Posted in

Así fue la vida de Flor Silvestre | Se caso 3 Veces y Los Secretos que rodearon su vida

Así fue la vida de Flor Silvestre | Se caso 3 Veces y Los Secretos que rodearon su vida

En el municipio de Villanueva, Zacatecas, lejos de las autopistas, lejos del ruido, lejos de todo lo que el mundo moderno considera importante, hay un rancho que se extiende por miles de hectáreas en una zona semidesértica donde el viento sopla con una libertad que en las ciudades ya no existe. Se llama el soyate.

No es un rancho cualquiera. Tiene establos con caballos de pura sangre, caballerizas que parecen sacadas de una película, caminos de terracería que conectan cada rincón de una propiedad tan grande que necesitas un vehículo para recorrerla entera. Tiene una hacienda principal con muros de ladrillo, corredores amplios, patios abiertos que conectan con el paisaje, fuentes, arcos, pasillos largos decorados con figuras tradicionales mexicanas, muebles oscuros de madera y en cada pared, en cada esquina, fotografías. Fotografías de una vida que

abarcó más de medio siglo de cine, de música, de aplausos, de dolor, de amor y de silencio. Y en lo alto de una colina, dentro de ese mismo rancho, desde donde se puede ver toda la extensión de la propiedad hasta donde el ojo alcanza, hay una capilla. Y dentro de esa capilla descansan juntos, como prometieron estarlos siempre, los restos de dos personas que México nunca olvidó.

Uno de ellos era Antonio Aguilar, el Charo de México, el hombre que grabó más de 150 álbumes, que protagonizó más de 120 películas, que construyó cada ladrillo de ese rancho como una canción dedicada a la mujer que amó durante casi cinco décadas. La otra era ella, la mujer por quien se construyó ese rancho.

La mujer que llegó al cine siendo apenas una muchacha de pueblo. La mujer que se casó tres veces, que perdió a sus hijos por la crueldad de un hombre que no la dejaba verlos. que sufrió violencia doméstica antes de que el mundo tuviera palabras para nombrarla, que encontró el amor verdadero cuando ya casi no creía en él y que se convirtió en la matriarca de la dinastía musical más poderosa de México.

Su nombre era Guillermina Jiménez Chavoya, pero el mundo la conoció como Flor Silvestre. Hoy vamos a conocer la historia completa de esta mujer con los matrimonios que fracasaron, con la violencia que sufrió, con los hijos que le arrancaron, con la fortuna que construyó al lado de Antonio Aguilar y con lo que pasó con esa fortuna después de que los dos se fueron, con los secretos que guardó durante décadas, con las controversias que la rodearon, con la verdad detrás de la mujer que el México del cine de oro llamó el alma de la canción ranchera.

Guillermina Jiménez Chavoya nació el 16 de agosto de 1930 en Salamanca, Guanajuato, una ciudad del vajío mexicano, tierra de campos agrícolas, de gente trabajadora, de familias que se levantaban antes del amanecer para ganarse el día con las manos. Su padre se llamaba Jesús Jiménez Cervantes y era carnicero de oficio, un hombre de trabajo físico, de manos curtidas, de esos que no hablaban mucho, pero que cuando hablaban hablaban en serio.

Su madre era María de Jesús Chavoya Peña, una mujer que con el tiempo demostraría ser la persona que más influiría en el destino de Guillermina, porque fue ella quien tuvo la visión de sacar a su familia de Salamanca cuando todavía nadie imaginaba lo que esa niña llegaría a hacer.

Guillermina era la tercera de siete hermanos. Antes de ella habían nacido Francisco, al que le decían Pancho y Raquel. Después vendrían Enriqueta, que el mundo conocería como La Prieta Linda y que tendría su propia carrera exitosa como cantante ranchera. José Luis María de la Luz, a quien llamaban Mary y que también cantaba, y Arturo.

Siete hijos en una casa modesta de Salamanca, donde el dinero alcanzaba para lo necesario, pero no para los lujos. La vida de una familia de clase trabajadora en el México de los años 30 con todas las limitaciones y todas las certezas que eso implicaba. Pero Guillermina tenía algo que no se compra en ninguna tienda y que no se hereda en ningún testamento. Tenía voz.

Desde los 5 años ya mostraba una inquietud por cantar que su padre fue el primero en notar. Jesús Jiménez la hacía cantar en el patio de la casa porque le gustaba escucharla y la niña no cantaba canciones infantiles. Se aprendía rancheras completas, pasodobles, tangos, canciones de adultos que una niña de cinco o 6 años memorizaba enteras sin que nadie le enseñara formalmente.

Simplemente las escuchaba y las absorbía como si su cerebro estuviera diseñado para eso. Y lo estaba. A los 8 años ya cantaba con una seguridad que no correspondía a su edad. Su padre la ponía a cantar frente a las visitas y la gente se quedaba callada escuchándola, no por cortesía, sino porque había algo en esa voz que te obligaba a prestar atención.

Una voz grave para una niña, profunda, con una carga emocional que no tenía explicación lógica en alguien tan pequeña. Era como si Guillermina hubiera nacido sabiendo cosas sobre el dolor y el amor que todavía no había vivido, pero que ya podía expresar cuando cantaba. María de Jesús, la madre, fue la primera en entender que esa niña no iba a quedarse en Salamanca vendiendo carne en el puesto del padre.

Esa niña tenía un destino diferente y para alcanzar ese destino necesitaba estar en el único lugar de México donde los destinos diferentes eran posibles. La Ciudad de México. A los 13 años, por insistencia de la madre, la familia entera se mudó a la capital. Era 1943. La Ciudad de México estaba en plena expansión.

absorbiendo familias de todo el país que llegaban buscando lo mismo que los Jiménez Chabolya. Una oportunidad, un espacio donde el talento pudiera convertirse en algo más que un pasatiempo de patio. La familia se instaló en un departamento modesto. El padre consiguió trabajo. La madre administraba el hogar con la economía de quien sabe que cada peso tiene destino antes de llegar.

Y Guillermina, la niña que cantaba rancheras en Salamanca, empezó a buscar dónde cantar en la ciudad más grande de México. El momento llegó cuando su padre la llevó a ver una actuación del mariache pulido en el Teatro del Pueblo, un espacio ubicado en el último piso del mercado Abelardo L. Rodríguez en el centro de la capital. Era un teatro popular de los que recibían a gente de barrio, a familias que no podían pagar el teatro elegante de la zona rosa, pero que querían entretenimiento, música, algo que lo sacara de la rutina. Guillermina vio la

función, escuchó a Mariachi y cuando terminaron hizo algo que solo hace alguien que tiene dentro de sí una fuerza que no puede controlar. Subió al escenario. Tenía 13 años. Era una muchacha delgada, de apariencia frágil, con una cara de mujer niña que no correspondía con la potencia de lo que estaba a punto de hacer.

Read More