. Jusin era un apasionado de la aviación. El aeropuerto era territorio suyo, tanto como lo era el palacio.

Y cuando vio a aquella joven americana alta, de cabello rubio y mirada directa, algo cambió en el aire. Los que estuvieron presentes aquel día describen la escena con la precisión de quienes saben que fueron testigos de algo histórico. Jusin la miró, ella lo miró y entre ambos se instaló una conversación que fue más allá de los protocolos y las distancias protocolares.

No fue una conquista de rey, fue algo más parecido a un reconocimiento mutuo. dos personas que por razones distintas y desde mundos opuestos habían aprendido a vivir con la incertidumbre, con la pérdida, con la necesidad de construir algo sólido en medio de lo efímero. La amistad entre ellos creció con cautela.

Jusin era un hombre de costumbres conservadoras dentro de un pensamiento moderno y una relación con una extranjera no occidental no era un asunto sencillo en la corte jachemita. Pero algo en Lisa era diferente. No era solamente la belleza que era indiscutible, era la inteligencia, la curiosidad genuina por el mundo árabe, la capacidad de escuchar y aprender sin condescendencia ni exotismo.

Lisa no llegó a Jordania a descubrir al otro como si fuera un museo vivo. llegó a trabajar, a construir, a contribuir y esa actitud fue quizás la que más conquistó al rey. La amistad se convirtió en noviazgo, casi sin que ninguno de los dos pudiera señalar exactamente cuándo. Seis semanas de noviazgo formal.

Eso fue todo lo que pasó entre el primer compromiso oficial y la boda. Seis semanas que para los estándares del mundo occidental podían parecer una locura. Pero Jusin era un hombre que había aprendido a tomar decisiones rápidas, un hombre que sabía que la vida podía cambiar en un instante, que los accidentes de helicóptero no avisaban, que los atentados no mandaban carta previa.

Y cuando supo que quería Lisa a su lado, lo supo con la misma certeza con que había gobernado su país durante décadas. El 15 de junio de 1978, Lisa Nayib Jalabi se convirtió en reina de Jordania. Tenía 26 años. El rey Jusin tenía 42. La ceremonia fue austera, casi discreta para los estándares de una boda real.

Era el cuarto matrimonio del monarca y tanto él como ella prefirieron la sobriedad al espectáculo. No hubo vestidos de filas interminables de encaje ni tiara de brillantes. Hubo, en cambio, una conversión sincera al Islam, una declaración solemne y un nombre nuevo. Jusin le dio ese nombre como se entrega un regalo de identidad.

Nur al Hussein en árabe Luz de Hussein. No era un nombre decorativo, era una declaración de lo que ella significaba para él. La luz que llegaba después de la oscuridad, el nombre que renacía después del duelo por Alia, después de los atentados, después de las guerras, Nur, la luz. Y así, de un plumazo de lengua árabe y fe islámica, Lisa Jalabi dejó de existir oficialmente y en su lugar apareció una reina.

Pero convertirse en reina no es solo ponerse un título, es aprender a caminar de otra manera. Es dominar protocolos que no te enseñaron en Princeton. Es perfeccionar un idioma que, aunque lo has estudiado, todavía tropieza en tu boca. Cuando el embajador de un país árabe te habla en voz baja durante una recepción de estado. Nur lo sabía y lo asumió con una dedicación que sorprendió a los más escépticos de la corte.

Aprendió árabe con una persistencia que sus maestros recordarían años después. Estudió el Islam no como un requisito burocrático, sino como una filosofía que empezó a habitar de verdad. La corte achemita no fue generosa con ella al principio. Jordania era un país con tradiciones profundas, con una aristocracia que desconfiaba de las recién llegadas, con funcionarios acostumbrados a la previsibilidad y los linajes conocidos.

Nur era todo lo contrario. Era joven, extranjera, americana en plena guerra fría, en un oriente medio convulsionado por el conflicto árabe israelí, por las tensiones con Siria, por la presencia siempre incómoda de los palestinos desplazados. Que el rey se casara con una estadounidense generó murmullos que iban desde la desconfianza hasta la curiosidad velada.

Pero Nur no se amilanó. En lugar de retirarse a la seguridad del palacio y dejar que los demás hicieran el trabajo de construir su imagen, salió, se involucró. En 1979, apenas un año después de su boda, fundó la Fundación Rey Jusin, una organización dedicada al desarrollo social, cultural y educativo de Jordania. Creó instituciones que hoy siguen operando desde el Instituto Jubile hasta el Conservatorio Nacional de Música, pasando por programas de microcrédito para mujeres y centros de salud familiar.

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