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El Puente de Piedra Sin Retorno en Besalú

El agua del río Fluvià no rugía; aullaba. Era un sonido gutural, prehistórico, como si la misma tierra se estuviera desgarrando desde sus entrañas. El lodo, oscuro y espeso como la sangre coagulada, arrastraba árboles centenarios, techos de pizarra y los restos destrozados de una civilización que creía haber dominado la naturaleza. Besalú, la joya medieval de Cataluña, había sido devorada por el diluvio. Todo había desaparecido bajo el manto negro del agua embravecida. Todo, excepto una cosa: el antiguo puente románico de piedra, que se alzaba sobre el abismo como un esqueleto retorcido desafiando la furia de Dios.

En la torre fortificada del puente, siete almas tiritaban en la penumbra. Siete sobrevivientes empapados, con los ojos dilatados por el terror absoluto. Pero el verdadero horror no era la tormenta. El verdadero horror acababa de materializarse frente a sus propios ojos, quebrando las leyes de la física, la cordura y la realidad misma.

—¡Es imposible! —gritó Diego, un mecánico local cuyas manos grandes y ásperas ahora temblaban incontrolablemente. Estaba arrodillado en los fríos adoquines del puente, escupiendo agua de lluvia y vomitando bilis—. ¡Fui hacia el otro lado! ¡Lo juro por mi vida! ¡Corrí hacia la salida, hacia el bosque, y la niebla me envolvió!

—Tranquilízate, Diego. Estás en shock —intentó consolarlo el Padre Tomás, aunque su propia voz carecía de la fe que solía predicar. El sacerdote sostenía un rosario que apretaba hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—¡No estoy loco, padre! —bramó Diego, poniéndose de pie de un salto y agarrando al sacerdote por las solapas de su sotana empapada—. ¡Corrí en línea recta! ¡Pasé el arco principal, vi las ruinas del peaje, crucé la niebla y… y de repente, la niebla se disipó y estaba corriendo hacia ustedes! ¡Hacia la misma torre de la que acabo de salir!

Mateo observaba la escena desde las sombras de la torre, sintiendo cómo el frío se infiltraba en sus huesos, paralizándole el corazón. Mateo era ingeniero, un hombre de ciencia, de ángulos, de matemáticas. Lo que Diego acababa de experimentar era una aberración geométrica. Una cinta de Moebius de piedra y agua. Mateo lo había visto con sus propios ojos: Diego había corrido hacia el sur, alejándose de ellos para buscar ayuda, desapareciendo en la densa bruma que cubría el final del puente. Tres minutos después, sin haber girado nunca, sin haber cambiado de dirección, la figura de Diego había emergido de la niebla… desde el norte. Corriendo de regreso al punto de partida exacto.

El puente se estaba alargando sobre sí mismo. El puente los había atrapado.

Lucía, una joven turista que había llegado a Besalú apenas un día antes para fotografiar las calles empedradas, comenzó a sollozar histéricamente, abrazándose a las piernas. —Vamos a morir aquí… El agua sigue subiendo y el puente no tiene salida. Es una trampa. Estamos en el infierno.

—No digas estupideces, niña —masculló Carlos, un empresario adinerado que se aferraba a su maletín de cuero empapado como si aún tuviera algún valor—. Es un efecto óptico. La niebla, la lluvia, el pánico. Diego se desorientó y dio la vuelta sin darse cuenta. Yo mismo iré.

—¡No lo hagas, Carlos! —suplicó Isabel, su esposa, agarrándole del brazo. El maquillaje corrido por su rostro pálido la hacía parecer un espectro—. Te lo ruego, espera a que amanezca.

—¡No podemos esperar! —gritó Carlos, zafándose de su agarre—. ¡Si el agua sube un metro más, la base del puente colapsará y nos ahogaremos como ratas!

Antes de que nadie pudiera detenerlo, Carlos echó a correr. Mateo contuvo la respiración. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y la culpa que le devoraba el alma, siguieron la figura de Carlos. El empresario corrió con desesperación sobre el empedrado irregular. Pasó el arco torreado, su figura se hizo cada vez más pequeña, hasta que la espesa y antinatural niebla blanca que rodeaba los límites del puente se lo tragó por completo.

Hubo un silencio sepulcral, roto solo por el estruendo ensordecedor del río bajo sus pies. Un minuto. Dos minutos. Tres.

Y entonces, escucharon el sonido de zapatos caros golpeando la piedra. Pero el sonido no venía del otro lado del río. Venía de la dirección opuesta, del lado de la ciudad inundada que acababan de abandonar.

De la bruma emergió Carlos. Estaba pálido como un cadáver. Sus ojos estaban desorbitados, inyectados en sangre, mirando al vacío. Corría tropezando consigo mismo, jadeando en busca de aire. Cuando vio al grupo en la torre, sus rodillas cedieron y cayó de cara contra la piedra mojada, rompiéndose el labio.

—El puente… —susurró Carlos, mientras la sangre se mezclaba con el agua de lluvia en su barbilla—. El puente no termina. Simplemente… te devuelve. Es infinito. Es una maldición.

El pánico estalló. Isabel se tiró al suelo abrazando a su esposo, gritando. El Padre Tomás comenzó a rezar en latín, persignándose frenéticamente. Elena, una historiadora local que había pasado su vida estudiando los archivos de Besalú, se apoyó contra la pared de la torre, murmurando palabras ininteligibles sobre leyendas olvidadas, brujas quemadas en la plaza mayor y pactos con el diablo hechos con la argamasa original del puente en el siglo XI.

Pero Mateo no gritó. No lloró. Simplemente se deslizó por la pared de piedra hasta quedar sentado, abrazando sus rodillas, sintiendo cómo la locura llamaba a la puerta de su mente. Porque en medio del terror sobrenatural que los envolvía, Mateo guardaba un secreto mucho más oscuro y terrenal. Un secreto que latía en su pecho con la fuerza de un martillo hidráulico.

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