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JAVIER ‘LA CHOFIS´ LÓPEZ: La TRAGEDIA Que Acabo Con Su Carrera

JAVIER ‘LA CHOFIS´ LÓPEZ: La TRAGEDIA Que Acabo Con Su Carrera

Tres contratos millonarios antes de los 25 años. La selección mexicana, la MLS, te contó es por qué el niño que iba a ser la siguiente estrella de Chivas terminó siendo el símbolo perfecto del desperdicio. Su nombre completo es Javier Eduardo López Martínez, la Chofis López para el mundo del fútbol. Y lo que le pasó no fue mala suerte, fue algo peor, fue una  elección.

En los próximos 50 minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron. Primera, la verdadera razón por la que Chivas lo corrió dos veces. No fue el peso, no fueron las fiestas, fue algo que pasó en el vestidor que nunca salió a la luz. Segunda, el contrato que Flor tenía. Cláusulas de peso, de alcohol, de horarios, como si fuera un adolescente problemático corriendo detrás de un balón.

Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. La respuesta a por qué un hombre con todo el talento del mundo eligió tirarlo a la basura. 1993,  Guadalajara. Jalisco, México, una colonia de clase trabajadora, casas pequeñas,  calles sin pavimentar, canchas de tierra donde los niños jugaban hasta que se ponía el sol.

Allí nació Javier López, el menor de cuatro hermanos. Su padre trabajaba en una fábrica de mueblea lo suficiente para comer, nada más. Su madre vendía tamales en el mercado. Se levantaba a las 4 de la mañana, preparaba 30  docenas, las vendía hasta las 2 de la tarde, volvía a casa con los pies hinchados y 300 pesos en el bolsillo.

Los fines de semana la familia entera iba a la cancha del barrio. No a ver fútbol profesional, a ver al hermano mayor de Javier jugar en ligas locales. Javier tenía 5 años, se sentaba en las gradas de concreto, veía,  aprendía y cuando terminaba el partido agarraba el balón. “Juega”,  le decía su hermano.

Y el niño jugaba con una técnica que nadie le había enseñado, con un control que no tenía  sentido a esa edad. “Este niño tiene algo”, decían los  señores que veían. Este niño es diferente. Tenían razón, pero diferente no siempre significa mejor. A los 8 años,  Javier entró a las fuerzas básicas de Chivas, el club más grande de Guadalajara, el equipo de sus sueños, el  equipo que solo ficha mexicanos.

No fue por palanca, no fue por dinero, fue porque en un torneo de barrio metió 11 goles en seis partidos y un visor de  Chivas estaba ahí viendo a otro niño. ¿Quién es el gordito ese? Preguntó el hermano  menor de López. Tráiganlo la próxima semana. Javier llegó a Chivas con pantalones dos tallas  grandes que le había heredado su hermano. Tenis rotos.

Sin medias, su madre no tenía dinero para el equipo completo. El primer entrenamiento, los otros niños se burlaron. Mira al gordito, parece que vende tamales. Javier no dijo nada, agarró el balón y los humilló a todos. Regates imposibles,  controles perfectos, pases que dejaban a los entrenadores con la boca abierta.

Este niño va a jugar en primera dijo el coordinador. Márcalo, este va a ser grande. Pero había algo,  algo que ya estaba ahí, algo que nadie vio todavía. Javier no entrenaba como los demás. Llegaba 5 minutos tarde, se iba 5 minutos antes. Cuando le decían que corriera más, ambos estaban equivocados. Javier no era ni vago ni inteligente.

Javier en su categoría, en todas  los chavos de 17 años lo buscaban para jugar juntos. Va. López,  lateral izquierdo, técnica excepcional, bicentario,  falta disciplina. apareció en todos los reportes, todos, desde los tres porque Javier metía goles, porque daba asistencias, porque cuando jugaba bien años, Javier tuvo su primera novia seria,  se llamaba Andrea, compañera de la escuela.

Bonita, tranquila, lo quería de verdad. Me gusta como  eres le decía. No cambies. Y Javier no cambió. Empezó a faltar a entrenamientos para estar con ella. Llegaba tarde porque se quedaba despierto hasta tarde hablando por teléfono. Su rendimiento bajó. Los entrenadores lo llamaron. Tienes que elegir el fútbol o las novias. Puedo hacer las dos cosas,  dijo Javier. No podía.

Nadie puede, pero Javier no lo sabía todavía. A los  17 años, Javier rompió con Andrea, no porque lo obligaran, porque conoció a otra chava. Luego otra, luego otra. Ahora sí me voy a enfocar,  decía cada vez que terminaba una relación. Nunca lo hizo. Hay un video de Javier a los 18  años. Un torneo sub20 Chivas contra América, el clásico más grande de México.

Javier metió dos  goles ese día. El primero fue un tiro libre al ángulo que el portero nivió.  El segundo fue un regate a tres defensas y un disparo cruzado perfecto. 30,000 personas en el estadio, todas gritando su nombre. Chofis,  chofis, chofis. Después del partido, los periodistas lo rodearon.

¿Cuándo vas a debutar en primera? Pronto estoy trabajando para eso. Mentira, no estaba trabajando. Estaba jugando Xbox hasta las 3 de la mañana. Estaba saliendo a fiestas los miércoles. Estaba comiendo tacos de madrugada cuatro veces por semana, pero tenía tanto talento que no importaba. Todavía 2013, Javier López debutó en el primer equipo de Chivas. 20 años.

Un sueño hecho realidad. El estadio Acrón lleno, 50,000  personas. Entró al minuto 65, sustituyó a un mediocampista lesionado. Primer toque, un pase filtrado que casi termina  en gol. Segundo toque, un regate en tres cuartos de cancha que dejó a dos rivales en el piso. Los aficionados  enloquecieron.

Ese es ese es el futuro de Chivas. Después del partido, el entrenador lo felicitó. Buen partido, Chofis,  pero tienes que bajar de peso. Llegas bien, pero te cansas rápido. Javier asintió. Sí, profe,  voy a trabajar en eso. No trabajo en eso. Lo que nadie te cuenta es que  en ese momento Javier ya pesaba 85 kg.

Para un jugador de 1,75 de estatura era demasiado.  10 kg de más, tal vez 15. Los nutriólogos de Chivas le 108 kg, 3 kg más que cuando salió de Chivas. Jugó se  meses, 15 partidos, dos goles, cero asistencias. Regresó a Chivas. Almeida lo vio. 90 kg. No has cambiado nada. Sí, cambié. Mejoré mi juego.

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