Posted in

María Félix: 50 Años de MENTIRAS… El MORTAL Banquete, Rituales y el Secreto Prohibido

Pablo era apenas dos años mayor que María  y desde muy niños desarrollaron una cercanía que nadie más en la casa podía entender. Pasaban horas juntos, alejados del resto, en una complicidad que no necesitaba de palabras ni de juegos compartidos con los otros 10 hermanos. María lo buscaba constantemente para sentarse a su lado o para seguirlo en sus largas caminatas por los alrededores de la hacienda.

Esa devoción mutua no pasó desapercibida para Josefina, quien observaba los movimientos de sus hijos con un recelo creciente.  La madre no tenía un vocabulario técnico para explicar lo que veía, pero su instinto le decía que ese vínculo era peligroso.  En la sonora de principios de siglo, ciertas cercanías entre sangre de la misma sangre eran un tabú que no se nombraba, pero que se cortaba de tajo.

Josefina empezó a ponerse furiosa cada vez que encontraba a María sentada en las piernas de Pablo o abrazada a su espalda. Las reprimendas se volvieron constantes y los castigos empezaron a caer sobre María con una severidad que ella no comprendía en aquel entonces. La solución final de los padres fue drástica y no admitió ninguna negociación con los hijos.

Pablo fue enviado al colegio militar en la ciudad de México, a miles de kilómetros de distancia de Álamos. Esta separación forzada  fue el primer gran golpe que recibió la estructura emocional de María. El vacío que dejó Pablo no pudo ser llenado por la presencia de sus otros hermanos ni por las actividades diarias en el pueblo.

Ella misma admitiría décadas después que buscó en otros hombres la piel  y los ojos de Pablo, intentando recuperar lo que sus padres le habían arrebatado. Sin embargo, el destino de Pablo en la capital del país tomaría un rumbo que marcaría la vida de María de forma definitiva. En 1937, mientras él cursaba sus estudios militares, ocurrió el suceso que la familia Félix intentó enterrar bajo una lápida de silencio oficial.

La noticia que llegó a Sonora fue breve. Pablo se había quitado la vida en su dormitorio del colegio. La noticia de la muerte llegó a Sonora sin mayores explicaciones. El reporte oficial del Colegio Militar indicaba que Pablo se había disparado en un arranque de depresión. Sin embargo, cuando el cuerpo fue entregado a la familia, María notó algo que no encajaba con la versión de las autoridades.

Ella aseguraba que el orificio de salida de la bala no correspondía a la postura de alguien que se quita la vida voluntariamente. El rastro de sangre y la trayectoria del proyectil sugerían que el disparo había entrado por la espalda. Este detalle técnico nunca fue investigado a fondo por la justicia militar de la época.

El entierro de Pablo fue un evento silencioso que terminó por fracturar la relación de María con su casa. Ella cayó en una depresión profunda, la primera que experimentaría en su larga vida. Ya no había nadie en Álamos con quien compartir su energía desbordante o sus pensamientos más íntimos. Sus padres impusieron un luto estricto que solo aumentaba la sensación de encierro entre las paredes de la cazona.

Para María, la ausencia de su hermano favorito era una presencia constante que le recordaba el vacío de su existencia. Sentía que su mundo se había vuelto gris y que la alegría de sus años de jinete se había marchado con el gato. En 1931, a los 17 años, María decidió que la única forma de no morir de tristeza en Sonora era salir de allí a cualquier precio.

Enrique Álvarez a la Torre, un vendedor de cosméticos de la firma Max Factor, apareció como el boleto de salida perfecto. Él era 9 años mayor que ella y tenía una seguridad que María confundió con la protección que tanto necesitaba. Se casaron en una ceremonia que para los ojos de los vecinos parecía un paso natural hacia la madurez.

Pero para María ese matrimonio no fue un acto de amor, sino una maniobra desesperada de supervivencia. Ella utilizó a Enrique como un medio de liberación, sin saber que estaba a punto de entrar en otra prisión. La realidad del matrimonio se impuso con una crudeza que María no había previsto en su plan de escape.

Ella misma describió su noche de bodas como un evento violento que marcó el inicio de una relación llena de amargura. Durante las primeras dos semanas, el contacto físico con su esposo le provocaba un rechazo absoluto que la llevaba a huir de la cama matrimonial. Enrique resultó ser un hombre controlador y celoso que pretendía encerrar a María en las tareas del hogar.

En Guadalajara, donde se instalaron después de la boda, ella descubrió que el mundo doméstico era tan asfixiante como la casa de sus padres en Álamos. No había rastro de la libertad que soñó cuando aceptó el anillo de bodas. En 1934 nació su único hijo, Enrique Álvarez Félix, a quien todos llamarían Kque para diferenciarlo de su padre.

El nacimiento del niño trajo un propósito nuevo a la vida de María,  pero no pudo salvar un matrimonio que ya estaba roto desde el principio. Las peleas con Enrique a la torre se volvieron constantes y la violencia psicológica empezó a dejar cicatrices difíciles de borrar.  María entendió que no podía seguir fingiendo felicidad mientras su hijo crecía en una atmósfera hostil.

En 1937 tomó la decisión de divorciarse, algo que en la sociedad mexicana de aquella época  era visto como un escándalo imperdonable. Se fue de Guadalajara con poco equipaje, pero con la firme convicción de que su destino estaba en la capital. María llegó a la Ciudad de México sin contactos, sin dinero y con el peso social de ser una mujer divorciada en la década de los 40.

En aquel tiempo, una mujer en su situación tenía pocas opciones honrosas para sobrevivir, pero ella se instaló en una casa de huéspedes  y empezó a trabajar como recepcionista en un consultorio de cirujano plástico. Caminaba  por las calles del centro histórico con una seguridad que no correspondía a su precaria realidad económica.

Fue en la esquina de la calle Palma, donde Fernando Palacios, un director de cine, se detuvo a mirarla. Él le preguntó si quería ser actriz y ella, en lugar de mostrar entusiasmo, le respondió que si le daba la gana lo haría, pero que entraría por la puerta grande. Esta respuesta marcó el inicio de una carrera donde María nunca aceptó un papel secundario en ninguna de sus 47 películas.

Su debut ocurrió en 1942 con la cinta El Peñón de las Ánimas. El protagonista masculino era Jorge Negrete,  quien en ese momento era la máxima figura del cine nacional. Negrete había exigido que la protagonista fuera su novia,  Gloria Marín, pero los productores impusieron a la desconocida sonorense. Durante el rodaje, Negrete la trataba con desprecio, preguntándole quién le había dicho que ella podía ser actriz.

Read More